2 Mayo 2022

“Los narradores debemos defender nuestro derecho a tener tiempo para pensar”.

En Ceremonia, su novela, Felipe Restrepo se vale de una saga familiar para describir mucho de lo que sucede en los países de América Latina.

Delipe Restrepo
Felipe Restrepo, foto de David Rugeles. Cortesía de Revista Diners.

CAMBIO. ¿Cuál es el encanto de las sagas familiares como los Ibarra, protagonistas de Ceremonia?

Felipe Restrepo Pombo. Las sagas familiares siempre me han fascinado. Desde que comencé a leer, muy joven, libros al azar en la biblioteca de mi casa, me interesé en particular por esas historias que recorrían las diferentes generaciones de una familia. Esta es una tradición extensa en la ficción: muchos autores lo han hecho, de manera brillante, antes que yo. Las grandes épicas y tragedias griegas son, en esencia, dramas familiares. Lo mismo ocurre con la gran literatura clásica y moderna europea. También lo han hecho algunos de mis escritores favoritos estadounidenses como Tom Wolfe o Truman Capote. Y, para no ir más lejos, las enormes sagas familiares latinoamericanas de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Isabel Allende o Mario Vargas Llosa, por solo mencionar algunos. En los últimos años me impresionaron dos novelas familiares con una mirada muy original: Las correcciones, de Jonathan Franzen, y Canción dulce, de Leila Slimani. Estos dos enfoques tan particulares me ayudaron a encontrar el camino que tomé para construir a la familia Ibarra. Quise, entonces, retomar la tradición de la que hablé con una estructura más contemporánea.

Creo, por otro lado, que la familia es un tema atractivo para cualquiera. Porque no existen las familias perfectas: todas tienen secretos, problemas, silencios o tristezas. Las familias son conflictos. Pero también, son grandes alegrías. La familia marca la vida de cualquier persona y, en ese sentido, creo que siempre es apasionante ver esa experiencia retratada en una novela.

 

CAMBIO. ¿Qué lo motivó a sumergirse en el interior de una familia para describir lo que de una u otra forma ha sucedido en tantos países de América Latina?

F. R. P. No quise nombrar el país de origen da la familia Ibarra a propósito. Creo que hay puntos comunes entre las elites de nuestro continente. También hay grandes diferencias, claro, porque cada país es un universo aparte. Mi novela no es una investigación sociológica, ni una búsqueda demográfica, es una historia que tiene elementos reconocibles para lectores latinoamericanos. Creo que cualquier narrador aspira a contar historias locales con la ambición de que se vuelvan universales. El título de la novela hace referencia a las diferentes ceremonias que hacen parte del día a día de las elites de nuestros países. No digo que sean específicas a los ricos, pero me interesa explorar ese mundo exclusivo (que excluye a la mayoría). Quiero hablar de esos mundos en los que se concentra el poder económico, social y político. Intentar narrar las raíces que cimientan las relaciones entre esos tres poderes, tan notorias en nuestro territorio.

El primer paso de esta novela fue imaginar un origen de este linaje. Por eso pensé en el patriarca, en ese hacendado que construye su fortuna a partir de la explotación de las clases menos favorecidas. En todos nuestros países han existido esos latifundios y esos personajes que se vuelven archimillonarios básicamente soportadas sobre la explotación descarada. Quiero hablar a través de ese personaje sobre el machismo de nuestras sociedades, porque siento que esas familias se formaron a partir de la figura del hombre macho, dueño de todo, en las que las mujeres sólo estaban ahí para servirlo o acompañarlo. También me serví de esa figura patriarcal para hablar de la relación del poder con la violencia. Siempre me ha llamado la atención cómo muchos ricos de nuestros países terminan contratando sus propios ejércitos, un fenómeno por lo demás muy colombiano y eso ha perpetuado el conflicto armado. Por último quiero dejar constancia de cómo todos estos aspectos similares en las élites latinoamericanas se repiten, sin remedio, de generación en generación.

 

CAMBIO. Usted ha ejercido el periodismo. ¿Cómo se ve reflejado su oficio en esta novela?

F. R. P. Este libro nació, como gran parte de mi trabajo, a partir de la observación. Es algo que he hecho desde que empecé a trabajar como cronista. Creo que la escritura es, en un primer momento, afinar la mirada. Para mí, la mirada es una búsqueda constante. Como dice el gran narrador Martín Caparrós: “la necesidad consciente y voluntaria de tratar de aprehender lo que hay alrededor”. Y, después de ese ejercicio de observación, viene un trabajo con el lenguaje y la estructura narrativa. Todo esto para decir que Ceremonia partió de años de observar al mundo de las élites. He tenido un acceso privilegiado a ciertos ámbitos exclusivos —sobre los que hay muchos mitos y se dicen muchas mentiras— y quise narrar lo que vi. Traté poner en escena un mundo complejo de la manera más justa. Desde luego, trabajé todo esto con las herramientas del periodismo, pero luego lo trabajé para que se convirtiera en una historia de ficción.

 

CAMBIO. En un mundo sometido a la dictadura de los mensajes efímeros que le dan la vuelta al mundo de manera inmediata, ¿por qué persistir en el duro y agotador esfuerzo de la literatura?

F. R. P. Creo en el poder de las historias. Creo que, en efecto, vivimos en un mundo sometido a la inmediatez. Nada parece durar, en estos días, más de unos minutos. Por eso estoy convencido de la importancia de detenerse, observar y pensar. La gran cronista Leila Guerriero dice que a veces se nos olvida que la escritura es pensar el mundo, verlo y tratar de darle un poco de forma al caos que hay detrás de todo esto. No creo que la velocidad o la hiper comunicación sean necesariamente malas; creo que se hace mal uso de ellas. Los narradores tenemos que luchar por la posibilidad de hacer preguntas, tomar tiempo para buscar y proponer ideas para entender el mundo. No creo que tengamos que dar respuestas definitivas sobre nada ni hacer juicios de valor. Creo que debemos defender nuestro derecho a tener tiempo para pensar.

Ceremonia