5 Noviembre 2022

Volver a lo simple

Tras cuatro años sin producir nuevas canciones, la banda escocesa Simple Minds regresa con un álbum nostálgico, minimalista y enérgico que recupera el sonido envolvente de los años 80 y redime la sabia premisa: menos es más.

Simple Minds

Por Jacobo Celnik
Un nuevo álbum de una banda de rock clásico es una invitación a revivir su legado. No podía disfrutar desprevenidamente el Direction of the heart de los Simple Minds sin revisar lo que ha sido su vida y obra desde el álbum debut Life in a day (1979), cuando eran unos hijos perdidos de Roxy Music tratando de encontrar su lugar en el competitivo entorno del rock británico, hasta que tocaron las puertas del cielo en 1982, tras cinco intentos, con el majestuoso trabajo New gold dream (81-82-83-84). Desempolvar 17 álbumes en estudio ofrece una perspectiva única, objetiva y ecuánime para entender por qué el cantante Jim Kerr y el guitarrista Charlie Burchill, los únicos dos referentes históricos del grupo, insistieron en crear nuevas canciones en vez de vivir de la renta de su catálogo, como lo ha hecho acertadamente Billy Joel desde 1993, cuando dejó de componer música.
La mayoría de grandes referentes británicos e irlandeses de finales de los años setenta e inicios de los 80 lograron la cumbre tras varios esfuerzos en los estudios de grabación. Así les pasó a U2, Duran Duran, New Order, Depeche Mode, The Police, Echo and the Bunnymen, The Waterboys, The Cure, The Smiths, The Clash, Madness y Eurythmics, entre otros. También hubo artistas más avanzados que desde el álbum debut demostraron su incuestionable grandeza como Elvis Costello, Tears for Fears y Talk Talk. Sin embargo, a los Simple Minds les costó mucho trabajo encontrar su propia voz. Aunque una vez que lo lograron, repitieron la fórmula hasta que se les acabó la gasolina y cansaron a su audiencia.

Simple Minds 80s
Simple Minds en los años 80.


Uno de los mayores problemas que enfrentaron los escoces era la similitud de su música con la de algunos artistas contemporáneos como U2 y los Stranglers, o de referentes como T-Rex y Roxy Music. En aquellos años, de gran irrupción creativa, nadie se iba a rendir a los pies de una banda que emulaba a los teclados de Brian Eno y a la voz de Brian Ferry. Pero cuando Jim Kerr encontró su voz artística con el quinto álbum, la banda se convirtió en una especie de alquimistas de la música, con el secreto sagrado para conquistar a las masas. Se volvieron imparables, aunque lejos de llegarles a los talones a U2 que, a mediados de los 80, ya cosechaban un par de álbumes número 1 en Gran Bretaña y se habían convertido en un fenómeno mucho más global tras su memorable presentación en Live Aid.

A los Simple Minds les costó mucho trabajo encontrar su propia voz. Aunque una vez que lo lograron, repitieron la fórmula hasta que se les acabó la gasolina y cansaron a su audiencia.


Los Simple Minds se han mantenido activos, con largos periodos de descanso y llenos de altibajos creativos, por más de 43 años. En 1989, durante la promoción del álbum Street fighting years, el cantante Jim Kerr, algo soberbio, le dijo a la prensa que a pesar de que los años 80 estaban llegando a su final, ellos, por más de que un gran sector del público y la prensa lo negara, eran “una de las principales y más grandes bandas de esa generación. Y técnicamente no estaba equivocado porque entre 1982 y 1989 dejaron álbumes memorables y masivos, además de éxitos inmortales en la radio británica y norteamericana como Don´t you forget about me, Belfast child, All the things she said, Alive and kicking, Sanctify yourself y Promised you a miracle. Un número 1 y ocho top 10 en listas inglesas.
Sin embargo, con la llegada de los años noventa, y a pesar del impacto positivo de lo que en mi opinión fue su último gran álbum (Real life, 1991) ⸻además de la rotación en la radio de los temas She´s a river e Hypnotized, de 1995⸻, la banda no supo reinventarse y cayó en un bache creativo durante diez años, hasta Black & White 050505 (2005) con el que regresaron a sus raíces, al rock aterciopelado e hipnotizante, a melodías inolvidables, y recuperaron la fórmula que los llevó a conquistar parte del planeta a mediados de los 80. El problema de ese álbum, más allá de ser el trabajo más U2 de los Simple Minds, es que no tuvo rotación en la radio, salió con Sanctuary Records, un sello independiente inglés con rotación local, y eso sentenció su escaso impacto.
En esos años de incertidumbre, de más errores que aciertos, lanzaron álbumes de música electrónica intrascendentes e indigeribles como Neapolis (1998) y Cry (2002), y Neon lights (2001), un muy cuestionable álbum de covers de sus principales influencias musicales como Van Morrison, David Bowie, The Doors y Roxy Music, y que hizo ver al de Duran Duran (Thank you, 1995) como una obra maestra, aunque también su producción fue bastante floja salvo las muy bien logradas versiones de Thank you de Led Zeppelin y Crystal ship de The Doors.

