13 Abril 2022

El duro camino para ser una tenista profesional

María Camila Osorio, tenista colombiana, en la actualidad número 33 del mundo.

El tenis no solo es talento y dedicación. Es un deporte caro, de carreras cortas y donde el éxito parece reservado para un puñado de jugadoras. ¿Por qué es tan duro y costoso llegar a la cima del deporte blanco?

Por Diego Garzón Carrillo


 

Una famosa declaración del tenista Arthur Ashe en 1975 parece resumir el destino de quienes quieren ser tenistas profesionales: “En el mundo 50 millones de niños comienzan a jugar al tenis, cinco millones aprenden a jugarlo, 500.000 llegan a ser profesionales, 50.000 entran al circuito, 5.000 juegan un Grand Slam, 50 llegan Wimbledon, cuatro a las semifinales, dos a la final. Cuando estaba levantando la copa nunca le pregunté a Dios: ¿por qué a mí?”. Muchos son los llamados y pocos los escogidos” valga el cliché.

La frase del tenista afroamericano que le da el nombre al estadio principal de Flushing Meadows, donde se juega el Abierto de Estados Unidos, describe como ninguna lo difícil que es triunfar en el tenis. Es un deporte donde el camino del éxito está destinado para un puñado de nombres por cada generación y en el que los grandes logros parecen insuficientes. El tenis es un deporte donde perder es la regla, a menos que uno sea Federer, Nadal o Djokovic. Y paradójicamente ser top 100 del mundo es realmente una hazaña que parece insuficiente para quien nunca ha empuñado una raqueta. Colombia tiene un buen pasado y presente en hombres y mujeres: Fabiola Zuluaga llegó a ser 16 del mundo y semifinalista en el Abierto de Australia y hoy, con apenas 20 años, María Camila Osorio ya alcanzó el puesto 33, por citar dos ejemplos. Las dos nacieron en Cúcuta y a las dos las descubrió el mismo entrenador, Edgar 'el Mono' Muñoz. Cuando tenían menos de 12 años él supo decirles que si realmente querían triunfar, que se fueran a Bogotá. Fue él quién les enseñó a jugar al tenis, a empuñar una raqueta, a ser las mejores desde niñas.

Zuluaga recuerda que a los 14 años llegó a la capital a vivir en la casa de una prima, sin sus padres, que se quedaron en Cúcuta. Su rutina se limitaba a entrenar en la Academia Colombiana de Tenis, dirigida por Uriel Oquendo, cuna de grandes tenistas. “Para estudiar hay toda la vida, en cambio para jugar al tenis el tiempo es corto”, decía el papá de Fabiola. De hecho, años más tarde, ya bajo el patrocinio de Colsanitas, ella pudo validar su bachillerato. “Me acuerdo de que mis padres alcanzaron a pagar un par de meses en la academia, pero ya no había más plata. Y Oquendo hizo una excepción y no sé cómo habrán arreglado, pero pude seguir hasta irme a Estados Unidos a la academia Bolletieri”, recuerda Zuluaga.

Y su padre tenía razón, el tiempo en el tenis es corto. A los 26 años, aquejada por el hombro que sufrió varias operaciones, y por su deseo de ser mamá, Fabiola anunció su retiro. Mariana Mesa, la número dos de Colombia después de Zuluaga, dejó las raquetas a los 20. Para no ir tan lejos, Ashley Barthy, la hasta hace poco más de un mes número uno del mundo, también decidió dejar el deporte blanco con apenas 25 años cumplidos.

Para ingresar al ranking oficial de la WTA (Asociacióbn Femenina de Tenis, por sus siglas en inglés) y empezar a sumar puntos y dinero es necesario ganar al menos un partido y participar en tres torneos de 15.000 dólares en premios. Suena fácil, pero no lo es. Cuántas tenistas se van de gira meses enteros para regresar a casa con apenas un par de partidos ganados. Y cuántas ni siquiera alcanzan a irse de gira a pesar de su talento, de sus posibilidades, por no contar con los recursos para hacerlo.

