19 Junio 2022

Colombia partida

El nuevo presidente tendrá que reconstruir la unidad nacional. Colombia está dividida por un sectarismo que no se veía desde los años 50. ¿Cómo llegamos aquí y cómo saldremos?

Gane quien gane las elecciones de hoy tendrá una parte muy grande del país en contra. La votación de este domingo dejará inconforme a cerca de la mitad de los colombianos y el nuevo jefe de Estado deberá construir su gobernabilidad con una opinión adversa; un Congreso dividido, en el que ninguno de los dos finalistas tiene mayoría; una Fiscalía desprestigiada y politizada; unas Fuerzas Armadas deliberantes y una economía débil y a punto de empeorar.

Semejante cuadro es consecuencia de una aguda polarización, que empezó con el plebiscito por los acuerdos de paz en 2016 y se ha ido agravando por el deterioro de las condiciones de vida de buena parte de los colombianos y por la falta de liderazgo del presidente Iván Duque. La carrera por la presidencia dejó en evidencia que la moderación no es el mejor argumento electoral. Los candidatos del centro político real fueron los primeros eliminados. Su salida de la competencia antecedió al nocaut de los partidos tradicionales. El candidato que tenía el respaldo de los partidos Liberal, Conservador, de La U, buena parte de Cambio Radical, y del Centro Democrático, no pasó a la segunda vuelta. El hecho de que el país hoy elija entre un dirigente de izquierda como Gustavo Petro y un outsider, desconocido nacionalmente hasta hace unos meses, señala claramente una voz de protesta. El cansancio de los colombianos frente a lo que ha sido la política desde que Colombia existe como república.

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La selección antitradicional es un mensaje que el establecimiento no debería pasar por alto. Sobre todo teniendo en cuenta los antecedentes latinoamericanos y lo que pasó en Colombia durante la protesta social. No es exagerado decir que esta puede ser la última oportunidad para oír pacíficamente a un electorado hastiado de la falta de representatividad de sus gobernantes. Por supuesto, este acomodamiento de placas tectónicas no resulta fácil para un país acostumbrado a relevar presidentes cada cuatro años sin que nada de fondo cambie.

Sin embargo, este domingo muchos esperan que se produzca una ruptura histórica y no un simple cambio de pasajeros en los carros oficiales. Para muchos colombianos, Gustavo Petro representa la esperanza de que haya justicia social, trabajo por la paz y cuidado del medioambiente. Para otros tantos, Rodolfo Hernández es el hombre para luchar contra la corrupción y preservar la democracia.

Lo increíble es que estos valores, representados por cada candidato, que sobre el papel suenan compatibles, se hayan vuelto antagónicos en la política colombiana. Una parte del país se siente ofendida cuando se habla de justicia social y otra interpreta como un vainazo cuando se dice que hay que preservar la democracia. A este estado de cosas se llegó a raíz de la polarización ocasionada por la propaganda en contra del proceso de paz con las Farc. El expresidente Álvaro Uribe, quien durante su gobierno le ofreció a esa guerrilla incluso más de lo que entregó Juan Manuel Santos, encontró en el acuerdo un caballito de batalla para permanecer vigente e instaló una estrategia electoral que mantiene hasta hoy: lograr que la gente salga a votar berraca.

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Con ese argumento Uribe logró que ganara el No en el plebiscito, también elegir la mayor bancada en el Senado en 2018 y convertir a Iván Duque, hasta entonces un ilustre desconocido, en presidente de la república. La receta sigue operando hasta nuestros días con total eficiencia: la gente se junta más fácilmente en torno al odio que al amor. Lo que sucede es que se devolvió como un búmeran contra su creador. 

Álvaro Uribe, que era un seguro electoral hace cuatro años, con el que todos los aspirantes querían fotografiarse, hoy es una carga para cualquier candidatura, al punto de tener que esconderse en la campaña de Federico Gutiérrez para no perjudicarlo y permanecer en silencio obligado, entre la primera y segunda vuelta, para no decir por quién va a votar aunque todo el mundo lo sepa. Al contrario, el antiuribismo se ha vuelto un activo que permitió el crecimiento de las listas del Pacto Histórico y de la candidatura de Gustavo Petro. Todo este fenómeno, a favor y en contra, tiene una consecuencia en común: ha vuelto a los colombianos más sectarios. Al nivel de que la política está dividiendo a las familias y de la discrepancia se está saltando fácilmente a la enemistad.