Cuando Jim Kerr encontró su voz artística con el quinto álbum, la banda se convirtió en una especie de alquimistas de la música, con el secreto sagrado para conquistar a las masas.


El álbum Black & White 050505 estableció un antes y un después en su obra. A partir de ese momento la banda le dedicó mucho más tiempo a la producción y a perfeccionar sus canciones, sin el afán de conseguir éxitos que los mantuvieran vigentes en un público más que fiel y cautivo. Desde entonces, y cada cuatro o cinco años, han presentado nuevo material en estudio que siempre ha estado acompañado de giras exitosas y masivas en Inglaterra, Escocia, Irlanda, parte de Europa y Estados Unidos. Graffiti soul (2009), Big music (2014) y Walk between worlds (2018) conservan la mística, sonido y el legado de los muchachos de Glasgow. Pero el nuevo álbum marca una distancia creativa importante con sus predecesores porque Kerr y Burchill decidieron regresar al sonido electrizante de 1982, con una mirada moderna y acertada del presente.

Jim Kerr
Charlie Burchill y Jim Kerr, los miembros históricos de Simple Minds.


El origen del nuevo trabajo en estudio de los Simple Minds se remonta a los tiempos del inicio de la pandemia cuando Jim Kerr tuvo que soportar la enfermedad terminal de su padre. Ese fue el punto de partida de la canción Vision thing, que le da la bienvenida a 48 minutos de electro-rock frenético, un himno al mejor estilo de los Simple Minds ochenteros, impulsado por el sonido sintetizado que ha caracterizado al grupo, y pasajes equilibrados de guitarra zigzagueante que soporta la base rítmica de la canción, elementos constantes en la mayoría de las nueve canciones del álbum.
Kerr y Burchill no olvidan su militancia política, sus guiños constantes a la cultura celta, y en Solstice kiss, a mi modo de ver el zenit del álbum, usan arreglos con gaitas, tambores y flautas típicas del folclor que por siglos ha emparentado a Irlanda y a Escocia. Y aunque en el balance son más los momentos luminosos que los oscuros, es un disco que por momentos pierde el equilibrio cuando la dupla creativa decide darle más juego a los sonidos electrónicos que al rock esquizofrénico, como sucede en las muy planas Natural y Planet Zero. El cierre del disco, con Walls came down, es magistral. Aunque la melodía evoca a Average person de Paul McCartney (del álbum Pipes of peace, 1983), es una canción que fue desechada en 1983 y revivió para convertirse en un himno de las giras promocionales del disco anunciadas para todo 2023.

Desde 2005, y cada cuatro o cinco años, han presentado nuevo material en estudio que siempre ha estado acompañado de giras exitosas y masivas en Inglaterra, Escocia, Irlanda, parte de Europa y Estados Unidos.


Tras dos intensas sesiones de escucha del álbum, celebro el regreso de los Simple Minds como seguidor y admirador de su música, de la misma manera que lo haría si fueran The Police, Squeeze o Ultravox. Sin embargo, me parece que Directon of the heart dista de ser ese disco que le cambiará la vida a sus seguidores. No es su mejor trabajo en años (aunque no falta el fanático que lo asegura) y, probablemente, en un par de meses pasará al olvido (basta con ver las reproducciones en Spotify para plantar banderas rojas en el camino), de la misma manera que sucedió con los álbumes de U2 posteriores a Pop.

Rescato las ganas y el talento de una dupla creativa que todavía tiene mucho que ofrecerle al rock, que no descuida ni renuncia a su esencia, marca y legado, siempre procurando sostener a sus canciones bajo el ímpetu y la fuerza arrolladora con la que pusieron a Glasgow en el mapa de las grandes cunas del rock. Porque los Simple Minds son dueños de una gran porción de esa torta, de la misma manera que lo fueron Duran Duran, Depeche Mode y U2.
Escuche aquí el nuevo álbum de Simple Minds.

Simple Minds