18 Marzo 2022

Vladimir Putin, el hombre que acabó con el espejismo de la paz

Un Vladimir Putin acorralado es potencialmente imprevisible.

Crédito: Reuters

El Putin de hoy está lejos del que, antaño, fue capaz de zanjar el tipo de disputas que Estados Unidos y sus aliados dejaban abiertas.

Por Matías Afanador Laverde

Tras el fin de la Gran Guerra en 1918, el presidente norteamericano Woodrow Wilson expresó su deseo de que el nivel de devastación y muerte experimentado por los beligerantes condujera al mundo a un nivel de conciencia y mesura, que ayudara a frenar futuros enfrentamientos armados, antes de que estos volvieran a tomar una dimensión global y apocalíptica.

Wilson se refirió a la conflagración mundial como "la guerra para terminar las guerras", aforismo que fue rápidamente desmentido por la celeridad con la que estalló el siguiente conflicto en 1939, y que, por supuesto, también finalizó en medio de promesas e iniciativas en pro de la creación de una arquitectura de seguridad internacional, que impidiera la repetición de tales hechos en un planeta donde poco a poco comenzaba a proliferar el armamento nuclear.

Estas medidas incluyeron: la fundación de la Organización de Naciones Unidas, la formación de la OTAN y el establecimiento de un principio de inviolabilidad de las fronteras territoriales existentes. Durante los momentos de mayor tensión entre Estados Unidos y la URSS en la segunda mitad del siglo XX, la amenaza de destrucción mutua asegurada sumada a la nueva disposición del orden mundial que he mencionado, pareció mitigar con éxito las posibilidades de que estallara una nueva conflagración entre superpotencias con resultados impredecibles.

Occidente, pues, parecía haber entrado a la más pacífica era de su historia, como afirmó en 2018 el historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, al referirse a las siete décadas que ya separan a nuestros tiempos del final de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, el 24 de febrero del presente año, Vladimir Putin desmanteló en un abrir y cerrar de ojos el espejismo de paz y prosperidad en el que el mundo euroatlántico dormitaba desde 1945, dando un paso más en lo que él mismo define como su misión histórica: mitigar las consecuencias que tuvo el colapso de la URSS (que él percibe como la mayor catástrofe del siglo pasado) para la posición de su país como superpotencia global.

Vladimir Putin
Vladimir Putin, presidente de Rusia. Crédito: Reuters. 

El líder del Kremlin siente que han agotado su paciencia, y tras años de presentar infructuosamente por vía diplomática sus demandas en materia de seguridad fronteriza y delimitación estricta de la presencia occidental en los territorios que el exagente de la KGB considera como parte integral del Ruski Mir (mundo ruso), ha decidido dar un golpe de mesa que si bien fue anticipado por la inteligencia estadounidense desde finales de 2021, ha desconcertado incluso a los expertos más fatalistas, quienes a lo sumo preveían una repetición de la operación militar rápida y quirúrgica que el presidente ejecutó en la segunda mitad del año 2008 contra la exrepública soviética de Georgia.

Un país que al igual que Ucrania, había manifestado en repetidas ocasiones su deseo de formar parte de organizaciones como la OTAN y la Unión Europea, mientras simultáneamente libraba un sangriento conflicto interno para impedir la separación de las regiones de Abjasia y Osetia del sur, cuyas intenciones secesionistas fueron ampliamente respaldadas por Moscú.

Sin embargo, la aparente crisis que enfrenta la alianza entre Washington y el bloque europeo desde el paso de Donald Trump por la Casa Blanca, sumada al espaldarazo ofrecido por el presidente chino Xi Jinping durante los recientes Juegos Olímpicos de invierno celebrados en la capital del gigante asiático, han envalentonado a Putin a perseguir metas que dependiendo de a quién se pregunte, pertenecen al terreno de sus ambiciones más salvajes, o bien al de las consideraciones pragmáticas que cualquier líder puede tener en materia de seguridad nacional; más aún cuando se enfrenta al riesgo de que países vecinos pasen a formar parte de organizaciones que históricamente han sido abiertamente hostiles a su nación.

