21 Octubre 2022

“Todos los grandes personajes de Molière encarnan al ser humano en lo que tiene de excesivo, egoísta y desviado": Hervé van der Meulen

A raíz de los 400 años del nacimiento de Molière, Laura García habló con el actor y director de teatro francés Hervé van der Meulen acerca del legado y del alcance de la obra de uno de los más grandes escritores de teatro de la historia de la humanidad.

Moliere y Van der
Hervé Van der Meulen y Molière. Fotoilustración, Yamith Mariño.

Por Laura García
En la novela corta El enfermo Molière, del escritor brasileño Rubem Fonseca, su autor crea una atractiva hipótesis de envenenamiento como causal de la muerte del genial Jean-Baptiste Poquelin (o Pocquelin), autoapodado Molière. Tenía, sin duda, muchos enemigos: las víctimas de sus comedias. Pero lo que sabemos de cierto es que luego de actuar en el Palais-Royal el papel principal de El enfermo imaginario —no en Versalles, debido a la intriga del músico Lully (afrancesamiento del apellido italiano Lulli)—, murió a las diez de la noche, acudido por dos monjas anodinas, en su casa de la calle Richelieu, en medio de una irrupción incontenible de sangre (hemoptisis), debido a una tos extrema que rompió una vena pulmonar, porque padecía de "una afluencia en el pecho que le molestaba mucho y a la que estaba sometido durante varios años". Hubo problema para enterrarlo porque para la Iglesia los actores y actrices, que ejercían una profesión "infame", estaban excomulgados. La diócesis de París prohibía darles la comunión a personas indignas, como usureros, actores y criminales notorios. Además, Molière solo hubiera podido recibir los últimos sacramentos y obtener un entierro eclesiástico a condición de que renunciara a su profesión por escrito o abjurara oralmente en su lecho de muerte en presencia de un sacerdote, lo que oportunamente sí había hecho su otrora amante Madeleine Béjart, un año antes —la actriz con quien había fundado el Illustre Théâtre en 1643— para poder ser sepultada y honrada. Y él, el arquitecto agudo y despiadado de comedias, farsas, tragicomedias y comedias-balés, no tuvo tiempo de hacerlo. Había nacido en 1622, hace 400 años, en el hogar del tapicero del rey, y terminaba sus días a los 51 años, luego de engullir un ralo trozo de pan con queso parmesano. La película de 1978 de Ariane Mnouchkine, que lleva el sobrenombre del más montado dramaturgo de todos los tiempos, atestigua su formidable vida creativa y su muerte teatral a pocas cuadras del último escenario que pisó, como el sinigual representador y protagonista de sus piezas que, sin lugar a duda, fue.
La efeméride del natalicio de Molière me sugirió un cruce de ideas con el actor y director francés Hervé Van der Meulen, con quien trabajé en su montaje en 1985 de El burgués gentilhombre en Colombia, en el Teatro Libre.
 

LAURA GARCÍA: En 2023 estrenará un montaje en Colombia del Tartufo de Molière. Y en 1985 ya realizó acá una puesta en escena de El burgués gentilhombre del mismo autor. Los dos personajes son el arquetipo del trepador social y del hipócrita e impostor respectivamente. Aparte de la clara connotación universal que tienen los personajes del dramaturgo francés, ¿algún motivo en particular para escenificar ahora el Tartufo en nuestro país, aparte de la grata invitación por parte del actor y director Germán Jaramillo para montar la pieza en el Teatro Nacional?
HERVÉ  VAN DER  MEULEN: 
Los personajes de Tartufo y El burgués gentilhombre (Señor Jourdain) no tienen nada que ver entre sí. Tartufo es un personaje negativo, perverso e hipócrita. Jourdain es un ser fundamentalmente positivo. Busca aprender, enriquecerse. No busca aprovecharse de los demás. El señor Jourdain es mucho menos dañino que Tartufo, incluso, aunque pudiera precipitar la desgracia de su hija al casarla contra su voluntad (algo común en el siglo XVII en Francia y Europa). Tartufo es excesivamente peligroso. Es casi un matón, y mucho más inteligente que el Sr. Jourdain, por lo que es difícil desenmascararlo. Si busca engañar a Orgon, su anfitrión, es para arruinarlo y despojar a toda su familia. Además, al final de la obra, Molière decide que Tartufo sea arrestado por estafa y oposición política. Todos los grandes personajes de Molière encarnan al ser humano en lo que tiene de excesivo, egoísta y "desviado". Denuncian, al ser magnificados (pero siempre con profunda humanidad), los grandes defectos y debilidades nuestros. Esto es lo que es emocionante y me interesa en el más alto grado, especialmente porque hoy podemos encontrar equivalencias en nuestra sociedad contemporánea, puesto que los usurpadores y las estafas pululan por doquier.
 

