30 Abril 2022

Entre la vieja y la nueva política

Recientemente se publicó el libro Las elecciones que pueden cambiar la historia de Colombia, en el cual participaron, entre otros, Carolina Corcho, Angela María Robledo, Pablo Montoya, Katherine Miranda, Tatiana Roa, Jorge Rojas y Juan Guillermo Gómez. CAMBIO transcribe un fragmento de la entrevista a Cecilia López Montaño.

 

Cecilia López Montaño.
Cecilia López Montaño (Colprensa)

¿Usted, que tiene espíritu liberal, qué piensa del Partido Liberal en la actualidad y sus posibilidades en las próximas elecciones parlamentarias y presidenciales?

Para aquellos que creemos que la política es la más noble de las profesiones, como afirma Barack Obama, el Partido Liberal se ha convertido en un lastre para ese ejercicio, que es un elemento fundamental de la democracia. Lo grave es que sí jugará algún papel, porque su habilidad para comprar votos y llevar al poder a quienes solo ven en la política un negocio responde a la manera de hacer política de muchos sectores del país. No tendrá candidato propio para la Presidencia de la República, pero apoyará al que responda a estos intereses, y llevará al Congreso más personas que se alejen de los estándares mínimos que deben tener quienes llegan a ocupar estas posiciones.

Como mujer, ¿cuál es su balance de la presencia femenina en el gobierno de Duque?

Como el objetivo no ha sido llevar a estas posiciones a las mejores, como también ha sucedido con los hombres, muchas de ellas en altos cargos han dejado una estela negativa. Claro que esto es aún peor en el caso de los hombres, pero las mujeres que llegaron en su mayoría como cuotas clientelistas han cometido fallas que, mínimo, han permitido casos graves de corrupción. Como la mujer en el poder todavía está en un periodo de prueba ante los ojos de una sociedad patriarcal, casos como el de la exministra Karen Abudinen borra avances en la credibilidad de la capacidad y transparencia de las mujeres en altas posiciones del Estado. Otras han sido ubicadas en lugares inadecuados de acuerdo con su experiencia y algunas, como la de Educación, con una buena trayectoria, tampoco ha estado al nivel esperado.

Pero lo que es realmente muy negativo para las mujeres del país es que la primera vicepresidenta haya sido Marta Lucía Ramírez. Las razones son varias:

Después de una larga carrera en el sector público, ha cometido errores inexplicables, declaraciones inoportunas, desconocimiento de temas en los cuales interviene, excusas permanentes sobre fallas que comete ella o que atribuye a su equipo.

A pesar de posar de técnica, ha sido claramente clientelista nombrando en cargos claves a personas que son solo cuotas de grupos políticos que la han apoyado. Perdió la oportunidad de mostrar que “más mujeres en la política lleva a cambios en la política”, palabras de Michelle Bachelet.

Su peor desempeño ha sido en la Cancillería al dejar que otros ministros intervengan en su campo. Pero lo más grave es que el canciller es el presidente Duque, quien abusa de su poder para quitar y poner embajadores con intereses claramente políticos. A meses de terminar un gobierno, cambiar embajadores es lo peor que puede hacerse para la imagen del país y además tiene costos inmensos para el Estado. Embajadores de seis meses son una ofensa para los gobiernos donde se tiene representación. Se agrega además que la Cancillería hoy tiene una nómina de diplomáticos de muy bajo nivel y, como si fuera poco, se ha creado una crisis administrativa como la de los pasaportes, no vista en el país.

Con respecto al tema de género demostró su ignorancia sobre la realidad de la situación de la mujer. Promover su emprendimiento sin reconocer que las mujeres tienen una agenda, la del cuidado no remunerado, a la cual se agregan las nuevas demandas de tiempo siempre lleva a su fracaso. Su propuesta para mujeres rurales es la misma de siempre, que no ha generado cambios en su realidad. Su última idea de darles bonos a las mujeres cuidadoras en el hogar va en contra de la idea fundamental de quitarles ese peso para que entren al mercado laboral y logren su autonomía económica.

"Para aquellos que creemos que la política es la más noble de las profesiones, el Partido Liberal se ha convertido en un lastre para ese ejercicio, que es un elemento fundamental de la democracia".

Usted ha sido crítica de la política neoliberal de las últimas décadas en Colombia y en el mundo. Después de la pandemia y el estallido social, ¿cuál es la radiografía para el futuro inmediato?

Desde antes de la pandemia se empezaron a discutir las falencias del capitalismo actual, que ha llevado a una gran concentración de la riqueza en unos pocos. Krugman, Piketty y Stiglitz forman el triunvirato de los principales críticos económicos del capitalismo global.

El impacto de la pandemia, especialmente en América Latina, con una caída de la economía de -7 por ciento y en Colombia de -6,9 por ciento, puso en evidencia las falencias de este modelo de desarrollo y volvió más pertinente este debate.

