11 Enero 2023

Lilly de Ungar: la mujer que se adelantó a los tiempos

Crédito: Foto Facebook Librería Central.

Con este texto, la columnista y analista política Elisabeth Ungar despide a su madre, Lilly Bleier de Ungar, austriaca, una mujer extraordinaria que murió a los 101 años, el pasado primero de enero en Bogotá, y fue fundadora, con Hans Ungar, su marido, de la Librería Central.

Por Elisabeth Ungar Bleier.

Estamos muy tristes por la partida de Lilly –o Gigi, como le decíamos en familia–. Pero quisiera que hoy y siempre celebremos su vida y su legado con alegría y, sobre todo, con inmensa gratitud.

Lilly fue una gran mujer que se adelantó a los tiempos. Nació en Viena en 1921. En 1939 llegó a Colombia huyendo del nazismo, acompañada de su padre Karl y de su hermana melliza Gerti, para encontrarse con su hermano Raoul, quien había llegado un año antes. Desembarcaron en Puerto Colombia, luego se radicaron unos años en Medellín y finalmente llegaron a Bogotá. Sobre ese viaje hay varias anécdotas: entre otras, la propuesta de matrimonio de un médico que venía en el barco y el horror que esto le causó a su padre; y la sensación que les produjo la exuberancia del paisaje y las vacas refrescándose en el río Magdalena para protegerse del intenso calor, cuando en Europa la carne ya era considerada un bien de lujo. En Medellín, Lilly trabajó con los Echavarría llevando las cuentas de sus negocios textiles. Cuando la entrevistó quien luego sería su jefe, don Norman Echavarría, y le preguntó qué sabía hacer, ella le respondió que no mucho, pero que si era necesario manejaría un avión. Eso era ella: un ejemplo de resiliencia y de fortaleza que se enfrentó a todos los retos y dificultades sin desfallecer, y que lo hizo con una gran dignidad. Superó el exilio forzado, la muerte de sus padres y sus hermanos, y luego la de Antonio, su único hijo hombre. Pero nunca claudicó.

A Hans, mi padre, también vienés y quien había llegado en 1938, lo conoció en un viaje en tren a Útica. Él dejó a sus padres y a su hermano atrás, con la esperanza de volverlos a ver. Sin embargo, su hermano murió en un campo de concentración. Y cuando Hans Ungar consiguió los recursos para tramitar las visas para sus padres, el entonces canciller Luis López de Mesa se las negó. Ellos acabaron corriendo la misma suerte que su hijo mayor.

Lilly y Hans vivieron juntos cerca de 70 años y de esa unión nacimos mi hermano y yo. En 1946 comenzaron ese nuevo y fascinante proyecto de vida llamado Librería Central, que adquirieron luego del fallecimiento del también inmigrante austriaco don Pablo Wolff. Allí también nació la Galería de Arte El Callejón, donde hicieron sus primeras exposiciones pintores como Botero, Obregón, Ramírez Villamizar y Grau, entre otros. La Central es, sin duda, el maravilloso legado cultural y el sitio de encuentro de varias generaciones a las que les infundieron el amor por los libros, la lectura, la música, el arte y donde se forjaron puentes y lazos entre Europa y Colombia.

Fue igualmente un sitio de encuentro de políticos, de expresidentes, de ministros, de artistas, de transeúntes, de amigos y de desconocidos. Incluso de quienes se llevaban “prestados” (entre comillas) uno que otro libro. Muchos niños, hoy adultos, aprendieron a leer allá. En uno de los innumerables mensajes que he recibido, una amiga me decía: “Conservo un grato recuerdo de doña Lilly, atado a mis gratas memorias de infancia. Entonces el premio era un paseo a la Librería Central para escoger un libro”. Otra escribió: “Lilly fue mi primera jefa. Cuando yo tenía 9 años. No porque promoviera el trabajo infantil, ni más faltaba, sino porque invitaba a los hijos de sus amigos a que permanecieran allí, durante horas, sobre todo los sábados en la mañana. “Mira lo que quieras, mi amor”, me decía. Y un sobrino, antes de colgar el teléfono, luego de darme el pésame, me dijo: “Seguiré leyendo a Tin Tin con Lilly”.

