6 Marzo 2022

Oposición en Venezuela: ¿un interinato indefinido?

Crédito: Colprensa

La oposición venezolana de hoy atraviesa un momento difícil y está en la misma situación que hace un siglo: dividida y paralizada.

Por Alejandro Lloreda

 

Hasta 1990, una elegante casa en Londres, en el número 43 de Eaton Place, tenía una placa de bronce que decía ‘Presidencia de la República de Polonia’. Era la sede y la residencia oficial del gobierno polaco en el exilio.

 

La historia se remonta a 1939, cuando Hitler invadió Polonia, y el gobierno polaco se trasladó de Varsovia a Londres. Este gobierno en el exilio, al igual que el gobierno de la Francia Libre del general De Gaulle, y de varios otros países europeos, esperaba volver a casa una vez terminara la ocupación nazi. Pero, a diferencia de lo sucedido en Francia, una vez terminada la guerra, el ejército rojo de la Unión Soviética se instaló en Polonia y el gobierno polaco en el exilio no tuvo a dónde volver.

 

Aún después de que el Reino Unido reconociera al régimen comunista en Varsovia, se mantuvo la fachada del gobierno en el exilio hasta el fin de la guerra fría. Desde la casona londinense operaba toda la parafernalia de un gobierno: un presidente elegido, un gabinete que se reunía los lunes, y el protocolo correspondiente: “Buenos días, señor presidente… siga usted, señor ministro”.

 

A comienzos de año se anunció que la Asamblea Nacional de Venezuela, elegida en las últimas elecciones libres en 2015, le extendería el periodo a Juan Guaidó como presidente encargado por un año más hasta 2023.

 

Ya que el gobierno interino de Guaidó controla aún menos territorio que el gobierno polaco de Eaton Place, es inevitable preguntarse cuál puede ser el desenlace de este ejercicio, que con el paso de los días corre un riesgo real de convertirse en una caricatura.

 

Cabe recordar que Guaidó fue elegido en 2015 por un periodo de cinco años, y llegó a la presidencia interina al ser presidente de la Asamblea Nacional por el periodo 2019-2020 debido a un acuerdo entre los partidos de la entonces Mesa de Unidad Democrática de rotar la presidencia de la Asamblea.

 

El problema es que la Asamblea terminó su periodo constitucional en 2020, y ha venido ampliándose el periodo con el argumento –cierto y válido– de que las elecciones legislativas celebradas por el régimen no fueron ni libres ni legítimas.

 

En 2019, más de 30 países reconocieron a Guaidó como presidente interino y legítimo, esperando que esto permitiera una transición del chavismo. Pero el gobierno de Maduro se aferró al poder como chivo en loma, y el día que Guaidó se paró junto a Leopoldo López en un puente en Caracas a pedirle a las Fuerzas Militares que cambiaran de bando, el silencio fue ensordecedor.

Ese día, efectivamente, murió cualquier esperanza de que la figura del gobierno interino detonara un cambio.

Ese día, efectivamente, murió cualquier esperanza de que la figura del gobierno interino detonara un cambio. El prestigio que quedaba quedó sepultado más adelante con la invasión cantinflesca de la Operación Gedeón, en que resultaron salpicados Guaidó y su oscuro asesor político, JJ Rendón.

 

El régimen de Maduro ha calculado que Guaidó no le representa ningún riesgo o amenaza, por lo que sigue libre y campante en Venezuela, a pesar de que al gobierno no le ha temblado la mano para encarcelar, torturar y desterrar a sus opositores, según el informe de la oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU.

 

A estas alturas, la mayoría de los gobiernos que reconocieron a Guaidó han ido recogiendo pita, con la notoria excepción de Iván Duque que insiste en reconocerlo mientras que Maduro controla todos los factores de poder y preside sobre una economía criminalizada que se ha logrado estabilizar gracias a una dolarización de facto.

 

El problema es que, en este momento del partido, retirarle el reconocimiento a Guaidó, implicaría, entre otras medidas, devolverle el oro del Banco de Inglaterra y el control sobre activos CITGO y Monómeros Colombo-venezolanos al régimen. Sería darle una victoria a Maduro que no se merece, y sin sacarle algo a cambio en una mesa de negociación.

 

Maduro, por su parte, no ha dado ninguna señal de querer buscar una salida negociada, y pateó la mesa de la negociación en México después de la extradición de Álex Saab. Mientras tanto, EE. UU., Colombia y el Reino Unido, entre otros, siguen montados en el bus del interinato. ¿Hasta cuándo? Por definición, un gobierno interino no es permanente, pero el gobierno polaco de Eaton Place duró 50 años.

