5 Septiembre 2022

El triunfo de los desconocidos

Superando las 100 funciones, se encuentra en la cartelera teatral de Bogotá la versión colombiana de ‘Perfectos desconocidos’, una película italiana que ha atravesado las fronteras y de la cual se han realizado más de 20 versiones. La historia ha trascendido las pantallas y se ha llevado a las tablas con diversos resultados. La que presenta el Teatro Nacional La Castellana se ha convertido en todo un fenómeno de aceptación del público.

 

Perfectos desconocidosPor Sandro Romero Rey
En un vuelo Madrid-Bogotá, el director de teatro Jorge Hugo Marín vio la película Perfetti sconosciuti, del director Paolo Genovese, y de inmediato pensó que allí había una estupenda idea para una adaptación teatral. Casi en la misma época y en las mismas circunstancias, Patrick Delmas, actor de origen francés radicado en Colombia, vivió la misma experiencia trasatlántica y decidió tomar el toro por los cuernos. Compró los derechos del guion y, junto con Fernando Arévalo, con quien ha trabajado en exitosos proyectos escénicos, escribieron una versión que se adaptara a las circunstancias locales. Se pusieron manos a la obra y uniendo esfuerzos hicieron la puesta en escena. Desde el día de su estreno, La Castellana está a reventar. Perfectos desconocidos continúa en temporada agotando localidades y produciendo entusiasmos entre los espectadores más diversos. No. No es nada fácil reunir todas las noches a más de 500 personas y encontrar un denominador común para que estallen las carcajadas. Quizás lo más interesante de la versión de Marín y su equipo radica en el hecho de que se le dio especial énfasis al humor desenfrenado, aquello que en la edad de oro del cine de Hollywood se llamaba la screwball comedy. Esto es, la historia al servicio de las carcajadas.
Es un misterio, por fortuna, saber cómo se vuelve exitosa una película, una serie, una obra de teatro. Si el secreto se enseñase, no existirían los fracasos: todos asumirían la fórmula y el público acudiría en masa a los dispositivos de representación. Pero nadie lo sabe. Sin embargo, pareciera que Perfectos desconocidos encontró la clave y tiene un recurso más que efectivo. Y ese recurso no radica solamente en el reparto, que en la versión colombiana ha resultado estupendo. En realidad, el verdadero protagonista de esta historia es el teléfono celular. Apoyados en una premisa del nuevo sentido común (“todo ser humano tiene tres vidas: la pública, la privada y la que esconde en su móvil”), Perfectos desconocidos no tiene pierde. Ocho personajes reunidos alrededor de una mesa, en una cena de amigos, la cual deriva en un juego que se vuelve macabro: permitir destapar todos los mensajes de audio o de texto que lleguen en ese momento a sus aparatos de comunicación. Y hacerlos públicos. Todos se ven obligados a aceptar el reto porque, si se niegan, caerán las sospechas sobre los que se resistan. En la versión italiana la travesura cobra tintes dramáticos. En la española, dirigida por Alex de la Iglesia y con la actriz colombiana Juana Acosta en el reparto, el asunto se torna macabro y un eclipse le da a la historia cierta ola de misterio. Por su parte, en la adaptación mexicana, el machismo y la intolerancia cobran mayor importancia y la fábula difiere notablemente de la colombiana, porque aquí se concentran en lo que se llama el quiproquo, las confusiones, los malentendidos: todos ellos en función de la risa. Y el espectador no para de batir sus mandíbulas.

Es un misterio, por fortuna, saber cómo se vuelve exitosa una película, una serie, una obra de teatro. Si el secreto se enseñase, no existirían los fracasos: todos asumirían la fórmula y el público acudiría en masa a los dispositivos de representación.

 

Entre los espectadores habituales a las salas de teatro de Bogotá, Jorge Hugo Marín representa un modelo de director de obras de cámara, a veces de corte naturalista, para pocos espectadores, potenciando la programación de su compañía que se llama pomposamente La Maldita Vanidad. De hecho, está en cartelera su nueva creación titulada Esta cabeza mía que no se puede callar. Sin embargo, Marín tiene una vasta experiencia en las salas de gran formato de la capital colombiana. Durante siete años fue asistente de dirección del Teatro Nacional y bebió de los secretos para hacer que el espectador con ganas de diversión y de huida de la realidad pueble las butacas. Quizás siguiendo el sentido común de la secretaria de Fanny Mikey, quien siempre le recomendaba a los directores: “Monten comedias y verán que las salas se les llenan”, Jorge Hugo Marín subrayó la danza de los malentendidos y ha convertido a Perfectos desconocidos en una pieza que no da tregua, con el ritmo frenético de un stand-up comedy, donde no se puede dejar respirar al respetable porque, de lo contrario, se le escapa. Y el recurso es el del humor desenfrenado.

