17 Junio 2022

“Todo fue a mis espaldas”: arte y lavado de dinero durante el proceso 8.000

El mercado del arte también jugó un papel preponderante durante los años del proceso 8.000, que convirtió en galeristas y marchantes tanto a narcotraficantes como a figuras de la vida política del país.

Por Fernando Salamanca

He tenido el extraño privilegio de conocer las obras de arte incautadas a los capos de la mafia colombianos. Supongo que fue por sacarle jugo a esta exención periodística que, a finales de 2015, me sumergí en los expedientes del Proceso 8.000 y, algunas semanas después, decidí asistir a varias subastas de arte y de decoración organizadas por la extinta Dirección Nacional de Estupefacientes, nombradas por el equipo de mercadeo y comunicaciones de la entidad como Narcobodegazos.

Estas dos primeras aproximaciones, por supuesto, me animaron a indagar más. Hasta esos días, la abundante información que circulaba sobre los personajes que llenaron sus arcas con el dinero del tráfico de cocaína a Estados Unidos era lisa y predecible: anuncios, amantes y vendettas. Así las cosas, este privilegio se convirtió en un reto para darle forma y orden a un acervo de datos de archivo, circunstancias y sujetos que fueron apareciendo durante la revisión de las quinientas carpetas que hacen parte del sumario en contra de importantes personajes de la vida nacional, sus nexos con la organización de Miguel y Gilberto Rodríguez, y también con un sector del arte colombiano.

Museo Nacional, obras en extinción de dominio.
Sala de Reserva del Museo Nacional, donde se guardan las obras en proceso de extinción de dominio mientras regresan a la legalidad.


La semilla de este artículo se sembró mucho antes, cuando cursaba el colegio y en los noticieros de radio y televisión comenzó a circular, se hizo viral diríamos hoy, una frase del presidente Samper en una alocución televisada: “Todo fue a mis espaldas”. Él lanzaba sus golpes como un boxeador desesperado que siente que sus rivales lo han llevado contra las cuerdas. Y no era para menos, pues el proceso que lo investigó por fraude y enriquecimiento ilícito en favor de terceros mantuvo al país en vilo durante dos años y a Samper a punto de caer a la lona e incluso, quitarse la vida.

Por aquel entonces, el arzobispo Pedro Rubiano Sáenz, en el sermón de reflexión en la Catedral Primada, sostuvo que el hecho de que el presidente Samper no se hubiera dado cuenta de los dineros ilícitos que entraron a su campaña, “es como si un elefante se mete a tu casa y no te enteras”.

Lo cierto es que el Proceso 8.000 fue un parteaguas en la relación de la mafia y el arte colombiano. La burbuja especulativa que comenzó con los negocios de los primeros intermediarios como Byron López y galeristas que se enfocaron en el gusto de nuevos ricos a inicios de los años 80 llegó a su fin con la persecución y captura de los hermanos Rodríguez Orejuela, de sus testaferros y socios, y la salida del país de buena parte de las ganancias del comercio de cocaína a suelo estadounidense; y revisando los archivos del proceso, la compraventa de obras de arte fue la salvación de varios de los implicados en los negocios del Cartel de Cali, una estrategia con la que se travistieron de políticos a intermediarios del arte.

Pero al contrario de los dramas de coleccionistas que podemos ver en Netflix o HBO, el proceso fue una puesta en escena de nuestra comedia trágica, pues en un juego del destino el tesorero de esta campaña resultó ser un marchante del arte, Santiago Medina; el encargado de conseguir dinero para la campaña era Fernando Botero Zea, hijo del pintor más famoso de Colombia; y la que movía el dinero del narco era una coleccionista de ropa de alta costura y objetos pop, Elizabeth Montoya de Sarria, la famosa ‘Monita Retrechera’.

Seroa
De la serie ‘Proceso 8.000’, del artista Emel Meneses


Una tarde conversando con Edgar Téllez, mi editor en Grupo Planeta, después de contarle que había conocido una parte de las obras de arte incautadas a los capos colombianos que estaban a buen resguardo en una sala cerrada al público en el Museo Nacional de Colombia, me comentó que él había publicado en las páginas de la revista Semana una nota suspicaz, en la cual comentaba que los historiadores del futuro que revisaran los expedientes del proceso quedarían estupefactos por la cantidad de políticos que terminaron siendo amantes del arte.

