29 Julio 2022

“La dama de Shanghái”, un clásico del cine al que no le pasan los años

Rita Hayworth, quien en su momento fue llamada la “diosa del amor” y su entonces marido, el famoso director Orson Welles, están cumpliendo 75 años con su célebre película “La dama de Shanghái”. Película de culto, una de las preguntas que genera al rememorarla es qué la ha convertido en un gran clásico del cine.

La dama de Shanghai

Por Gustavo Valencia Patiño
En su momento La dama de Shanghái no tuvo mucho éxito pero con el paso del tiempo comenzó a destacarse por varios factores. Uno de ellos, pertenecer al llamado cine negro (del francés 'film noir') un género que en los años de la posguerra empezaba a tomar en el ámbito internacional. Otro, de carácter extracinematográfico, que la protagonizaban la hermosa Rita Hayworth, el sex-symbol de la época, quien en la vida real era la esposa del famoso Orson Welles, director y coprotagonista de la cinta. Y como si fuera poco, para mayor comidilla de los medios, ellos dos se encontraban en pleno proceso de divorcio.
Así que una de las parejas míticas de Hollywood, conformada por la “diosa del amor”(quien había filmado dos años atrás la inmortal Gilda) y su marido, el muy famoso director de Ciudadano Kane (1941), se unieron para rodar la adaptación de una novela de Sherwood King, con guion del mismo Welles. Para esta realización el director transformó completamente a la diva. Le cambió su pelo rojo natural por un rubio platino y además se lo cortó; le asignó el papel de mujer fatal, "la mala de la película” y, como si fuera poco, la mató al final. Motivos más que suficientes para que al estrenarse la película no gustara, especialmente entre el público masculino, que en su mayoría era absoluto fanático de la fulgurante estrella.
Con todas estas particularidades, Welles realizó la obra dentro de las connotaciones del cine negro, un género que recreaba las condiciones y la intriga, con las debidas convenciones para que suceda el crimen anunciado o inesperado, para darle un giro sorpresivo al argumento como se presume de todo buen thriller. Sin embargo, lo que la hace tan especial y memorable es su clásica secuencia final, conocida como la de “los espejos”, una página magistral en la historia del cine.
Con la multiplicidad de imágenes que producen los espejos, aparecen Rita Hayworth enfrentándose, pistola en mano, a su marido, que también está armado. Orson Welles, el amante traicionado, observa todo. Es un célebre tiroteo que dura escasos segundos, en que se oye la ruptura de vidrios que van cayendo mientras van desapareciendo las imágenes de los protagonistas en los espejos. Mientras todo ocurre, con planos tanto cercanos como de cuerpo entero e incluso con sobreposición, el montaje que realiza Welles le da aún más fuerza al dramático desenlace. Con la velocidad con que cambian los planos, la tensión y el suspenso van en crescendo, en un intercambio de disparos que no se sabe si apuntan al sujeto o a la imagen reflejada en el espejo.

Lo que hace tan especial y memorable a 'La dama de Shanghái' es su clásica secuencia final, conocida como la de “los espejos”, una página magistral en la historia del cine.


El espacio cinematográfico y su construcción se ha alterado con este juego de los espejos. Es una especie de deconstrucción que genera más dramatismo y donde la confusión inicial da paso al odio mutuo de este matrimonio y su deseo de matarse el uno al otro en un lugar que, al irse destruyendo la ilusión visual de tantos espejos, da paso para que aparezca el espacio real, sin ambigüedades, en el que se encuentran ambos mortalmente heridos.
Total, en cine -y sí que lo sabía muy bien Orson Welles- la dramaturgia es visual. No depende tanto del relato o del guión, como ahora se suele pensar, sino del enfoque, del plano, de la sobreposición o del montaje mismo, del movimiento de cámara para que entregue el mejor ángulo y el mejor registro de lo que sucede. Eso lo sabía muy bien Orson Welles, un gran maestro del montaje.
La de los espejos, además, es muy representativa del cine negro y del thriller en general, que tiene un gran parentesco con la típica escena final del western o donde quiera que se anuncie un enfrentamiento a manera de conclusión. Para lograrlo se requiere de una gran creatividad visual, donde no solamente mueran “los malos” sino que también se presente algún elemento original en la puesta en escena y en el registro fílmico de este tantas veces visto epílogo que siempre produce muertos y donde, por muchos años, los “buenos” siempre ganaban. El código ético se mantenía y el bien siempre triunfaba sobre el mal.
Con el paso de los años estos diversos y variados elementos tanto cinematográficos como extracinematográficos acrecentaron la fama de la película. Tantos años después, tan separada en el tiempo y la distancia de nuestros días, en la que reina otra idea y y otro gusto en el cine, la película se sigue conservando muy fresca y viva. Rodada en blanco y negro, con un trabajo fílmico muy alejado del tipo de cine más moderno al que ya se han acostumbrado varias generaciones, La dama de Shanghái es un clásico al que no le pasan los años y ya son 75. El sentido trágico de la película y su expresión visual, encarnada en la mujer fatal de la época y que tan bien representó Rita Hayworth, dan una lección de cómo es el cine cuando se lo concibe como una estructura visual narrativa, o sea, saber hablar a través de la imagen.