A todos, adultos niños, conocidos y desconocidos, sin importar de dónde vinieran, Lilly los atendía con afecto y los dejaba recorrer las estanterías y mirar y tocar y hojear los libros. Incluso, que se los llevaran y los devolvieran después. Por supuesto, les ofrecía el infaltable tinto, los cascos de manzana y los dulces que sacaba del cajón de su escritorio. Tampoco podía faltarle su collar de perlas que la acompañó siempre. Del Pasaje Santafé, donde vivieron de cerca los tumultos del 9 de abril, al Parque de Santander, donde presenciaron el incendio del edificio colindante de La Nacional de Seguros, a la calle 82 y finalmente a la calle 94, Hans y Lilly siempre trasladaron su pasión por los libros, las tertulias, los encuentros y sobre todo a sus clientes y sus amigos. Muchos de estos encuentros se repetían en los almuerzos y reuniones en la Casa Ungar, construida por el arquitecto Fernando Martínez Sanabria, donde reposa la maravillosa biblioteca de mi padre. Allí Gigi acogió no solo a sus amigos sino a personas que escasamente conocía y que luego se volvían sus amigos, incluyendo a las exparejas de sus hijos y nietos. Todo esto fue una manera de agradecerle al país que acogió a mis padres y de reconstruir sus proyectos de vida haciendo lo que más les gustaba.

Lilly era una persona muy curiosa y aguda. Era directa y decía lo que pensaba. Le interesaban muchos temas y le encantaba viajar. Con Hans visitaron a muchos países. A su amada Viena, la ciudad que los vio nacer, fueron innumerables veces. Recuerdo su regreso con las maletas llenas de regalos, y uno que otro libro que mi papá camuflaba en ellas porque según mi mamá ya no había espacio en los estantes. Pero a ella también le gustaba viajar por Colombia. Ir a los pueblos, como los llamaba cariñosamente, quizás recordando que cuando los visitó por primera vez efectivamente eran pequeños poblados, y recorrer sus calles, los mercados y las misceláneas, y comer pollito en el asadero de turno. Otra amiga me recordó lo siguiente: ”Nunca olvidaré los viajes en carro a tierra caliente cuando éramos pequeñas. Lilly y mi mamá cantando canciones como Lilly Marlen y yo pensaba que Lilly era tu mami”. A su jardín lo consentía y cuidaba. Uno de sus grandes placeres era mirar los frondosos árboles que veía desde la ventana de su cuarto. Cuando podía, subrepticiamente cortaba un piecito, como decía ella, de una mata en una carretera o en otro jardín, que luego llegaban al suyo.

A nosotros, sus hijos, nietos y bisnietos, Lilly nos amó inmensamente. Era protectora, pero a la vez nos dio alas para volar. Era exigente. “ I Will I can”, “Yo quiero, yo puedo” era un dicho que ella le atribuía a Winston Churchill, que aplicó en su vida al pie de la letra y que nos repetía con frecuencia. Sin embargo, al final, cualesquiera que fueran nuestras acciones y decisiones o el rumbo que tomáramos, los aceptaba amorosamente y nos apoyaba.

Hoy Gigi y Hans, donde quiera que estén, deben estar conversando sobre nuevos proyectos, nuevas exposiciones, a qué artistas o a qué escritor apoyar, qué libros comprar, a quién invitar a su casa a almorzar. Pero, sobre todo, deben estar felices de reencontrarse y, más que todo, de vernos en su librería.

Gracias Gigita por tu amor incondicional, por tu ejemplo de vida, por tu generosidad, por habernos dejado tantos amigos que hoy nos acompañan desde rincones lejanos y cercanos. Y por tantos recuerdos que alimentarán nuestras vidas y nuestros corazones para siempre.