11 Febrero 2022

Cuando la guerra no es un juego de niños

La desesperanza juega un rol importante en la vida de los niños, niñas y adolescentes colombianos que terminan reclutados por los grupos armados.

Crédito: Reuters

El reclutamiento de niños y niñas es una consecuencia del conflicto y del olvido al que muchos de ellos han sido sometidos. En los últimos cinco años, la Fiscalía ha abierto 1.947 procesos por ‘reclutamiento ilícito de menores’ en todo el país.

Por: Sara Castillejo Ditta

“Mi mamá y mi papá fueron guerrilleros”, cuenta un adolescente de 17 años, nacido en Arauca, a quien llamaremos Pablo. “Mi mamá se encargó de decirme cómo son las cosas. Ella vivió allá desde los 16 años y me enseñó que es mejor aguantarse las jueteras de la familia de uno, que irse para el monte, porque la inseguridad que se siente es tenaz, el miedo, dormir bajo la lluvia… eso no es una opción de vida”. 

Pablo lleva algunos meses viviendo en Bogotá. Está lejos de su abuelo, quien lo crio, pero también del peligro de ser reclutado por un grupo armado. Su historia es similar a la de Viviana*, de 14 años, y William*, de 15, pero ellos llegaron de Norte de Santander y ya llevan más de un año en la capital. Los tres son parte de esa suma indeterminada de niños a los que el reclutamiento les pasó por el lado, dejándolos aterrados y en la mira de la siguiente batida de los grupos ilegales.

“De la familia uno extraña todo”, suspira Pablo, “pero, allá yo tengo amigos a los que las guerrillas les llegan a sus casas, los buscan y les ofrecen plata a las familias para que los dejen ir. Se los terminan llevando, a la fuerza o porque en la casa los entregan”. El 2 de enero pasado, sacaron a más de 50 personas de sus casas en veredas de Arauca. Muchas de ellas resultaron asesinadas en parajes cercanos. Ese día, Juan Carlos Villate, personero de Tame, llamó a todas las Juntas de Acción Comunal (JAC) para pedirles que evacuaran lo antes posible a los niños y adolescentes del territorio

“Los reportes de reclutamiento crecen a medida que el conflicto se recrudece”: Juan Carlos Villate,  personero de Tame, Arauca

“Los reportes de reclutamiento crecen a medida que el conflicto se recrudece”, cuenta el personero. “Y muchas mamitas quieren sacar a los hijos,” agrega. El día que fue consultado por Cambio, Villate estaba extrayendo, con ayuda de una organización internacional, a un adolescente de la edad de Pablo que había sido reclutado por el ELN y logró escaparse. Tuvo la suerte de que no había cumplido 18 años, porque en ese momento ya no podía ser considerado por la ley como víctima de reclutamiento, sino como un rebelde más.

Los que se quedan

En los últimos cinco años, la Fiscalía ha abierto 1.947 procesos por ‘reclutamiento ilícito de menores’ en todo el país, apenas 2 de ellos han llegado a la etapa de ejecución de penas. En el mismo periodo, Bienestar Familiar da cuenta de 985 niños, niñas y adolescentes desvinculados de grupos armados que entraron a sus programas de protección. Lo que no se puede contabilizar es la cantidad de hermanos, primos o amigos de niños reclutados que tuvieron que irse de su casa para no correr la misma suerte.

El padre Albeiro Parra lleva 34 años de labor social en comunidades étnicas del Pacífico. Él relata que, después de un reclutamiento, los niños de la comunidad “quedan con un miedo profundo, una zozobra, creen que todos los días, cuando amanece o cuando anochece, se los van a llevar. Pierden la alegría, la esperanza”. Monseñor Juan Carlos Barreto, obispo de Quibdó, es lapidario: “La comunidad sabe que no se los van a llevar a todos, pero se van a llevar algunos y eso es muy doloroso”.

