9 Junio 2022

“Soy promiscuo como espectador”: Juan Mayorga, ganador del Premio Princesa de Asturias

El pasado 1 de junio Juan Mayorga, dramaturgo español, recibió el Premio Princesa de Asturias. La reconocida actriz y escritora Laura García conversó con él en Madrid y comparte esta entrevista con los lectores de 'Cambio'.

Por Laura García
… “Nos recordó que lo peor de los fracasos es que estos sucedieran después de propuestas cobardes, que debíamos ser ambiciosos también en el fracaso; nos incitó a ser osados en nuestras apuestas, nos empujó a que intentáramos un teatro del que tuvieran miedo los pusilánimes, los mercaderes de lo humano...”: Alberto Conejero, dramaturgo español y director del aprestigiado Festival de Otoño de Madrid, sobre su maestro Juan Mayorga, a propósito del premio literario Princesa de Asturias otorgado a este último el pasado 1 de junio.

Juan Mayorga.
Juan Mayorga. Fotos de Miguel Lizana Barco.


Mi conocimiento directo de Juan Mayorga se remonta al 17 de mayo pasado, cuando, ya posicionado en la dirección del Teatro de La Abadía de Madrid (bastión incontrovertible de las artes escénicas españolas), hizo las veces de anfitrión en la socialización que se llevó a cabo en los jardines exteriores luego de la función de estreno de El Pato Salvaje, de Henrik Ibsen. Al día siguiente lo vería. Siempre amable, me había apartado un tiempo prudente pero escaso, seguramente, para nuestra conversación agendada desde Bogotá. Yo no estuve al tanto sino hasta hace relativamente poco de su figuración y sus calidades y cualidades como dramaturgo, y de su formación como filósofo y matemático y su membresía de la Real Academia de la Lengua Española (RAE). De su admiración por Walter Benjamin, el pensador, ensayista y traductor alemán que jugó al ajedrez con Bertolt Brecht y se quitó la vida en Portbou a sus cuarenta y ocho años. Devoré entonces sus entrevistas para permearme de su sensibilidad y su pensamiento y leí algo de su prolífica obra, traducida a más de treinta idiomas, y representada con frecuencia en variadas latitudes. Ella incluye títulos como El chico de la última fila –parcialmente adaptado al cine por François Ozon en la película En la casa–, Hamelin –basado en un caso real de explotación sexual de menores–, La tortuga de Darwin –un repaso por la historia del siglo XX– o La lengua en pedazos, un diálogo imaginado entre Teresa de Jesús y un inquisidor que le valió el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2013, uno entre varios galardones.

En Colombia se habían escenificado su Himmelweg y La paz perpetua. Y lo que sentí que lo precedía, al estrecharle la mano –él tímidamente, yo con la fuerza de quien pretendía conocerlo– fue su bondad insoslayable hacia el género humano. Su inclinación a moldear con dulzura nuestra vulnerabilidad. A convertirla en palabras finamente zurcidas. En silencios, que son también signos. En conceptos poetizados y dirigidos sobre aquellos pasos que la humanidad ha dado para su gloria o su descalabro.
Esto conversamos en un cuasi monólogo en el que preferí darle todo el espacio, con menores intervenciones de parte mía, para no romper el encanto sostenido de su corriente de pensamiento, y sin la preocupación de pretender develar algún misterio más allá de su obra. Porque su obra lo es todo. Y su persona está al servicio de ella.
CAMBIO: ¿Qué hay en tu obra, Juan, de ese chico del barrio de Chamberí?
Juan Mayorga: 
A veces, cuando me lo han preguntado, me digo que escribo para ese chaval de dieciséis años que fue un día al teatro. Porque allí encontré un lugar en el que me respetaban. Por ejemplo, allí vi a mis dieciséis años, en 1981, a José Luis Gómez interpretando de forma maravillosa el Segismundo de La vida es sueño, de Calderón, y diciendo …“porque el delito mayor del hombre es el haber nacido”. El teatro era un lugar que esperaba que tuviese una capacidad de memoria, de imaginación. Iba al teatro, no para derrotarlo sino para que me diera una experiencia poderosa. Y resulta que he vuelto a Chamberí. Y cuando mi madre se enteró que iba a asumir la dirección artística del Teatro de La Abadía me ha dicho: “has vuelto al barrio” (risas).
 