Aquella revelación me empujó a buscar esa nota de prensa, y a encontrar el hilo de esta madeja. El futuro que menciona Téllez es hoy, y los documentos son ruinas a las que intento darles forma, una lectura. Además, en la minucia de las carpetas se habla más de cuadros que de droga.

El arzobispo Pedro Rubiano Sáenz, en el sermón de reflexión en la Catedral Primada, sostuvo que el hecho de que el presidente Samper no se hubiera dado cuenta de los dineros ilícitos que entraron a su campaña, “es como si un elefante se mete a tu casa y no te enteras”.


Efectivamente, varios sindicados trataron de justificar sus ingresos provenientes del tráfico de drogas o de su relación con capos como Gilberto Rodríguez Orejuela, quien falleció hace unos días, menoscabado y sin esperanzas, en una cárcel federal de Butner, en Carolina del Norte con la ayuda salvadora del arte. El Proceso 8.000 dio sus primeros pasos unos días después de la segunda vuelta electoral, en medio de la vorágine del Mundial de Estados Unidos, donde la selección nacional llegó con el rótulo de favorita y terminó eliminada en la primera fase del torneo, y con la vergüenza internacional por el asesinato de Andrés Escobar, por lo que varios sobres de manila sellados y con un casete dentro pasaran inadvertidos en las redacciones algunos periódicos y revistas.

Uno de los primeros periodistas que comenzó a indagar sobre el tema fue Jorge Lesmes, entonces jefe de redacción de Semana, y su director encargado, quien encontró el hilo de la madeja: una serie de conversaciones del tesorero del cartel de Cali, Guillermo Pallomari, en las que menciona varios cheques girados a una empresa de confección de camisetas encargada de suministrar productos de publicidad para la campaña de Samper en el Valle del Cauca. Luego, aparecieron más casetes, testimonios e implicados, en una bola de nieve que se convirtió en una avalancha noticiosa semanas después de la ceremonia de cambio de mando en la Casa de Nariño.

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Cuando uno repasa los expedientes del caso –unas 500 carpetas que permanecen en los anaqueles del Centro de Documentación del Consejo Superior de la Judicatura CENDOJ, en el centro de Bogotá– se encuentra con que un hijo de la clase política, David Turbay Turbay, explicara el origen de un cheque de diez millones de pesos que seis años atrás le girara Justo Pastor Perafán, un narcotraficante detenido por las autoridades venezolanas en 1997.

Turbay era el Procurador General de la Nación, encargado de mantener a salvo las finanzas y la dignidad públicas del país. Él explicó que en la última semana de 1991, Perafán le extendió un cheque por concepto de la venta de un cuadro, “en el que un hombre mayor le da una puñalada a un Cristo en medio del corazón”, y justificó la transacción afirmando que en esa época Perafán no tenía ningún antecedente por narcotráfico.

Paraídos perdidos
Fotografía de la serie 'Paraísios perdidos?, del fotógrafo Ernesto Ordóñez.


Turbay fue uno de los políticos marchand d’art, pero hay más. Eduardo Mestre, dirigente liberal y amigo de los Rodríguez Orejuela, fue acusado de ser el enlace de la campaña de Samper y los narcos, y posteriormente procesado por enriquecimiento ilícito. Su defensa—explica Semana— aseguró que dicho incremento de sus arcas se debió a la venta de obras de arte a personas cercanas al corazón del cartel, entre estas un comprador identificado como Omar Pérez.

Asimismo, en una audiencia del caso consignada en los archivos, Mestre afirmó que 38 millones de pesos girados a su favor por empresas fachada del cartel de Cali tuvieron como origen la venta de dos cuadros: un óleo de Pierre Auguste Renoir, que representa una escena de un puerto, por quince millones de pesos; y un cuadro de una niña, del pintor Enrique Grau, por veinte. La obra de Renoir es una copia de 'La bahía de Nápoles', un óleo mediano de 1881, que permanece en el Museo and Francine Clarck Art Institute.

Renoir
El Renoir del Proceso 8.000, un a panorámica de l golfo de Nápoles.


