25 Marzo 2022

Colombia-Venezuela: la seguridad nacional en "la nueva guerra fría"

Las tensiones crecientes en la frontera colombo-venezolana aunado a lo que hemos denominado la “mexicanización de Colombia”, están generando fuertes tensiones en las Fuerzas Armadas.

Crédito: Colprensa

Colombia, como decía el general Julio Londoño, es una “nación sin conciencia geográfica”. A pesar de que la seguridad no ha sido tema de campañas electorales, el nuevo presidente necesita construir un sistema de “disuasión defensiva” y, a su turno, garantizar la seguridad interna.

por *Eduardo Pizarro Leongómez

En el actual proceso electoral los temas relacionados con la seguridad interna y externa del país han sido marginales. Y es sorprendente, pues, no solamente la violencia interna no ha cesado -a pesar del proceso de paz con las Farc-, sino, que el entorno geopolítico del país se ha vuelto muy agitado.

Basta señalar que la frontera colombo-venezolana es hoy en día la más sensible del continente americano en el marco de la denominada “nueva guerra fría”, en este indeseable renacer de un mundo bipolar que enfrenta a Occidente con la dupla Moscú-Pekín y sus aliados.

En los últimos tres meses han ocurrido cinco hechos que muestran la creciente significación de nuestro entorno geopolítico.

En enero de 2022, el viceministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Riabkov, no descartó el posible despliegue de una "infraestructura militar" en Cuba y Venezuela.

Pocas semanas, más tarde, se produjo la sorpresiva propuesta del presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Bob Menéndez, de presentar un proyecto de ley bipartidista para convertir a Colombia en un aliado estratégico de los EE.UU. por fuera de la OTAN (Major non-NATO Ally), el cual, sería ratificada poco después por Joe Biden.

En el mes de marzo se llevaron a cabo maniobras navales en el Caribe con participación de Colombia, Francia y los Estados Unidos, con presencia de un submarino nuclear.

Poco después, se inició una enorme movilización de tropas venezolanas en el estado de Apure -fronteriza con Arauca y Vaupés-, denominada “Operación Escudo Bolivariano”.

Finalmente, hace pocos días se produjo la sorpresiva visita de una delegación de alto nivel de los Estados Unidos a Caracas, encabezada por el asesor para el hemisferio occidental en el Consejo de Seguridad Nacional, Juan González, de padre cartagenero. Y, como si fuera poco, hace algunos días el vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello, habló de una eventual intervención de Venezuela en Colombia similar a la de Rusia en Ucrania.

"Diosdado Cabello habló de una eventual intervención de Venezuela en Colombia, similar a la de Rusia en Ucrania".

Estos hechos diversos causan mucha preocupación en el seno de las Fuerzas Militares.

El entorno internacional de Colombia y sus riesgos

El 31 de mayo de 2018 Colombia formalizó su ingreso como “socio global” del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Esta decisión de Juan Manuel Santos no fue un acontecimiento aislado, pues, venía presidida de tres hechos: por una parte, en 2004, Hugo Chávez aprobó una nueva doctrina militar denominada “Defensa Integral de la Nación” y fundada en una hipótesis de guerra principal: una invasión militar patrocinada por Washington.

Para responder a esa hipotética amenaza, Chávez impulsó una carrera armamentística sin antecedentes cuyo costo osciló entre 5 y 7.000 millones de dólares para la adquisición de superbombarderos Sukhoi-30, helicópteros de combate Mi-35M, tanques, fragatas, y misiles tierra-aire, generando un enorme desequilibrio en armas convencionales en relación con Colombia.

La reacción de Colombia no se hizo esperar. El 30 de octubre de 2009 el canciller Jaime Bermúdez y el embajador William Brownsfield firmaron el polémico “Acuerdo Militar de Colombia y Estados Unidos”, el cual le permitía a los Estados Unidos tener presencia en siete bases militares del país: Palanquero, Apiay, Bahía Málaga, Tolemaida, Malambo, Larandia y Cartagena.

La idea del entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, era conformar un “paraguas de disuasión defensivo” frente a la superioridad militar en armas convencionales de Venezuela. Sin embargo, la reacción negativa que hubo en América Latina, así como la declaración de inconstitucionalidad de este Acuerdo por parte de la Corte Constitucional, lo hizo trizas.

Sin embargo, Santos no desistió de la idea de un “paraguas defensivo”, como opción para no entrar en una catastrófica carrera armamentista que coadyuvó al colapso económico de Venezuela. En efecto, desde 2011 inició trámites en Bruselas para articularse como socio global de la OTAN, lo cual logró con éxito al final de su segundo mandato.

