25 Marzo 2022

Tears for Fears, el triunfo de la nostalgia

Tears dor Fears, emblemático grupo del rock de los años 80, sigue dando la pelea a pesar del paso de los años.

Crédito: Archivo particular

Los nuevos álbumes de Tears for Fears y Soft Cell ⸺y los trabajos en estudio de Sting, Gary Kemp, Duran Duran, The Waterboys y Pet Shop Boys lanzados en 2021⸺ reivindican el gran legado de los artistas británicos de los años ochenta. Una generación que se niega a desaparecer.

Por Jacobo Celnik

 

Entre agosto de 1993 y octubre de 1994, Billy Joel ofreció más de 120 conciertos en Estados Unidos, Canadá e Inglaterra como parte de la gira promocional del álbum River Of Dreams (1993). La canción que le dio nombre al álbum rotó bien en la radio pop adulta y llegó al número 3 en la lista de la revista Billboard. Otras dos canciones alcanzaron a sonar tímidamente y el disco pronto pasó al olvido. En 1995, cuando Joel organizó una nueva gira por algunas ciudades de la costa este del país, se dio cuenta de que la gente acudía a sus conciertos a corear a todo pulmón sus “14 cañonazos”, las canciones memorables, inmortales e inolvidables de su larga y prolífica carrera, las mismas que aparecen en variados de grandes éxitos como Piano Man, We Didn´t Start the Fire, Allentown, The Stranger, Just The Way You Are, She´s Always a Woman, My Life, Don´t Ask Me Why, entre otras. Sin un anuncio oficial y sin tanto bombo, Joel siguió componiendo canciones, pero decidió no grabarlas. Para el neoyorquino dejó de tener sentido toda la inversión, gasto, tiempo y esfuerzo cuando su público prefiere oír las mismas canciones de siempre.

 

El pop rock ha envejecido vertiginosamente, vive del pasado y de su gran catálogo que lo exprimen y lo exprimen las disqueras hasta más no poder con ediciones a las que se les puede bautizar de muchas maneras: Deluxe Edition, Remastered 2019, Remixed and Updated (como lo hizo Pink Floyd con la nueva edición de A Momentary Lapse of Reason) New Mix, Peel Sessions, BBC Sessions, Steven Wilson Mix, 40 Anniversay Edition, Original recording With Bonus tracks. Las opciones son inagotables para justificar una reedición de un álbum de 1970 o 1980. Basta con revisar parte del catálogo de Black Sabbath, Jethro Tull y Led Zeppelin para entender lo que digo. Por eso no deja de sorprender que en pleno 2022 todavía hay un sector memorable de la generación británica de los años 80 que da la pelea con álbumes en estudio de discutible calidad. La motivación principal es el electorado que los sigue fielmente por todo el planeta y que cae redondo ante una nueva producción discográfica. Yo soy uno de esos. ¿O quién más compra un nuevo álbum en solitario del cantante de Ultravox o del guitarrista de Spandau Ballet?

 

Ochenteros que siguen dando la pelea

 

La llegada de los años 90 supuso un reto mayor para esas bandas británicas que entre 1980 y 1989 construyeron páginas doradas en la historia de la música. Pensemos en Duran Duran, New Order, U2, Simple Minds, The Cure, Depeche Mode, Erasure, Pet Shop Boys, Soft Cell, Tears for Fears, Eurythmics, Culture Club, Talk Talk, Ultravox, y tantos otros, tratando de encajar en el modelo del grunge, la Cool Britannia, el Hip-Hop, el R&B, el techno-dance, el pop juvenil y los sonidos industriales que se tomaron la radio noventera. Duran Duran dejó en 1993 lo que fue su último gran álbum mediático: The Wedding álbum (Ordinary World y Come Undone sonaron si parar) para caer en un bache de álbumes de menor factura entre 1994 y 2004, cuando Astronaut demostró de qué estaban hechos. En ese mismo 1993, Depeche Mode lanzó la joya Songs of Faith and Devotion y hasta Playing the Angel (2005), con dos discos antecediéndole, parecía que habían perdido la chispa. New Order no fue la excepción y también en el 93 nos deleitó con Republic y una seguidilla de himnos como Regret, World y Ruined in a Day. Bernard Sumner y Peter Hook se agarraron y pusieron en peligro la estabilidad del grupo. Regresaron en 2001 con el inquietante Get Ready, el disco más roquero de New Order desde que dejaron de llamarse Joy Division. Otra historia le tocó vivir a los Pet Shop Boys quienes a lo largo de los 90 e inicios del nuevo milenio mantuvieron el nivel con álbumes muy mediáticos y llenos de hits como Behaviour, Very, Bilingual, Night Life y Release.