En el portal 'Arte e Historia', que cuenta con una buena y confiable base de datos de Renoir, se detalla que el pintor francés decidió viajar a Italia en 1881, allí contempló las obras de Tiziano, Tintoretto y Rafael; en noviembre empacó maletas hacia el sur: Nápoles, Sorrento y Capri. Durante el viaje realizó algunos retratos y paisajes como el de este cuadro, donde aparece la bahía napolitana con el Vesubio al fondo, en primer plano la calle que rodea la ensenada, repleta de gente paseando y carruajes mientras que en el mar se observan embarcaciones. Una escena típica, sin grandes temas ni acertijos como en la pintura renacentista o barroca, que de carambola terminó en una de las propiedades de Luis Hernando Gómez Bustamante, más conocido por su alias de ‘Rasguño’.

En el expediente, claro, no se relaciona la procedencia del cuadro, sino detalles de la transacción entre Mestre y algunas personas que trabajaron para los hermanos Rodríguez Orejuela. Fue una constante en el proceso. Años después, ya con Samper lejos del poder, me di a la tarea de asistir a varias subastas de arte y decoración organizadas por la DNE en el edificio del Ministerio de Justicia, en el sector de Chapinero, donde hubo puja por cuadros de Alejandro Obregón, Saturnino Ramírez, Belarmino Miranda, entre otros artistas nacionales.

No sólo fue el reconocimiento de colecciones dispersas y desordenadas que nunca terminaron de sorprenderme, sino además una ayuda documental para comprender el gusto de algunos capos de la mafia colombianos, sus caprichos y necesidades que podían adquirir en un instante (“¡Plata es plata!”) y siempre con la ayuda de un dealer a su servicio.
 

Una constante en los catálogos de estas subastas son las litografías y copias en afiche de grandes firmas sin autor o autografiados por “Hermes Pinto”, “A. Navajas” o “Fernando Montoya Romanowsky”. Hay obras del llamado ‘Grupo de París’, bohemios, dispersos y dichosos que estuvieron de moda en aquellos años. Y están los pintores defendidos por Marta Traba, la crítica argentina que generó una transformación en la escena artística nacional.

Ella encontró en el cubano José Gómez Sicre (director de la división de artes visuales de la OEA) el compañero de causa ideal para trabajar en una voltereta cultural arriesgada: alejar el arte latinoamericano de los movimientos indigenistas, campesinos y demagógicos que habían marcado el pulso de la movida artística regional a mediados del siglo XX.

Paraísos
Fotografía se la serie 'Paraísos perdidos', del fotógrafo caleño Ernesto Ordóñez.


El cubano y la argentina, en tiempos de la Guerra Fría, querían desterrar del canon continental a los muralistas mexicanos y sus satélites locales (Pedro Nel Gómez, en nuestro país) e impulsar una nueva apuesta político-artística para combatir el comunismo en Latinoamérica.

Cuando Marta Traba falleció en un accidente aéreo en España, en 1983, las obras de sus defendidos (muchas falsas, otras tantas auténticas) hacían parte de la decoración de cientos de propiedades de capos de todos los tamaños y pelambres. Los nombres de sus artistas se extienden como los brazos de un río en los archivos de subasta de la DNE: Fernando Botero, Enrique Grau, Alejandro Obregón, Edgar Negret, Luis Caballero, José Luis Cuevas, entre otros. También hay grandes firmas: Rubens y Dalí, Picasso y Miró y van Eick. Y claro, Renoir, que terminó traspapelado en las audiencias de juicio del político marchante (de votos y de arte) Eduardo Mestre.

Al revisar los precios de subasta de un Renoir en Sotheby’s hacia 1996, por citar una referencia, encuentro que un óleo del pintor francés ('Paysage du Midi') tiene un precio base de setecientos mil dólares; también, una tela ('La danse à la champagne'), en el lote treinta cuya puja arranca en un millón de dólares, precios que están bastante lejos de las transacciones reseñadas en el expediente del Proceso 8.000.
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Samper
El entonces presidente Ernesto Samper, en esta obra de la serie ‘Proceso 8.000’, del artista Emel Meneses.

