29 Abril 2022

Reflexiones de un infiltrado en una multinivel, el mercado de los sueños

Un antropólogo se sumergió en las entrañas de Amway y hace un retrato de cómo el sueño de recibir dinero sin tener que trabajar es el motor de las empresas multinivel, el capitalismo de los sueños.

Por Fabián Páez López @davidchaka 

“Te ayudaremos a que ayudes” fue una de las frases que más escuché en 2014. Estudiaba antropología y, pensando en el hipotético título de libro de Zizek La ética taoísta y el espíritu del capitalismo global, escogí (junto con mi director de tesis) hacer trabajo de campo en una empresa multinivel. No tuve que esforzarme mucho para que me llegaran ofrecimientos. El mínimo asomo de interés me trajo una oleada de ofertas. Amigos cercanos, amigos de amigos y familiares de amigos me ofrecieron entrar a empresas como Zrii, Omnilife o Tiens. Acepté unirme a Amway. Una pareja joven y entusiasta me invitó a un café y a una “orientación empresarial”, así que, durante el año siguiente, me conecté con sus grupos de redes sociales y participé regularmente en reuniones e intenté, a modo de experimento y sin mucho éxito, involucrar a gente de mis círculos cercanos en el negocio. 

"Alrededor de 2018 empezó a prenderse una alerta en los medios de comunicación colombianos luego de que se instauraron las primeras denuncias por mujeres que no habían recuperado su inversión en algo llamado El telar de los sueños. En su discurso utilizaban círculos y mándalas, pero su uso no era tan inocente".

Entrar en una empresa multinivel implica una importante inversión de tiempo. El sistema de instrucción funciona como por células dispersas que entran en contacto unas con las otras en momentos clave. Cada semana asistíamos a un auditorio al que acudían entre 100 y 150 personas para recibir una “Orientación empresarial”. 

En esas reuniones, por lo general, las parejas contaban cómo el modelo de negocios de Amway les había cambiado la vida, mostraban fotos de sus viajes a Dubái o a Miami o de lo que le compraban a sus hijos. Todo se trataba, decían, de “la mentalidad”. Adoptar una mentalidad era el camino para convencer a otros de unirse y entrar en la cadena, o en la red, o en la pirámide. Una de las lecciones más llamativas era la aplicación de “el cuadro del flujo del dinero”, que aparece en el libro Padre rico, padre pobre, de Robert Kiyosaki, y que consiste en un plano cartesiano que asigna valor a cuatro formas posibles de generar ingresos. Al lado izquierdo ubican ser empleado o autoempleado: las formas negativas de trabajo, según las cuales solo se puede aspirar a capital económico limitado a cambio de trabajo duro. Al lado derecho, los dos modos positivos de emplear la fuerza de trabajo: ser dueño e inversionista. Allí, afirman, se ubica Amway.

En los esquemas piramidales, como en el capitalismo contemporáneo, aplica el dicho: "Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros".

Todos los nuevos llegamos a los seminarios semanales a escuchar la instrucción atraídos por un “Vas y escuchas sin compromiso”. Mi primer día, en la recepción, me asignaron a una fila para primerizos, me pusieron un adhesivo en el pecho y me entregaron un formulario titulado “Señales para iniciar un cambio” que contenía preguntas del tipo “¿Vivo con mucho estrés?”, “¿quiero viajar sin preocuparme por el dinero?”, “¿mis ingresos no me alcanzan?”, “¿me preocupa mi futuro y quiero algo más?” o “¿estoy dispuesto a trabajar por lo que quiero?”. Pero esa era solo una parte de la instrucción.

Cada dos meses organizaban otro tipo de reuniones más formales y con mayor despliegue: las convenciones. Eran encuentros multitudinarios que se organizaban en coliseos o auditorios. En ellos, además de abordar los mismos temas de los seminarios, pero con invitados internacionales, a modo de ritual de paso, se premiaba a quienes alcanzaban un nuevo nivel dentro de la organización. Siempre había música, pantallas gigantes para proyectar videos, papelitos lloviendo del techo y un animador que gritaba emocionado cosas como “¡un aplauso para nuestros nuevos Diamante!”.

De entrada, Amway opera como las empresas de venta directa de catálogo como Avon. Quienes ingresan al sistema adquieren un código que los acredita como “empresarios Amway” y que les permite vender, ordenar productos de limpieza y aseo personal y, lo más importante, auspiciar a nuevos vendedores para que repitan el procedimiento amparados bajo el mismo código.

