2 Abril 2022

El Ulises de Flora

En su debut literario, Jaime Honorio González narra la historia de amor entre Ulises y Flora, compañeros de colegio que se reencuentran tras 25 años. Entre los recuerdos del pasado y los hechos del presente, Ulises va develando misterios hasta que se encuentra con el de su posible muerte. Reproducimos el primer capítulo.

Por: Jaime Honorio González

PRESENTACIÓN

Voy a contarles lo que le sucedió a Ulises Castaño, por andar perdidamente enamorado de Flora Esteban, sabiendo —como bien se sabe— que el amor es mal consejero y que casi nadie se da cuenta de cómo comienza lo importante ni, mucho menos, de cómo termina. Mi amigo, consumado observador, tampoco. Esta es una de sus historias.


1.

BODAS DE PLATA


El tipo no sabía contar. Había aprendido de esto y de lo otro, de extrañas lenguas y variados dialectos, de nombres raros y palabras comunes, pero no podía con los números. Algo debió suceder en determinado momento de su vida, una tara, un golpe, un maltrato, quién sabe, por más que lo intentaba no podía desentrañar la verdadera razón por la cual su cerebro no procesaba, de forma adecuada, las sencillas grafías.

Las letras sí, los números no. Uno sí, 1 no. Dos sí, 2 no. Tres sí, 3 no. Y así sucesivamente. Había padecido el eterno desespero de no entender lo que para todos era más que normal. Había soportado, estoico, las burlas y las bromas pesadas apenas descubrían su defecto. Había sido muy complicado sobrevivir con eso. Pero, hasta el momento, lo había logrado. Por fortuna, el buen Ulises no se había inclinado por las matemáticas, a pesar de haber sido siempre el más rápido con las tablas de multiplicar, con las sumas, con las fracciones, con los misterios de las integrales y los vericuetos de las derivadas, Baldorcito para sus amigos, Doblecero para los matoncitos del salón de clase.

Amaba su apodo, el diminutivo del tan famoso como odiado profesor cubano, y escucharlo le provocaba una gratificante sensación de libertad que lo elevaba algunos pocos centímetros del suelo, al menos así lo sentía. Estaba en capacidad de resolver cada uno de los cinco mil setecientos noventa problemas que contiene el manual, sabía de memoria el título de los treinta y nueve capítulos en los que estaba dividido el texto. Y sentía una extraña fascinación por el marcado con el número catorce: operaciones con fracciones.

El Álgebra de Baldor era su libro favorito, lo cuidaba como una quinceañera a su diario y en defensa de éste había soportado lo indecible. Pero ya habrá tiempo para explicar los reales porqué de las agresiones que aguantó. Ya llegará el momento de poner en su sitio a los incapaces que expiaban sus limitaciones mentales con mofas, menosprecios, golpes y humillaciones, no todas al tiempo, no todas todos los días, no todas siempre, pero sí varias veces, algunas en muy inoportunas ocasiones.

La peor de todas, la tarde en que Flora lo encontró torsidesnudo, atado a un árbol muy parecido al almendro, que un par de veces al año expelía un particular olor por varios días, desagradable para muchos de los estudiantes de su colegio. Aunque en esa ocasión, eso fue lo de menos, comparado con la vergüenza que sintió los casi sesenta minutos que allí duró.

Ulises rodeaba con sus escuálidas extremidades el delgado tronco de la alfara negra pero no alcanzaba a abrazarlo por completo. Por eso, los aprovechados decidieron amarrarlo de las muñecas con los cordones de sus guayos de fútbol que, además, terminaron en la copa del frondoso, a donde estaba terminantemente prohibido subirse.

No tuvo valor para mirar a los ojos a su heroína, que intentaba desatar los nudos con sus finos dedos y sus blancos dientes, mientras lo miraba de forma tan compasiva y maternal que nadie jamás hubiese imaginado que ese fue el comienzo de una de las más hermosas y extrañas historias de amor de que se tenga noticia. De amor imposible, es necesario decirlo.

