13 Agosto 2022

La resurrección de Santa Evita

Ya está disponible la serie 'Santa Evita', basada en la novela del mismo nombre de Tomás Eloy Martínez, periodista y escritor argentino.

 

Santa Evita
Ernesto Alteiro y Natalia Oreiro, en los papeles del teniente coronel Carlos Eugenio de Moori Koenig y Eva Perón.

Por Sandro Romero Rey
El matrimonio entre el cine y la literatura latinoamericana ha sido un negocio sin final feliz. No siempre los resultados fueron los que sus gestores soñaron y, casi siempre, la palabra escrita terminó resintiéndose ante los embates de la contundencia de la imagen. Todos: de Borges a Carpentier, de Rulfo a Cortázar, de Vargas Llosa a Carlos Fuentes y, cómo no, de las novelas a los guiones originales de García Márquez, todos los precursores o los protagonistas del llamado boom de las letras del continente se han visto expuestos en el cine. Algunos, como Manuel Puig o Guillermo Cabrera Infante, consiguieron mejores resultados gracias a la afortunada asociación que tuvieron, en momentos coyunturales, con la industria norteamericana. Pero, por lo general, no se puede decir que El siglo de las luces, Pedro Páramo, La fiesta del Chivo o Crónica de una muerte anunciada hayan servido de punto de partida para películas memorables como sí lo fueron El proceso, de Franz Kafka/Orson Welles, Muerte en Venecia, de Thomas Mann/Luchino Visconti o Zama, de Antonio Di Benedetto/Lucrecia Martel, las cuales tuvieron su punto de partida en sendos relatos tan grandes como sus traducciones para la pantalla.

Santa Evita
Ahora le toca el turno a las series diseñadas para las plataformas en Internet. El mercado del cine ha sido cooptado por el mundo digital y, poco a poco, un nuevo idioma se está consolidando para lo que pide el público y sus necesidades de entretenimiento. Hoy, el cine, la televisión, el video o la transmisión en continuo parecen territorios que se están convirtiendo en un solo planeta, el cual se diferencia cada vez menos en sus contornos. Hay productos de muchas horas concebidos para las salas oscuras, hay telenovelas inspiradas en la vida real, hay videos experimentales que se exhiben indistintamente en las galerías de arte o en el ciberespacio y hay, por supuesto, series, muchas series. Hay documentales seriados de diez capítulos, largometrajes en episodios de grandes creadores (David Lynch, Martin Scorsese), historias fantásticas de muchas temporadas, sagas de animación altamente adictivas y, cómo no, adaptaciones de obras literarias. América Latina ha vuelto a sus raíces gloriosas de los mejores momentos de sus letras y ser tenidas en cuenta como creaciones de largo aliento para el streaming. Uno de los nombres que le ha apostado a fondo al formato es Rodrigo García Barcha, el hijo mayor del creador máximo de las letras colombianas, aquel que luchó a capa y espada para abrirse paso en el mundo audiovisual: Gabriel García Márquez. Rodrigo García se hizo un nombre como director de fotografía, realizador y productor en el cine estadounidense, desmarcándose de manera prudente de la catedral indestructible del nombre de su padre. En los últimos años del siglo XXI, García Barcha le está apostando a fondo al universo de las series. Y ha anunciado, con bombos y platillos, la realización de Cien años de soledad, un proyecto imposible coqueteado durante décadas por muchos nombres (Anthony Quinn, Sergio Leone…) y al que su autor les hizo el quite con argumentos más que convincentes. Ahora, el pragmatismo está haciendo de las suyas. Muy pronto se vencerán los derechos de muchas obras ya clásicas de nuestras letras y, antes de que las hagan otros, mejor será que le metan el diente los directamente implicados, es decir, sus afortunados herederos. La obra maestra de García Márquez sigue su curso, pero ya se lanzó la serie basada en Noticia de un secuestro, otro de sus libros esenciales. Y, para completar la aventura, la plataforma Star+ ha comenzado a emitir la versión en siete capítulos de Santa Evita, adaptación audiovisual de uno de los grandes libros del post-boom, publicado en 1995 por el autor argentino Tomás Eloy Martínez. Allí también salta a la vista Rodrigo García.

Es una traducción de un libro maestro, donde el amor por un cadáver se convierte en un desafío político, en una obsesión perversa y en una trapisonda policíaca.