CAMBIO: Te obsesiona la felicidad, como a Benjamin…
J. M.: 
Benjamin dice que nuestra imagen de la felicidad solo podemos hacerla a partir de la felicidad perdida o de la que no llegamos a conquistar. Está vinculada al pasado en el que fuimos dichosos o al pasado en que no conquistamos una felicidad para la que tuvimos una ocasión que perdimos.
 

CAMBIO: ¿Qué quieres hacer con el Teatro de La Abadía?
J. M.: 
Hay algo maravilloso en dirigir un teatro. Primero, es un lugar construido para que la gente se reúna. Lo segundo, es que puedo salir de mi egoísmo de artista y del mío personal –que en el caso mío son ambos muy acusados– y acompañar el trabajo de otros. Y, en tercer lugar, porque uno entra a un sitio y piensa cosas que jamás hubiera pensado si no estuviera en ese sitio. Estas tres experiencias… estoy seguro de que tú las conoces. Pero, además, sucede que La Abadía, a mi juicio, es uno de los teatros más bellos y poderosos del mundo. José Luis Gómez creó un espacio no solo físico sino moral. Que ha querido crear acontecimientos importantes para las personas. Un lugar de revelación y excelencia. Gómez fue un visionario. Extraordinariamente trabajador e inteligente. Parte de nuestro trabajo es custodiar ese legado. La custodia no puede ser conservadora. Debe ampliar y extender siempre el legado. Y como La Abadía es un lugar hermoso… Los espacios te constituyen también.
 

CAMBIO: Llevo varios días en Madrid viendo teatro. ¿Cómo ves el estado de salud de la escena española en su más amplia geografía?
J. M.: 
Creo que vivimos un momento interesante en el teatro español. Pero entonces debemos humildemente recordar que en Madrid se estrenaron gigantes como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Valle-Inclán, García Lorca. Cuatro nombres que nos deberían hacer temblar. El teatro atrae talento. Hay jóvenes que han elegido su modo de relacionarse con la sociedad y con el mundo a través del teatro. Cuando comencé a escribir, si alguien tenía talento le aconsejaban que se dedicase a la novela o al cine. Había una cierta melancolía en torno al teatro. Hoy, no la hay. El teatro es un lugar de prestigio. Hay autores y directores de distintas generaciones y distintos lenguajes dramáticos conviviendo. Sobre la pluralidad de los lenguajes teatrales: parafraseando aquel chiste judío sobre el náufrago que encuentran que ha construido solo no una sino tres sinagogas en su isla, debe haber: el teatro al que vas, el teatro al que no vas y aquel al que no irías jamás. Eso es sano. Yo voy a los tres. Soy promiscuo como espectador.
 

CAMBIO: ¿Es por la universalidad de los temas que tratas que tus obras se han publicado y escenificado en otros idiomas?
J. M.: 
Estaría tentado a pensarlo así. Pero yo no he buscado esa universalidad. En unos días se monta en Seúl, Corea del Sur, mi obra El crítico. Jamás pensé que mis obras se montarían en Corea. La misma obra se está haciendo en Montevideo, Himmelweg en Alemania y La paz perpetua en Francia y producciones de El mago y El gólem en Italia. Pero yo hablo es de nuestra fragilidad. Tal vez por eso esas experiencias son reconocidas en otros lugares.

Juan Mayorga
En este punto lo siento fatigado. Discretamente termino la entrevista con estas preguntas:
 

CAMBIO: ¿Una partida de ajedrez con Brecht o con Benjamin?
J. M.: 
Siento un afecto personal por Benjamin. Siento emoción si lo visualizo caminando con ese maletín que él, agotado como iba, cruzando la frontera, llevaba mientras buscaba Portbou en 1940, mientras era presionado para que lo abandonara. A lo cual se negaba, porque decía que ese maletín era más importante que su propia vida… Le debo tanto… No puedo sino decir que yo jugaría con él esa partida, o tomaría un café por Chamberí con él.
 

CAMBIO: Pero no rechazarías una partida con Brecht…
J. M.: 
Brecht es un grande y tenía un sentido práctico. Benjamin caminaba siempre muy atento a la ciudad actual y a las ciudades escondidas bajo la ciudad actual. Benjamin me ayudaría a ver en Chamberí cosas que yo no he reparado.
 

CAMBIO: Pensé que ibas a decir que Benjamin te habría ayudado a ganarle la partida a Brecht…
J. M.: 
Benjamin se dejaría ganar para que Brecht quedara contento, porque creo que era mal perdedor. En cambio, Benjamin encontraría en la derrota su lugar natural.