22 Noviembre 2022

Reflexiones para sintonizar -o no- el Mundial maldito

Crédito: Fotoilustración: Yamith Mariño.

Es muy fácil montarse al bus de la indignación con el Mundial de Catar. Así de fácil también es tragarse el sapo y ver esta Copa del Mundo como si nada condenable la precediera.

Por Felipe Maldonado

Es muy fácil montarse al bus de la indignación con el Mundial de Catar. Así de fácil también es tragarse el sapo y ver esta Copa del Mundo como si nada condenable la precediera.  

Nada de esto es nuevo. La FIFA es geopolítica pura y rancia. Es corrupción sistematizada y lavandería de imagen de tiranos y naciones violadoras de derechos humanos. Todo lo anterior al son del ‘waka waka’, mucha cerveza y del maquillado discurso del fútbol como desarrollo.

A pesar de lo anterior, pensar que este Mundial no debió haber sucedido es asumir que el Mundial como lo conocemos nunca debió haber existido. Porque casi desde siempre lo han presidido ladrones de cuello blanco como Havelange y como Blatter. Influenciados por tiranos como Mussolini (Italia 1934), Videla (Argentina 1978) y Putin (Rusia 2018) y por muchos otros corruptos underdogs de diversos orígenes que han hecho lo imposible por tener durante un mes, en nombre del fútbol, atención mediática exclusiva, atletas de lujo y millones de turistas y consumidores. De esto no se salvan ni Estados Unidos ni Alemania, tampoco Brasil, Suráfrica o Corea, y aunque en algunos casos sean pocas o nulas las condenas a la corrupción, sobran las certezas de la oscuridad con qué se otorgan las candidaturas y el funcionar de este entramado criminal que involucra gobiernos, federaciones de fútbol y empresas multinacionales de todo el mundo. 

Por eso Catar 2022, aunque quisiéramos que nunca hubiera sucedido, es tan necesario. Porque nunca había existido tanta indignación colectiva. Y porque en tiempos de democratización del contenido y viralidad mediática, a la FIFA y a sus cómplices ya no les es tan fácil ocultar la magia negra con la que operan

Y aunque duelan los más de 6.000 muertos inmigrantes y el mundo occidental repudie algunas doctrinas del islam ortodoxo, este Mundial miserable e indigestado de oro no se va a desaparecer

Más de uno habrá tenido reflexiones conflictivas, por que aman el fútbol y no a sus instituciones, y quizás han preferido conectarse con lo que está pasando en las montañas de Marruecos, en las plazas de México o en los cafetines de Uruguay. Con los centenares de pueblos donde están las madres de cada uno de los futbolistas que están cumpliendo un sueño y que con ese sueño y muchos otros conseguidos gracias al deporte, están inspirando a miles de niños que se reúnen en familia a ver fútbol por televisión. Con los tenderos y comerciantes que sobreviven este fin de año a punta de venta de cerveza, de banderas y réplicas de camisetas. Con la humanidad desdichada y herida, al fin y al cabo, que encuentran morfina en este show mundial, aunque la mayoría no se dé cuenta. 

Y es que no se trata de denigrar del Mundial por ser Catar. Ni tampoco de empatizar como Maluma, queriendo callar lo condenable. Lo importante es sentar una posición, aunque cueste o se contradiga. Porque si nos vamos a lo fundamental, la humanidad está parcialmente podrida. Sintonice el Mundial a consciencia, sin negar la protesta, porque le gusta el fútbol o porque decidió conectarse con la alegría efímera que el espectáculo produce. O no lo mire y proteste de manera pasiva o activa con conocimiento de causa. Cualquier posición es válida, mientras exista consciencia. 

Ojalá los espectadores lo miren con la indignación y el dolor que produce pensar en los que tuvieron que perder la vida construyendo este capricho artificial. Soportándolo gracias a la convicción que dicta que el fútbol no son las instituciones (como el pueblo no es su gobierno). 

Y finalmente, tras tantos años de oscuridad en lo que se refiere a este evento, la edición del Mundial de Catar -que será recordada como maldita- no quedará impune siempre y cuando se sume a la larga lista de acontecimientos macabros de nuestra civilización que eventualmente se convierten en puntos de quiebre en el lento despertar de la humanidad.