15 Julio 2022

Cine colombiano 2022 ¿Agarrando público?

Tras dos años de encierro y pandemia, el cine colombiano intenta recuperarse del golpe y, más importante aún, adaptarse a la nueva realidad de una industria que ha cambiado de manera definitiva en estos tiempos digitales y de plataformas.

Amparo.
'Amparo', de Simón Mesa.

Por Sandro Romero Rey
El 27 de septiembre del año 2019 murió en Bogotá Luis Ospina. Con él, de alguna manera, se iba una generación, una actitud y una ética con respecto a la realización audiovisual. Nadie como Ospina había asumido su oficio hasta sus últimas consecuencias, aferrándose a la dirección, la edición, el sonido, el montaje, la actuación, el cineclubismo, la escritura y la programación de un festival, con una vehemencia y una convicción irrepetibles. Seis meses después, para consolidar el luto del cine colombiano, el 13 de marzo de 2020 comenzó el confinamiento. En el Festival de Cartagena se estrenó, al mediodía de aquel viernes aciago, el documental Balada para niños muertos, de Jorge Navas, sobre la gesta de Andrés Caicedo alrededor del cine. Al salir de la proyección, los espectadores del Teatro Adolfo Mejía debieron huir a sus lugares de origen. Todo ha pasado muy rápido pero después de la tempestad, de las salas cerradas, del encierro obligado, de la arcadia para las plataformas, de la redefinición de los festivales, pareciera que el mundo hubiese que inventárselo de nuevo.
¿Qué es el cine en el año 2022? Y, en particular, ¿cómo definir el cine colombiano después de las lecciones del apocalipsis? Aún es muy temprano para sacar conclusiones pero sí es posible establecer un conjunto de relatos, los cuales dan cuenta de lo que ha sucedido, de lo que nace en el presente y de lo que se anhela para el inmediato futuro. No es un secreto para nadie que la industria del cine ha quedado duramente golpeada. Empezando porque, poco a poco, el lenguaje se ha ido tornando anacrónico: la misma palabra “cine” se suma a términos como “film”, “cinta”, “proyección” y tantas denominaciones que, hoy por hoy, entran con discreción al cementerio de los arcaísmos.

Después de la tempestad, de las salas cerradas, del encierro obligado, de la arcadia para las plataformas, de la redefinición de los festivales, pareciera que el mundo hubiese que inventárselo de nuevo.

Finalizando el primer semestre de 2022, el cine colombiano está tratando de recuperarse después de la batalla. Hay una gran cantidad de películas represadas y, como lo comentó María Paula Lorgia, la programadora de la Cinemateca de Bogotá en conversación para la escritura del presente artículo, hay un evidente énfasis en la producción y realización de documentales y películas de animación. La polémica división entre “cine comercial” y “cine de autor” presenta fronteras cada vez más difíciles de establecer. Para no ir más lejos, la película El olvido que seremos, del director español Fernando Trueba, basada en la novela del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, fue la primera víctima del encierro, al ser seleccionada en el Festival de Cine de Cannes. ¿Cine comercial? ¿Cine de autor? En esos momentos poco importó. En la primavera de 2020 el evento solo sirvió para darles un carácter nominal, simbólico, a los títulos elegidos, puesto que los festivales de cine tuvieron que entregarle su supervivencia a la virtualidad. Sin embargo, los estragos del covid-19 sirvieron de “campaña de expectativa” para un largometraje que luego sería consumido con mucho interés por el público, tanto en las pantallas como en su distribución a través de Netflix. De la misma manera, el triunfo de Memoria, la fascinante experiencia en Colombia del realizador tailandés Apichatpong Weerasethakul, ayudó a crear nuevos parámetros para establecer un equilibrio entre el cine de ambiciones internacionales y sus expresiones locales. Pero tanto el caso de El olvido que seremos como el de Memoria son dos excepciones que confirman una regla problemática: el público del cine colombiano se resiste a regresar a las salas.

Clara
'Clara', de Aseneth Suárez.


En conversación informal con la productora y realizadora Cristina Gallego, el tema que sobresale es el de la reactivación de la industria audiovisual gracias a las plataformas online. Al mismo tiempo, ella pone en evidencia el cambio radical que se consolidó con respecto a las audiencias. Muchas salas de cine cerraron sus puertas, como la otrora emblemática Tonalá en la capital del país, o la cuerda floja en la que se encuentran la Cinemateca La Tertulia de Cali y la Cinemateca del Caribe. “Si no fuera por la Cinemateca de Bogotá, la situación del cine independiente sería muy difícil”, reconoce. Por otra parte, en lo que respecta a su labor como productora, su trabajo en la materialización de Los reyes del mundo, la nueva creación de la directora antioqueña Laura Mora, ha sido la de unir esfuerzos económicos para que, desde cinco fuentes de financiación, el largometraje se haya hecho realidad, al menos en la etapa de rodaje. Desde esta perspectiva, los ojos se han puesto en las nuevas políticas que, se supone, el gobierno de Gustavo Petro pondrá en marcha para las prácticas audiovisuales. Se sabe que hay un gran interés por darle a la cultura el sitio que se merece. Pero aún no es claro de qué manera continuará la actividad mediática en el paisaje de los nuevos tiempos.
Por lo pronto, tal como nos lo comentó Ricardo Cantor, director de la Cinemateca de Bogotá, la apuesta por el cine colombiano sigue intacta. Hay títulos de diversos géneros, incluidas formas de la ficción que no son frecuentes dentro del espectro nacional. Desde películas como Clara, de Aseneth Suárez (sobre los conflictos de la sexualidad desde la mirada femenina), pasando por la revisión del documental político en los años setenta (El film justifica los medios, de Juan Jacobo del Castillo), dándole cabida a películas pedagógicas como El árbol de Matías, de Pili Perdomo, o la exitosa Amparo, de Simón Mesa. Solo en el mes de julio, la Cinemateca de Bogotá ha presentado alrededor de nueve películas colombianas. Lo que no se atreven aún a hacer los multiplex, porque la realidad de la afluencia de los espectadores impone dinámicas de emergencia. Pero para ello existe una institución como la Cinemateca: para “hacer visible lo invisible”, según rezaba el eslogan del Festival de Cine de Cali el cual, por lo demás, este año continúa con nuevos impulsos.

