13 Agosto 2022

Los Petro por dentro: así vivió Sofía la posesión

La hija del presidente documentó minuto a minuto el día que su padre tomó posesión de su cargo. Así se logró el reportaje.

Por Mariete

—Un, dos, tres, cua… Derecha, izquierda. ¡Otra vez!

Apenas iba en dos y ya tocaba repetir. Los demás daban media vuelta, mientras yo intentaba pasar de derecha a izquierda sin caerme.

—Hay que mover más la cadera. ¡Sin miedo!

Para mí el único momento apropiado para mover la cadera se produce en un campo de fútbol y ahora debía hacerlo al ritmo de un merengue. ¿Qué hacía yo, un español criado en Madrid, intentando seguir los pasos de Verónica Alcocer, esposa del nuevo presidente Gustavo Petro? Una oreja tiene más ritmo que todo mi cuerpo y ahora debía imitar el estilo tropical de quien sería la primera dama sin convertirme en objeto de burlas. 

Habíamos ido en junio a casa de los Petro, antes de la segunda vuelta electoral, con el fin de entrevistarla para el noticiero de #HolaSoyDanny. Fuimos con los periodistas María Camila Díaz y Daniel Samper Ospina, mi tío y jefe, que no me paga.

Llegamos al salón expectantes y saludamos a los presentes. En la esquina se encontraba Sofía, la hija de los Petro, con otro joven, que después se encargó de traernos los cafés que habíamos aceptado sin vergüenza alguna. Ahí fue cuando oí un inconfundible acento español. Entonces, ahogado en mi timidez, busqué el origen de esas zetas escupidas. Era un tipo joven y amable. Me acerqué a él en busca de un refugio:

—¿Qué tal, tío? ¿Español?
—Sí, macho. ¿Y tú?
—También. De Madrid. Me llamo Mariete… o me llaman.
—Yo de Valencia. Soy Arnau.
—Cojonudo. ¿Y qué haces aquí?
—¿En Colombia? Por la novia —me dijo mirando a Sofía.

A partir de ese punto entablamos una entretenida conversación a la que se unió ella también. Charlamos sobre las mil maravillas que componen este país, sobre la vida en Europa, la política y otros temas de cuyos nombres no quiero acordarme. Intercambiamos redes sociales y quedamos en tomarnos algo más adelante.

Mi tío Danny, que no me quiere pagar, ordenó entonces que acudiera a su lado de inmediato. Verónica Alcocer procedía a enseñarnos a bailar. Era un reto complicado, casi un suicidio en mi caso, pero tuvo la paciencia de ilustrarnos un par de pasos mientras yo sufría la vergüenza de moverme como un pato cojo, con mi absoluta carencia de coordinación motriz, a la vista de Sofía y Arnau.

Sospecho que les produje lástima ante ese embarazoso momento. Quizás misericordia o ternura. Yo solo sentía humillación, pero me despedí de ellos con una aparente seguridad en mí mismo, como si fuera Shakira. La pareja me comentó que se iba a Europa y yo pensé que no los volvería a ver.

Semanas después, analizaba con mi tío Danny, que no me paga, cómo sería la mejor forma de cubrir la posesión del nuevo presidente Gustavo Petro. Eso marcaba un antes y un después en el canal porque hasta el momento todo giraba en torno a Iván Duque: desde el diseño del formato del noticiero hasta la obra 'Con P de Polombia'. 

Mientras pensaba un enfoque especial, el equipo de #HolaSoyDanny trabajaba en la parte visual del canal. Al final concluimos que yo debía ir a la Plaza de Bolívar y entrevistar a los invitados, grabar los absurdos protocolos estatales y analizar pintas, coros y hasta gastos presidenciales. Era la idea.

Todo cambió cuando Sofía subió una historia a Instagram y le pregunté si iba a estar presente en la posesión. Afirmó. Sin ningún tipo de esperanza, le propuse que la cubriéramos juntos. Aceptó. Era un tanto absurdo, pero le dije que mi intención era acompañarla desde que se levantara hasta que se durmiera. Quería ser su sombra. Aprobó. Sería un reportaje desde su mirada pero con mi cámara. Accedió.

Hay políticas de su padre con las que no comulgo y no aguanto a sus seguidores más radicales que tanto han insultado a quienes no piensan como ellos, pero reconozco que la humildad de Sofía es la ostia.

Creo que la semejanza capilar con Sofía, mezclada con mi torpeza rítmica y la conexión patriótica con Arnau fueron elementos claves de su decisión. El problema nació cuando ella me preguntó si tenía los permisos de prensa. Yo pensaba que, al acompañarla, no necesitaba nada, que sería más poderoso que su padre. Poco después me aclaró que el camino se complicaba más. 

