21 Mayo 2022

Los acróbatas de Fico y Petro

Crédito: Yamith Mariño

Las candidaturas con mejores opciones en primera vuelta han recibido alianzas inesperadas que ahora se la juegan por quienes hasta hace poco consideraban en orillas opuestas.

Por: Juan Pablo Vasquez

Cada cuatro años la política electoral colombiana copia elementos del mercado de pases veraniego del fútbol europeo. Siempre que se hace pública una adhesión, al mejor estilo de la presentación de un nuevo fichaje en un histórico equipo, se lleva a cabo con bombos, platillos y bajo el cubrimiento de decenas de medios de comunicación. La parafernalia viene usualmente antecedida de dramas, traiciones y saltos mortales. Aunque estos episodios tienen lugar en toda elección, no dejan de generar sorpresa en la opinión pública, que las recibe con entusiasmo o indignación. Personajes que históricamente se encuadraron en determinado espectro pasan a orillas impensadas después de largas negociaciones que ocurren tras bambalinas e involucran concesiones, dádivas y acuerdos burocráticos. 

La puja por reemplazar a Iván Duque no ha sido la excepción. Desde que se inició formalmente la campaña, y ante las particularidades que presentan estas elecciones, los diferentes movimientos y colectividades han ido acomodando sus fichas de cara a los posibles desenlaces del próximo 29 de mayo. Para primera vuelta, todos se la juegan por una candidatura esperando a que el resultado los favorezca o, por lo menos, les brinde cierto margen de maniobra para endosar su apoyo al mejor postor en segunda vuelta. Lo mismo sucede con aquellos que actúan individualmente o contrarían la disciplina partidista.

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Salvo un fenómeno extraordinario, todo parece estar encausado para que Gustavo Petro y Federico Gutiérrez sean los más grandes electores de la primera vuelta. Desde hace meses las encuestas los muestran —pese a sus altos y bajos— encabezando la intención de voto y muchas de sus estrategias ya están pensadas para el siguiente escenario que los medirá en junio. Sus campañas no solo consiguieron conectar con millones de personas y llenar plazas en diferentes regiones del país, sino también amasaron la mayor cantidad de apoyos políticos de variados orígenes. Tan diversos son estos apoyos que terminaron llegando de donde menos se esperaban.

Cuando tan solo habían transcurrido 13 días desde su holgada victoria en la consulta del Equipo por Colombia, la campaña de Federico Gutiérrez soltó un bombazo. El 26 de marzo, luego de mucha especulación sobre quién lo acompañaría en el tarjetón como su fórmula vicepresidencial, finalmente se confirmó que sería el exalcalde de Neiva, Rodrigo Lara Sánchez. El impacto mediático que generó el anuncio no se derivó del caudal de votos que recibiría Gutiérrez a raíz de su nueva alianza. Después de dos candidaturas fallidas -en 2010 y 2011-, Lara fue elegido en 2015 para gobernar la capital del Huila con cerca de 74.000 votos (números que hoy solo alcanzarían para asegurar una curul en el Senado). Lo que realmente causó este nivel de asombro fue que el coequipero de Gutiérrez fuera un íntimo amigo de Sergio Fajardo, uno de sus rivales en la carrera por la Presidencia.

Lara, de 51 años y médico cirujano de la Universidad del Cauca, hizo su debut como candidato en 2010, cuando conformó la “Selección Colombia” de Fajardo, una lista al Congreso que armó el exalcalde de Medellín en el marco de su candidatura presidencial de ese año. El proyecto fracasó porque la lista no pasó el umbral y Lara levantó escasos 5.491 votos. Fajardo también terminó derrotado tras unirse con Antanas Mockus y ser ampliamente superado por Juan Manuel Santos en primera y segunda vuelta. 

Para profundizar

Pero aquel era apenas el inicio para Lara. Un año más tarde volvió al ruedo y, con el aval del Partido Verde, se postuló a la Alcaldía de Neiva. Su rendimiento mejoró pero no fue suficiente. Ocupó el segundo lugar, detrás de Pedro Hernán Suárez, con 29.700 votos. La revancha le llegó en su tercer intento, en 2015, cuando casi triplicó su votación y el país lo conoció por ser el segundo hijo del exministro Rodrigo Lara Bonilla que incursionaba exitosamente en el mundo del poder. 