La ruptura de relaciones diplomáticas

Esta articulación a la OTAN coincidió con un agravamiento al máximo de las tensiones entre Bogotá y Caracas, las cuales culminaron con la decisión de Santos de retirar en el mes de enero de 2018 al embajador Ricardo Lozano y, posteriormente, el 23 de febrero de 2019, se produjo por decisión de Nicolás Maduro la ruptura de las relaciones diplomáticas.

"Hace ya casi cuatro años, no tenemos ningún puente de comunicación con Caracas".

Desde entonces, hace ya casi cuatro años, no tenemos ningún puente de comunicación con Caracas. Incluso, los consulados de Colombia y de Venezuela fueron clausurados dejando desamparadas a las comunidades de ambas naciones y se clausuraron las comisiones fronterizas. Incluso, el comercio binacional se vino a pique.

Es patético. Actualmente, con las dos naciones con las cuales todavía tenemos diferendos de delimitación marítima, Nicaragua en torno a San Andrés y Providencia y Venezuela en el Golfo de Coquivacoa, no tenemos embajador. Alfredo Rangel fue expulsado por el gobierno de Daniel Ortega en febrero de 2022. Es decir, en ambos casos, se superponen unas relaciones diplomáticas hostiles con problemas de delimitación fronteriza no resueltas. Un escenario indeseable.

Zona de tormentas

Nuestro país se encuentra desde una perspectiva geopolítica en una situación privilegiada, pero, al mismo tiempo, llena de riesgos.

Basta señalar cinco rasgos de Colombia que ayudan a explicar no solamente su adhesión como socio global de la OTAN, sino, su reciente incorporación como socio estratégico de Washington.

Primero, su cercanía al canal de Panamá que constituye junto con el estrecho de Gibraltar, el canal de Suez y el Mar de China, ejes claves del comercio mundial.

Segundo, Colombia es la única nación bioceánica de América del Sur, con amplias costas tanto en el océano Pacífico como en el Atlántico. Es decir, goza de una interconectividad marítima privilegiada.

Tercero, nuestro país tiene fronteras ya sea marítimas o terrestres con 11 naciones, lo cual es poco común en el mundo. Ante todo, su presencia en el Caribe tiene un enorme peso, debido a que las tres naciones que desafían la hegemonía de Washington en la región están todas localizadas en nuestro entorno geopolítico: Cuba, Nicaragua y Venezuela.

"Colombia es la última nación del mundo occidental donde persiste un conflicto armado".

En cuarto término, es la última nación del mundo occidental -tras los acuerdos de paz en El Salvador (1992), Guatemala (1996) e Irlanda del Norte (1998) y la decisión de ETA de abandonar la lucha armada (2012)-, en la cual persiste un conflicto armado.

Finalmente, tal como ya mencionamos, la frontera colombo-venezolana es hoy en día la más sensible del continente.

Fronteras porosas o la presencia precaria del Estado

Colombia tiene tres de las mayores fronteras terrestres del mundo. De las 311 existentes hoy en el mundo, la que compartimos con Venezuela ocupa el puesto 17, la de Brasil el 31 y la de Perú el 32.

Y, aunque las fronteras con Panamá y Ecuador no son tan extensas, todas cinco tienen algo en común: no solo una enorme complejidad geográfica y, salvo en algunas zonas, un enorme abandono estatal. Todas están plagadas de “rutas clandestinas” no solo para el tráfico de personas (como ocurre en la frontera con Panamá), sino, para el tráfico de mercancías, drogas ilícitas, metales valiosos y armas ligeras.

Colombia, como decía el general Julio Londoño, es una “nación sin conciencia geográfica”. Lo cual, es altamente preocupante, pues, además de la extensión y complejidad de nuestras fronteras terrestres, debemos recordar que la extensión del mar territorial de Colombia equivale al 44,8 por ciento del territorio continental y que, además, Colombia tiene una enorme riqueza fluvial, la cual incluye 136 ríos principales que abarcan 15.744 kilómetros, de los cuales, 12.660 son navegables.

La porosidad de las fronteras terrestres, así como el descuido de mares y ríos (que, en muchas ocasiones, se convierten en autopistas para acciones criminales), facilita la acción de los grupos armados no estatales.

Si el ELN tiene su “retaguardia estratégica” en el departamento de Arauca, sede del Frente de Guerra Oriental, al pasar la frontera disponen de su “santuario estratégico” en los estados de Apure y Bolívar. Ante todo, en el “arco minero”, de donde obtienen pingües ganancias explotando oro, diamantes y coltán.