 

Divisiones en la oposición: ayer como hoy

 

Para reflexionar sobre el estado actual de la oposición venezolana, vale la pena remontarse en la historia de la hermana república a un libro que ha caído en el olvido. José Rafael Pocaterra escribió sus Memorias de un Venezolano de la Decadencia en 1927, donde narró su lucha contra el régimen del general Juan Vicente Gómez, su encarcelamiento, y las peleas intestinas de una oposición en el exilio.

 

La primera edición cuenta con un prólogo de Eduardo Santos, entonces el intelectual colombiano con mayor peso en asuntos venezolanos. Unos años antes había librado un duelo epistolar con Laureano Valenilla Lanz, el intelectual de cabecera de Gómez, en torno a las tesis del ‘cesarismo democrático’ y la justificación del ‘gendarme necesario’ para los pueblos de América Latina. Conoció a Pocaterra, y escribió: “Nada en él de frívolo, ni de tropical”, que en boca del cachaco consumado que era Santos debía ser el máximo elogio; “ni la sombra del rastacuerismo que suele ser la característica grotesca de ciertos latinoamericanos en el exterior.”

 

La primera parte de las memorias de Pocaterra fueron publicadas como una denuncia internacional de lo que hoy se llamarían las violaciones de derechos humanos del régimen de Gómez. Bajo el título de ‘La vergüenza de América’, estas recuentan los años en que Pocaterra fue encarcelado en la tristemente célebre cárcel de la Rotunda.

 

Un tema que se repite constantemente en la historia venezolana, y que no tiene paralelo en la colombiana, es la importancia de las generaciones políticas y de los movimientos estudiantiles. Varias generaciones políticas, entendidas como cohortes de edad con cierta cohesión y conciencia de sí mismos como grupo, se forjaron al calor de la lucha estudiantil. Aunque Pocaterra era un poco mayor, los estudiantes que terminaron en los calabozos de la Rotunda hicieron parte de la Generación del 28 –Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Raúl Leoni. Ésta fue seguida por la Generación del 58, y más recientemente por la Generación del 2007.

 

Esta última, nacida del movimiento estudiantil en contra del chavismo hace 15 años, es la que tiene vigencia hoy en día a través de sus miembros como Yon Goicoechea, Freddy Guevara, Stalin González, Gaby Arellano, José Manuel Olivares, entre otros jóvenes dirigentes de la oposición.

 

Otro aspecto de la historia venezolana, y que tampoco tiene paralelo en Colombia, es la brutalidad y la duración de los periodos en prisión a los que ha sido sometida la oposición. En Colombia la imagen histórica más famosa de un preso político es quizás la del general Mosquera, jugando ajedrez en bata de terciopelo en el techo del Panóptico, el hoy Museo Nacional. Las condiciones de Pocaterra en la Rotunda, y sus equivalentes contemporáneos como la Helicoide o la Tumba en la Caracas chavista de hoy, no son para jugar ajedrez. En Colombia, paradójicamente una sociedad con mayores niveles de violencia política, las amnistías eran constantes.

 

En el año 1922, cuando Pocaterra salió de la Rotunda hacia el exilio en Nueva York, la oposición al régimen gomecista, estaba fracturada en un sinnúmero de grupúsculos. “Eran pocos, unos cuantos, y daban lugar a que se dividiera y se subdividiera aún más el corto grupo de opositores,” escribió Pocaterra, “Sería injusto no reconocer con cuánta abnegación y entusiasmo se han lanzado algunos e ido al sacrificio. Pero con ello no se ha logrado sino que se destaquen sus personalidades”.

 

Nueva York era entonces el epicentro de la actividad opositora, lo que sería hoy Miami, Bogotá o Madrid. Al llegar, Pocaterra hizo un inventario de 12 facciones distintas incluyendo una, de inspiración masónica, que se reunía para su ceremonia de iniciación a las doce de la noche bajo la estatua de Simón Bolívar en el Central Park de Nueva York.

 

La esquiva unidad de la oposición, entonces como ahora, había eludido a todos. Pocaterra cuenta que tratar de lograr la unidad de estos grupos era una tarea ingrata. Hablando con los distintos grupos, “los de siempre comentaban:

-¿Fulano? Ese no sirve.

-¿Zutano? Se cogió unos reales.

-¿Perencejo? Con quién cuenta.

Nadie servía para nada; todos tenían miedo y los valientes permanecían inéditos. Ir de un hombre a otro, tratando de borrar agravios, a veces simples rozamientos de amor propio, sería una tarea ingrata. Los ‘unidos’ volveríanse como lobos contra quien los uniera.”

 

Pocaterra escribió resignado: “Gómez, en su absurda, en su insensata codicia y ambición de mandar no les ha dejado a sus compatriotas otra alternativa: o me tumban o me aguantan. No han podido unos pocos, no han querido muchos. Él permanece. La mayoría lo aguanta.”