Es una traducción de un libro maestro, donde el amor por un cadáver se convierte en un desafío político, en una obsesión perversa y en una trapisonda policíaca.
Santa Evita es un libro desconcertante. Si bien es cierto que su autor ya había disparado muy alto con su célebre La novela de Perón (1985) es con Santa Evita donde la ficción y la realidad se confunden de manera aterradora. En ella, los absurdos del realismo mágico terminan perteneciendo a los territorios de la vida y el gran periodista que siempre habitó en Tomás Eloy se fusiona con el creador de fábulas, hasta el punto de que es imposible establecer un límite entre la verdad y la impostura. En dieciséis capítulos, el novelista (¿el cronista?) construyó una historia alrededor de la necrofilia. Pero no se trataba de una fábula de amor por cualquier cadáver sino por el cuerpo de uno de los mitos esenciales de la política latinoamericana: el cuerpo de Eva Perón. Cuando apareció el libro, el entusiasmo fue unánime. Pronto se convirtió en una de las novelas del continente más traducidas y un referente esencial para mostrar cómo la gesta del boom había dejado extraordinarios discípulos. No hay que olvidar, por lo demás, que buena parte del éxito de Cien años de soledad, novela que se publicó por primera vez en Argentina, se debió a la labor de Tomás Eloy quien, como jefe de redacción de la revista Primera Plana, escribió un artículo que inició el mito del escritor colombiano. Se titulaba, sin ambages, “La gran novela de América” y le dio a García Márquez la patente de corso para que su genio estallara en el país de mayor tradición literaria en el continente.

La historia está construida sobre cuatro líneas narrativas que se mezclan sin seguir la estructura original del libro, sino concentrándose en sus episodios más rocambolescos, que no son pocos.


Tomás Eloy Martínez murió en 2010 y, a pesar de ganar el Premio Alfaguara con El vuelo de la reina y de publicar una veintena de libros memorables fue, sin lugar a dudas, Santa Evita la obra que habría de canonizarlo. Doce años después, la serie de siete capítulos, producida por Salma Hayek y la presencia determinante de Rodrigo García Barcha, es la que vuelve a poner sobre el tapete la eficacia de las obras literarias de prestigio adaptadas a los lenguajes audiovisuales. Santa Evita, la serie, es un thriller tremendista, que se basa en las hiperbólicas anécdotas que rodean la pérdida y recuperación del cadáver de la compañera de Perón. Mantiene las expectativas y, en 28 idiomas, cumple con el deber de convertirse en un éxito internacional. De todas maneras, el lector de Santa Evita no sabe cómo reaccionar ante la sorpresa que provoca la traducción audiovisual. Porque lo que en literatura fluye como el agua, en las seis horas largas de la serie el asunto se convierte en un rompecabezas con nuevos acertijos.

Perón
Darío Grandinett representa a Juan Domingo Perón. Natalia Oreiro interpreta a Eva Perón.

La historia está construida sobre cuatro líneas narrativas (la juventud de Evita, el amor de Evita y Perón, la muerte de Evita y la investigación del destino de su cadáver) las cuales se mezclan sin seguir la estructura original del libro, sino concentrándose en sus episodios más rocambolescos, que no son pocos. Los saltos en el tiempo mantienen la agilidad narrativa de la fábula y sirve para verla de un solo golpe o interrumpiendo las sesiones y degustarla como un viejo seriado. El reparto es efectivo y se destaca la gélida presencia (viva y muerta) de Natalia Oreiro, el perverso delirio de Ernesto Alterio (interpretando al obsesivo militar que se fascina por el cuerpo de la primera dama), el circunspecto Darío Grandinetti interpretando a un Perón de peluquín o el efectivo Diego Velásquez, en el papel del periodista que termina siendo víctima de su propia eficacia.

Si en Colombia, durante la posesión del presidente Gustavo Petro el fetichismo por la espada de Bolívar se convirtió en un asunto de honor, muchos años antes, en la Argentina de Perón, el cuerpo inerte de una mujer de 33 años terminaría transformándose en una saga que no podría entenderse si la ficción no hubiera explicado su enfermiza realidad.


A todas luces, el mito de Eva Perón encontró su mejor traducción en la novela de Tomás Eloy Martínez y los creadores de la serie han aprovechado con creces la leyenda. El libro es mucho más profundo y contundente que Evita, el célebre musical de Tim Rice y Andrew Lloyd Weber que, desde 1978, engalana los teatros de Broadway o el West End y que tuvo su clímax en la versión cinematográfica de Alan Parker, con Madonna y Antonio Banderas iluminando las marquesinas. La serie según Santa Evita es, por supuesto, otro asunto. Es una traducción de un libro maestro, donde el amor por un cadáver se convierte en un desafío político, en una obsesión perversa y en una trapisonda policíaca. Sus productores han sabido recoger sus frutos. Si en Colombia, durante la posesión del presidente Gustavo Petro el fetichismo por la espada de Bolívar se convirtió en un asunto de honor, muchos años antes, en la Argentina de Perón, el cuerpo inerte de una mujer de 33 años terminaría transformándose en una saga que no podría entenderse si la ficción no hubiera explicado su enfermiza realidad. Allí están Santa Evita (la novela) y Santa Evita (la serie) para demostrarlo.