Y lo que es aún más grave el ELN se ha convertido en un componente de la defensa de la revolución bolivariana, concebido como una “guerrilla binacional”, debido a un hecho inesperado. Frente a la hipótesis de una intervención militar externa, los analistas militares del régimen bolivariano creen que este tendría dos frentes de guerra: uno, naval y aéreo en el Caribe y otro terrestre y, por paradojas del destino, el único espacio para penetrar masivamente al territorio venezolano con vehículos blindados es el departamento de Arauca, punto de encuentro de los llanos colombianos y venezolanos. La frontera de Guyana es totalmente selvática, como, igualmente la de Brasil y, además están demasiado alejadas de los centros urbanos.

Esto explica no solo la reciente movilización masiva de tropas de las Fuerzas Militares Bolivarianas hacia el Estado de Apure, sino, el rol del ELN en la estructura de defensa de Venezuela, en la cual son concebidos como una primera “línea de contención” -en el caso, de una intervención militar extranjera-, con francotiradores, campos minados y trincheras.

La “fragilización del vecino”

¿Qué significa en términos estratégicos esta tensión Bogotá-Caracas? Ante todo, que una de las mayores apuestas del gobierno bolivariano hacia Colombia es lo que los expertos denominan la política de “fragilización del vecino”, es decir, hace esfuerzos sostenidos para mantener a Colombia envuelta en un conflicto armado interno.

De hecho, en el año 2018, el gobierno de Juan Manuel Santos buscó con base en la hipótesis del fin del conflicto armado interno, pasar de un “ejército de contrainsurgencia” hacia un “ejército de defensa nacional de disuasión defensiva”. Es decir, no un ejército con armas ofensivas para agredir a un vecino, sino, con armas defensivas para disuadir a un vecino a iniciar hostilidades sin correr el riesgo, a su turno, de una respuesta contundente.

Ese plan se frustró. El modelo de ejército de contrainsurgencia que Colombia tiene desde que, en 1949 envió a los primeros oficiales al Ranger School en Fort Benning (Georgia) y la fundación temprana de la Escuela de Lanceros en Tolemaida (Tolima) en 1955 -la primera en América Latina- y su transformación en uno de defensa nacional frente a una amenaza externa, no se pudo materializar. No solamente el acuerdo con las Farc no condujo a la paz interna, sino, que la llegada del covid-19 hizo inviable cualquier esfuerzo fiscal distinto a enfrentar la pandemia. Y las negociaciones tendientes a adquirir 24 superbombarderos (ya fuesen los Gripen suecos, los Eurofighter españoles, los Rafale de la casa Dassault de Francia o los F-16 Block 50 estadounidenses), se paralizaron.

Un hecho delicado, pues, el próximo año los ya vetustos K-fir que adquirimos en Israel llegan al fin de su vida útil y afectando seriamente la capacidad de nuestro país para proteger su espacio aéreo.

Esto ha generado un enorme desasosiego en las Fuerzas Militares que deben coadyuvar con la Policía Nacional a garantizar el orden público interno y, a su turno, disponer de la capacidad para disuadir a un eventual agresor externo.

La “mexicanización de Colombia”

En los últimos meses hemos observado una creciente desintegración de las disidencias de las Farc e, incluso, del ELN, así como la multiplicación de grupos criminales tanto de gran talla y con presencia en varios departamentos (como el Clan del Golfo) o grupos más reducidos y con presencia puramente local. Es lo que podríamos denominar la “mexicanización de Colombia”, es decir, un proceso de fragmentación del territorio nacional mediante la emergencia de una multitud de “enclaves criminales” gracias al control de la población y a la anulación de la autoridad del Estado, ya sea por la vía de la cooptación, ya sea vía de la intimidación.

Este es el caso de las Farc-EP que, más que un aparato centralizado en torno a Gentil Duarte e Iván Mordisco, son una federación autónoma sin un mando responsable. Lo mismo está ocurriendo con las Farc Nueva Marquetalia debido a su honda crisis de dirección tras la muerte de sus principales dirigentes, con excepción de Iván Márquez: Jesús Santrich, el Paisa y Romaña.

Pero nada distinto está ocurriendo de manera progresiva con el ELN debido a la ausencia de sus mandos de dirección. No debemos olvidar que, con base en el axioma militar que afirma que descabezar al enemigo es uno de los objetivos de la guerra, las Fuerzas Militares de Colombia han venido aplicando la lección aprendida de Israel de los “objetivos de alto valor estratégico” para debilitar a los grupos guerrilleros. Raúl Reyes, Alfonso Cano, el Mono Jojoy y tanto otros son ejemplos de esta política, que atemoriza a la dirección del ELN y la fuerza a permanecer en refugios seguros en el exterior.

