10 Junio 2022

Cine, un eterno campo de censura visible y no tan visible

Desde que el cine es cine, la censura ha condicionado su desarrollo y, por lo tanto, la manera como ha abordado ciertos temas o, sencillamente, no los ha podido abordar. Pero la censura no la ejercen únicamente las tijeras.

Por Gustavo Valencia Patiño
Cuando nació el cine, la censura, que corre paralela con la historia de la humanidad, llevaba muchos siglos de existencia. En una sociedad dividida en clases antagónicas es necesario limitar, condicionar, restringir, vetar. Es decir, censurar y prohibir. Se convierte en una forma sociocultural que el individuo adopta como algo natural y aceptable. Solo unos pocos protestan a tal o cual prohibición, lo que suele estar mal visto por los demás y, por lo general, no pasa de ese simple estadio de rechazo y repudio.
Así que, por ejemplo, cuando Thomas Edison filmó en 1896 su famoso beso, un simple acercamiento y roce de los labios de un hombre con una mujer, se levantaron voces en defensa de la decencia y la moral para justificar la censura que reclamaban. Dos años atrás había filmado la danza de la mariposa (‘Annabelle butterfly dance’), en la que una bailarina entrealza sus largos faldones en una creativa figuración del vuelo de una mariposa y al hacerlo se le ven ¡las piernas! Algo bochornoso e indigno para los sectores más conservadores de la sociedad estadounidense, e inmediatamente se hizo sentir con su veto y sus tijeras.

El beso
El beso, de Thomas Alva Edison.


Al volverse el cine un fenómeno de masas, ya existían poderosos sectores sociales que se consideraban con derecho a censurar y a limitar su creatividad y sus temáticas. Convivían con una amplia población dispuesta a ser condicionada y limitada, muy sumisa y que toleraba la censura como un mal menor.
La paradoja en la historia del cine es que en algunos casos la censura ha hecho más famosas algunas películas. Otras se hicieron notar por su ingenio para burlar al censor y obtener así su aprobación. Con el paso del tiempo la lista se hace cada vez más interminable y lo único que se puede hacer es citar algunas de ellas.
Uno de los casos más conocidos, tanto por la fama de su director como por la polémica que suscitó y la dilatada censura que padeció, es El gran dictador (1940), de Charles Chaplin, que con su parodia burlesca de Hitler en pleno auge del régimen nazi hizo que se prohibiera en muchos países. Al terminar la Segunda Guerra Mundial el veto terminó, excepto en España, donde solo se pudo ver hasta 1976, tras la muerte de Franco. Fueron 36 años de prohibición.
Los visitantes de la tarde (1942), dirigida por Marcel Carné, contó con un guion de Jacques Prévert, quien elaboró una historia con una metáfora muy directa a la ocupación nazi, de tal forma que supo evadir el control de los censores de la Francia de Vichy y logró el permiso para filmarla. Viridiana (1961), de Luis Buñuel, al momento de su estreno en el Festival de Cannes provocó un gran escándalo e inmediatamente fue prohibida en España e Italia. El periódico del Vaticano L’Osservatore Romano criticó “la impiedad y blasfemia de la obra”.

Los grandes estudios de producción, para anticiparse a la censura y los vetos, elaboraron el Código Hays para evitar controles y, de paso, frenar la competencia internacional que ofrecían numerosas y buenas realizaciones europeas, por lo general muy abiertas y sin mayor control en su temática.


La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick, también fue víctima del veto. Aunque se quiso justificar su censura alegando que tenía escenas de violencia sexual muy fuertes, realmente lo fue por sus implicaciones políticas, en especial en la segunda parte del film. Con El último tango en París (1972) Bernardo Bertolucci generó una sonora controversia con ciertas escenas de sexo, en especial con la denominada ‘de la mantequilla’ y en varios países ni siquiera se exhibió.
No se puede olvidar Saló (1975), la aún polémica y satanizada película póstuma de Pier Paolo Pasolini, que a casi 50 años de su realización todavía está prohibida en algunos países. Para terminar este brevísimo recuento vale citar al polifacético Martin Scorsese, con La última tentación de Cristo (1988). Veto y polémica llegaron inmediatamente, incluso con ataques de ligas católicas a teatros en Francia donde se exhibía la cinta, una adaptación de la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis, quien ya había sido excomulgado por la Iglesia ortodoxa griega por esta obra.

El gran dictador
Charles Chaplin en 'El gran dictador'.