El que asciende en la línea de auspicio empieza a tener derecho sobre un porcentaje de la ganancia de los demás. Cada persona puede invitar a varias a que se unan bajo su código, mientras que ellas van haciendo lo mismo; los de abajo irán escalando entre más auspiciados, y auspiciados de auspiciados haya, y mientras que se mantenga un flujo de ventas constante, quienes están arriba recibirán mayor ganancia. De ahí que se hable de varios niveles, que en Amway son nombrados con piedras preciosas: Corona Fundador, Diamante Ejecutivo, Diamante Fundador, Diamante, Esmeralda Fundador, Esmeralda, Rubí, Platino, Oro, Plata, etc. Llegar a Diamante es la meta, le dicen siempre a los que empiezan, pues se supone que es el punto en el que “el dinero trabaja para uno”. Por eso son los más aplaudidos en las convenciones.

La gente llora y agradece a sus auspiciadores cuando mencionan su nombre y el grado al que han ascendido, porque el auspiciador no solo es beneficiario del trabajo del otro, sino que funge como mentor. Pero todo este entramado solo se puede entender si escalamos hasta la cima de la pirámide.  
Amway nació en 1959 y empezó a operar en Colombia en 1996. Es una empresa estadounidense que, además de ser la precursora del sistema multinivel, tiene una clara orientación política y religiosa. El “Te ayudaremos a que ayudes” empieza a tener sentido cuando hablamos del libro fundacional Capitalismo solidario, de Richard DeVos.

De Vos, cofundador de Amway, fue uno de los hombres más adinerados del planeta –en 2012 la revista Forbes lo incluyó como el número 60 en la lista de los estadounidenses más ricos del mundo y el 205 en el mundo–. Él, junto a su esposa, Helen, fueron dueños de varias fundaciones de orden religioso. La más antigua, y rica, la Richard and Helen DeVos Foundation. Fundada en 1970, era una de las principales fuentes de financiamiento de la derecha religiosa en Estados Unidos y el mundo. Sus donaciones estaban dirigidas, además de al partido republicano, a todo el movimiento cristiano, con especial incidencia en la rama reconstruccionista y dominionista, aunque algunos de sus apoyos se centraron en las líneas más radicales que apoyaban el antiabortismo radical, la abstinencia sexual prematrimonial o la negación de derechos a los homosexuales. Betsy DeVos –esposa del hijo de Rich, Dick DeVos–, de hecho, fue la Secretaria de educación durante la administración Trump.

Capitalismo Solidario es, hasta hoy, el libro más divulgado y con mayor jugo ideológico de DeVos. Asistir sagradamente, cada semana, a escuchar a los diamantes de Amway es como escucharlo a él. Su origen explica también, por ejemplo, porque la mayoría de los ascendidos son matrimonios tradicionales.
El producto estrella de una empresa de este tipo, sin duda, no es el catálogo de cremas dentales o los desinfectantes para el baño. No se trata tanto del poder de un quitamanchas, sino del estatus de “empresarios” con niveles fijados y el marco de valores que proveen a sus participantes: el éxito, la libertad o la solidaridad. Este viejo sistema de empaquetado de ganancia y valores se puede adaptar a la mentalidad de la época o al nicho de mercado que mejor convenga. En los esquemas piramidales, como en el capitalismo contemporáneo, aplica el dicho: "Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros".


El fantasma de DMG 

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Entre 2003 y 2008 nació, creció y se quebró el esquema piramidal más recordado de Colombia: DMG. Si bien hubo muchas otras organizaciones de este tipo en el país y en el resto del mundo, la del hoy capturado David Murcia Guzmán –en la que se dice participaron alrededor de 200.000 personas– fue, de lejos, la que nos enseñó a reconocer los términos “Esquema piramidal” o “Ponzi” y la que curó a muchos que perdieron su dinero por desconocimiento. De paso también fue la que popularizó la categoría jurídica que los describe como una actividad ilegal: la captación masiva e ilegal de dinero. Bajo la fachada de vender tarjetas prepago, DMG engañó a ciudadanos de todos los orígenes sociales que se vieron seducidos por la promesa de duplicar su inversión sin más esfuerzo que regar la bola. Muchos ganaron dinero, pero el sistema llegó a su límite y reveló su naturaleza. A pesar de los testimonios y de la pedagogía que se impulsó, cada tanto parece que vuelve a ocurrir. 

