4 Mayo 2022

Conservación del planeta: Jugando con candela

Crédito: Colprensa

En un futuro muy próximo, las noticias ya no solo harán referencia a la forma en que hemos excedido los límites de carga del planeta, tal como lo pronosticaba el Club de Roma hace 50 años, sino que también reportarán las trágicas consecuencias y el precio de no haber logrado ejercer un liderazgo colectivo.

Por Juan Mayr

El titulo de la novela de García Márquez “Crónica de una muerte anunciada” cae como anillo al dedo en estos tiempos críticos. A pesar de ser una época en la cual, como nunca antes, se han alcanzado extraordinarios avances científicos y tecnológicos que han dado respuesta a muchos de los problemas que afectan a nuestras sociedades, es igualmente cierto que vivimos un mundo polarizado e inequitativo que brinda cada vez menos seguridad y en el cual los riesgos y la incertidumbre son generalizados. 

Los problemas contemporáneos son complejos y multidimensionales, así como son enormes los desafíos. Las alarmas están encendidas desde hace tiempo y, a pesar de ello, las respuestas continúan siendo insuficientes, fragmentarias, discontinuas, y su implementación es tan lenta y burocrática que con la brecha se hace cada vez mas amplia y profunda mientras seguimos caminando hacía una tragedia de proporciones insospechadas.  

Un buen ejemplo de esta paradoja tiene que ver con la alteración y destrucción del medio ambiente y con el fenómeno del cambio climático, dos amenazas globales que están interrelacionadas y comprometen a todos por igual, sin importar el origen, religión o condición social. 

En 1972, en plena guerra fría –cuando los temas ambientales eran apenas un asunto marginal y la población mundial alcanzaba 3.800 millones–, se realizó en Estocolmo la cumbre de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano. En ella, por primera vez, se trataron multilateralmente temas relacionados con los impactos planetarios de las actividades humanas. 

En ese momento, cuando los hallazgos científicos ya empezaban a mostrar las afectaciones que causaban las emisiones industriales y la contaminación de los pesticidas persistentes, el Club de Roma, en conjunto con un prestigioso grupo de académicos del MIT, produjo el informe Los límites al crecimiento, el cual alertó sobre las consecuencias que traería para el planeta el aumento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales. El informe pronosticaba que, de mantenerse las tendencias de crecimiento, en los siguientes 100 años se excederían los límites del planeta. 
 
Hoy, tan solo 50 años después, cuando el mundo se ha transformado a ritmos vertiginosos y la población mundial se ha duplicado, las predicciones del Club de Roma no solo se han cumplido, sino que se han quedado cortas. Además, en este tiempo han surgido nuevos desafíos que han impactado la agenda global, como la reciente pandemia del Covid-19, originada probablemente por la acelerada pérdida de biodiversidad que ha llevado a que algún virus, que antes estaba controlado por las selvas y no representaba ningún peligro, hoy sea liberado y trasmitido por animales a los humanos.

Las cifras muestran que el modelo de desarrollo basado en la extracción de recursos naturales y el consumo desmedido ya excedieron la capacidad de carga del planeta; y las emisiones de gases efecto invernadero (GEI) que ocasionan el aumento de la temperatura en la atmósfera, atribuidas especialmente al uso de combustibles fósiles y al uso de la tierra para la agricultura y ganadería, se constituyen hoy en la principal amenaza para el futuro de la humanidad.

Los informes científicos más recientes de entidades como la Unión Mundial para la Conservación (UICN) o el WWF evidencian la gravedad de la situación. En los últimos 50 años, la degradación del planeta presenta una aceleración vertiginosa, sin indicios de que esa dinámica se vaya a detener: 75% de la superficie terrestre ya ha sido alterada y 50% de los suelos también; el 85% de los humedales y el 35% de los manglares han desaparecido; el 66% de los océanos tiene impactos acumulativos y un poco más del 20% de los corales se han extinguido. A su vez, los hallazgos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC), que agrupa a más de 2.500 científicos, es incontrovertible: luego de 10.000 años de relativa estabilidad climática, a partir de la era industrial la acción humana ha sido la causa del aumento de la temperatura del planeta en 1.1ºC, especialmente en las últimas cinco décadas.

El asunto es de marca mayor. El IPCC dice que, de superarse una temperatura de 1.5ºC, las consecuencias podrán ser irreversibles; además, si hoy dejáramos de emitirlos, los GEI se mantendrán en la atmósfera por siglos, puesto que la capacidad del planeta para absorberlos es limitada. Las proyecciones no son para nada alentadoras. Se estima que, al actual ritmo de crecimiento económico, la temperatura aumentará 0.2ºC por década, mientras los eventos climáticos como tormentas, huracanes, inundaciones y prolongadas sequías e incendios seguirán aumentando en frecuencia e intensidad. 
  
En 2015, luego de 21 años de reuniones, 195 países celebraron con bombos y platillos el Acuerdo de París y se comprometieron de manera vinculante a realizar todas las acciones necesarias para reducir las emisiones de GEI antes del 2050, de tal manera que para el 2100 la temperatura del planeta se estabilice y no alcance un umbral por encima de los 2ºC. Esa ha sido la línea roja establecida para evitar un cataclismo y un punto de no retorno. Desafortunadamente, muchas de las metas pactadas son y siguen siendo incumplidas a pesar de las advertencias y de las multitudinarias manifestaciones de la sociedad civil, que, con voz de urgencia, exigen a los gobiernos tomar acción sobre los inminentes riesgos y el aumento de las emisiones que, en vez de reducirse, desde 1990 han aumentado en un 60%. 

Las consecuencias de la inacción están a la vista. En reporte científico publicado este año por el Foro Económico Global de Davos –junto con EcoWatch– muestra que el aumento de la temperatura en las regiones polares, principal sistema de refrigeración del planeta, es sorprendentemente inusual. La primavera en el ártico es por primera vez 10ºC más alta, entre dos y tres veces más que el promedio mundial. En tanto en la Antártida, con la llegada del otoño, la temperatura es 21.1ºC mayor a la temperatura promedio, un cambio aterrador cuyas consecuencias son un mayor y acelerado deshielo de los glaciares y el aumento del nivel del mar. 

Ante esta realidad, en el futuro las noticias ya no solo harán referencia a la forma en que hemos continuado excediendo los límites de carga del planeta, tal como lo pronosticaba el Club de Roma, sino que también reportarán las trágicas consecuencias y el precio de no haber logrado ejercer un liderazgo colectivo. 

Un sabio mama de la Sierra Nevada decía que los “hermanitos menores” han perdido los principios que rigen la armonía entre el ser humano y la naturaleza, y que por eso ahora el agua está enferma, la tierra está enferma, el aire está enfermo, y por eso la naturaleza ha empezado a expresarse. Es el momento de ordenar nuevamente el pensamiento y corregir los daños causados. De no hacerlo, será la misma madre naturaleza, con todo su poder, la que lo hará.