Nota aparte merecen otros regímenes políticos como los de la Unión Soviética y los países de la denominada “cortina de hierro”. Grandes maestros del cine soviético (Serguéi Eisenstein, Dziga Vertov) tuvieron que enfrentar una fuerte censura y veto a sus trabajos. En épocas posteriores se conoció la prohibición de obras de Serguéi Paradzhánov, Nikita Mihalkov y de su primo Andrej Konchanlovski; también tuvo problemas de censura Andrej Tarkovski. En Alemania Oriental sufrieron prohibiciones Konrad Wolf y, en especial, Frank Beyer, que desde antes de la reunificación ya era invitado ocasional a Alemania Federal a filmar con la renovada industria fílmica del llamado nuevo cine alemán.
La censura en la industria del cine se relaciona con dos temas centrales: sexo y política. Y se pueden distinguir dos categorías en materia de censura: La censura visible y la censura invisible.
 

La censura visible
Al finalizar los años 20 y comenzar los 30, la dominante y consolidada industria del cine producía un promedio de 500 películas al año y vendía 90 millones de entradas a la semana en un país de 120 millones de habitantes, cifras impresionantes que hablan del poderío económico y político que el cine había logrado en tan pocos años desde su aparición.
Se realizaron muchos films muy liberales que alarmaron a los sectores más religiosos y conservadores del país, lo suficientemente poderosos como para inquietar el floreciente y muy rentable negocio de Hollywood. Por ese motivo los grandes estudios de producción (las Majors), para anticiparse a la censura y los vetos, elaboraron el Código Hays para evitar controles y, de paso, frenar la competencia internacional que ofrecían numerosas y buenas realizaciones europeas, por lo general muy abiertas y sin mayor control en su temática.
Este código lo creó en 1930 la poderosa Asociación de Productores Cinematográficos de Estados Unidos, más conocida por sus siglas en inglés MPAA (Motion Picture Association of America). Para ellos lo fundamental era el beneficio económico, sin importar si sacrificaban la libertad de creación y de expresión. Ellos mismos, a la luz pública, se censuraron. Su puesta en marcha marcó profundamente la temática y la narrativa de los “dorados años” de Hollywood, el llamado “cine clásico”, saturado de maniqueísmo. Los buenos son muy buenos y los malos lo son en demasía. La ley se impone sobre el crimen y, al final, la máxima moraleja de siempre: el bien derrota al mal.

ViridianaLa naranja mecánica

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A esta autocensura de los años 40 la reemplazó en los 50 la censura oficial, mucho más visible que el código Hays. Llegó uno de los períodos más oscuros y funestos en la historia política de la llamada mayor democracia del mundo: el macarthysmo, dirigido por el senador Joseph McCarthy y su asistente, un joven republicano recién llegado al Senado, un tal Richard Nixon. McCarthy se convirtió en el abanderado número uno de la fiebre anticomunista que desató la derecha de Estados Unidos al terminar la Segunda Guerra Mundial y comenzar la Guerra Fría, persiguiendo y destituyendo a todo aquel que tuviera ideas progresistas en la administración pública, los sindicatos, los colegios y las universidades.
Todo lo anterior sin ruido, sin prensa ni televisión, pues la atención de los medios y del público se focalizó concentrado en “la caza de brujas de Hollywood”, un show publicitario muy bien montado, Del principio jurídico de la presunción de inocencia se pasó a aplicar la presunción de culpabilidad. Todo dentro del furor que desató la cruzada anticomunista, donde comunista era todo aquel que se oponía al gobierno y al pensamiento oficial.
Se atacó directamente a la médula espinal de Hollywood. Fue una censura directa y visible que, aunque servía de mampara para ocultar otra más feroz que se cometía a lo largo y ancho del país, sembró el terror y la división en todos los estudios y empresas dedicadas al cine, así como entre sus diversos profesionales. Desde el millonario productor, pasando por el ingenioso guionista hasta el más simple actor y trabajador del medio.

El último tango en París.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La presión fue tal que incluso algunos de los implicados en esta lista negra delataron a sus propios compañeros, entregando nombres propios y explicando sus actividades políticas. El más conocido fue el caso del director Elia Kazan, quien denunció a otros colegas. Entre delación y persecución, muchos fueron los afectados. Célebres guionistas como Donald Trumbo, (Espartaco, con Kirk Douglas) tuvieron que trabajar por algún tiempo con seudónimo. Otros, como Carl Foreman y Joseph Losey, emigraron a Europa, donde continuaron con sus exitosas carreras. Los efectos de esta cacería se sintieron por muchas décadas más en Hollywood.