Niña emberá-chamí
La Fiscalía indica que los niños, niñas y adolescentes rurales están más expuestos al reclutamiento que los de la ciudad. El sacerdote Albeiro Parra no duda que los más golpeados son los pueblos indígenas, dice que al ver el dolor de las comunidades y los niños "uno quisiera que la guerra se acabara ya". Foto: Colprensa - Camila Díaz

Viviana* creció viendo guerrilleros armados en su pueblo. Aprendió a distinguirlos por diferencias sutiles: cómo usan la chaqueta, si se doblan o no las botas, si tienen motos grandes. A sus 14 años ella ya intuye que “hay como una competencia entre los grupos armados por quién se lleva más niños”, y dice que “se los llevan para entregarles armas a las nuevas generaciones y para que su grupo no se acabe”. 

En Buenaventura, Valle del Cauca, los niños no solo son acechados por las guerrillas: la amenaza se multiplica con cada nueva estructura neoparamilitar o mafiosa que pugna por el territorio. Ronald Caicedo, consejero de Juventud del municipio y perteneciente al Consejo Comunitario de la Cuenca del Río Yurumanguí, relata que “es difícil, vos estar jugando con alguien hoy un partido de fútbol o estar nadando, disfrutando del río con una persona, y que al otro día tú lo veas ya uniformado, con un fusil en la mano”. 

Para el consejero no hay otra forma de combatir esta dinámica que llevar oportunidades de estudio, recreación y trabajo digno al campo, pues “no es desconocido para el público que es mucho más fácil que un joven acceda a un grupo ilegal que a la educación”, dice. 

"Es mucho más fácil que un joven acceda a un grupo ilegal que a la educación”: Ronald Caicedo, consejero de Juventud de Buenaventura, Valle del Cauca.

La sorpresa de Viviana al contarle que hay jóvenes, como Ronald, que no se quieren desarraigar de su pueblo aunque haya conflicto armado, la deja muda por unos segundos. Ella no hace parte de un proceso organizativo, no ha escuchado hablar del derecho al territorio, de hecho ahora que está lejos, ella es la esperanza de su familia. “En mi pueblo solo hay un colegio”, explica pacientemente, “se puede estudiar de preescolar a once. Y ya. Uno para hacer su proyecto de vida o estudiar su universidad tiene que salir, porque ahí no hay ningún futuro. Una de dos: se une a un grupo armado o termina muerto”. 

La adolescente no olvida su origen, pero le parece imposible vivir en un pueblo de Norte de Santander y estudiar Medicina, que es su sueño. Las experiencias son distintas, pero la educación está en el centro de la discusión. Monseñor Barreto, de Quibdó, refirió que incluso en algunas comunidades afro de Chocó los niños apenas estudian hasta la primaria, una vez cumplen 10 años los padres dejan de enviarlos al colegio por temor a que los grupos armados se los lleven. “Hay escuelas que se quedan abandonadas”, cuenta. 

Máquinas de reclutamiento

Julia Castellanos de la Coalición contra la vinculación de niñas, niños y jóvenes al conflicto armado en Colombia (Coalico), explica que de todos modos la escuela es en muchos sitios el único entorno de protección y recreación de niños y adolescentes; por eso, al cerrarla por medidas sanitarias, aumentó el riesgo de reclutamiento. “En el año de pandemia, nosotros evidenciamos un aumento de niños y niñas reclutados en comparación con el año inmediatamente anterior, sobre todo en el primer semestre, cuando los confinamientos fueron más fuertes; ocurrió lo mismo en zonas como el Pacífico colombiano, los llanos orientales o las fronteras, donde el actor armado tuvo mayor movilidad ”.

Hilda Molano, también de Coalico, explica por qué la guerra persigue tanto a los niños: “Es parte del interés de todos los grupos armados al momento de conformar sus estructuras, porque se facilita el entrenamiento, el adoctrinamiento de personas que están en un proceso de desarrollo de la personalidad y que pueden generar menos contradicciones que un adulto. Eso lo hace atractivo”.