Pero es en Europa donde esta discusión ha tomado una gran importancia, hasta el punto de que ya se habla de la necesidad de reemplazar el Consenso de Washington, que resumió los principales elementos de este modelo, por el Consenso de Cornwall, que vuelve y coloca al Estado en el rol que “las políticas neoliberales habían colocado en el asiento de atrás”, según palabras de Mariana Mazzucato.

Lo grave es que ese debate aún no es posible en Colombia, gracias al dominio casi absoluto de los economistas autores de las reformas desde los 90, que siguieron al pie de la letra las recomendaciones del Consenso de Washington. Este modelo en Colombia se denominó ‘apertura económica’ en el gobierno de César Gaviria. A quienes nos atrevemos a cuestionar estas políticas se nos clasifica por parte de los ortodoxos como de izquierda.

¿Cree que son viables propuestas como poner impuestos a los grandes poseedores de tierra y que están improductivas? ¿Y, de otro lado, cesar la exploración de petróleo si Petro llega a la presidencia?  ¿Las ve factibles, están bien sustentadas?

Es impostergable abordar el histórico problema de la concentración de la tierra en Colombia. Obviamente, se agravó en medio del conflicto, especialmente cuando el paramilitarismo, en la década de los 90, llegó al nivel que conocemos. El argumento de la desigualdad que empieza por esta concentración de la propiedad especialmente rural nunca ha sido suficiente para tomar las decisiones que corresponden. Una de las posibles explicaciones es que la tierra continúa siendo sinónimo de poder, especialmente en regiones como el Caribe colombiano, y obviamente está unido al poder político, que además encuentra eco en gran parte de los dirigentes nacionales.

Pero ahora el tema puede ser otro y esto abre una oportunidad real. Se trata de dos demandas claras. La primera es la prioridad de diversificar el esquema productivo del país, que es imposible con la actual concentración de la tierra. El sector agropecuario, unido a la agroindustria, es la actividad que tiene que suplir la prioridad que ha tenido hasta ahora la actividad minero-energética. Son la salida para generar de manera sostenible el empleo que demanda este país y empezar a dinamizar las exportaciones y a sustituir aquellas especialmente de alimentos y materias primas que se requieren para enfrentar los desbalances en la balanza comercial.

Una segunda razón es la responsabilidad frente a la crisis generada por el cambio climático, que tiene que ver con el uso de la tierra. No sólo es impostergable la transición energética hacia formas más limpias, sino que tiene que cambiar el uso de la tierra y su distribución. La ganadería extensiva ineficiente y las grandes explotaciones asociadas a la deforestación —nuestra principal contribución al cambio climático— exigen un cambio en la propiedad de la tierra.

Y el instrumento existe: no se trata ya de la reforma agraria que no hicimos, sino del impuesto a la tierra, que obliga a la eficiencia o a su distribución, y el catastro multipropósito, que va demasiado lento, es la forma de hacer esta reforma. O el propietario se vuelve realmente productivo o paga altos impuestos. Luego es el momento de distribuir la tierra porque las razones son más fuertes que la sola desigualdad que los colombianos consideran como parte del paisaje.

Con respecto a la propuesta de Petro, esta debe ser la precisión: Colombia tiene algo de petróleo y no puede ignorarlo, pero se requiere hacer la transición hacia los nuevos sectores donde Colombia sí puede ser una potencia exportadora. Pero de manera cuidadosa y no de un solo golpe.

Libro elecciones.

En sus columnas de opinión, usted ha señalado que el único que plantea posiciones que desesperan a muchos, pero que entusiasman a más es Gustavo Petro, quien lidera las encuestas de opinión. ¿Qué explica, a su juicio, la ausencia de propuestas de los partidos tradicionales y de los líderes políticos del establecimiento ad portas de una de las campañas presidenciales más importantes del presente siglo? 

El punto central es si debe o no debe haber un cambio en este país en la forma como se conforma y funciona tanto el poder económico como el poder político. La inmensa concentración del ingreso, de la riqueza, que se oculta, y de la tierra lo que demuestran es que el poder tiene dueños y son pocos y los mismos. Y esa forma de ejercerlo de las élites los ha beneficiado de una manera tal que hoy la distancia entre los ricos y los pobres en Colombia es una de las mayores de América Latina.

El segundo punto es que la política la financian ellos, luego, sin duda, es el miedo a perder el apoyo financiero de las élites económicas lo que les impide apoyar el más mínimo cambio porque, por pequeño que sea, les quitaría esa posición privilegiada que han mantenido especialmente en las últimas décadas. Recuerden, es el sector privado el que recibió el beneplácito de los gobiernos de acuerdo con las prioridades de la política económica ortodoxa, cuyo principio es que el mercado es el mejor asignador de los recursos. Hoy vivimos los efectos de ese principio, que sin duda enriqueció a los que más tienen. Nuestro Gini lo muestra, el segundo peor de América Latina y uno de los más altos del mundo.

Sin lugar a dudas Gustavo Petro lidera las encuestas de intención de voto, tanto por las consultas internas de las coaliciones políticas como por las elecciones presidenciales.