Durante todos esos años, Rodrigo Lara Sánchez permaneció como un fiel escudero de Fajardo. Ambos compartían el mismo discurso que priorizaba la educación y Lara reiteraba en sus declaraciones que el profesor de matemáticas fue quien lo introdujo en la política. Ante la investigación que adelantó la Contraloría por la responsabilidad de este último en las fallas de Hidroituango cuando fue gobernador de Antioquia, Lara salió en su defensa y resaltó su “honorabilidad y transparencia”. Por si fuera poco, el pasado mes de febrero, Lara trinó una antigua foto en la que aparece con Fajardo y señaló que creía “firmemente en su capacidad para gobernar”. 

Por todas esas muestras de afecto es que su apoyo al candidato de la Coalición Centro Esperanza se daba por sentado. Y ese ingenuo convencimiento fue el que hizo tan traumática su incorporación a las toldas de Federico Gutiérrez. Dolió como una traición y, sobre todo, reafirmó la percepción de que el centro estaba disgregado. El triunfo de Gutiérrez al aliarse con Lara no consistió en enviar un mensaje de moderación de su discurso —que para buena parte de la ciudadanía está muy a la derecha—, sino en dar un golpe de gracia al ya debilitado Sergio Fajardo. 

Pero Lara no fue el único valor del centro que escampó en la campaña de Fico. El exdefensor del pueblo, Carlos Negret, quien era el segundo en la lista cerrada del Nuevo Liberalismo al Senado, también abandonó el bote antes de su cantado naufragio en las presidenciales. El preludio del fracaso lo vivió en carne propia cuando el renaciente partido de los Galán no consiguió elegir un solo senador. Tuvieron que conformarse con dos representantes a la Cámara —uno de ellos elegido en coalición con los cristianos— y con la amargura de saber que se equivocaron al armar rancho aparte de la Coalición Centro Esperanza para las legislativas. Con sus 329.000 votos, que no les alcanzaron siquiera para pasar el umbral, la Coalición habría sido la segunda fuerza en el Senado por detrás del Pacto Histórico. Quizá eso hubiera funcionado como impulso a la agridulce victoria de Fajardo en la consulta del 13 de marzo, pero las continuas decisiones erradas del centro volvieron esa posibilidad un hipotético.  

Y ante ese escenario se encontraba Negret cuando se adhirió a la campaña de Federico Gutiérrez. El 5 de abril, diez días después del anuncio de Lara, el exdefensor posó con Fico y justificó su decisión en su cuenta de Twitter.

El otro reproche se remitió a sucesos más recientes. Durante las noches del 9, 10 y 11 de septiembre de 2020, tras el homicidio del abogado Javier Ordóñez a manos de varios miembros de la Policía Nacional, Bogotá vivió uno de los capítulos más violentos de los últimos años, con un saldo de 14 fallecidos —incluido Ordóñez— y 75 personas heridas con armas de fuego. Muchos de estos hechos fueron atribuidos a la fuerza pública. Para despejar dudas sobre lo que pasó, en mayo de 2021, la alcaldesa Claudia López encargó un informe independiente que contó con el acompañamiento de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos. El documento final, que fue diligenciado el pasado mes de diciembre, recaudó más de un centenar de testimonios, responsabilizó a la Policía por 11 de las muertes y calificó lo ocurrido como “una masacre”. El líder del equipo investigador que elaboró el informe era Carlos Negret.

Inmediatamente, el Gobierno puso sus hallazgos en entredicho. El presidente Duque sugirió que la investigación era una plataforma política que el exdefensor estaba utilizando para impulsar su campaña al Senado, la cual se anunció el mismo día que se publicó el informe. “Construir aspiraciones políticas a cuenta de lacerar las instituciones es un acto de vileza, es un acto de villanía”, afirmo el mandatario. De igual forma, la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez quitó mérito al informe a raíz de la candidatura de Negret. “Las campañas jamás se hacen a costa de calificar al Estado ni la institucionalidad que tenemos”, afirmó.