Personas vinculadas a procesos penales por usar y reclutar niños

En tiempos de pandemia Colombia vio multiplicarse las estructuras armadas y delictivas en todo el país. ¿Quiénes integran sus filas?, ¿por qué hay tantas personas dedicadas a la guerra? Los indicios apuntan a que una cantidad importante de ellas son niños. El padre Parra, desde la región del Pacífico, reseñó las iniciativas de prevención y de creación de entornos protectores en pueblos indígenas, el trabajo de instituciones, sociedad civil y pastorales en contra de la vinculación de niños a la guerra y luego hizo una pausa y remató: “la realidad es muy dura porque, a pesar de todos los esfuerzos que estamos haciendo, a nuestros niños, niñas y adolescentes los siguen reclutando, esa es una verdad de a puño”.

La captura de alias Otoniel en el Urabá antioqueño supuso también el rescate de una niña que el comandante del Clan del Golfo mantenía encerrada en su cuarto. Los bombardeos del Ejército Nacional a campamentos donde hay objetivos militares también han dejado como resultado niños y niñas asesinados. Las máquinas de la guerra son esencialmente máquinas de reclutamiento.

Volver ¿a dónde?

“Mi pregunta es”, agrega el padre Parra: “¿Quiénes vamos a ir a sacar esos niños que están allá en la guerra, en los grupos armados?; ¿qué vamos a hacer para que nos devuelvan estos niños y niñas que están allí?”. 

Su duda es razonable, pero Pablo, el adolescente de Arauca, le aporta una complicación: “Cuando a usted lo recluta un grupo armado”, cuenta, “cuando lo sacan del pueblo, lo entrenan y ya forma parte de ellos, usted queda marcado de por vida. La familia ya no lo reconoce, la vida le da una vuelta y usted no puede volverla a vivir”.

Se necesita mucho empeño y acompañamiento para recuperar el tiempo que los niños y adolescentes pierden cuando se los lleva la guerra. En la Coalico cuentan que el retraso en habilidades para el trabajo es enorme; se necesita paciencia para adaptarse a la vida civil con trabajos temporales y sin red de apoyo, porque “en un importante número de casos las relaciones familiares se rompen, no hay a donde regresar”. Salir de la guerra no termina con la soledad, la puede profundizar.

Salir de la guerra no termina con la soledad, la puede profundizar.

El riesgo aumenta cuando la estructura armada a la que pertenecieron todavía existe y cuando hay otras tantas ofertas criminales. Monseñor Barreto explicó que “este es un fenómeno desbordado en Quibdó”. Los niños y adolescentes se enfrentan a otro tipo de cooptación que toma fuerza en la ciudad. “En algunos barrios”, cuenta, “los niños permanecen en las comunidades como campaneros de los grupos armados, los inician en la drogadicción para poderlos manipular, les dan 5.000 pesos, 10.000 pesos, los arman”

El obispo cuenta que “hay pandillas en las que todos son menores de edad y están armados y han atemorizado grandemente la comunidad”. 

Para el religioso, esto es evidencia de que “hay un reclutamiento en terreno, donde las familias a veces también se ven comprometidas porque empiezan a llevar algún dinero a la casa o porque están amenazados también por los actores armados”.

Niñez en Quibdó, Chocó.
Los grupos armados no tienen una consideración especial cuando vinculan niños, niñas y adolescentes. Incluso, si pueden usarlos como escudos humanos lo harán. Foto: Colprensa - Álvaro Tavera. 

La desigualdad es la patria de muchos niños y niñas en el país. Su gran triunfo es evitar el destino de la guerra y poder tener derecho a soñar. Por ejemplo, William*, de 15 años, nacido en Norte de Santander y quien lleva más de cinco años en Bogotá, sueña con estudiar artes escénicas en la universidad, “vivir en otra parte que no sea mi pueblo, trabajar y ser reconocido afuera del país”. Dice que esa es la forma de demostrarle a los niños de “una zona tan roja” que hay un futuro más allá de la guerra. 

Además, Will está profundamente agradecido por contar con alguien, por no haber quedado completamente solo. Tanto que promete: “Quiero ayudar mucho a la institución que me sacó del pueblo, siempre la voy a tener como mi segundo hogar”.


*Pablo, Viviana y William son nombres cambiados para proteger la identidad y los derechos de los adolescentes entrevistados.