18 Julio 2022

El perdón social es un punto de llegada, no de partida

El psicólogo Miguel Bettin plantea que si el país opta por el perdón social, como quiere Gustavo Petro, este debe saber construirse, porque no hay peor ofensa para una víctima que el falso arrepentimiento del victimario.

Por: Miguel Bettin

Pocos días antes de la segunda vuelta presidencial, la idea del perdón social y, por ende, del perdonar estuvieron en el centro de la contienda y ocuparon los editoriales de los noticieros de radio y televisión. Por supuesto, también fueron contenido obligado de las redes sociales. Quizás este fue uno de los pocos momentos en los que el debate por la presidencia cobró altura y se alejó de las bodegas, los trinos y otros menesteres non sanctos. Hasta Roy Barreras se vio impulsado a participar intentando citar a Jacques Derrida.

Casi de inmediato, la Comisión de la Verdad reveló parte de uno de los más abominables episodios de barbarie en la historia de la humanidad: La violencia de las últimas décadas en Colombia.

Pocos días después, la polémica se diluyó entre las tensiones y el surgimiento de otros temas menos importantes pero más mediáticos para la campaña presidencial.

Pero para los entusiastas militantes de siempre del Pacto Histórico, y no los de última hora, más temprano que tarde el presidente Petro tendrá que poner nuevamente en la palestra este tema, y deberá hacerlo seguramente por tres razones indeclinables, con lo cual las reacciones aplazadas reaparecerán con mayor vehemencia. 

La primera es porque, sin una verdadera paz, es decir, sin un cese de todo tipo de violencia organizada, llámese violencia guerrillera o violencia narcotraficante, la reforma agraria que se propone realizar Petro, así como el cumplimiento del punto cuarto del Acuerdo de Paz y la activación de una política de incentivación del turismo como fuente de ingresos conducente a reemplazar la economía fósil y la narcotraficante, serán objetivos imposibles. 

La segunda, porque somos  –aunque quizás muchos no lo sepan aún o porque a fuerza de repetirlo se ha vuelto solo una referencia en la que no nos detenemos a pensar su significado– un país víctima de violencia, o –más claramente– un pueblo psicológicamente afectado por la violencia, de forma profunda; esto es que muchas de nuestras actitudes, nuestra manera de pensar, de sentir, de relacionarnos, nuestros miedos y angustias, nuestra desconfianza permanente hacia el prójimo, la forma en que criamos a nuestros hijos, han sido determinadas en gran medida por cada explosión, cada secuestro, por cada ráfaga de metralla, por cada masacre que hemos tenido que vivir durante las últimas décadas. 
Y, por último, porque somos el país con mayor producción de cocaína en el mundo; o, dicho de otra forma, un país que basa buena parte de su economía en la economía del narcotráfico, lo cual también implica principalmente, y esto tal vez es lo peor, que somos un país con una cultura y una idiosincrasia narcotraficante; es decir, la cultura “mágica”, la del enriquecimiento furtivo, la de la viveza, la del salto social rápido, la de la extravagancia, la del todo puede ser comprado, la de la vida no vale nada, la del fin justifica los medios.

Si se quiere, el nuevo presidente también tendrá otra razón por la que referirse al perdón social, o como quiera llamarlo, y buscar llevarlo a cabo, y no solo por las tres razones ya mencionadas, sino también porque él, el nuevo Petro, es hijo del perdón social y, además, supongo, porque por mucho que tienda hoy pragmáticamente a buscar el centro y la convivencia política, deberá seguramente honrar a los hombres que le mostraron el camino que debía recorrer para llegar donde está: Jaime Bateman, el médico Carlos Toledo Plata, Carlos Pizarro, entre otros. 

La guerra, sus consecuencias y el perdón

Si hay un país en el mundo en el que la sociedad toda haya estado implicada y afectada, por un conflicto civil armado, aun aquella que vio gran parte de la guerra por televisión, ha sido la colombiana. En consecuencia, es precisamente en nuestro país, más que en ningún otro en el mundo, después de más de 70 años de guerra civil, de décadas de narcotráfico, donde es obligatorio explorar el camino del perdón general, si se le quiere llamar así, o del punto final, si se prefiere, pero obviamente con todas las consideraciones y precauciones necesarias y obligadas.