L. G.: La primera vez que se dejó deslumbrar por Molière, ¿cómo fue y por qué?
H. V. D. M.: C
uando estaba en la escuela secundaria (ya apasionado por el teatro que ejercí desde los doce años) asistí a un Tartufo en el Théâtre d'Arras con Fernand Ledoux, un gran actor de la Comédie-Française. Era, según lo que recuerdo, una representación muy clásica, pero bellamente interpretada y muy animada, la mar de divertida. Y en 1970, ¡qué shock! Mi abuela, para premiarme por un examen que culminé de manera exitosa, me llevó a la Comédie-Française por primera vez. Vi George Dandin con el gran Robert Hirsch. La puesta en escena fue de Jean-Paul Roussillon y destacó el aspecto trágico de la obra. Me impresionó mucho. Una increíble humanidad y profundidad emergió de este espectáculo. Roussillon desempolvó varias de las obras de Molière (El avaro, Las mujeres sabias y Tartufo). Su puesta en escena, acompañada de una dirección de actores muy puntillosa, ha marcado la historia de la interpretación en la Comédie-Française. Al igual que las de Roger Planchon (Tartufo, George Dandin) que tomó la misma dirección trágica y muy realista.
 

L. G.: ¿Su Molière favorito o su Molière incomprendido cuál es y por qué?
H. V. D. M.: 
Favorito: El misántropo, que considero su obra maestra. Es como una especie de autobiografía. El carácter de Alceste y su relación con los demás, con la sociedad y con el mundo, en general, es atemporal. Regularmente nos hacemos la pregunta: “y si me gustara Alceste, ¿me retiraría del mundo?” Además, la versificación de esta obra maestra en cinco actos es perfecta. Para mí, este es el trabajo más logrado de Molière. Incomprendido: Quizás algunas comedias-balés de circunstancia como La princesa de Elis o Melicerta, que solo tenían sentido en el contexto de los grandes festivales musicales de danza que Luis XIV impartía en Versalles. El rey se las ordenó a Molière porque él era a su vez un avezado bailarín y participaba en estos festivales. Estas piezas resucitan hoy como parte de reconstrucciones, pero esto solo se puede hacer con cantantes, músicos y bailarines barrocos. De lo contrario, no se sostienen.
 

L. G.: Las piezas de Molière, aunque navegan en arquetipos claramente establecidos, oscilan entre poder ser representadas sin traicionar la inteligencia perversa, satírica, pero sutil que les es propia o, en el otro extremo, a través de una tentadora puesta en escena clownesca, posiblemente. ¿Cuál escoge usted?
H. V. D. M.: 
Las obras de Molière están, de hecho (al menos en su gran mayoría), sujetas a diversas y variadas interpretaciones. Y Dios sabe todo lo que he visto en mi vida como actor y espectador. También se pueden trasladar a todas las épocas, dar rienda suelta a todas las interpretaciones, e incluso a todas las propuestas. Para mí no importa qué sesgo se elija, si es coherente y no traiciona el pensamiento profundo de Molière, y si el trabajo es redondo. Hace poco vi El casamiento forzoso en una pequeña habitación de la Comédie-Française. El director Louis Arène (uno de los mejores de su joven generación) trabajó desde la técnica de la máscara y el teatro de caballetes para finalmente abordarla con una visión como de pesadilla. También aprovechó para denunciar el machismo y el patriarcado. Y todo se mantuvo, fue precisa y coherente.
 

