23 Abril 2022

Retrato de una boxeadora

Crédito: Pett Martínez

El fotógrafo Pett Martínez retrató a Nana, una boxeadora que le ayudó a develar la historia de las mujeres en ese deporte.

Fotografía y texto: Pett Martínez
Producción: Liliana Lombana

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Lo que más me gusta de la fotografía es que es un arte prestado, es un arte que depende del alma otros. 

Cuando vi a Nana por primera vez, me llamó la atención que, a pesar de su frondosa cabellera rizada, su cuerpo perfectamente definido, de esos que nos venden en los comerciales de productos fitness en la televisión y el azul mágico de sus ojos, ella no sonreía. Había llegado con un grupo de modelos para una sesión fotográfica. En uno de los descansos en medio de la jornada, me senté a su lado, pues su magnetismo era su silencio, se había quitado los tacones y los tenía a un lado de su asiento. "¿Hola cómo te ha parecido el trabajo? La verdad poco me gusta las cámaras". Su respuesta me había dejado frío, "¿una modelo que no le gustan las cámaras?", le pregunté. "No soy modelo, estoy aquí haciendo un favor". "¿Y a qué te dedicas entonces?". "Soy boxeadora". Todo podía imaginar menos que era boxeadora, una mujer que se sale de los estereotipos que nos fija la sociedad para practicar este deporte. Al finalizar las fotografías le pedí que me contara un poco de su historia, me dijo que tenía entrenamiento, que si quería podía ir a la academia de boxeo ubicada en Utrera, una pequeña población al sur de Andalucía.

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Esa misma noche comencé a buscar la historia de las mujeres en el boxeo, historia que como muchas han pasado inadvertidas, nadie sabe los nombres de sus protagonistas, nadie las recuerda, no existe mucha evidencia. Según el portal girlboxing.org, en 1876 Nell Saunders obtuvo un triunfo sobre Rose Harland en la primera pelea femenina “oficial” en Estados Unidos. La británica Polly Burns, nacida en 1881 en Lancashire, fue la primera campeona mundial de boxeo en el año 1900, título que obtuvo sin lanzar un solo golpe, sin pelear, pues su rival Texas Mamie Donovan campeona de los Estados Unidos, no se presentó en el cuadrilátero en París, podemos decir que ganó por "W".

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En los años 40 Barbara Buttrick se encontró por casualidad con un artículo de prensa sobre Polly Burns, a raíz de esto “El átomo poderoso del ring”, como se le llamaría, inició una carrera laureada en el boxeo en medio de las críticas, pues no era visto con buenos ojos que una mujer se enfrentara a golpes con hombres y mujeres. “La idea de que la mujer no debe boxear es anticuada. Las chicas ya no son florecillas delicadas como solían ser”, decía cada vez que la entrevistaban. En su carrera perdió solo una pelea de las 32 que realizó, fue la primera mujer en tener un combate retransmitido por radio, la primera en ganar un campeonato reconocido y la fundadora de la Federación de Boxeo Femenino WIBF. 

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Pero tal vez existió una lucha silenciosa en todas las mujeres pioneras del boxeo, la mayor de sus luchas:  que las dejarán subir a un cuadrilátero de forma profesional. En los años 1975 y 1978, en pleno siglo XX, Lady Tyger, Cathy “Cat” Davis y Jackie Tonawada subieron a los estrados judiciales buscando una licencia de boxeo en los Estados Unidos. Gracias a otra demanda contra el estado de Massachusetts en el año 1993, Dallas Malloy, a sus 16 años consiguió la regulación del boxeo femenino amateur por parte de la USA boxing. Solo hasta 1996 se presentaría una pelea de boxeo femenino con las mismas condiciones que el masculino entre Christy Martin y Deidre Gogarty. Pero estas historias no son ajenas a nuestro país, en Colombia solo hasta el año 2000 se aprobó el boxeo femenino de competencia y hasta en el año 2016 Ingrid Valencia ganaría la primera medalla olímpica de bronce para Colombia en este deporte.

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Ahora entendía el golpe de suerte que me había dado el destino, me propuse mi primera pelea, convencer a Nana que realizará una sesión de fotos para mí. Viajé hasta Utrera, busqué la pequeña escuela de boxeo, allí estaba subida en el ring con pantalones cortos hasta la rodilla y camisa sisa roja, con guantes y protectores blancos para su rostro, esperé que terminara su entrenamiento. 

"Viniste", me dijo al verme. "¿Te gusta el box?". "En realidad no mucho", respondí. "Aquí le hacemos que le guste". "Pues será un reto si usted hace que me guste el boxeo, yo hago que le guste la fotografía". "Vamos", me respondió.

Tuvimos una conversación corta, pero logré con ayuda de una amiga en común que al otro día se presentara en el estudio para hacer esta sesión que hoy les traemos a ustedes. Llegó con sus guantes rojos, sin aretes, con solo un poco de rimel negro en sus pestañas y labial en sus labios, auténtica. Es costumbre entre toma y toma hablar, descubrir y conocer un poco más de esa persona que posa para nosotros, pero ella guardaba un hermetismo respetable. De su vida no quiso contarme casi nada, que tenía dos amores, su hija y el cuadrilátero donde pasaba gran parte del tiempo. De sus inicios en el boxeo me dijo que había comenzado tarde, que le encantaba dictar clases. Al finalizar, después de tres horas de trabajo, le pregunté si se había sentido cómoda en la sesión, me respondió: “lo que más me gustó es que no tuve que usar tacones”.

Hoy no sé si le gusta un poco más la fotografía, a mí sí me quedó gustando el boxeo. En conclusión, Nana es una mujer de pocas palabras, recia y fuerte como su deporte, amable y con una sonrisa que en muy pocos momentos deja escapar, dejando ver la inocencia de su alma, alma que en conjunto con su corazón y su cuerpo le dedican horas y días a su deporte, el boxeo, porque según ella "es el corazón que lanza los puños cuando el cuerpo está agotado". Esa es la magia de la fotografía, porque no se trata de retratar un personaje, se trata de contar su historia a través de un solo fotograma.