 

El sentimiento de frustración e impotencia tiene varios paralelos con la situación de hoy. Pero hasta Pocaterra, el más ecuánime y sobrio de los opositores, se dejó tentar por el aventurismo, o lo que otros llamarían el garibaldismo. Desde el exilio participó en la expedición del Falke de 1929. Éste fue un intento, también cantinflesco, de invadir Venezuela con un buque mercante comprado en Hamburgo y rebautizado como el Crucero General Anzoátegui. Cargados de armas y mercenarios se embarcaron para invadir Venezuela por Cumaná. Cualquier paralelo con la operación Gedeón es pura coincidencia.

 

La invasión del Falke fracasó estrepitosamente. En palabras de Pocaterra, quien estuvo embarcado en calidad de secretario de la Junta Libertadora, en la edición ampliada de las Memorias que publicó en 1936: “El ataque a la plaza fuerte de Cumaná fracasó por la muerte del jefe del Ejército de la Revolución Venezolana, general Román Delgado Chalbaud, y la circunstancia que casi todos sus oficiales del estado mayor quedaron muertos, heridos y prisioneros o en fuga al verse obligados a combatir solos ya que los 75 reclutas que constituían la única tropa dispersáronse a las primera descargas.”

 

¿Llegó el momento de la renovación?

 

Volviendo al día de hoy, la situación actual tiene más de un paralelo con lo que describió Pocaterra hace un siglo. Para comenzar, están las divisiones propias de la oposición. Esta nunca ha sido un bloque monolítico, son distintos partidos y matices que van desde AD hasta María Corina Machado, pasando por Un Nuevo Tiempo, Primero Justicia y Voluntad Popular. Pero lo que en democracia es una sana diversidad, enfrentándose a una dictadura es una debilidad que Chávez, y ahora Maduro, han explotado de manera repetida e implacable.

Esto ha llevado a que el gobierno de Guaidó, que comenzó como una coalición que recogía lo que había sido la Mesa de Unidad Democrática, sea cada vez más un gobierno de Partido, de Voluntad Popular y del grupo de Leopoldo López.

Las diferencias de estrategia, especialmente acerca del rol del interinato, se han hecho más agudas desde que Capriles y luego Borges, ambos pesos pesados en la oposición desde Primero Justicia, dijeron que el interinato se había acabado. Esto ha llevado a que el gobierno de Guaidó, que comenzó como una coalición que recogía lo que había sido la Mesa de Unidad Democrática, sea cada vez más un gobierno de Partido, de Voluntad Popular y del grupo de Leopoldo López.

 

El interinato, que comenzó con las mejores intenciones, ha sido desafortunado en su actuación. En las acusaciones de corrupción que rondan a Monómeros o a los escándalos de Cúcuta, está un eco de la frase de Pocaterra que ‘zutano se cogió unos reales’. No han estado a la altura de las circunstancias, o demostrado ser una opción real de poder.

 

Este año se vienen decisiones difíciles, la más urgente es definir si embarcarse en la lucha para un referendo revocatorio contra Maduro. En esta cuestión, la oposición está dividida. Por un lado, están quienes dicen que no hay condiciones democráticas mínimas para un referendo limpio y que participar sería legitimar una farsa electoral. Por el otro lado, quienes dicen que la pelea es peleando y haciendo campaña, y en el territorio venezolano, no en el exilio. Ambos tienen razón.

 

Mientras tanto, el ambiente en la oposición se ha tornado cada vez más agrio. Las acusaciones de colaboracionismo van y vienen, especialmente desde los más radicales hacia partidos que participaron en las elecciones regionales, a quienes acusan de haberse vendido al régimen.

 

Mientras tanto, la gente aguanta, como decía Pocaterra, y pierde interés en la política al ver una oposición estancada. Después de unos momentos de unidad y coordinación, parecería que se agotaron las ideas. La idea de celebrar unas elecciones primarias entre los dirigentes de la oposición es difícil de poner en práctica, pero por lo menos ofrece una renovación en el liderazgo y una bocanada de oxígeno. Un interinato, por definición, no puede ser indefinido.

 

El epílogo a las memorias de Pocaterra no es alentador. Juan Vicente Gómez murió de viejo en 1935 en su hacienda ganadera en Maracay, desde donde gobernaba Venezuela como Núñez desde el Cabrero. Lo sucedieron otros dos generales de su corte –López Contreras y Medina Angarita–, y fue otra generación distinta a la de Pocaterra –la de Rómulo Betancourt y Acción Democrática– la que finalmente logró una transición a la democracia, casi dos décadas después, en Punto Fijo.