8 Julio 2022

Los retos del gran acuerdo nacional

Crédito: Colprensa

El pacto que propone Gustavo Petro no debería ser exclusivamente un diálogo alrededor del programa de gobierno, sino sobre los mínimos vitales que se requieren para la gestión de la paz, la justicia social y la justicia ecológica.

Por Gustavo Mutis

En 1977 España estaba cerca de una catástrofe económica y social. Era imperativo adoptar medidas de urgencia para evitar un escenario de hiperinflación que arrasara con la incipiente y frágil democracia que se instauraba tras cuatro largas décadas de dictadura. El mayor problema, sin embargo, no era económico sino político. Era que el país estaba profundamente dividido, los rencores estaban en carne viva y no había un proyecto conjunto de futuro, sino varios grupos de interés que pujaban por su propio beneficio. 

La medida más urgente que se imponía para prevenir la crisis era la de llegar a un acuerdo con los sindicatos en materia de aumentos salariales, evitando así que se desbordara la inflación. El pacto fácilmente se hubiera podido quedar en eso. Pero a los líderes de entonces se les ocurrió que no bastaba con tomar medidas coyunturales a corto plazo; que el propósito de la democracia recién estrenada tenía que ser algo más que la simple disputa por el poder. Era el momento de un gran pacto que vinculara a todos los partidos y a todos los sectores sociales y empresariales. Era el momento de pensar en un futuro compartido, en un proceso vinculante.

No porque fuesen momentos de concordia cívica sino todo lo contrario. Entre las disputas ideológicas de franquistas y partidos de izquierda, las demandas nacionalistas de vascos y catalanes y las tensiones entre empresarios y sindicatos, el país estaba a punto de explotar. No solo no explotó, sino que la convocatoria a un diálogo incluyente y los acuerdos posteriores en materia institucional y económica, a los que se llegaron con una gran dosis de cooperación y creatividad, se convirtieron en un precedente histórico de modernización, bienestar colectivo y convivencia democrática. 

Más de 40 años después de los Pactos de la Moncloa, los colombianos tenemos la oportunidad de traducir los resultados de las elecciones presidenciales en un diálogo colectivo y vinculante. No solo porque lo haya propuesto en buena hora el nuevo presidente, sino porque como colombianos, no nos podemos limitar a seguir en la misma discusión estéril sobre las diferencias ideológicas y la coyuntura política divergente. Somos libres de escoger entre recuperar un sentido de propósito colectivo o seguir en las mismas conversaciones frustrantes. Como decía Margaret Mead, nadie puede poner en duda que un pequeño grupo de ciudadanos concienzudos y disciplinados puede cambiar el mundo.

Y ese gran acuerdo social, de carácter nacional y regional, no debería ser exclusivamente un dialogo alrededor del programa de gobierno entrante y menos un proceso de participación exclusiva de los sectores afines al Pacto Histórico. Hay otras fuentes que pueden nutrir ese proceso.

A partir de las protestas sociales, han surgido en Colombia numerosas iniciativas de la sociedad civil, el sector empresarial, académico y grupos de base, las cuales, si bien tienen su propia metodología en su gran mayoría apuntan al mismo objetivo: “Acordar una nueva agenda nacional construida colectivamente, focalizada en la generación de mayor prosperidad colectiva y bienestar integral”.

Algunas de esas iniciativas son: La Cumbre Social, Valiente es Dialogar, Coalición Humanitaria, Paz Total, la Paz Querida,  Pastoral Social, Diálogos Improbables, Consulta Popular, la Minga Indígena, Tenemos que hablar por Colombia, Convergencia por Colombia, La Conversación más grande del Mundo, Proceso de Unidad Popular del Sur Occidente, Plataforma Municipal de Juventudes, El Movilizatorio, Diálogos Calima, Casa Grande Caribe, Dignidad Agropecuaria, Pilas con el Futuro, defendamos la Paz, etcétera.
También están las recomendaciones profundas y bien argumentadas de la Misión de Sabios, respecto a crear una Colombia biodiversa, equitativa, productiva y sostenible, o los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Creemos que para lograr integrar todo lo anterior, es fundamental contar con un esquema o vehículo estratégico que se focalice en los diálogos sociales, y cuente con una metodología y una pedagogía práctica, incluyente y de alto impacto, que tenga en cuenta todas estas voces y propuestas nacionales y regionales, para construir colectivamente un Gran Acuerdo Nacional y Regional de carácter social, alrededor de los mínimos vitales que se requieren para la gestión de la paz, la justicia social y la justicia ecológica.
Estamos en un punto de quiebre. Se ha iniciado un proceso que ya sabemos que no tiene reversa. Lo que no sabemos todavía es qué dirección va a tomar. Se trata nada menos del mayor reto de liderazgo colectivo de los últimos tiempos.

