11 Marzo 2022

¿Cómo China ha logrado estar bien con Moscú, Kiev y Europa?

Xi Jinping y Vladimir Putin tienen una fuerte alianza, pero al líder chino no le interesa que la confrontación siga escalando.

Crédito: Xinhua/Colprensa

La guerra entre Rusia y Ucrania podría ser una oportunidad para que China afiance su posición y su imagen, ya que es la única potencia que tiene simultáneamente buenas relaciones con Moscú, Kiev y Europa, no está involucrada en forma directa en las hostilidades y ha conseguido mantener una actitud más o menos equidistante entre las partes contendientes.

Por Gabriel Iriarte Núñez

El 4 de febrero, veinte días antes del comienzo de la invasión rusa a Ucrania, Xi Jinping y Putin dieron a conocer un comunicado conjunto en el que, aunque no mencionaron la crisis que prevalecía en ese momento entre Moscú y Kiev, declararon que «la amistad entre Rusia y China no tiene límites» y condenaron (Xi lo hizo por primera vez) cualquier intento de ampliación de la OTAN en Europa como una forma de imponer la ideología de la Guerra Fría. De otro lado, los dos líderes proclamaron la política de «una sola China» en la que Beijing sustenta su aspiración de incorporar Taiwán a la República Popular, así como su rechazo a la estrategia geopolítica de Estados Unidos en la región indo-pacífica. (Dos años antes Moscú había respaldado la forma como China sofocó el movimiento democrático en Hong Kong). Se confirmaba la cada vez más estrecha relación –cercana a una alianza— entre las dos grandes potencias, fundamentada en su rivalidad con Washington y las similitudes de su visión política del orden mundial.

Sin embargo, es preciso anotar que China había venido navegando y, como veremos, sigue navegando entre dos aguas en relación con el accionar de Rusia en la escena internacional. Los malabares chinos empezaron en 2008. Ese año, cuando Moscú invadió Georgia, Beijing se abstuvo de rechazar o de aprobar dicha operación. Más adelante, en 2014, si bien no reconoció la anexión de Crimea por parte de los rusos tampoco la condenó, pero firmó un gran acuerdo para la compra de gas procedente de Siberia, que palió las pérdidas de Rusia en los mercados europeos. Algo similar ocurrió a propósito de la secesión de las provincias del este de Ucrania, Donetsk y Lugansk, cuya independencia fue reconocida por el Kremlin el 21 de febrero: no hubo ni apoyo ni condena. Pero no hay que olvidar que previamente China había dado su visto bueno a la intervención limitada de tropas moscovitas en Kazajistán, a comienzos de enero, enviadas para apoyar al régimen prorruso de ese país. En la Conferencia de Seguridad de Munich, celebrada entre el 18 y el 20 de febrero, el canciller chino Wang Yi fue enfático al afirmar que era imprescindible considerar «las razonables preocupaciones de seguridad» de Rusia en torno a Ucrania y la OTAN, pero al mismo tiempo respetar y salvaguardar «la soberanía, la independencia y la integridad territorial de todos los países», por supuesto, sin mencionar directamente a Ucrania. También condenó las «sanciones unilaterales e ilegales» de Estados Unidos contra Rusia y calificó la conducta de Washington durante la crisis como «irresponsable e inmoral».

Veinte días antes del comienzo de la invasión rusa a Ucrania, Xi Jinping y Putin dieron a conocer un comunicado conjunto en el que declararon que «la amistad entre Rusia y China no tiene límites».

Y entonces sobrevino la agresión rusa a Ucrania, el 24 de febrero, lo cual complicó aún más la posición de China pues uno de los principios más reiterados de su política exterior ha sido el respeto a la soberanía de las naciones. (Lo que no aplica, por supuesto, en el caso de Taiwán, que es considerado por Beijing como parte inalienable e histórica del territorio chino). De entrada, China se negó a calificar la acción rusa como una «invasión» y ha insistido desde un comienzo en la necesidad de alcanzar una solución diplomática que tenga en cuenta tanto los requerimientos de seguridad de Moscú frente a la amenaza de una posible ampliación de la OTAN como la integridad y soberanía de «los países» en general. Las sanciones económicas («unilaterales e ilegales») y las reiteradas advertencias de Occidente en el sentido de que el Kremlin planeaba intervenir en Ucrania siempre fueron consideradas por Beijing como factores que contribuyeron a aumentar la tensión que desembocó en la guerra.

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De entrada, China se negó a calificar la acción rusa como una «invasión» y ha insistido desde un comienzo en la necesidad de alcanzar una solución diplomática. Crédito: Colprensa/Xinhua

Con el paso de los días, sin embargo, y ante los horribles efectos de la contienda en la población civil China comenzó a expresar su preocupación por la tragedia humana que se vive en Ucrania. Y, por qué no, a sugerir que estaría dispuesta a servir como mediadora de buena voluntad para hallar una salida negociada, razón por lo cual ha mantenido contactos con Kiev, Moscú y algunas capitales de Europa. En consecuencia, los chinos optaron por abstenerse en las votaciones que condenaron el ataque ruso tanto en el Consejo de Seguridad como en la Asamblea General de la ONU. En más de una cancillería, en más de un gobierno Beijing comenzaba a ser visto como el intermediario ideal.

