12 Abril 2022

Muere Freddy Rincón: semblanza de su vida

Crédito: Reuters

El fútbol colombiano está de luto. Semblanza de uno de los deportistas que más le dio alegría a Colombia.

Por Juan García


Medias muy rojas, ampulosas, de marcado contraste con la piel negra de la mayoría de los nuestros. Pantaloneta azul, bien arriba de las rodillas, dejando al desnudo nuestro sabor y portento. Camiseta roja, como la sangre que entonces –y ahora– se derramaba a lo largo y ancho del croquis. En la espalda, en garabatos grandes y amarillos, para que nadie en el Guisseppe Meazza los obviara, el 10 de Valderrama, el 1 de Higuita, el 7 de la Gambeta Estrada, el 2 de Escobar, el 19 de Freddy Rincón. 

El empate nos ponía en octavos de final, esa quimera para este país fallido incapaz de alzar la nuca para negar la servidumbre ante los grandes. Como Alemania, que enfrente alzaba las cejas con su habitual uniforme imperial: pantaloneta negra azabache y camiseta blanca, impoluta y altiva. 

El partido, frenético, se inclinó a favor de Colombia en la primera parte. Rincón, tirado a la izquierda, con gambetas imposibles de contar por radio, le puso el gol en la cabeza a Estrada que, en el área chica, no pudo terminar la sagrada transacción. Antes, Valderrama, con su melena mitológica, ya se había inventado un lío –a lo Pescadito– entrando al área alemana, que terminó en venenoso y perdido pase atrás. En otra oportunidad, quizá la más clara, Estrada se descolgó y le pudo ver los ojos, muy de cerca, al maquinal Bodo Illgner, su arquero. 

En el segundo tiempo, obedeciendo la lógica de nuestra pulsión a sufrir y a doblar el brazo, los favoritos se vinieron encima, con su eficacia industrial. Pero Higuita, juguetón y soberbio, subversivo, les cerró las puertas y mantuvo en silencio el marcador. Así que sufríamos, pero a la vez regábamos el aguardiente en el tapete por la osadía de nuestro arquero insensato, que muy lejos de su arco, con tres alemanes en frente, paraba el balón con el pecho y la cabeza. Los minutos, como siempre que se camina en el filo del precipicio, se consumieron raudos. 

Hasta que al 87, cuando los tenderos ya empezaban a enfilar la maizena, tras un contragolpe feroz, Pierre Littbarski nos rompió el arco y la ilusión con un zurdazo certero, al palo de Higuita, que cayó fulminado hacia atrás, en cámara lenta, como nuestra desgracia. Estábamos fuera del Mundial. Escobar miró al piso mientras pensaba en el avión de vuelta, en el regreso a casa. Maturana, flemático, pasó saliva que le supo a azufre. El profe Barragán, aferrado al Sagrado Corazón, imploró afónico no bajar los brazos. El cuarto árbitro anunció que se jugarían tres minutos más. 

En la última, con medio cuerpo por fuera del filo, en el abismo, el balón rebotó en Leonel que aceleró y casi cayéndose se la entregó al Bendito que, en movimiento, precipitó el balón mientras su cuerpo petizo se hizo gigante. Antes de la mitad del campo, lúcido, se la dejó al Pibe, que con un control largo quedó de espaldas al arco alemán. Entonces vino su movimiento insignia, en círculo, sobre su eje, para zafarse de la marca y quedar de nuevo en posición de ataque. Pase seco y caliente a Rincón, que anticipó el movimiento y de primera le pasó el problema al Bendito, que hizo lo mismo con el Pibe, el más (el único) capaz de convertir tanto apremio y urgencia en genialidad. Con la zurda, prolijo, elegante, sublime, dejó al 19 mano a mano contra Illgner, que reaccionó rápido, salió a su encuentro y con su envergadura de águila  le cerró todos los caminos hacia el gol. 

Freddy rompió a la espalda con sus zancadas de mulato sublevado mientras el Meazza, y el mundo entero, lo aupaba con un grito enardecido; pero él, abstraído, no oyó nada ni a nadie. Solo el silencio hondísimo que experimentan los que han venido signados a convertirse en leyendas. Ese silencio efímero pero radical que inundó al equipo más fuerte de la Copa cuando el balón entró por debajo de las piernas de su arquero. 

El mismo silencio que hoy nos acongoja con su ausencia abrupta.