"No sólo es impostergable la transición energética hacia formas más limpias, sino que tiene que cambiar el uso de la tierra y su distribución. La ganadería extensiva ineficiente y las grandes explotaciones asociadas a la deforestación —nuestra principal contribución al cambio climático— exigen un cambio en la propiedad de la tierra".

¿Qué factores objetivos o subjetivos podrían explicar la favorabilidad de Petro en las encuestas para las elecciones presidenciales de 2022?

La desigualdad tiene mucho que ver con los resultados a favor de Petro y este argumento no lo han entendido quienes lo descalifican. No es la pobreza la que solamente genera descontento, es la desigualdad, porque esas diferencias en calidad de vida, en oportunidades, en educación, salud, etcétera, son las que demuestran la concentración de privilegios en unos pocos. La injusticia es cada vez más evidente para una población con más educación y con la posibilidad que hoy existe de conocer todos los días cómo viven los sectores privilegiados. Es obvio que esos amplios sectores quieren un cambio y eso es lo que encuentran en Petro.

La desigualdad no es nueva, pero los últimos 30 años, que se vendieron como “bienvenidos al futuro”, el lema del presidente Gaviria, creó la sensación de ese cambio que permitiría el mejoramiento de vida de la mayoría y eso no sucedió. La pandemia dio fe de que, lejos de reducir la vulnerabilidad de muchos, esa se hizo no solo evidente sino mayor. Es decir, la pandemia aceleró la demanda de cambio de quienes más perdieron: el 72 por ciento de la población que está debajo de la línea de pobreza, 42 por ciento o apenas con ingresos levemente superiores, los vulnerables, 30 por ciento. Esto aceleró la demanda de un viraje en las prioridades del Estado.

Creo que los factores que apoyan a Petro son más objetivos que subjetivos porque él con frecuencia con sus expresiones no ayuda.

¿Qué motiva el miedo a Gustavo Petro de la élite empresarial del país? 

Así como la desigualdad puede explicar el éxito de Petro, el modelo económico de los últimos treinta años explica el miedo que les tiene la élite empresarial a sus propuestas. Un análisis que no se ha hecho ni en Colombia ni en América Latina que aclararía mucho este punto es el de cómo es el poder tanto en la región como en nuestro país. Y aunque la concentración de la riqueza no es nueva, lo que sí es verdad en todo el mundo, con pocas excepciones, es que este capitalismo del siglo XXI ha acentuado el poder económico en muy pocas manos y nuestro país no es la excepción.

Este modelo, que se concentra en los equilibrios macroeconómicos como elemento crítico para asegurar un manejo adecuado de la economía, también le asignó al mercado el papel fundamental para asignar los recursos, lo que le entregó un poder inmenso al sector empresarial. Hemos escuchado permanentemente durante las últimas tres décadas que no se puede desestimular al empresariado porque ellos son los que generan empleo y, por lo tanto, los que garantizan el bienestar de los trabajadores. Al Estado le ha tocado limitarse, según ellos, a calmar a los pobres con limosnas y a remediar los daños causados por el crecimiento. Al mismo tiempo, en muchos países entre ellos Colombia, se le entregó al sector privado gran parte de la política social como la salud y las pensiones.

Todo lo que implicaba reformas estructurales se han descartado con el argumento de que eso era abrir la caja de Pandora, con consecuencias imprevisibles. Nada de reformas tributarias de fondo, nada que tocara la concentración de la propiedad y menos lo que se pareciera a una reforma agraria. Resultado: las fuentes de dominio de las élites empresariales no solo no se tocaron, sino que se les dio acceso al poder político. En ese proceso, el empresariado encontró que su relación tan cercana al Estado le permitió el mejor negocio posible: manejar el poder para garantizar sus beneficios.

¿Frente a este modelo económico que derivó en su enriquecimiento e inmenso poder alguien de ese sector va a querer un cambio que obviamente es de modelo de desarrollo?

Obviamente, quien se atreva a plantear esta posibilidad es un enemigo de la clase empresarial. Pocos, muy pocos de ese sector, se apartan de esa posición. Ese es el temor a Petro.

¿Por qué algunos sectores de poder en Colombia consideran a Gustavo Petro un enemigo interno y no un adversario político?

Creo que esto obedece a que muchos sectores no entienden el significado real de la política. Si se define la política como “el escenario natural donde se resuelven de manera pacífica las contradicciones propias de una sociedad” —no sé quién lo dijo, pero es una maravillosa definición—, se podría hacer una diferencia entre tener un enemigo interno y un adversario político.

Pero cuando la política se define como una lucha por el manejo del poder para beneficio propio, obviamente quien plantea el debilitamiento de ese tipo de relación no es un adversario político, sino un enemigo. Por el contrario, un adversario político es el que plantea una forma distinta de resolver conflictos basada en una ideología diferente, pero eso no les interesa realmente a quienes han sido dueños de las grandes decisiones en un país.

Por eso Petro es un enemigo y no un adversario político.

 

 

(*) Cecilia López Montaño, , Presidente de CiSoe, ex-ministra de Agricultura y de Medio Ambiente, también fue directora del Departamento Nacional de Planreación y senadora de la República.