L. G.: Paralelo corto entre Molière, Shakespeare y Lope de Vega, los tres grandes de la época de oro de la dramaturgia europea.
H. V. D. M.: 
¡Vaya! Se necesitarían páginas y páginas para responder a esa pregunta. Conozco bastante bien a Molière y Shakespeare (dirigí tres de sus comedias y protagonicé El rey Lear y Romeo y Julieta. También asisto regularmente a Londres y Stratford para ver las producciones de la Royal Shakespeare Company). Por otro lado, nunca he dirigido Lope de Vega. Lo he actuado una sola vez en El perro del hortelano. Así que lo conozco menos bien. Para hacerlo corto, y por lo tanto un poco esquemático, Shakespeare y Lope de Vega son autores que vivieron en la convergencia de los siglos XVI y XVII y, por lo tanto, en un mundo muy barroco, siendo¸ sin embargo, Londres y Madrid dos ambientes muy distintos. En sus respectivos países, el teatro no estaba sujeto a reglas estrictas. Por el contrario, existían todas las libertades, especialmente en lo que respecta a las condiciones de representación, escritura y composición de las obras. Y a menudo, incluso, en la elección de temas. Molière se topó con al movimiento clásico, que se impondría en toda Francia durante el siglo XVII, y en particular con la regla de las tres unidades que estaban presentes en Corneille: unidad de tiempo, lugar y acción. Muy a menudo tuvo que respetar estas reglas, aunque pudo a ratos escapar de ellas (como en Don Juan. Pero Don Juan es de inspiración española y sigue en esta pieza la huella establecida por Tirso de Molina, uno de los predecesores de Lope de Vega). Sin embargo, una cosa en común: los tres trataron la condición humana con una agudeza y una verosimilitud que todavía están a la orden día. La prueba: siempre se ponen en escena por doquier, en todos los idiomas, en todos los estilos. De hecho, son los tres autores más grandes de la historia del teatro occidental.
 

L. G.: ¿Ha habido, sin duda, maneras novedosas de poner en escena a Molière en Francia?
H. V. D. M.: 
Desde que voy al teatro he visto decenas de formas de montar Molière en Francia, y también en Europa. Algunas visiones muy clásicas, y otras extremadamente nuevas y "modernas". He atestiguado grandes éxitos y fracasos. Una vez más, las obras de este genio se pueden adaptar a todas las épocas, a todas las visiones, a todos los pensamientos. Pero repito, para mí, es necesario respetar el texto, las situaciones y el pensamiento profundo del autor.
 

L. G.: A la luz de la actuación contemporánea, ¿cómo era la del actor Jean-Baptiste Poquelin y su “troupe” en el siglo XVII? ¿Grandilocuente? ¿Refinada?
H. V. D. M.:
Si consultamos los documentos y testimonios de la época, y también la notable película de Mnouchkine (Molière), parecería que durante la primera mitad de su carrera quiso interpretar la gran tragedia y adoptar el estilo muy pomposo y grandilocuente de los actores del Hôtel de Bourgogne, los grandes especialistas de este tipo de repertorio. Pero para este estilo no poseía gran talento, y esto lo llevó al fracaso en dicho género. Por otro lado, en cuanto se acerca a la farsa y luego a la comedia, y, en consecuencia, a una actuación más directa e incluso refinada, Molière y sus actores proponen una gran evolución en la interpretación. El juego absurdo de los inicios de Molière en París y en la corte evolucionará y demostrará ser cada vez más refinado, cada vez más "natural". Los temas y textos de las grandes obras también lo empujan a él, a sus intérpretes, hacia este tipo de juego. Molière criticó severamente la lúdica pomposa de sus enemigos (los actores del Hôtel de Bourgogne) cuando dio indicaciones a los actores de su compañía en El improvisado de Versalles (una obra en un acto que da la atmósfera de ensayos y dirección de actuación que Molière practicaba). Sin embargo, incluso en El enfermo imaginario, muchos testimonios afirman que Molière practicó con ingenio las muecas y el juego absurdo, un poco como Charlie Chaplin. ¡Así que todo es relativo! Seguramente todavía estábamos bastante lejos del juego natural, incluso cinematográfico, de hoy. Además, las condiciones de las representaciones de la época (iluminación a luz de vela, ruidos en la sala, presencia en el escenario de nobles que no se privaban de comentarios en voz alta…) condicionaron un juego bastante exagerado. Pero es innegable que Molière y su compañía evolucionaron hacia una interpretación de estilo más natural y psicológico.
 

