27 Abril 2022

Amparo: por qué ver una película de un director aclamado por la crítica

Crédito: Cortesía

Hoy jueves se estrena "Amparo" en salas de cine de distintas ciudades de Colombia. Esta película la dirigió Simón Mesa, quien ganó la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes por un cortometraje.

Por Margarita Posada J.

No voy a apelar a la típica conmiseración que invita a los espectadores a ver una película porque “ hay que apoyar el cine colombiano”. Tampoco voy a justificar que Amparo, el primer largometraje del director antioqueño Simón Mesa Soto, sea recomendable solamente porque él es el único colombiano que se ha ganado una Palma de Oro en el Festival de cine de Cannes. Aunque no es poca cosa ganarse semejante galardón con apenas 28 años. 

Cuando una película (corto o largometraje) queda en la selección oficial del Festival de cine de Cannes (nunca he podido entender si es que hay otra selección que no es oficial), los medios se desbordan en elogios para con su director. La peli aparece en primera plana de la prensa escrita y hasta se menciona en la radio y en la televisión con esa música alarmante y esquizoide que suele acompañar a las noticias de última hora o en medio de la sección de “entretenimiento” de los noticieros que casi nunca suelen hablar de cultura o de arte.

Leemos, escuchamos y decimos la palabra Cannes  como leemos, escuchamos o decimos la palabra Nobel, Turner, Grammy o Michelin. ¿A ustedes no se les llena la boca cuando dicen Cannes, sin importar que lo pronuncien en francés o como suena en español? A mí sí, y es cierto que esta suerte de sello o garantía de calidad le abre muchas puertas a un director o a una película dentro de la industria cinematográfica, pero no necesariamente lleva a la gente a las salas a ver la película.

Primero, porque la noticia no es la película, sino el premio. Y segundo porque generalmente el premio se concede y es suceso mucho antes de que la película entre a salas comerciales en Colombia. Así las cosas, todos sabemos por un par de horas, a lo sumo un par de días, que tal o cual peli "estuvo en Cannes" (así decimos), pero después, cuando nuestro amor ya es un periódico de ayer y la película está en salas, ni nos enteramos. Y lo que realmente importaba, el trabajo cinematográfico en sí mismo, queda para siempre opacado por el tal premio. 

Director Antioqueño Simón Mesa
Director Antioqueño Simón Mesa

No tiene sentido que una obra de arte se convierta en un icono por una simple lista de menciones y honores. Reitero que entiendo lo que esto significa para el gremio, pero a  quienes buscamos una experiencia conmovedora que nos libere o nos confronte al ver una película, poco o nada nos importan esas credenciales que les cuelgan a las películas y a sus directores como si fueran condecoraciones militares. Por eso tampoco me parece importante mencionar dónde estudió Simón ni ningún otro miembro de su espléndido equipo de filmación, entre quienes se cuenta a Juan Sarmiento, premiadísimo director de fotografía radicado en Alemania. 

La película es tremendamente dura, aunque sea de una dulzura inconmensurable. Expone con lupa el mar de corrupción en el que estamos inmersos los colombianos, aunque jamás se proponga ser vehículo de denuncia.

Dicho esto, me dispongo a contarles por qué Amparo es una película que se sostiene por sí sola, que no necesita menciones, ni selecciones, ni palmas, ni ningún artilugio que acredite que es una historia universal, aunque esté contada desde el contexto más íntimo y local; que es tremendamente dura, aunque sea de una dulzura inconmensurable; que expone con lupa el mar de corrupción en el que estamos inmersos los colombianos, aunque jamás se proponga ser vehículo de denuncia ni de política alguna, y que su personaje principal es asombrosamente verosímil, aunque el cineasta nunca haya buscado que quien lo interpreta (Sandra Melissa Torres) sea una actriz natural. 

Imagen de la película

Merece la pena hablar de su actriz principal con detenimiento porque a Sandra Melissa no la escogieron para interpretar el papel de Amparo porque encarnara en la vida real al personaje de ficción, sino porque Simón y su equipo supieron ver la capacidad que tenía de construir una tensión desde adentro, desde la entraña. Nada es gratis en el tono de sus parlamentos ni en sus movimientos, ni en sus miradas, y sin embargo pareciera que todo lo fuera, que de manera orgánica hubiera entendido el dolor y la angustia de aquella mujer de ficción llamada Amparo. Jamás se le ve sobreactuándose o haciendo gala de dotes histriónicas como a muchas divas de nuestra farándula criolla. Al verla en la pantalla grande, uno puede intuir que tiene una profunda conexión con Amparo pero, sobre todo, con su creador, Simón, que no solo sabe encaminarla como actriz, sino que además es el guionista de su película, por no decir que el dueño y creador de su personaje. Y ese es otro argumento que para mí pesa un montón: el hecho de que una historia sea originalmente pensada, escrita y dirigida para el cine por una misma persona sin adaptaciones malogradas. 

Amparo bien podría ser una historia de ninguna época, de esas que son trasladables a cualquier latitud, tiempo y cultura sin sufrir ni el más mínimo equívoco.

Lo otro que se suele hacer al reseñar una película o un libro es enunciar una sinopsis de la historia, cosa que les respeto a mis colegas periodistas pero que me niego a hacer como escritora o creadora, porque al final el arte no se trata del qué, sino del cómo. Es muy probable que todas las historias que se le ocurran a alguien estén ya contadas por otro y, sin embargo, nunca podrán ser la misma historia mientras sea otro ser humano, único e irrepetible, quien se dé a la tarea de contarla como sólo él lo puede hacer. Y es en esto en donde radica la originalidad o la virtuosidad de Simón. Muchos directores colombianos se han adentrado en terrenos relacionados con nuestra realidad, con la coyuntura, con la guerra. En el caso de Simón, eso sólo parece suceder por añadidura. No se nota en su narrativa ningún afán de contar nuestro tiempo, ni de que su trabajo cinematográfico se convierta en un vehículo político. Por el contrario, Amparo (situada temporalmente en la Medellín de los noventas) bien podría ser una historia de ninguna época, de esas que son trasladables a cualquier latitud, tiempo y cultura sin sufrir ni el más mínimo equívoco. Y más allá de denunciar la corrupción tan deleznable y asquerosa de muchos militares en nuestro país, Amparo enuncia y describe un patriarcado sin ondear tampoco ningún tipo de bandera feminista. Dicho esto me doy por bien servida con eso de la sinopsis porque sin decirles de qué se trata, ya les dije de qué se trata. 

Intuyo que Simón se fue alejando de lo personal como quien se aleja con la cámara de un primer primerísimo plano a un gran plano general para darle forma a esta historia que podría ser la de cualquier mamá haciendo cualquier cosa que implique sacrificios impensables por un hijo. Pero Simón no “descualquieriza” la historia. La entraña se mantiene y esa honestidad con la que es capaz de mirarse a sí mismo con un tele (como llaman los cineastas y fotógrafos a los lentes que pueden acercarse al detalle más ínfimo), es una honestidad que permanece incluso cuando, después de investigar más sobre el mercado negro de tarjetas militares en Colombia, decide dejar de mirarse el ombligo para abrir el plano y usar un ojo de pescado en el que cabe todo un universo humano.