¿Ya es hora de que los Rolling Stones y Paul McCartney se retiren? ¿Tiene sentido un nuevo álbum de Deep Purple con covers de clásicos del hard rock? ¿Resistiremos otra ópera imposible de escuchar de Roger Waters?

El nuevo milenio demostró que varios de los grupos mencionados anteriormente tendrían una edad adulta digna y promisoria. The Cure, New Order, Simple Minds, Pet Shop Boys y Depeche Mode son el mejor ejemplo de lo que es saberse adaptar y mantener el gran nivel musical, sin la necesidad de crear éxitos (aunque los Simple Minds y Depeche Mode han dejado muy buenos álbumes en los últimos 17 años) y sustentando su presente con memorables presentaciones en vivo, la fuerza de su permanencia en estos tiempos. Pero también hubo grupos que no entendieron cómo encajar con el paso de las décadas y decidieron perpetuar la fórmula que los hizo exitosos en los ochenta y noventa y con la que inevitablemente murieron en el intento. Pensemos en Erasure y los álbumes posteriores al Chorus (1991): para el olvido. Ni sus fans más ortodoxos los compran. Human League, tras unos años 80 memorables, entre 1990 y 2011 produjeron cuatro álbumes de menor calidad, más allá del talento y visión de Phil Oakey. Sus fans quieren corear Don´t You Want Me y Human, y no esperan nuevas canciones desde el álbum Crash (1986). Me parece que a U2 le pasó lo mismo y desde el álbum All That You Can´t Leave Behind (2000) su obra en estudio es intrascendente e irrelevante. ¿O recuerdan el nombre de una canción del disco Songs of Experience (2017)? Ejemplos de bandas con una vejez cuestionable abundan y para gustos, los colores. No todos tienen la visión y aguante de los Rolling Stones.

El pop rock ha envejecido vertiginosamente, vive del pasado y de su gran catálogo que lo exprimen y lo exprimen las disqueras hasta más no poder

A finales del año pasado, una noticia conmocionó a los nostálgicos del rock británico (me incluyó en esa camada): Tears For Fears anunció un nuevo álbum tras 18 años sin grabar música (al álbum Everybody Needs a Happy Ending de 2004 se le recuerda porque marcó el regreso de Chad Smith, ausente desde The Seeds of Love, 1989). A los pocos días el primer sencillo The Tipping Point hizo presagiar que el regreso era por todo lo alto. Chad Smith y Roland Orzabal apelaron a la nostalgia y a arreglos cercanos a canciones como Sowing The Seeds of Love para crear una joya difícil de olvidar. A finales de febrero de este año se lanzó el álbum que tomó el nombre de ese primer corte promocional y los elogios no se hicieron esperar. La prensa norteamericana e inglesa fue benévola y las reseñas fueron positivas. Hasta el Guardian, que le da palo a todo, alabó el álbum y lo describió como un regreso “bellamente elaborado sin ser del todo pegadizo”. A Orzabal y a Smith se les vio activos, en reconocidos programas de radio y televisión hablando de lo humano y lo divino del pop. Hasta tiempo para hablar de sus álbumes preferidos tuvieron. El clip está en YouTube y paga verlo.

Tippin
The tipping point, nuevo álbum de Tears for Fears.

Producido por Steven Wilson, el hijo más legítimo que tiene el progresivo británico de los 70, The Tipping Point es un trabajo muy bien logrado y concebido a partir del esfuerzo por equilibrar nostalgia con contemporaneidad. Y les funcionó, aunque las canciones que suenan a los 80 como My Demons y Master Plan son las que mejor se sostienen. El séptimo álbum del grupo se empezó a escribir en 2017 cuando murió la esposa de Orzabal y su líder emblemático y más visible cayó en una profunda depresión (se le ve muy deteriorado en comparación con Smith). De ahí, las letras profundas que invitan a reflexionar sobre el paso del tiempo, las pérdidas, la resiliencia y los golpes de la vida.

 

Aunque la banda se había mantenido activa en presentaciones en vivo desde 2012, al mánager del grupo le pareció que la coyuntura por la que estaba pasando Orzabal era la ideal para componer nuevas canciones. La pandemia puso en espera al proyecto y decidieron aplazar dos años su lanzamiento, tiempo que fue aprovechado para pulir unos demos que quedaron inconclusos desde los días del álbum Elemental (1993). El regreso de Tears for Fears es el triunfo de la nostalgia, del arte bien concebido, pacientemente y sin pretensiones. El olimpo del rock ya se lo habían ganado cuando crearon el álbum Songs From The Big Chair (1985), la pieza perfecta e inmaculada en su corta pero potente discografía.

 

P.D.: El próximo mes sale Happinnes Not Included, el muy esperado álbum de Soft Cell tras 20 años sin nuevo material. Los sencillos Purple Zone y Heart Like Chernobyl auguran lo mejor de la nostalgia ochentera.

 

Playlist: ochenteros y anacrónicos