Con estas descalificaciones como antecedente fue que el exdefensor saltó a la campaña de Federico Gutiérrez, el candidato del partido de gobierno. De nada sirvió que Juan Manuel Galán y el resto del Nuevo Liberalismo permaneciera junto a Fajardo. Una vez consumada su derrota al Senado, Negret se mudó a la derecha que meses atrás lo desacreditó con vehemencia.

Al otro lado de la contienda hay casos similares. Gustavo Petro, a diferencia de hace cuatro años, ha sabido sumar refuerzos impensados que hoy lo acompañan en la cima de las encuestas. Políticos curtidos, con recorrido en la clase política tradicional, integran esta vez su círculo cercano. Es imposible determinar a qué nivel han sido determinantes en su hasta ahora éxito, pero sí le dieron otros matices a su campaña más allá del voto de opinión. 

Como es de esperarse, al ser el candidato con más chances de ganar, los saltarines de siempre han aterrizado en su campiña. Roy Barreras y Armando Benedetti, que sin ningún pudor fueron los más recalcitrantes defensores del uribismo y el santismo, avizoraron con antelación lo que podía ocurrir en estas elecciones y llevan meses promoviendo la candidatura de Petro por todo el país. Estas son acrobacias que resultaban previsibles para cualquier analista dado su currículo de acomodo. Las sorpresas al Pacto Histórico llegaron por personajes de origen liberal.

En sus inicios, Alfonso Prada fue parte activa del liberalismo. Sus primeras apariciones en un tarjetón las hizo vestido de rojo y su elección como concejal de Bogotá, en 1997, también fue con el aval de esta colectividad. Con el cambio de siglo, se acercó a Enrique Peñalosa y fue uno de sus aliados en el cabildo. Lo siguió en sus esfuerzos por llegar al Congreso con una lista independiente y terminó quemado. El fracaso no los distanció y, en 2010, Prada fue elegido representante a la Cámara con el aval de los verdes, cuando Peñalosa armó alianza bajo la sombrilla de ese partido con Antanas Mockus y Lucho Garzón. Cumplió con un único periodo como legislador y, ante unas nuevas elecciones, su lealtad cambió de manos y pasó a las del entonces presidente Juan Manuel Santos. Enérgicamente fue uno de los coordinadores de su exitosa campaña reeleccionista y fue premiado con cargos en la burocracia del Ejecutivo. Dirigió el Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena) y, tras un breve descanso, fue el secretario general de la Presidencia hasta que Santos abandonó la Casa de Nariño. 

Liberal, peñalosista y santista. En ese orden se podía resumir el trasegar político de Alfonso Prada hasta el 6 de abril de este año, cuando se confirmó que era el nuevo jefe de debate de Gustavo Petro. De defender a Peñalosa en el Concejo de Bogotá a hablarle al oído a uno de sus acérrimos detractores en las vísperas de una elección presidencial.

Luis Fernando Velasco es otro liberal que súbitamente apostó por Petro. Su rechazo por el liderazgo de César Gaviria en el partido lo llevó a expresar su rebeldía pasándose al Pacto Histórico y dejando de lado una historia que se remonta a su padre, Omar Velasco, quien fue congresista liberal entre 1974 y 1982. Si bien esta familia siempre fue considerada como parte del ala progresista del liberalismo, la decisión de adherirse al exalcalde de Bogotá significa un rompimiento definitivo. Es decir, los más de 30 años en política defendiendo las banderas rojas llegan a su fin. Velasco, que tuvo una fugaz precandidatura a la Presidencia en el Pacto Histórico, no aspiró al Congreso en las últimas elecciones y su rol en la izquierda dependerá de si Petro es elegido presidente. 

Su apuesta es arriesgada. Un todo o nada que puede llevarlo del cielo al infierno en cuestión de semanas. En una atmósfera parecida están Lara, Negret y Prada. Cada uno a la espera de que su candidato sea el sucesor de Duque. Y es posible que todos queden viendo un chispero. El fenómeno de Rodolfo Hernández puede ser la causa del paso en falso de los cuatro acróbatas.