Y ahora, tantos años después, sólo bastaba cruzar la calle para ingresar al anunciado reencuentro, las bodas de plata de la promoción, tantos años sin verla, tantos años sin sentirla, todo este tiempo sin tenerla en frente, sin poderla mirar fijamente a los ojos, con decisión, con fortaleza, con madurez, con todo lo que ya tenía y hasta le sobraba y que, en cambio, en el colegio había brillado por su ausencia.

Se vio ensimismado mirando la luna en la noche despejada, tratando de identificar en la distancia su cráter de la suerte, el de Al-Juarismi, primero héroe de infancia y después amigo imaginario, con quien sostenía interminables monólogos, un día sobre la «selenología», otro podría ser del acné y varios —seguro— sobre la dueña de sus pensamientos, la inalcanzable Flora.

Bajó la cabeza, metió una mano al bolsillo y sacó primero el encendedor y luego el cigarrillo, lo prendió despacio, lo chupó profundo y lo saboreó lento, cuánto disfrutaba fumar, más desde que eran vistos como dinosaurios sociales, le encantaba ver cómo se alejaban de él cuando mostraba la cajetilla, que lo miraran mal, que lo señalaran. Amaba fumar porque podía estar solo aún en medio de un gentío.

Así que decidió entrar. Pisó la colilla a medio terminar y se fue detrás del humo que arrojaba por su boca con fuerza, como si fuera a la guerra y estuviera a punto de comenzar la batalla. No se tomó la molestia de mirar si venían carros y pasó la calle, decidido, hasta la acera donde estaba el ingreso. Era una recepción sencilla, aunque desde ese punto el lobby se apreciaba algo más sofisticado. Se aseguró de que no hubiese algún conocido y de inmediato se acercó a la mesa donde estaban instalados los encargados del ingreso. Le parecieron todos muy jóvenes, pero no se asombró porque, a decir verdad, era algo que le venía sucediendo con cierta frecuencia de un tiempo para acá. Como si todo el mundo hubiese rejuvenecido de un momento a otro y él no. Como si estuviese padeciendo una especie de repentina decrepitud pues ahora todos le decían señor, o lo miraban con más respeto, incluso alguna vez le habían cedido el turno en una fila de un banco. Y, a regañadientes, tuvo que aceptarlo. ¡Imbéciles!

Supieran de su energía, de su plenitud, de su vitalidad; sí, se estaba cansando con mayor frecuencia, sí, ya no aguantaba tan fácil los tragos con los amigos, sí, el guayabo del cigarrillo lo demolía cada mañana. Pero, igual, se sentía de quince como para que estos niñitos lo trataran igual que a un viejito de bastón. En fin, qué se le podía exigir a esta juventud.

Saludó con voz algo seca, cumplió con el registro, revisó rápidamente la hoja de llegadas, notó que algunos de los grandulones de antaño ya se habían inscrito y cuando estaba a punto de decepcionarse nuevamente, fijó su mirada en la casilla donde aparecía el nombre que más amaba leer: Esteban de Los Ángeles Flora Isabel.

Y el corazón se le aceleró cuando encontró su firma al frente. Es decir, ella ya estaba dentro. Pero sintió un frío recorrerle el cuerpo porque —al lado de la firma— estaba el número de mesa asignado por la organización. Un número que, ya sabemos, no lograba descifrar. Y no iba a preguntar porque podría resultar demasiado evidente, se sentiría descubierto y no estaba dispuesto a revelar su verdadera razón de haber asistido, no a unos muchachitos desconocidos, acartonados e insensibles que, muy seguramente, terminarían acusándolo de querer saber el lugar donde su tormento se ubicaría. Ellos no entenderían. Nadie entendería.

Y, además, pensarían los tipitos de logística, no necesitaba preguntarlo pues ahí estaba escrito de manera clara. Sólo era mirar el número. Y ya.

Sí claro, tan sencillo. Así que no tuvo más remedio que entrar al evento sin saber su destino. No sería la primera vez, pero sí esperaba que fuera la última.

Malditos números arábigos. Si al menos fueran romanos. Lástima del cero.

 

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