Aunque millones son partidarios de Petro, muchos temen contarlo porque son tildados de guerrilleros. De la misma manera, a los votantes de Hernández los califican de uribistas enclosetados. La pugnacidad en las calles se vive aumentada en las redes y también llegó a la comunicación de las campañas políticas. El trato cortés y considerado entre candidatos que se sentía en elecciones pasadas, desapareció por completo en estas, y en una carta de Rodolfo Hernández a su contendor para hablar sobre el frustrado último debate, el ingeniero no lo llamó siquiera “señor”, ni le dijo su nombre. El encabezado arrancaba con la palabra “Petro” y después de los dos puntos continuaba con una arremetida verbal que quebrantó la urbanidad de campañas anteriores.

La actitud del ingeniero no surgió de la nada. Al principio, cuando pocos apostaban por su paso a segunda vuelta, Petro lo trataba con guantes de seda porque lo veía como un potencial aliado. Incluso Hernández llegó a decir que votaría por Petro en segunda vuelta y contó que hace dos años el exalcalde de Bogotá le habría ofrecido ser su fórmula vicepresidencial. Cuando se hizo evidente que el rival sería Hernández, se acabó el coqueteo, como era obvio. Al tiempo que crecía el escrutinio periodístico sobre Hernández porque ya era evidente que podría convertirse en presidente, la campaña de Petro se concentró en él como enemigo principal, así como en el pasado lo habían hecho con Sergio Fajardo.

Como sea, el clima de campaña no es la causa de la profunda división del país sino una de sus consecuencias. El nuevo presidente tiene que entender pronto que debe gobernar para todos los colombianos y no únicamente para los que votaron por él. Si la división se sigue profundizando, el nuevo mandatario —sea Petro o Hernández—no tendrá luna de miel con la opinión pública y deberá afrontar los problemas de gobernabilidad y economía en medio del fuego de sus adversarios como si la campaña política continuara.

Uno de los errores más grandes del saliente gobierno de Duque fue que jamás extendió una rama de olivo a quienes se opusieron a su elección. En lugar de actuar como primer magistrado de la nación, Duque asumió como comisario de odios de su mentor y en algunos casos resultó más papista que el papa. La cooptación de la Fiscalía, Contraloría, Defensoría y Procuraduría deterioró aún más el prestigio de los organismos de control y fue el epílogo de una desinstitucionalización que contribuyó a esta final inédita.

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A esto se sumó la situación social creada por la pandemia y las protestas por el empobrecimiento de millones de colombianos, que no encontraron en el gobierno una respuesta de ayuda sino, más bien, una respuesta de reforma tributaria para gravar a los más pobres. Cuando la inconformidad aumentó y se volvió una manifestación en las calles, el gobierno de Duque tampoco tuvo la sensibilidad para conjurar la coyuntura y pensó que la podía tratar simplemente a través de la represión de la fuerza pública, lo cual causó abusos y muertes. La brutalidad, más que la corrupción, llevó a la Policía al punto más bajo de aceptación en toda su historia.

Todos estos fueron vientos de cola para el crecimiento de las alternativas políticas no tradicionales y, sobre todo, para el Pacto Histórico, que terminó escogiendo la mayor bancada de la izquierda en toda la historia, y alcanzando ocho millones y medio de votos para Gustavo Petro en la primera vuelta. Rodolfo Hernández, por su lado, eliminó a Federico Gutiérrez, el candidato de todo el establecimiento político, de la enorme mayoría de los empresarios y de los expresidente Álvaro Uribe, Andrés Pastrana y César Gaviria. 

Tanto si gana Gustavo Petro, como si el presidente es Rodolfo Hernández, el nuevo mandatario tendrá que afrontar la realidad de una Colombia dividida, urgida de propósitos comunes. Los mensajes de esta noche, vengan del perdedor o del ganador, pueden marcar una honda huella en el futuro del país. La responsabilidad de estos candidatos, a quienes muchos han llamado populistas, será determinante para que este domingo sea el comienzo de una nueva era democrática o el fin de la institucionalidad que aún conserva Colombia.