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Alrededor de 2018 empezó a prenderse una alerta en los medios de comunicación colombianos luego de que se instauraron las primeras denuncias por mujeres que no habían recuperado su inversión en algo llamado El telar de los sueños, también conocido como la Flor de la abundancia. Una organización que se extendió por toda Latinoamérica y que se describe a sí misma como una “red de empoderamiento para mujeres basada en la economía solidaria y en ayudar a otras mujeres”. El discurso estaba renovado. Utilizaban, de modo casi paródico, círculos y mándalas. Desde luego, el uso de esas formas y palabras traídas de oriente no era tan inocente.

En el telar organizaban reuniones en las que las mujeres manifestaban lo que querían hacer cuando recibieran los “regalos” de las demás participantes. Las mujeres que ingresaban debían aportar un “regalo” en plata para las demás y entraban en un modelo clasificatorio –tal y como vimos en el caso de Amway– con ciertas categorías. Eran mujeres fuego, tierra y agua. Las “agua”, ubicadas en el “centro” del esquema, eran las que recibían, mientras que las otras debían hacer diferentes tareas para atraer más mujeres al sistema. 

Los niveles, en apariencia, eran no jerárquicos y, a diferencia de las multinivel, las participantes del telar no se reconocían como “empresarias” o “ejecutivas”, sino como “tejedoras”. Los círculos eran, de hecho, recreados en las reuniones presenciales para manifestar los sueños. No obstante, los fines que legitimaban la participación en el esquema eran casi los mismos que los de cualquier encuentro motivacional empresarial: la “independencia”, la realización de los sueños o la libertad. Naturalmente, no tardó mucho tiempo para que la Superintendencia de Sociedades tuviera que intervenir, hacer comunicados y responder ante las denuncias.


El caldo de los sueños con libertad

En la película En busca de la felicidad, Will Smith interpreta a un tipo en una situación de pobreza que compite por un puesto como corredor de bolsa en Wall Street. Duerme en la calle, pierde un zapato, debe cuidar a su hijo, pero se resiste al infortunio gracias, entre otras cosas, a la frase, convertida en meme, en la que le dice a su hijo “Lucha por tus sueños, no dejes que nadie se interponga en ellos ni que te diga que no puedes hacerlo”. La película y la cita, por cierto, son ejemplos recurrentes en los encuentros formativos de los negocios multinivel. Todo termina cuando el protagonista, de manera heroica, se queda con el cargo y la apuntalan con una breve reseña que cuenta quién es Chris Gardner, el personaje que interpreta Will Smith y quien inspiró la historia. Un multimillonario socio e imagen de, entre otras cosas, la empresa multinivel Zrii, dirigida por Bill Farley y distribuidora de un producto milagroso para rejuvenecer y restaurar la vitalidad, elaborado a base de una sustancia de la medicina ayurvédica e ideado por el médico alternativo indio Deepak Chopra.

La realización de los sueños o alcanzar la felicidad, ese elemento extra que cubre el simple y llano flujo del dinero, introduciendo valores en apariencia contradictorios, no solo opera en los esquemas piramidales como Amway, Zrii o El telar, sino que es la llave maestra del capitalismo contemporáneo. Tanto en Amway como en El telar de los sueños la cláusula ética cumple una función homóloga a la que, dice el filósofo Slavoj Zizek, ofrecen los budistas occidentales para alcanzar la iluminación: el modo correcto de llegar a la riqueza sin sentir culpa. Los sueños se cumplen solo a cambio de adoptar ciertas disposiciones o, mejor dicho, una moral. En este caso, las dispuestas por sistemas cuyas promesas y modelo laboral son, cuanto menos, cuestionables. Al tiempo que todos los vínculos se vuelven capitalizables, se borra la distancia entre la empresa y los sueños propios.

En las pirámides, en las que el producto es secundario o inexistente, son los modelos de relaciones entre personas las que quedan encubiertas, incluso cuando sean la sustancia del negocio. La fuerza de trabajo ocupa el lugar del producto y queda alienada, se ofrece como un “modo de vida” desvinculado de la empresa, usualmente una multinacional camuflada en fachadas digitales, o presentada como un simple intermediario para la “colaboración” entre independientes. ¿Les suena el modelo de una compañía como Rappi? Una organización que designa a sus fuerzas de trabajo como socios independientes, y, peor aún, que ha llegado a producir comerciales tan lamentables como este rap para rappitenderos en el que se presentan como la vía para liberarse “de las etiquetas de género, clase y raza” y remata con la frase “La única meta en tu vida es liberarte. Soy Rappi”.  

 


*La investigación que menciona este artículo está alojada en el repositorio de Trabajos de grado de la Pontificia Universidad Javeriana y se puede consultar aquí