Poco a poco, el lenguaje se ha ido tornando anacrónico: la misma palabra “cine” se suma a términos como “film”, “cinta”, “proyección” y tantas denominaciones que, hoy por hoy, entran con discreción al cementerio de los arcaísmos.

Al mismo tiempo, la programación del BAM (Bogotá Audiovisual Market), entre el 11 y el 16 de julio, es un encuentro que vuelve a desarrollarse con todo éxito en Bogotá y se suma a nuevas tendencias como la mirada queer, el boom de realizadoras nacionales o retrospectivas de clásicos que descubren nuevos públicos para revisitar viejas imágenes.
Detrás de todo el esfuerzo por mantener el barco a flote se encuentra Claudia Triana, líder indiscutible de la organización de los destinos del cine colombiano, luego de 35 años trabajando en el sector y 17 al frente de Proimágenes, el Fondo Mixto de Promoción Cinematográfica que se creó en 1998. “Se puede decir que, en estos dos últimos años, estuvimos en modo avión”, afirma, con su discreto sentido del humor. Claudia Triana es consciente de todas las sacudidas en las que se ha visto envuelto el cine nacional y no esconde sus debilidades: se han cerrado salas, el público sigue apático al cine colombiano pero, al mismo tiempo, sabe de la importancia de mantener firme la memoria de un país a través de sus productos audiovisuales. “El 91 por ciento de las salas están ocupadas por el cine estadounidense”, reconoce. Y, al mismo tiempo, está dispuesta a entender que todos tenemos que tolerarnos: las salas de cine, el streaming, las cinematecas, la proyección en casa o los festivales de cine. “Todo está cambiando. En Cannes, por ejemplo, se presentaron tres capítulos de la nueva serie de Marco Bellocchio (Esterno Notte) o se dieron insólitas alianzas con TikTok. Hay una nueva generación que se extraña ante proyecciones de películas experimentales de más de dos horas, pero consume series en casa sin ningún límite”, complementa. “La revolución digital es mundial y hay que aprovecharla a fondo. Pero no podemos olvidarnos que nuestra obligación es despertar a las audiencias”.
El paisaje no es el más alentador. La tarea pendiente con la consabida “formación de públicos” sigue siendo una asignatura inconclusa. La circulación del cine latinoamericano que se intentó en el siglo pasado hoy es una triste y derrotada utopía. Es muy costoso llevar las películas a las salas de cine y cada vez menos circulan las películas peruanas, bolivianas, argentinas o venezolanas en las pantallas de Colombia, salvo las excepciones citadas en las salas especializadas, en las plataformas, o en los festivales de cine. Incluso en la piratería. De todas formas, en el BAM hubo 56 invitados internacionales para ayudar con el entusiasmo de una industria que se resiste a declinar. A través de talleres, foros, reflexiones y charlas académicas, el objetivo central es el de reconstruir la confianza. Y, todos a una, los “comerciales” y los “artistas”, los “experimentales” y los “políticos” están pendientes por la reconstrucción de un mundo que todos los días sigue siendo reciente, como el Macondo de Cien años de soledad que, por lo demás, muy pronto se convertirá en una extensa serie distribuida vía streaming.

 

El film justifica los medios
'El film justifica los medios', de Jacobo del Castillo.


En 1978, Luis Ospina y Carlos Mayolo realizaron una película desopilante titulada Agarrando pueblo, la cual es un clásico del cine de provocación. Esa actitud, quizás, estará en la película que el mismo Ospina dejó diseñada antes de su muerte, titulada Mudos testigos, que está siendo concluida por el joven realizador Jerónimo Atehortúa. Se trata de un viaje a través del corazón del cine silente colombiano. Es decir, un divertimento de la memoria. Una suerte de ave fénix que puede servir como símbolo de lo que está sucediendo con el cine colombiano en 2022 y de lo que se proyecta para los próximos años. No todo está perdido. Al contrario, de las crisis, de la peste o de los conflictos, casi siempre, los artistas terminan alimentándose para justificar la imprescindible existencia de sus respectivos oficios.