Perfectos desconocidos
Después de la pandemia nadie sabía, a ciencia cierta, qué era lo que quería ver el público en los teatros. De hecho, existía el temor de la reticencia a salir y que nadie quisiera encontrarse en eventos masivos. No obstante, para el mundo de los escenarios, el regreso a “la presencialidad” ha sido extraordinario. Todas las salas se están llenando y comedias como Perfectos desconocidos han encontrado una masiva aceptación de unos espectadores que necesitaban cambiar de tema. Por lo general, la cartelera escénica colombiana está compuesta por nichos de asistentes que prefieren ciertos modelos de representación y se entusiasman menos por otros.

Las mentiras o las falsas verdades se ponen encima de la mesa y el público estalla en carcajadas porque, en el fondo, están dejando al descubierto sus propios pecados.

El llamado “nuevo teatro” le apostó en sus montajes a un vehículo de reflexión sobre la realidad directo, conmovedor, donde, a través de la emulación de la catarsis, el asistente vivía una suerte de sanación al encontrarse de frente con sus peores dramas sociales. El Teatro Nacional, por el contrario, en sus 40 años de existencia ha querido combinar las farsas con los conflictos psicológicos, los divertimentos con títulos que hayan funcionado en los grandes teatros del mundo y de los cuales realiza versiones con elencos locales. El espíritu de Fanny Mikey no desaparece y, a pesar de que ya han pasado 14 años de la fecha fatal de su muerte, los continuadores de su gesta siguen apostándole a esa pluralidad de formas para darle gusto a unos espectadores que no tienen rostro ni se adaptan a ninguna regla. La verdad es que el público sigue cambiando y ya hay toda una generación que no vivió el protagonismo de Fanny Mikey como gestora. Hay que seguir adelante sin su poderosa sapiencia para entender los gustos de los visitantes a sus tres teatros.

Jorge Hugo Marín
Jorge Hugo Marín, director del montaje 'Perfesctos desconocidos' que se presenta en el Teatro Nacional La Castellana.


Perfectos desconocidos se encontró con el éxito y ha debido construir un dispositivo para mantener la obra con su eterna frescura. “Después de 100 funciones todo se complica”, afirmó Marín. “La obra hay que cuidarla no solo en el escenario sino, sobre todo, en los camerinos”. Así que, en el elenco, se han ido rotando algunos de los intérpretes, de tal suerte que no se trata de una obra sostenida tan solo por el reconocimiento de algunos actores, sino que allí lo esencial es la historia, no importa si una noche está Andrea Guzmán o Chichila Navia, Carlos Manuel Vesga o Rodrigo Candamil. El resultado es el mismo. La obra se ha construido con una relojería muy precisa, en la que las parejas sacan lo mejor y lo peor de ellos mismos. Las mentiras o las falsas verdades se ponen encima de la mesa y el público estalla en carcajadas porque, en el fondo, están dejando al descubierto sus propios pecados.

Marín tiene una vasta experiencia en las salas de gran formato de la capital colombiana. Durante siete años fue asistente de dirección del Teatro Nacional y bebió de los secretos para hacer que el espectador con ganas de diversión y de huida de la realidad pueble las butacas.


En una línea similar, el Teatro Nacional de la calle 71 se está anotando un nuevo triunfo con otra comedia, titulada El plan, con tres estupendos intérpretes (Rafael Zea, Santiago Alarcón y Andrés Toro) bajo la dirección del efectivo Andrés Caballero. Escrita por el actor español Ignasi Vidal, se trata de una comedia de fracasados, donde el humor negro terminará conviviendo con inesperadas y terribles consecuencias. ¿Hacia dónde apuntan este modelo de experiencias escénicas? Hacia un juego en el cual el espectador necesita ser testigo de primera mano de lo que interpretan los actores en las tablas. Para el mundo del audiovisual ha sido muy difícil el regreso a las salas oscuras porque el público ya sabe que el cine, las series, internet o la televisión están convirtiéndose en una experiencia similar, gracias a la digitalización de los formatos. En el teatro, por el contrario, el contacto directo entre actores y testigos sigue siendo una comunión irreemplazable que, cuando se logra, se consiguen los aplausos cerrados.