Santiago Medina, tesorero de la campaña a la Presidencia, también tuvo mucho que contar. Él era un tipo paradójico: fue dueño de una prestigiosa casa de antigüedades y director de Aló Casa, revista especializada en decoración. Tenía una gran ambición política y una obsesión por estar rodeado de poderosos: decoró las residencias de dos reconocidos narcotraficantes: José Santacruz Londoño y Víctor Patiño Fómeque, al tiempo que en su mansión (en el elegante barrio La Cabrera, en Bogotá ) se reunía con la crema y nata de la sociedad. Su nombre está diseminado en todo el expediente del 8.000 con varios apelativos, el más acertado y locuaz resalta en un folio que transcribe una versión libre del sacerdote Bernardo Hoyos, que lo recuerda como ‘El señor de los cuadros’.

En una carpeta se cuenta que el propio Miguel Rodríguez Orejuela lo acusó de haberle vendido tres obras de arte del siglo XIX por 40 millones de pesos. Medina negó este hecho, pero no logró comprobar que el capo caleño estuviese mintiendo.
Santiago Medina fue capturado en julio de 1995, y al día siguiente rindió indagatoria. No quería revelar nada, pero tampoco estaba dispuesto a hundirse solo. Dijo, entre otras cosas, que con la autorización de Ernesto Samper y de Botero Zea se reunió con los jefes del Cartel de Cali y les solicitó dos mil millones de pesos para financiar la campaña. Esa misma noche, el presidente Samper, en una alocución, dijo una de las frases más famosas de la cínica historia política nacional: “Si entraron dineros calientes del Cartel (de Cali) a la campaña, fue a mis espaldas”.

Rubens
Este cuadro de Rubens le perteneció a alias 'Razguño".


Medina comenzó a desconfiar de todos, la tensión y el estrés terminaron por enfermarlo. Fue condenado a 64 meses de cárcel y al pago de tres mil millones de pesos por enriquecimiento ilícito en favor de terceros. En la cárcel La Modelo estuvo poco tiempo, apenas cuatro meses y 20 días. Su colaboración con la justicia y su mal estado de salud —la insuficiencia renal que sufría desde hacía años—, lo llevaron a una detención domiciliaria. Después de publicar un libro en el que cuenta su versión de la telenovela del Proceso 8.000 (La verdad sobre las mentiras, Planeta), falleció en enero de 1999, en la Clínica Country, por falla orgánica múltiple.
Su desconfianza lo llevó a hacer un testamento, abierto en la Notaría 20 de Bogotá, el 3 de febrero de 1999, ante cuatro testigos. Medina fue minucioso hasta en la destinación de los muebles, ropa y decoración de sus propiedades. La mansión la dejó en poder de veinte personas, la mayoría de ellos vendieron sus derechos, con excepción de dos que aún son sus poseedores en la actualidad.

La mansión que ha generado millonarias ganancias, y que hace parte del Consorcio Eaton Collegue International, es un lugar de leyenda por el que se colaron los narcos, se codearon los ricos y la política festejó a sus anchas. Hoy está en venta por la Sociedad de Activos Especiales SAE, entidad que reemplazó a la DNE.

El arte, parodiando al artista Lucas Ospina, se ha convertido en una lavandería total, sin fondo: lava culpas y campañas presidenciales, dineros calientes y mercado negro, intermediarios y primogénitos y pintores mediocres.


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Pero la comedia convertida en tragedia no termina allí: que un embajador con menaje traído de Europa o un decorador vendan cuadros es comprensible; lo que sorprende del Proceso 8.000 es que hasta los policías vendieron obras de arte. Es el caso del coronel y exedecán presidencial Germán Osorio, quien trató de justificar con la supuesta venta de un cuadro de Botero la consignación en una cuenta bancaria suya de dos cheques por quince millones de pesos girados por la extinta Elizabeth Montoya de Sarria. Y no fue el único.

Jairo Valenzuela, copropietario de la galería Valenzuela & Klenner, y testigo excepcional de la aparición de los mágicos en el mercado del arte colombiano, recuerda que estos estaban dispuestos a comprar lo que fuera a precios descabellados. Varias galerías, entonces, ajustaron su línea de mercado al gusto fácil de moda: mujeres desnudas, paisajes, billares, figuras religiosas y vida nocturna.