La pregunta que sigue es si queremos simplemente apelar al debate conocido, en el que los grupos de interés involucrados se limitan a plantear sus premisas inmutables sobre lo que se debe hacer y cómo hacerlo, sin analizar objetivamente los paradigmas y razones de los otros, sin entender que ninguna de las soluciones que ahora mismo parecen inaplazables pueden provenir solo de un sector de la sociedad o de una sola fuerza política; en este escenario prevalece el festival de los egos y las perspectivas en blanco y negro sobre lo que nos ocurre como sociedad, bajo la presunción errónea de que hay respuestas correctas e inmutables que solo pueden provenir de la orilla propia.

Sería otra oportunidad perdida, una más en la larga historia de tentativas similares, que se han estancado por los egos, la vanidad y los paradigmas respecto a la autoridad, el poder y el ejercicio del liderazgo como atributo exclusivo del caudillo de turno.

Existe otra opción: la del diálogo generativo, el cual exige aceptar que hay diferencias no solo en el planteamiento de las soluciones sino incluso a la hora de formular los problemas. Ver la realidad a través de los ojos de otros, para poder entender mejor lo que puede estar impidiéndoles, a ellos y a nosotros, construir nuevas posibilidades y nuevas convergencias sobre asuntos sustanciales. Asumir que hay dilemas complejos, desafíos adaptativos que trascienden las ideologías, y sobre los que tenemos todavía mucha incertidumbre y mucho por aprender.

Reconocer que los otros pueden ser adversarios políticos o ideológicos pero no enemigos personales, y que con ellos es perfectamente posible trazar un Propósito País compartido. Se trata de centrar nuestros esfuerzos en lo que queremos que suceda para beneficio colectivo, suspendiendo las prevenciones que tenemos con los que no piensan como nosotros. Apostar por la empatía y la creatividad, renunciar a la vanidad y estar abiertos a la posibilidad de emerger juntos para luego converger en lo que tanto nos hace falta: un propósito colectivo de país, nuestro propio Pacto de la Moncloa.

El diálogo generativo desarrolla metodologías específicas para armar posibilidades de convergencia a partir de la diferencia. Parte de la base de aceptar que no todos los que participan en él están de acuerdo en lo que tiene que suceder, en lo que se debe hacer, lo que implica que no se puede ejercer un control férreo sobre los participantes y los resultados. Adam Kahane explica que se requiere una colaboración elástica en la que se acepta la existencia de las diferencias y se trabaja, precisamente, a partir de esa diversidad, abriendo espacios a la experimentación, suspendiendo las suposiciones y prevenciones y aceptando el gran margen que tenemos todos, en cualquier momento de nuestra vida, para aprender de la experiencia ajena y evolucionar en nuestras convicciones.

Como en la España de la década del setenta, estamos anclados en el bucle de resentimientos y reproches, no en lo que podemos construir juntos. Además, nos negamos a entender la política como lo que realmente es, una competencia entre verdades siempre parciales y provisionales. Sin las personas que no piensan como nosotros jamás nos podremos dar el necesario lujo de poner todas nuestras ideas en tela de juicio. Si creemos que somos moral o intelectualmente superiores a nuestros adversarios, ellos nos confrontarán con resentimiento y nunca llegaremos a un acuerdo nacional.

Einstein advirtió que los problemas no pueden ser resueltos en el mismo nivel de conciencia que los creó. La coyuntura nos exige atrevernos a imaginar los futuros emergentes partiendo de un diálogo generativo con disciplina, rigor y método, en el que aportamos nuestra voluntad para entender al otro y refinamos nuestra capacidad de empatía. Es la única forma de aprovechar la oportunidad histórica que tenemos entre manos. Solo así lograremos el Bienestar Colectivo, entendido como una sociedad más equitativa, más prospera y más pacífica.