Las causas de la violencia en Colombia han sido ampliamente documentadas y en gran parte están referidas a la histórica inequidad en la tenencia de la tierra, a la pobreza y a la falta de oportunidades; en fin, a razones económicas y políticas.

Pero lo que había sido poco explicado eran las causas de la crueldad, la sevicia, la frialdad y lo abominable de los crímenes acaecidos en nuestra guerra, que los hacía considerar como acciones de carácter psicopático y, por ende, cometidos por psicópatas. Hoy sabemos, como lo concluimos en nuestra investigación doctoral, que no, que los autores de los crímenes fueron en su mayoría hombres y mujeres comunes y corrientes, de origen campesino, con lasos afectivos fuertes, empáticos, católicos –o religiosos, si se prefiere–, que, sin embargo, se convirtieron en máquinas de muerte como resultado de una fuerte ideologización que los desconectó de su moralidad de base y justificó sus acciones a pesar de lo despiadadas.

La violencia intrafamiliar en Colombia, así como la violencia de género, la violencia contra los niños y aun la violencia callejera, la de pandillas, la del atraco simple, e incluso la corrupción, son en gran medida el resultado de las décadas de violencia política nacional, profundamente ideologizada, en la cual el valor de la vida, la consideración por el otro y la empatía cedieron su lugar a la viveza, a la eliminación física o moral del semejante, sin consideración alguna.

Tal como lo señaló Albert Bandura, “la desconexión moral requiere condiciones sociales favorecedoras, antes que personas monstruosas, para producir hechos atroces. Dadas las condiciones sociales apropiadas, las personas decentes y ordinarias pueden ser inducidas a cometer actos extraordinariamente crueles”. 

La guerra colombiana y el narcotráfico financiador crearon condiciones propicias para que los mínimos morales en todos los órdenes de la vida nacional se franquearan con facilidad, y ese es el estado de actual de cosas en que nos encontramos: todo vale.

En efecto, en Colombia somos alrededor de 9 millones de víctimas directas de la guerra civil y de la economía subrepticia del narcotráfico, y 40 millones de víctimas indirectas, y no por ello poco afectadas, por el mismo fenómeno. En consecuencia, es la nación entera la que ha padecido estas duras épocas de violencia.

La paz verdadera en Colombia solo será posible si realmente nos perdonamos; o, dicho de otra forma, si le ponemos punto final a los conflictos irregulares que seguimos teniendo y a los crímenes que de una u otra manera se derivan de ellos. 

No obstante, si el país opta por el perdón social, este debe construirse con sapiencia. No hay peor ofensa para una víctima, para una sociedad victimizada, nada que la revictimice más que el falso arrepentimiento del victimario. En eso la JEP ha sido pobremente asesorada. El perdón  y el perdonar no son exclusivamente un ejercicio jurídico ni mucho menos, son en esencia un acción psicoterapéutica que debe ser técnica y delicadamente guiada. El perdón es un punto de llegada, no el punto de partida.

Si el país opta por una política del perdón social, esta deberá fundamentarse en los conocimientos sobre el psiquismo y el comportamiento humano y sobre la violencia y sus repercusiones en la mente y la vida de las sociedades; y no ser solamente un decálogo de acciones que busquen darle salida política al problema, como en gran medida se ha hecho hasta hoy. Entre otras cosas, porque es en esencia un problema que tiene que ver con el dolor y la sanación de la mente de los millones de seres humanos que han sido lesionados en el país. 

De otra parte, la opción por el perdón social como búsqueda de la paz integral debería considerar que el rasero para el perdón y el perdonar no podrá ser el mismo para todos los victimarios y todas las víctimas. En ello es necesario trabajar para construir los protocolos que deberán seguirse, ya no solo desde lo jurídico, sino desde lo mental principalmente.