L. G.: Qué opina de la teoría que establece el escritor brasilero Rubem Fonseca en su libro El enfermo Molière —la especulación, más bien— de que el escritor, actor y empresario francés fue envenenado en su tiempo. ¿Lo ha leído?
H. V. D. M.: 
No, lo siento, no he leído ese libro. Pero sí muchas biografías de Molière, y muchos estudios sobre sus obras y su compañía, elaborados por grandes especialistas en literatura del siglo XVII.  Muchas leyendas han surgido a lo largo de los siglos (y esto desde la primera biografía de Grimarest a principios del siglo XVIII, biografía que servirá de base a Bulgakov para su Novela de la vida de Monsieur de Molière). Incluso se ha afirmado que se casó con su propia hija, o que no escribió sus obras de teatro y que fue Corneille quien lo hizo. El estado actual de la investigación permite decir que todas estas leyendas (como la del envenenamiento) son falsas, y a menudo son meras calumnias, algo que Molière conoció de primera mano toda su vida (¡pero fue la razón de su éxito, y el de Molière fue sublime!) 
 

L. G.: ¿Su vida sin Molière cómo hubiera sido?
H. V. D. M.: 
Difícil de imaginar. Desde mi tierna edad, luego en la escuela secundaria, en el Liceo, la escuela de teatro en la Rue Blanche en París, luego desde mis primeros pasos en un escenario, fui sacudido por Molière, confrontado por Molière. Primero como actor que como director (yo mismo interpreté al señor Jourdain en Francia en una puesta en escena de Laurent Serrano, interpreté más de trescientas veces a Cleanto, la joven primera figura masculina de El Avaro, que presentamos en el Teatro Colón de Bogotá y por toda Colombia y Latinoamérica; interpreté al hermano de El enfermo imaginario...). He dirigido más de cuarenta producciones, pero a la final, no muchas piezas de Molière. ¡Pero el recuerdo de El burgués gentilhombre en Bogotá sigue siendo una de mis mejores remembranzas! También trabajé bastante en los textos y personajes de Molière como profesor durante treinta años en la École du Studio d'Asnières. 
 

L. G.: ¿Qué le habría dicho a Molière si lo hubiera conocido?
H. V. D. M.:
Que me permitiera trabajar con él y su “troupe” de cómicos.

Hervé Van der Meulen, director, actor y pedagogo francés, ha dirigido más de cuarenta producciones en París (Théâtre 13, Théâtre Silvia Monfort, Théâtre des Mathurins, Gaîté Montparnasse) y por fuera de la capital francesa en el Studio-Théâtre d’Asnières, el Théâtre de l’Ouest Parisien, y el Théâtre Montansier en Versailles), entre las cuales sobresalen Las Olas de Virginia Woolf, El Cuento de Invierno y Mucho ruido y pocas nueces de William Shakespeare, El Intercambio de Paul Claudel, La Dama de chez Maxim’s de Georges Feydeau, Rabelais de Jean-Louis Barrault, al igual que de autores como Marivaux, Bernanos, Ionesco y Molière, por supuesto. También dirigió de Camille Saint-Saens su ópera Samson et Dalila en el Sieur Du Luth Summer Arts Festival en los EE.UU. Y recientemente, Dancefloor Memories de Lucie Depauw en la Comédie-Française. Actualmente dirige un espectáculo sobre el poeta Guillaume Apollinaire: El vigía melancólico