La última tentación
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La censura invisible
Hay otra censura, velada e imperceptible, invisible, aunque más real, concreta e implacable que cualquier otra. Es de índole económica, la de saber si esta u otra película dará resultados financieros favorables. La que invita a evitar determinados temas y promover otros que “venden” más. Una censura invisible a la que se denomina “leyes del mercado”. En cine se traduce en costos de producción, conseguir la distribución y la exhibición, que es el eterno cuello de botella de toda realización cinematográfica. Esto va acompañado de supuestos financieros de costos y egresos versus taquilla, que obliga al productor y al director a que su producto se venda a como dé lugar.
Sobre el ejercicio de esta censura invisible no existe ningún decreto, ni ley o documento. La forma social en que está organizada la producción económica explica por qué se generan estas condiciones, que hace que los individuos acepten el hecho de autocensurarse si quieren lograr un beneficio económico. Tienen que enajenar otros valores personales para lograr el supuesto rendimiento financiero.
Esta forma de mercado por sí misma genera límites y condicionamientos. No es exagerado plantear que la absoluta mayoría de películas conocidas han pasado primero por este tipo de censura invisible, que no depende de códigos Hays y cazas de brujas.

Anita Eckberg
Anita Eckberg en una escena de 'La dolce vita', de Federico Fellini.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Censura en Colombia
En Colombia la censura sí que ha existido. Basta con mencionar el sonoro escándalo que precedió al estreno de La dolce vita, del director italiano Federico Fellini, hecho que ocurrió precisamente en junio hace ya 60 años. Fue en Medellín donde hubo mayor controversia y ruido, ya que allí campeaba como censor indiscutido la Acción Católica, que llevaba muchos años en dicha labor. En esta ocasión, y con obispo a bordo, llamaron al gobernador, al alcalde y demás medios para que impidieran la presentación de esa película, que el mismo Vaticano ya había prohibido. A la luz de los mecanismos legales no había forma de evitar su proyección, por lo cual la cinta se exhibió en plena tormenta de persecución y condena. De paso se demostró que las distribuidoras internacionales de cine se imponían ley en mano y que el clero cada vez más perdía influencia en la población. Además, se comprobaba que toda película que tuviera mucha prensa y oposición lograba que más público se interesara en verla.
Sin embargo, donde más se ha visto el rigor y la permanencia de la censura en Colombia es en películas de índole político. Garras de oro (1926), dirigida por P.P. Jambrina, seudónimo de Alfonso Martínez Velasco y producida por Cali Films, es un alegato directo contra el robo de Panamá en 1903. Censurada y prohibida por el gobierno estadounidense de la época, desapareció y se dio por perdida, hasta que, en 1986 el investigador Rodrigo Vidal encontró en Cali un fragmento de algo más de 50 minutos, restaurado por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.

Donde más se ha visto el rigor y la permanencia de la censura en Colombia es en películas de índole político.


Raíces de piedra (1961), del director español José María Arzuaga. es un registro de la penosa condición de vida de los chircaleros, como se les conoce a los fabricantes de ladrillos. La Junta de Censura alegó “distorsión malintencionada de la realidad”. Pasado el meridiano (1965), su siguiente realización, también tuvo problemas de censura por los mismos motivos. El hermano Caín (1962), de Mario López, fue rechazada por motivos de orden público y porque los recuerdos de la violencia estaban todavía muy frescos en la memoria de la gente, según la Junta de Censura. La misma suerte tuvo Tierra amarga (1965), del cubano Roberto Ochoa, que describía las difíciles condiciones de vida del pueblo chocoano a través del romance clandestino de un minero de la región con una periodista estadounidense.
Donde más se aprecia esta censura y persecución política es en los años 70. El caso más representativo es el del director Carlos Álvarez (1942-2019), que no solo fue censurado por sus diversos documentales (los más conocidos son Qué es la democracia, de 1971, y Los hijos del subdesarrollo, de1975), sino que también fue detenido y encarcelado en 1972 y condenado por un Consejo Verbal de Guerra hasta 1974, cuando se levantó el estado de sitio y se quedó sin piso jurídico su sentencia. También hay que mencionar a Camilo, el cura guerrillero (1974), de Francisco Norden, con toda la controversia política que suscitó. Las producciones de muchos y talentosos directores latinoamericanos como el boliviano Jorge Sanjinés, el argentino Octavio Getino, el chileno Miguel Littin o las provenientes de Cuba en aquella década estuvieron condenadas a proyecciones clandestinas
En 1980 el polémico escritor Fernando Vallejo no pudo rodar en el país En la tormenta, una película sobre la violencia en Colombia, y tuvo que hacerla en México, y se prohibió su exhibición en el país. El potro chusmero (1985), de Luis Alfredo Sánchez sobre las guerrillas liberales del Llano en los años 50, fue censurada y prohibida para presentarla en la televisión.
Una de las últimas manifestaciones de censura y veto fue el episodio ocurrido con La virgen de los sicarios (2000), de Barbet Schroeder, adaptación de la novela del ya citado Fernando Vallejo. Un periodista, director de una revista de empresa comercial, se opuso a su exhibición e intentó realizar una cruzada nacional para prohibirla. Comenzaba el nuevo siglo, ya corrían tiempos de mayor tolerancia y casi nadie se prestó para apoyar esta campaña de desprestigio.