Para una latinoamericana irse de gira por Chile, Argentina, Brasil o México implica que los costos y las distancias generan más desgaste físico y económico. Una europea puede jugar un torneo y prepararse para el que sigue, que se lleva a cabo a apenas una hora de viaje desde su residencia.

La extenista Catalina Castaño estima que para lograr un año realmente bueno es necesario invertir alrededor de 200.000 dólares para viajar a los principales torneos, siempre con un buen entrenador a la mano. Una cifra alta, pero es que en el tenis todo cuesta mucho. Desde las raquetas, que valen de 150 dólares en adelante cada una, más los gastos del encordado. Los Top 10 viajan con su propio encordador, pues elegir la cuerda y la tensión es toda una ciencia. Y, además, los honorarios de un entrenador permanente, los tiquetes, los hoteles, los viáticos.

En la soledad de la cancha donde “se vive más una lucha con uno mismo que con el rival”, dice Castaño, pasan muchas cosas por la cabeza. Y más si una tenista no tiene patrocinio. Hay muchas que literalmente juegan para vivir. Dependiendo del torneo y sus premios, hay jugadoras que con lo que reciben tras uno, dos o tres triunfos se costean el hotel, el tiquete y le pagan a su entrenador. Y si pierden… a luchar para que la cabeza no se enrede, y así seguir jugando bien y esperar otra oportunidad.

Yo pienso que cuando a uno le gusta mucho el tenis no es sacrificio. Nunca lo vi como sacrificio. Si yo volviera a nacer sería tenista. Sin embargo, hay momentos muy duros, como cuando tenía que viajar sola, sin entrenador, con presupuesto apretado y me tocaba llegar a algunas ciudades a ver dónde pasaba la noche. Alguna vez en Barcelona me tocó buscar un hotel que terminó siendo muy peligroso. Salí a las seis de la mañana, asustada, caminando con mis maletas por toda la ciudad. Lo mismo me pasó cuando llegué a una estación de tren en un pueblo de Alemania en la madrugada. No sabía dónde dormir y a pocas horas de comenzar torneo”, recuerda Castaño, quien tuvo varios patrocinios, aunque también tuvo temporadas sin ellos. “En los años 90 decir que uno era tenista profesional era imposible. En la entrada de algunos países no entendían que esa era mi profesión”.

Una de las grandes ventajas para las tenistas norteamericanas y europeas es que en sus países cada año se juegan muchos torneos que dan puntos para el ranking y, claro, los desplazamientos internos son más cortos y baratos. Una española puede jugar muchos torneos en su país y tener como sede su propia casa. Para una latinoamericana irse de gira por Chile, Argentina, Brasil o México implica que los costos y las distancias generan más desgaste físico y económico. Una europea puede jugar un torneo y prepararse para el que sigue, que se lleva a cabo a apenas una hora de viaje desde su residencia. En este punto Colombia ha avanzado mucho. La Federación Colombiana de Tenis ha venido organizando cada día más torneos ITF (categoría de la Federación Internacional de Tenis destinada a los novatos), lo que ayuda a los jugadores que comienzan sus carreras. Y por su lado, desde 1993, en Colombia se realiza la Copa Colsanitas, que hoy ya es el Torneo WTA más grande de Suramérica. En los torneos de la WTA participan jugadoras de élite.