—Está difícil lo de grabar desde temprano. Decidieron que sería un momento íntimo, en familia y sin cámaras. Además, hay un montón de seguridad y filtros, pero te conseguí un permiso para uno de los eventos, al que estás cordialmente invitado. 

Creo que se me notó la decepción. Le dije que estaba dispuesto a bailar mapalé si con ello tenía acceso a los detalles que sucedían de puertas para adentro. No sé si fue la lástima o el horror de imaginarme moviendo piernas, cadera, brazos y hombros al tiempo, pero se le ocurrió una idea.

—Pensemos en otro formato —me dijo—. De pronto puedo ir grabando yo los videos… Si quieres me mandas las preguntas y te contesto.

Ahí me di cuenta de que ella acababa de sugerir la mejor de las soluciones. Ya me imaginaba el premio Pulitzer con el título Sofía Petro cubre la posesión de su propio padre. Era un sueño quizás inalcanzable, pero ilusionante. Al menos una buena chiva, como decís en Colombia.

Redacté un par de párrafos con lo que me imaginaba que podría ser la forma más original de cubrir la posesión y se los envíe. Respondió.

—Mariete, me parece perfecto, pero es terrible que no te paguen. 

Y en eso estamos de acuerdo. 

Hay políticas de su padre con las que no comulgo y no aguanto a sus seguidores más radicales que tanto han insultado a quienes no piensan como ellos, pero reconozco que la humildad de Sofía es la ostia.

La idea era que ella se grabara como periodista, en primera persona, en modo selfi, desde lo más íntimo de su mirada a lo largo de todo el día. Lo aceptó y le pareció que además le ayudaría a distraerse, que no se sentiría tan agobiada a lo largo de la jornada.

No guardaba grandes expectativas, pero al día siguiente me mandó un archivo con 32 videos. No lo podía creer. La primera escena que vi fue a Gustavo Petro despelucado y comiendo una almojábana. Todo era surrealista.

Durante la transmisión del cambio de mando no me despegué de la televisión. No separé los ojos de su imagen. Y la veía siempre sin el teléfono a la mano. En cada movimiento, rezaba para que sacara el móvil, por fin, y debutara en mi sección. Sudé. Le hablé varias veces a la pantalla. Incluso le mandé mensajes por las redes con la esperanza de que entonces, mientras desfilaba solemne la espada de Bolívar, ella mirara hacia abajo y me respondiera. No ocurrió. Pensé que nunca jamás grabaría nada de lo que habíamos hablado. ¿Cómo podía ser posible? Era el momento más importante de la vida de su padre, de todos en la familia. Incluso de mi carrera periodística, pues esperaba que ahora sí se conmoviera mi tío Danny. Desolado, empecé a pensar en un plan B. 

Me invadió la desilusión. Y en el momento más inesperado recibí un mensaje. Era de ella: “Ahí vamos! Jajaja el reportaje va como por pedazos, pero ahí va”.

Se veía a la primera dama maquillarse, a la familia de camino al evento, a Sofía tomarse un jugo de corozo antes de la peluquería y a los dos hermanos llamados Nicolás.

Lo tomé como una confesión de que no había podido dedicarse a grabar, cosa que, por lo demás, yo había confirmado en la transmisión por televisión. Era comprensible. No guardaba grandes expectativas, pero al día siguiente me mandó un archivo con 32 videos. No lo podía creer. La primera escena que vi fue a Gustavo Petro despelucado y comiendo una almojábana. Todo era surrealista.

Mi abuelo me dijo que era la primera vez que se veía a un presidente desayunar el día que se posesionaba y yo ya pensaba que tenía una auténtica exclusiva. Y de alguna manera lo era. Se veía a la primera dama maquillarse, a la familia de camino al evento, a Sofía tomarse un jugo de corozo antes de la peluquería y a los dos hermanos llamados Nicolás.

Descargué cada video. Pensé que lo mejor era buscar un conector para darle continuidad a la historia. Escribí un guion y le pedí a Sofía que nos viéramos para grabarlo. Me citó en una cafetería para cerrar la crónica.

Llegué tarde y sudando. Como siempre. Me dijo que la posesión de su padre había mejorado el clima, que el sol que asomaba era una señal, que tenía un significado. No había perdido el sentido del humor. 

Le gustaron mis sugerencias y solo pidió no hablar de la changua. “Ese tema es el más polémico, controversial y polarizado del país. Prefiero no referirme a él”. Hoy en día no sé si lo decía en serio, pero sí tenía razón. Lo cierto es que presentamos su cubrimiento en un diálogo amable para el NotiDanny. 

Fui el primer periodista que vio a Gustavo Petro tras haber hecho ejercicio, mientras desayunaba con un apetitoso amasijo bogotano a pocas horas de su posesión como presidente. Y aun así, mi tío Danny no me paga. Estoy pensando en irme a Valencia con mi amigo Arnau… antes de que me pongan a bailar mapalé.