Pero a pesar de todas estas contorsiones, Beijing ha sostenido de manera reiterada que Rusia es su «más importante socio estratégico» y que la amistad entre los dos pueblos es «sólida como una roca». El canciller Wang Yi dijo hace poco que «independientemente de cuán complicada sea la situación internacional, China y Rusia siempre mantendrán su foco estratégico y adelantarán su asociación estratégica de coordinación para una nueva era». Un experto chino resumió así la posición de su país: «Los lazos que unen a China y Rusia y el conflicto entre Ucrania y Rusia son dos cosas distintas. La amistad y la cercanía entre las dos partes no se verá afectada por las provocaciones de Occidente». Es lo que algunos analistas han calificado como una «neutralidad no imparcial», una neutralidad que busca no indisponerse con Rusia y al mismo tiempo dejar abierta la puerta de una solución diplomática.

Con el paso de los días, sin embargo, y ante los horribles efectos de la contienda en la población civil China comenzó a expresar su preocupación por la tragedia humana que se vive en Ucrania.

Y es que existen poderosas razones para que Beijing no se plantee siquiera la posibilidad de ponerse en contra de Moscú, a menos que surjan situaciones extraordinarias que cambien por completo el panorama y la correlación de fuerzas internacionales. Mientras esto no suceda, debe tenerse en cuenta que las dos potencias comparten una extensa frontera de casi 4.000 kilómetros y generan un intercambio comercial de 150.000 millones de dólares con una proyección de crecimiento considerable si se tienen en cuenta los contratos energéticos recién suscritos por más de 400.000 millones de dólares. Desde cuando Occidente empezó a aplicar sanciones económicas a Moscú por la anexión de Crimea, China, en medio de su «neutralidad», le tendió una mano a su vecino y se convirtió poco a poco en su segundo socio comercial. También los une --y esto es de suma importancia— su competencia con Estados Unidos, que considera a China como su principal rival geopolítico desde hace ya casi una década y con la que mantiene una guerra comercial de gran envergadura. De la misma manera, Washington ha llegado a afirmar que la lucha ideológica de este siglo se libra entre la democracia liberal, acaudillada por Norteamérica y sus aliados, y la autocracia «iliberal» promovida por el Kremlin y Beijing. En otras palabras, el contenido ideológico de una nueva Guerra Fría.

Pero China también tiene enormes intereses en el continente europeo, ya que este es su segundo socio comercial, con intercambios bilaterales que sobrepasan los 840.000 millones de dólares al año. Las inversiones chinas en Europa, en el marco de su estrategia de la Franja y la Ruta, el buque insignia de su expansión económica mundial, están adquiriendo dimensiones astronómicas, especialmente en la infraestructura y las comunicaciones.

Como si fuera poco, China también mantiene excelentes relaciones con Ucrania, país cuya independencia reconoció desde 1992 tan pronto esta fue proclamada. Actualmente es el principal socio comercial de los ucranianos con 15.500 millones de dólares, lo que llevó a Kiev en 2017 a formalizar su ingreso al plan de la Franja y la Ruta. El año pasado el presidente Zelenski incluso llegó a declarar que Ucrania podría convertirse en el puente entre China y Europa.

Hoy China ocupa una posición de vanguardia en el panorama global: es la mayor potencia comercial y una de las principales fuentes crediticias internacionales; cuenta con las fuerzas militares más grandes del mundo y un creciente arsenal nuclear; ya ocupa un lugar de primera línea en cuanto a innovación tecnológica, y se calcula que para 2030 será la mayor economía del planeta con una considerable influencia en los cinco continentes. Y todo esto lo ha logrado en medio de una intensa competencia con Occidente (especialmente con Estados Unidos) pero también en un mundo abierto, globalizado y relativamente tranquilo, en un orden internacional que ha permitido el surgimiento de nuevos actores económicos y el libre intercambio de tecnologías y avances científicos. La prioridad de China consiste, entonces, en poder continuar con su arrolladora expansión internacional para lo cual la paz es, por ahora, fundamental. En ese sentido, un conflicto generalizado que involucre a Rusia, Ucrania y la Unión Europea no es del interés de Beijing. Tampoco lo es, en principio, que el resultado sea una derrota de su amigo ruso, lo que dejaría a China demasiado aislada en su competencia política y económica con Washington. Pero cerrar filas con el Kremlin podría generar a su vez una confrontación con la Unión Europea y en general con Occidente, en detrimento de su propio crecimiento económico.

De ahí que para China este puede ser un momento propicio. Actuar como mediadora en esta guerra quizá ofrezca una oportunidad muy provechosa y factible para afianzar su posición y su imagen ya que es la única potencia que tiene simultáneamente buenas relaciones con Moscú, Kiev y Europa, no está involucrada en forma directa en las hostilidades y ha conseguido mantener una actitud más o menos equidistante entre las partes contendientes. También es la única que eventualmente podría hablarle al oído a Putin y de cierta manera presionarlo, al igual que a Zelenski, para buscar una salida negociada.

Si la vía diplomática fracasa, se darían entonces dos desenlaces: 1) Moscú prosigue las hostilidades hasta aplastar a Ucrania; 2) se llega a una confrontación con Europa y Estados Unidos. En ambas eventualidades China muy seguramente seguirá mirando los toros desde la barrera como la forma más segura de no poner en peligro su gigantesco proyecto económico y geopolítico. Si se negocia mediante sus buenos oficios, China gana; si Rusia derrota a Ucrania, China no sufre mayores perjuicios; si se llega a una guerra, China no ganaría pero tampoco tendría por qué sufrir más que el resto del mundo globalizado e interconectado, a menos que se llegue a una contienda nuclear. Por el contrario, una crisis demasiado profunda en Europa podría ayudarle a despejar el camino para llevar a cabo su tan ansiada anexión de Taiwán.