El tenis es una decisión de vida muchas veces tomada por otros. Mientras un adolescente a punto de graduarse del colegio decide qué quiere estudiar, el tenis es un camino al que se le apuesta desde mucho antes. Roger Federer era recogebolas de Martina Higgins a los ocho años y desde ahí sus padres sabían que la apuesta era llevarlo al profesionalismo. Vale la pena ver la película Breaking point, donde se examina este deporte desde la complejidad de la salud mental por medio del testimonio real del tenista Mardy Fish ante la presión de ser el mejor de todos, y King Richard -Will Smith, opacado por su inmortal cachetada a Chris Rock, ganó el Oscar a mejor actor por interpretar al papá de las hermanas Venus y Serena Williams- ,donde se muestra la decisión, testarudez y empeño que él puso para que sus dos hijas llegaran a la cima del deporte desde un ambiente de pobreza y desesperanza.

Para asegurar que la deportista esté concentrada en el juego y no en cómo va a pagar el almuerzo una vez termine su partido, es fundamental la empresa privada que invierte en el deporte. En Colombia hay que destacar principalmente el apoyo que Colsanitas le ha dado al tenis. Por casi 30 años, el equipo Colsanitas ha logrado sacar adelante los nombres más destacados. Desde Zuluaga, Mariana Duque (69 del mundo), hasta Osorio; y en hombres, desde Alejandro Falla (48), Santiago Giraldo (29), y los doblistas Robert Farah y Juan Sebastián Cabal, campeones de Wimbledon y el USOpen que llegaron al número uno del mundo antes de la pandemia.

Actualmente, además de Osorio, Farah y Cabal, Colsanitas apoya a Daniel Galán, Nicolás Mejía, Enrique Peña, Alejandro Arcilla, Salvador Price, Emiliana Arango, Antonia Samudio, Kelly Vargas y María Angélica Bernal (tenista que participa en silla de ruedas). Frank Harb, vicepresidente de Productos Premium de Colsanitas y Keralty, estima que la inversión anual de la empresa en el tenis es superior a los 3.500 millones de pesos. “Para nosotros es muy importante la familia cono núcleo de todo. Si vienen y nos dejan a una posible tenista y se desentienden, no nos interesa. Todo debe estar complementado, es una decisión de vida, y por eso la familia es fundamental”, dice. El patrocinio incluye fisioterapeuta, preparador físico y tres entrenadores de primer nivel: Ricardo Sánchez, Felipe Berón y Alejandro Pedraza.

Para asegurar que la deportista esté concentrada en el juego y no en cómo va a pagar el almuerzo una vez termine su partido, es fundamental la empresa privada que invierte en el deporte.

El español Ricardo Sánchez, uno de los más reconocidos en el circuito como formador en el tenis femenino, destaca la importancia de Colsanitas porque es un caso atípico en el mundo. “Por eso María Camila pasó en un año de ser la 186 a la 33 del mundo. Pasó de jugar la regional league a jugar la Champions, aunque con tanta exigencia se ha lesionado mucho”.

En Colombia para ser entrenador también debe recorrerse un camino complejo. “Yo no tengo sueldo, la Federación me dejaba enseñar en los campos del Centro de Alto Rendimiento, pero mi pago era el que recibía por parte de los estudiantes. Si daba muchas clases, me iba bien. Si llovía o lo que fuera, no recibía un peso. Yo entrené una niña de 12 años sin recibir nada solo porque le vi el talento”, dice un profesor de tenis que prefiere omitir su nombre.

A diferencia del fútbol, el básquet u otros deportes colectivos, el tenis es “el deporte más solitario de todos”, como dice André Agassi en su libro Open. Es una lucha permanente desde la infancia. “Yo no tengo casi amigas de la niñez. De hecho, armamos un chat con las jugadoras con las que crecimos juntas, con ellas sí hablo mucho”, dice Fabiola Zuluaga.

Así como Arthur Ashe se preguntaba “por qué a mí” cuando levantó la copa en Wimbledon, la inmensa mayoría se ha preguntado lo contrario: “por qué yo nunca pude”. El tenis es plasticidad pura, ejemplos de valentía, honor, orgullo, felicidad. Pero también la infancia es el tenis. La adolescencia es el tenis. Y la gloria deseada, tantas veces esquiva, también es el tenis.