Cuando inauguró su galería en 1989 (el fin de semana posterior al asesinato de Luis Carlos Galán), quería formar un público, profesionalizar el mercado, promover jóvenes talentos, pero se estrelló con la realidad encapsulada en una frase taladrada por sus conocidos: «No se queje y métase al negocio». Jairo recuerda que un día se apareció en su galería un capitán de la Policía ofreciéndole cinco óleos de Botero, a medio millón de pesos cada uno, pero si los compraba en lote, se los dejaría más baratos. Se sintió intrigado y le pidió que se quedara. Conversaron un rato. En un momento, no aguantó la curiosidad y le preguntó de dónde había sacado los cuadros. El capitán, desabrochado y sin sonrojarse, le contó que los agarró en un allanamiento a un mafioso, que los escondió en su casa y que esa era la tercera galería que visitaba en esa mañana de 1996.

De este modo el arte, parodiando al artista Lucas Ospina, se ha convertido en una lavandería total, sin fondo: lava culpas y campañas presidenciales, dineros calientes y mercado negro, intermediarios y primogénitos y pintores mediocres.


La comisión por un cuadro de Botero, por lo general, era del diez por ciento. Y claro, se vendió muchísimo. Los mafiosos compraban en lote: diez o veinte obras en efectivo, asesorados por sus dealers, que aparecían hasta debajo de las piedras, y envalentonados por el exceso de liquidez que les permitió lavar dólares y convertirse en coleccionistas.

Decía Carlos Uribe Celis que, de alquimistas, los capos colombianos pasaron a llamarse mágicos. Una ciencia oculta que conectó sin posibilidades de regreso a la Cali o la Medellín parroquiales con la Nueva York hedonista y llena de excesos de los 70 y 80. Ellos transformaron —dice Celis— la hoja sagrada de los amerindios en polvos estimulantes para las narices privilegiadas de ejecutivos y millonarios neoyorquinos y californianos. Y con esta circunstancia, se reafirma la dinámica del orden capitalista entre un centro (los ejes del mercado del arte internacional) y una periferia (el edificio Mónaco, en Medellín, por ejemplo) que es, al final, el corazón delator del mercado, que al final es uno solo.
 

Esta tensión profunda toma cuerpo en paradojas como las del Proceso 8.000: políticos que terminaron como intermediarios de óleos y acrílicos.

Cuenta el crítico Halim Badawi que, después del fin de la burbuja del arte por la captura y extradición de la plana mayor y algunos mandos medios de los carteles, los demás compradores que se subieron al barco de la especulación y el derroche no supieron qué hacer en el naufragio cuando los vientos comenzaron a ser desfavorables.

Serie 8.000
De ka serie ‘Proceso 8.000’, del artista Emel Meneses


Halim agrega que Alberto Sierra, quien fue director de la Galería La Oficina, de Medellín, fue más honesto y afirmó en una entrevista que se impusieron precios elevadísimos por piezas mediocres porque, justamente, había un grupo de personas que podían comprar ese arte. “Pero esa gente se acabó”, dijo.

Así las cosas, es posible trazar una línea en el tiempo sobre el lavado de activos y su relación con el mundo del arte. Una primera etapa son los caprichos de los grandes narcos (el arquetipo de marido emprendedor y esposa coleccionista); la segunda da sus primeros pasos a finales de los ochenta y llega a la cúspide con el escándalo del Proceso 8.000, y la crisis profunda en el mercado de arte nacional; y la tercera etapa estira las piernas a inicio de milenio y se sacude para convertirse en paradigma global: el escándalo de Odebretch y su colección Lava Jato —la primera exposición de obras incautadas abierta al público—, y las empresas offshore encriptadas en diez millones de correos electrónicos decodificados por la investigación de los Panamá y Pandora papers. Hoy, emerge una cuarta, marcada por la especulación con criptomonedas por parte del Clan del Golfo.

De este modo el arte, parodiando al artista Lucas Ospina, se ha convertido en una lavandería total, sin fondo: lava culpas y campañas presidenciales, dineros calientes y mercado negro, intermediarios y primogénitos y pintores mediocres. Este juego de aspiraciones sociales de unos y conveniencias políticas de otros lo resumió con provocadora ironía el escritor R. H. Moreno Durán al decir que en Colombia la clase política ha sido tan nefasta, que terminó corrompiendo a los mafiosos.

** Fernando Salamenca escritor y periodista, autor de CSI Colombia (Random, 2018) y Los Independientes (2020).