17 Marzo 2022

Un empleo digno: la legítima demanda de los jóvenes

El gobierno nacional anunció subsidiaría 200.000 empleos en temas de tecnología

Crédito: Colprensa

Las protestas masivas del año pasado tuvieron como principales protagonistas a los jóvenes. Si dejamos de lado a aquellos pocos que optaron por realizar actos vandálicos, la gran mayoría salió a marchar para expresar un sentimiento de indignación y desesperanza.

Por Alfonso Reyes Alvarado*

Los indicadores del Dane desnudan este panorama al señalar un desempleo juvenil de más del 35 por ciento y de cerca del 37 por ciento para las mujeres. No tener un trabajo digno, o vivir del día a día acuciante de la informalidad o en el temor constante que produce el enriquecimiento fácil pero ilegal, no es un futuro alentador. Pero esa es la realidad que avizoran los jóvenes y que los impulsó a salir a marchar, aun a sabiendas de que ponían en riesgo su vida y la de sus familias por el covid-19.

En la sociedad del conocimiento, el futuro será de aquellos que saben. Muy pocos son los emprendedores que logran convertir una idea de negocio en un promisorio emprendimiento, sin haber terminado estudios superiores. Por eso, la mejor inversión social de un país sigue siendo la educación, en particular la técnica, tecnológica o profesional. Cada peso invertido se recupera rápidamente cuando el joven ingresa al mundo laboral. Pero, además, con cada nuevo egresado se incrementa la capacidad de producción y crecimiento económico del país. Además, este es el principal motor de movilidad social, no solo de los jóvenes sino de sus familias. Sin embargo, el panorama de la educación superior en Colombia, a pesar de los evidentes logros en las últimas cinco décadas, sigue estando lejos de los estándares de los países desarrollados, en particular de los miembros del grupo de la OCDE del cual Colombia entró a ser parte hace cuatro años.

Un poco más de 2 millones y medio de jóvenes se encuentran estudiando programas técnicos, tecnológicos o profesionales. Pero cerca de la mitad no termina sus estudios por razones académicas, socioemocionales o económicas. Quienes logran hacerlo tardan más de un año para encontrar trabajo, pues los posibles empleadores les exigen como condición una experiencia mínima que no tienen, precisamente porque nadie los contrata. Este círculo vicioso incide en el desempleo juvenil y alimenta las protestas sociales.

¿Cómo romper este círculo? Una manera exitosa de hacerlo consiste en vincular las empresas, instituciones públicas y ONG al sistema de educación formal. Estas organizaciones se ven enfrentadas permanentemente a problemas (o retos) de todo tipo, pero no tienen ni el tiempo, ni los recursos, ni las personas preparadas para hacerlo. Las universidades y demás centros de educación, por su parte, resuelven cientos de problemas todos los días, pues eso es lo que hacen los estudiantes mientras están estudiando. No obstante, los problemas que estudian son tomados de libros de texto, de casos de estudio (muchas veces foráneos) o son inventados por el profesor. ¿Por qué no usar como problemas en los cursos regulares aquellos que tienen las organizaciones? Esto es perfectamente viable, bastaría con hacer un ajuste pedagógico para que la gran mayoría de clases se oriente a un aprendizaje basado en problemas o centrado en proyectos. 

Esta forma de articular el mundo empresarial con el sistema educativo existe en muchos países. Alemania, con su modelo dual, ha sido el más exitoso. Durante la crisis financiera de los años noventa, mientras que el desempleo juvenil en Europa alcanzó cifras del 50 por ciento, en Alemania nunca superó el 5 por ciento.

En síntesis, aunque el desempleo juvenil puede afrontarse con medidas coyunturales como el reciente anuncio del Gobierno de subsidiar 200.000 empleos en temas de tecnología, el problema es estructural, requiere articular el sector productivo con el sector educativo. Existen intentos promisorios en esa dirección, como la plataforma Interacpedia de un joven emprendedor antioqueño que cuenta con el apoyo de Innpulsa, la entidad estatal que apoya este tipo de emprendimientos. Esta red social relaciona problemas y retos empresariales con jóvenes y profesores dispuestos a proponer soluciones ingeniosas. Pero se necesita una política de Estado que apunte en esa dirección, algo que no aparece explícitamente en las propuestas de los candidatos a la Presidencia. Igualmente, es necesario que las universidades se comprometan abiertamente con la empleabilidad. Este debe ser un criterio para medir su calidad. Su responsabilidad con los estudiantes y sus padres no debe terminar con la ceremonia de grado sino con la consecución de un primer buen empleo para sus egresados. 

Por otra parte, ¿qué hacer con el desempleo juvenil en el sector rural? Allí no hay empresas que puedan vincularse al proceso de formación de los jóvenes. La estrategia debe ser otra. Programas como los Centros Regionales de Educación Superior (Ceres) no tuvieron el impacto esperado y terminaron marchitándose porque se concentraron en ofrecer programas de formación tradicionales en los municipios (derecho, contaduría, administración, psicología y similares). Estos son los programas que requieren menos recursos para su ejecución. Pero, una vez se satura el mercado local (y esto ocurre muy rápidamente), los nuevos profesionales (o técnicos) se quedan sin posibilidad de empleo. Tienen que ponerse a trabajar en algo distinto a lo que estudiaron, lo que les produce gran frustración, o deben abandonar su municipio para buscar trabajo en otras ciudades. 

¿Qué hacer con el desempleo juvenil en el sector rural?

Los pequeños municipios, que son la gran mayoría en el país, son los grandes perdedores, pues se quedan aceleradamente sin su población joven. De no hacer nada para cambiar esta tendencia, en unos cuantos años serán pueblos fantasmas habitados por adultos mayores, a pesar de constituir el potencial más importante para desarrollar una bioeconomía regional. 

El panorama cambia radicalmente si dejamos de ver la capacitación de estos jóvenes como una “formación para el trabajo” y, en su lugar, ellos se forman como agentes de cambio. Este esquema parte de identificar aquellos procesos productivos locales que tengan un arraigo cultural, es decir, legitimidad en la población. Procesos que puedan ser mejorados sustancialmente con el uso de la tecnología. Por ejemplo, sustituir el cultivo de peces en estanques, que es muy contaminante, por la acuaponía, es decir, la producción de peces en tanques que se articula con cultivos hidropónicos. Esto se logra haciendo que el agua de los tanques en que crecen los peces periódicamente se filtre y se use para alimentar las plantas de los hidropónicos. Esta agua, a su vez, se filtra y se inyecta nuevamente en los tanques, en un ejemplo típico de economía circular. 

La piscicultura es una tradición en Colombia. Si se desarrollan prototipos económicos de sistemas acuapónicos alimentados por energía solar, un buen número de jóvenes de estos municipios puede ser formado como agentes de cambio, para que transformen estas prácticas desuetas en procesos productivos sostenibles con base tecnológica. De esta forma, ellos impulsarían el desarrollo local y generarían nuevos puestos de trabajo. 

Una política gubernamental en esta dirección permitirá revivir el campo colombiano. Las universidades regionales pueden ser los impulsores locales de estos procesos de desarrollo, varias ya lo están haciendo. Vale la pena conocer estas experiencias y hacerlas visibles para mostrarles a los jóvenes de Colombia que ellos no son el futuro, son su presente. 

*Rector de la Universidad de Ibagué.