Tanto los miembros del Comando Central (Coce) como de la Dirección Nacional (Dinal) se hallan refugiados en Venezuela o Caracas, lejos de los teatros de operación militar. La consecuencia es no solamente un ahondamiento de la federalización del ELN, sino, lo que es aún más grave, la vinculación creciente de sus mandos medios con el tráfico de drogas y la minería ilegal con todos los riesgos de descomposición que conlleva el uso indiscriminado de enormes fortunas.

La guerra de Ucrania y su impacto en América Latina

Uno de los mayores temores que existen en los altos mandos de Colombia es que la guerra en Ucrania tenga repercusiones en nuestro continente. Ante todo, que Rusia pretenda usar el territorio de sus países aliados (Cuba, Nicaragua y Venezuela) como una plataforma para amenazar con represalias o generar focos de tensión que le permitan aumentar su capacidad de negociación frente a su estancamiento en Ucrania. El recuerdo de los misiles que instaló y debió retirar Nikita Jrushchov en 1962 -y que colocaron al mundo al borde de una catástrofe nuclear-, todavía está vivo.

El envío de una delegación de alto nivel a Caracas parte, a mi modo de ver, de un cálculo de Washington: Putin está ad portas de perder la guerra de Ucrania y los costos de su error estratégico, van a dejar a su nación exhausta. Y, por tanto, Caracas va a tener que revisar a fondo su política de alianzas y su inserción en el sistema político y económico internacional.

¿Seguridad interna o defensa nacional?

Las tensiones crecientes en la frontera colombo-venezolana aunado a lo que hemos denominado la “mexicanización de Colombia”, están generando fuertes tensiones en las Fuerzas Armadas. ¿Cómo construir un sistema de “disuasión defensiva” y, a su turno, garantizar la seguridad interna?

"Sin duda, ya la guerra contrainsurgente resulta inoperante"

Este dilema es muy complejo, pues, la fragmentación del territorio nacional -tal como lo estamos observado en México-, exige un cambio radical de los modelos de seguridad interna. Sin duda, ya la guerra contrainsurgente resulta inoperante enfrentando no ya a grupos organizados con estrategias nacionales para acceder al poder, frente a decenas y decenas de grupos y grupúsculos fragmentados que controlan parcelas aisladas del territorio nacional y que logran aumentar su poder mediante la intimidación o la corrupción de las autoridades civiles y militares.

En conclusión

Estos desafíos de seguridad, tanto en el plano interno como internacional y, ante todo, la superposición de unos y otros de manera simultánea exigen repensar a fondo la política de seguridad nacional.

  1. Es indispensable, frente a los nuevos desafíos de seguridad interna y externa, fortalecer el Ministerio de Defensa bajo la idea de unas Fuerzas Militares de defensa nacional fundadas en un modelo de disuasión defensiva; Esto implica la creación, como existe en múltiples países de un Ministerio de Seguridad Pública, responsable del manejo de la Policía Nacional y, ante todo, de la creación de un Viceministerio de Fronteras.
  2. Reactivación de las relaciones diplomáticas con Venezuela, reactivación del intercambio comercial y de las comisiones fronterizas para impulsar los aplazados planes de desarrollo binacionales, así como la reapertura de los consulados de ambas naciones en ambos países para atender a sus ciudadanos.
  3. Mantener y reforzar la condición de Colombia como “socio global” de la OTAN como “paraguas disuasivo” frente a una potencial agresión externa, lo cual debe ir acompañado de una garantía plena de Colombia que su territorio no será nunca utilizado para agredir a ninguna nación vecina.
  4. Sin entrar en una “carrera armamentística” catastrófica para las finanzas públicas, aprovechar el nuevo estatuto de Colombia con los Estados Unidos para adquirir a buen precio y a amplio plazo los 24 F16 que el país requiere para crear una fuerza de disuasión creíble y proteger nuestro espacio aéreo.
  5. Fortalecer las oficinas de la Comunidad de Policías de América (Ameripol), que reúne a 35 cuerpos de policía y 30 organismos observadores del resto del mundo y con sede en Bogotá que, desde su inauguración el 17 de abril de 2008, se ha convertido en un instrumento clave de intercambio de información en tiempo real de todas las policías del continente para operar simultáneamente y neutralizar los delitos globales.

*Profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia