10 Noviembre 2022

Los Estados (Des)Unidos

Crédito: Reuters

"Hacía mucho tiempo que unas elecciones legislativas intermedias no tenían una trascendencia tan grande como las que acaban de celebrarse. Tanto es así, que fueron consideradas como una especie de encuesta sobre la primera mitad del gobierno de Biden pero también sobre la figura de Donald Trump"

Por: Gabriel Iriarte Núñez

Los resultados de las tan esperadas elecciones intermedias en Estados Unidos apuntan a una apretada victoria republicana en la Cámara, como estaba previsto, en tanto que los resultados definitivos del Senado, por ahora en empate técnico, tardarán varios días o quizá más en conocerse. Ha sido muy frecuente que el partido de gobierno y el presidente en ejercicio sean “castigados” en los comicios de mitaca y pierdan muchas curules en el Congreso. Por ejemplo, en las intermedias de 2010 los demócratas perdieron 64 escaños en la Cámara y los republicanos perdieron 42 en las de 2018. La sorpresa en esta ocasión fue que los republicanos no “barrieron” a sus rivales como lo vaticinaban casi todas las encuestas y el propio Donald Trump, ya que este año los demócratas podrían perder apenas unas diez curules. El castigo, pues, para los azules resultó mucho más benigno y la victoria de los rojos mucho más agridulce; los primeros perdieron muchos menos escaños de los que se creía y los segundos consiguieron menos de los que consideraban seguros. Como si fuera poco, la gran mayoría de los candidatos escogidos a dedo por el expresidente Trump fueron derrotados. Todo parece indicar que las consignas republicanas contra la inmigración, la inseguridad y la inflación no eran tan atractivas como para dejar fuera de juego el programa demócrata en pro de las libertades y los derechos civiles fundamentales. Pero la realidad es que los Estados Unidos siguen estando profundamente divididos y que, independientemente de las fluctuaciones electorales, esta brecha política, cultural y social no presenta síntomas de que pueda cerrase en un futuro cercano. 

Un país dividido, una democracia en apuros

Hacía mucho tiempo que unas elecciones legislativas intermedias no tenían una trascendencia tan grande como las que acaban de celebrarse. Tanto es así, que fueron consideradas como una especie de encuesta sobre la primera mitad del gobierno de Biden pero también sobre la figura de Donald Trump; una antesala de las presidenciales de 2024, y un abrebocas de lo que puede suceder en Estados Unidos en los próximos años. Analistas y representantes de los partidos, incluido el presidente, afirmaron en repetidas oportunidades que serían decisivas para la democracia, la supervivencia de los derechos civiles fundamentales y también para la política exterior, especialmente en relación con Europa y el conflicto de Ucrania. Estos comicios, los primeros de carácter nacional después del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, se llevaron a cabo en medio de una delicada coyuntura política, económica y social, en la cual los niveles de confrontación partidista y el discurso sectario han alcanzado extremos alarmantes. Hasta el punto de que el anterior mandatario y el actual inquilino de la Casa Blanca, se embarcaron en una guerra sin cuartel de acusaciones mutuas, algo casi nunca visto en el pasado de esta nación, ejemplar por sus prácticas liberales y la mesura de la mayoría de sus dirigentes. Para Biden, Trump y en particular sus republicanos del MAGA (Make America Great Again) “representan un extremismo que amenaza los cimientos mismos de nuestra república (…) No viven a la luz de la verdad, sino a la sombra de las mentiras” y advirtió que los intentos de estos por socavar la democracia podrían convertirse en violencia. Por su lado, a Trump no le ha temblado el pulso para proclamar que el presidente sufre de un grave deterioro cognitivo, mientras que una dirigente del Comité Nacional Republicano sostuvo que Biden es “el divisor en jefe y personifica el estado actual del Partido Demócrata: uno de división, repulsión y hostilidad hacia la mitad del país”. No en vano se ha dicho que el actual panorama de la democracia estadounidense es de volatilidad, ambigüedad, incertidumbre y complejidad y que por momentos la lucha política parece más un enfrentamiento de tribus que un debate de ideas.  

Desde noviembre de 2020, cuando se conocieron los resultados de las elecciones presidenciales, Trump no vaciló en declarar que había habido fraude, que le habían “robado” el triunfo (algo que jamás candidato perdedor alguno se había atrevido a decir) y que por tanto Biden era un gobernante ilegítimo. La aceptación de los resultados por parte de todos los aspirantes a la presidencia, uno de los pilares esenciales del juego democrático, siempre se había respetado hasta ahora. Incluso en los comicios en los que la diferencia de votos fue muy reducida, como en el caso de la contienda Kennedy-Nixon en 1960, el candidato perdedor no vaciló en aceptar el veredicto de las urnas. Más aún, cuando el triunfador ha obtenido la mayoría de los votos electorales pero menos votos populares que su rival, este último no ha dudado en admitir su fracaso. En 2000 George W. Busch consiguió 50,4 millones votos populares contra 51 millones de Al Gore y en 2016 Donald Trump tuvo 62,9 millones contra 65,8 millones de Hillary Clinton. En ambas ocasiones los candidatos demócratas perdieron el voto electoral y la presidencia y sin embargo reconocieron de inmediato la victoria de sus adversarios pese a haber tenido más sufragios populares. En 2020 Biden no solo ganó con holgura el voto electoral, sino que tuvo 81 millones de votos populares frente a 74 millones de su contrincante. No obstante, Trump y sus seguidores rechazaron el resultado y se dedicaron a denunciar un supuesto fraude hasta el punto de que hoy cerca del 75 por ciento de los votantes de su partido y más de 300 candidatos están de acuerdo con esta teoría conspirativa. El intento de golpe de Estado del 6 de enero de 2021, el primero en la historia de Estados Unidos, no fue sino el clímax de esta campaña, dirigida y estimulada personalmente por Trump desde la Casa Blanca.

Aunque antes de noviembre de 2020 se venía agudizando la división en el seno de la sociedad norteamericana, la derrota de Trump fue la chispa que provocó el incendio político actual. La desinformación y las noticias falsas, al igual que los cada vez más virulentos ataques de y a las figuras públicas no han hecho sino agravar el problema. Veamos algunos datos. En febrero de 2021, pocas semanas después de la toma del Capitolio, una encuesta mostró que alrededor del 70 por ciento de los miembros cada partido creía que sus antagonistas constituían “una seria amenaza para Estados Unidos”. Otro reporte encontró que más del 80 por ciento de los ciudadanos votaría por su partido aun si este ponía en práctica métodos antidemocráticos. Y lo peor, un 30 por ciento de los votantes republicanos cree que “los verdaderos patriotas pueden requerir el uso de la violencia para salvar los Estados Unidos”, mientras que casi un 10 por ciento de los consultados estuvo de acuerdo con la posibilidad de apelar a la fuerza para lograr que Trump vuelva a la Casa Blanca. Esto en un país en donde el 42 por ciento de los hogares posee al menos un arma de fuego, se puede adquirir un rifle de asalto en cualquier parte y sin restricciones y la Corte Suprema es partidaria del libre porte de armas. No sorprende, entonces, que en un reciente sondeo el 69 por ciento de republicanos y demócratas coincidieran en que “la democracia está al borde del colapso”.

Pero el clima de confrontación no se ha limitado al discurso de los políticos o a las opiniones de los ciudadanos de a pie. Las intimidaciones e incluso agresiones físicas se han puesto a la orden del día. El ataque a la residencia de la líder de la Cámara, Nancy Pelosi —tercera persona en la línea de sucesión presidencial—, apenas diez días antes de las elecciones legislativas, fue la punta del iceberg. Los congresistas de ambos partidos han venido siendo blanco de todo tipo de amenazas. Según las autoridades policiales, estas han pasado de 902 casos en 2016 a 5.206 en 2018 y a 9.625 en 2022, algo nunca antes visto en el país del orden, la democracia modélica y las libertades. Esta polarización extrema pone en serio peligro la convivencia pacífica, pues si un sector llega a creer que sus oponentes constituyen un peligro existencial para sus valores fundamentales puede considerar enfrentarlos incluso por medios al margen de la ley. 
Dada esta situación, no resulta extraño, pues, que el liderazgo y la imagen de Estados Unidos esté afrontando una crisis de legitimidad moral y política aun entre sus más cercanos aliados. Por ejemplo, según sondeos llevados a cabo por el Departamento de Estado, en el año 2000 el 78 por ciento de los entrevistados en Alemania, el 77 por ciento en Japón y el 62 por ciento en Francia tenían una opinión favorable de Norteamérica y sus instituciones; durante la administración Trump dichos porcentajes bajaron a 32 por ciento en Francia y a 31 por ciento en Alemania y Japón. Durante el primer año de Biden, aunque la opinión mejoró, estuvo lejos de alcanzar los buenos niveles de comienzo del siglo: según una encuesta Pew, solo el 20 por ciento en el Reino Unido, el 14 por ciento en Alemania y Japón y el 11 por ciento en Australia consideraron que la democracia estadounidense era un modelo a seguir. 

La tormenta perfecta

¿Cómo se llegó a este difícil trance que algunos incluso han llegado a comparar con las condiciones previas a la Guerra de Secesión? Sin duda el factor Trump fue el detonante y una de las principales causas, mas no la única, de la crisis por la que atraviesan el sistema democrático y en general la sociedad de Estados Unidos. Aunque parezca increíble, desde el momento en que fue elegido presidente en 2016, el señor Trump comenzó a poner en duda públicamente la transparencia del sistema electoral en vista de que no pudo ganar el voto popular frente a Hillary Clinton y a pesar de que, con o sin su aprobación, su campaña fue apoyada ilegalmente por parte de uno de sus ídolos, Vladímir Putin. Desde la Casa Blanca aplicó una agresiva política contra los inmigrantes provenientes del Tercer Mundo, cuyas más abominables expresiones se vieron en la frontera con México donde, además, invirtió muchos millones de dólares en la construcción y ampliación del muro que separa los dos países. (La derecha estadounidense sostiene que la “élite” demócrata facilita el crecimiento de los no-blancos a través de la inmigración con el fin de conseguir el apoyo de estos grupos para perpetuarse en el poder). Por otra parte, durante su cuatrienio no ocultó sus simpatías por los grupos neonazis y de ultraderecha, al igual que su antipatía por los movimientos en favor de los derechos de los afroamericanos, como el que surgió a raíz del asesinato de George Floyd en mayo de 2020. No sorprende que desde entonces los crímenes de odio se hayan multiplicado en comparación con años recientes ni que las tensiones raciales hayan aumentado considerablemente. Como parte de la misma filosofía política, Trump estuvo siempre en contra de cualquier límite a la adquisición y tenencia de armas de fuego no obstante que los tiroteos y las masacres se han convertido en una verdadera epidemia nacional. Esto para no hablar del irresponsable y casi autocrático manejo que le dio a la pandemia del covid, que provocó más de un millón de muertos, especialmente entre las minorías raciales más vulnerables, ni de sus frecuentes y duros ataques a los medios de comunicación y al sistema judicial.

Asimismo, como parte de su cruzada, logró agregar dos miembros conservadores a la Corte Suprema, con lo cual este organismo consolidó su mayoría antiliberal por muchos años. Una muestra de ello fue la decisión de abolir la calidad de derecho constitucional que desde hacía medio siglo ostentaba el aborto; en adelante cada estado podrá decidir si lo permite o no y bajo cuáles condiciones.

Aparte de su negativa a aceptar los resultados de 2020 e instigar abiertamente a la turba de vándalos que atacó el Congreso, Trump ha prometido en varias oportunidades que si vuelve a ocupar la presidencia una de sus primeras medidas será indultar a los sediciosos que están purgando cárcel por los sucesos del 6 de enero de 2021, lo cual equivale a decir que actos violentos e inconstitucionales como este son aceptables siempre y cuando, claro está, se lleven a cabo contra los adversarios del expresidente. Cabe recordar también que durante la campaña electoral Trump había presionado al gobierno ucraniano de Volodímir Zelenski para que, a cambio de una ayuda militar de 400 millones de dólares que estaba pendiente, investigara supuestas conductas indebidas del hijo de Biden en ese país. Era la primera vez que un candidato presidencial de Estados Unidos recurría a una potencia extranjera para que perjudicara a su contendor en una campaña electoral. 

Es apenas comprensible que todas las situaciones reseñadas terminaron enturbiando aún más las aguas, reforzando la polarización política del país, incrementando la tolerancia al autoritarismo y debilitando la democracia, sobre todo porque quien las protagonizó fue nada menos que la máxima autoridad del país. Pero esta historia no termina aquí, porque un comité de la Cámara encargado de investigar los sucesos del Capitolio ha encontrado “pruebas abrumadoras” contra el expresidente republicano por los testimonios recogidos y por las pruebas halladas durante el allanamiento de su mansión en Mar-a-Lago. Como era de esperarse, y para echar más leña al fuego, Trump ya advirtió que si este panel llegara a enjuiciarlo “habrá problemas en este país como tal vez nunca antes los habíamos visto… No creo que la gente de Estados Unidos lo pueda tolerar”.

Ahora bien, otros factores también han contribuido a que el problema se esté saliendo de madre. Luego de varias décadas de un muy lento crecimiento en el estándar de vida de las clases medias y trabajadoras, se han añadido problemas como los incrementos del desempleo y la inflación, esta última con niveles que empezaban a ser preocupantes. Todo ello ha redundado en un preocupante aumento de la inseguridad a escala nacional e intensificado las divisiones entre razas, entre regiones, entre la ciudad y el campo y, naturalmente, entre los partidos y ha convertido a Estados Unidos en uno de los países con mayor desigualdad económica entre las naciones desarrolladas. 

Para rematar, los dos primeros años de la administración Biden no ayudaron mucho. En un principio se creyó que el presidente demócrata llegaría a la Oficina Oval a practicar una especia de exorcismo, como sucedió con Ford después de la hecatombe de Nixon: los malos espíritus serían eliminados y se probaría que, después de todo, “la Constitución funciona”, el sistema aplica sus propios correctivos y todo vuelve a la normalidad. Sin embargo, a pesar de que el gobierno de Biden no ha cometido ningún desafuero contra la democracia y sin duda ha tratado de enmendar algunas de las barbaridades de su antecesor y mejorar las condiciones económicas, su baja popularidad —43%— indica que todavía no ha logrado convencer a la mayoría de sus compatriotas. Pero los problemas económicos de la inflación y el desempleo más el fantasma de una inminente recesión, aunque no han sido del todo fruto de una mala gestión de Biden, sí afectaron negativamente su imagen ante la opinión pública. A lo anterior hay que agregar asuntos como la desastrosa retirada de Afganistán, el torpe manejo que le ha dado a la grave crisis migratoria, la humillación a la que fue sometido por parte del príncipe heredero de Arabia Saudita y la incierta y costosísima aventura de la guerra de Ucrania en la cual ha gastado astronómicas sumas de dinero sin que todavía haya un logro claro a la vista. En medio de la incertidumbre económica y con malas perspectivas para 2023 la Casa Blanca tiene que convencer a la opinión —algo que no ha hecho— que la razón por la cual gasta esas millonadas en un conflicto en los confines de Europa es en beneficio del pueblo estadounidense. Según una reciente encuesta de The Wall Street Journal, el 30% de los norteamericanos considera que se está invirtiendo demasiado en este conflicto, al tiempo que no pocos líderes republicanos se oponen a seguirle dando un “cheque en blanco” a Kiev para continuar la guerra.

¿Qué deja el 8 de noviembre?

Pese a que todavía no se conocen los resultados definitivos de las elecciones, algunas cosas sí están claras. La cacareada “oleada roja” que habían anunciado los republicanos no se dio y, si bien es muy posible que ganen el control de la Cámara, lo harán con muchos menos sufragios de los que pensaban obtener. No sin razón, aunque con bien exagerado optimismo, Biden afirmó que había sido un buen día para la democracia norteamericana y para Estados Unidos. Y añadió: “Los demócratas perdimos menos escaños en la Cámara de Representantes que cualquier presidente demócrata en sus primeras elecciones de mitad de mandato en los últimos 40 años”. Lo cual es cierto, pero no basta para disimular la muy probable derrota demócrata en la Cámara ni que la Casa Blanca se verá obligada a gobernar dos años con la mitad del Congreso en contra. En suma, las intermedias no fueron un repudio a Biden pero tampoco un visto bueno pleno a su gestión. Una mayoría republicana en la Cámara no solamente entorpecerá la puesta en práctica de la agenda legislativa de Biden, sino que también podría sabotear o incluso disolver el comité que investiga a Trump por su participación en los sucesos del Capitolio y hasta promover investigaciones contra la familia del presidente. 

En vísperas de los comicios, convencido como estaba de un triunfo arrollador, Trump anunció que pronto lanzaría su candidatura para 2024. Pero el resultado poco alentador y la derrota de muchos de sus candidatos lo dejó mal parado dentro y fuera de las filas de su partido. En cambio, y esta es la otra sorpresa que dejan las elecciones, surgió una rutilante figura, la del gobernador de la Florida Ron DeSantis —reelegido con una cifra récord de votos—, quien se perfila como la nueva estrella republicana y un serio competidor de Trump para dentro de dos años. También proviene de la derecha dura —está en contra del aborto y de que en las escuelas se imparta educación sobre la identidad de género y la orientación sexual y a favor del libre porte de armas de fuego—, pero sin los problemas que arrastra Trump desde 2016. Es la misma derecha pero con un rostro más joven, más amable y que supone una renovación en la cúpula republicana. Muchos ya lo llaman “Ron DeFuture”. Pero Trump no está acabado y aún cuenta con un enorme apoyo entre muchos millones de ciudadanos y dentro de su colectividad. Asimismo, no puede olvidarse que la extrema derecha siempre ha estado ahí. Lo que pasa es que con Trump “salió del closet”, pudo actuar abiertamente y ha ganado una influencia política y cultural que nunca antes había tenido. Falta ver si DeSantis es capaz de atravesársele al expresidente en el camino a la Casa Blanca y si consigue el suficiente respaldo para hacerlo… y también si Biden finalmente se decide a buscar la reelección a los 82 años. El 8 de noviembre no dejó las cosas demasiado claras y todo es posible en las actuales circunstancias de Estados Unidos. Las opciones siguen estando abiertas para los dos partidos y sus posibles candidatos, mientras que la polarización no cede terreno. Que la votación republicana y trumpista no haya sido la aplanadora que se temía puede contribuir a disminuir las tensiones o, por el contrario, a exacerbarlas de cara a 2024.