Pero incluso, si se otorga cierta validez a la narrativa victimista del Kremlin sobre la forma en que Estados Unidos y la OTAN han cercado progresivamente a su país desde el fin de la URSS, es difícil no ver en Putin algunos de los patrones discursivos y comportamentales que en su momento contribuyeron al estrepitoso fracaso de la política de apaciguamiento adelantada contra el dictador alemán Adolf Hitler en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

Por otra parte, y aún sin querer afirmar que la actual guerra de agresión desatada por el presidente ruso hace unos días conducirá al mundo a una conflagración de similares (o incluso mayores) proporciones, es innegable que en los últimos ocho años, el mandatario ha recurrido tanto a la retórica incendiaria para presentarse a sí mismo en calidad de defensor de los derechos étnicos y lingüísticos de la población rusa en el este de Ucrania, como a un referéndum pacífico (y altamente cuestionado por la comunidad internacional) para legitimar su reclamo sobre Crimea- territorio estratégico que desde el siglo XVIII otorga una salida al mar Mediterráneo a las fuerzas navales de Rusia.

En 1938, Hitler consiguió la reincorporación de Austria al Estado alemán en otro referéndum aprobado por el 99,71 por ciento de los votantes (y no menos criticado que el organizado por Putin) para posteriormente lanzarse sobre el relativamente indefenso Estado de Checoslovaquia, que por aquel entonces albergaba a casi 3,5 millones de germanos étnicos a los que el dictador afirmó estar “protegiendo” de la opresión de las mayorías checas, y que finalmente acabaron incorporándose al Reich ante la pasividad demostrada por Inglaterra y Francia en una conferencia de paz de último minuto, organizada en Múnich sin ninguna participación del gobierno que iba a ser víctima de este nuevo desmembramiento territorial.

A lo largo de su extensa carrera política, Vladimir Putin ha demostrado que cuenta con una capacidad similar a la del Führer germano cuando se trata de modificar y rediseñar a su antojo las fronteras de aquellos estados que por distintas razones no se encuentran plenamente integrados a la estructura y las alianzas de seguridad internacional que imperan en Occidente desde 1945.

La Chechenia musulmana que había declarado su independencia de Moscú tras el colapso de la URSS fue brutalmente reconquistada por Putin entre 1999 y 2009, para luego dar paso a su intervención en defensa de los separatistas georgianos que combatían al gobierno de su país, y finalmente al proceso de desestablización de Ucrania que ha impulsado a lo largo de los últimos ocho años a raíz de los cada vez mayores acercamientos entre Kiev y la alianza euroatlántica.

En los primeros dos casos, la intromisión rusa puso fin de forma tajante y sangrienta a conflictos regionales que de otra forma podrían haberse extendido indefinidamente. Esto permitió a Putin mostrarse ante el mundo como un gobernante que, a pesar de emplear métodos bastante cuestionables, era capaz de zanjar el tipo de disputas que Estados Unidos y sus aliados dejaban abiertas en lugares como Siria, Afganistán e Irak.

Soldado Ruso en Kiev.
Soldado Ruso en Kiev, Ucrania. Foto: Reuters. 

Sin embargo, el último y más reciente caso ha puesto al exespía en una nueva e incómoda posición, donde cada día enfrenta más problemas para dar algo de legitimidad y coherencia a su narrativa sobre una supuesta desnazificación de Ucrania, país que cuenta con un presidente judío, y que a pesar de haber experimentado un significativo aumento de la actividad de agrupaciones neonazis como el batallón Azov en sus territorios orientales, continúa albergando a una de las comunidades hebreas más vibrantes de Europa del este.

Cabe mencionar que la ambigüedad y las aparentes contradicciones en el discurso ideológico del jefe del Kremlin no son una gran novedad, ya que desde su llegada al poder en 1999 les ha vendido a sus adeptos una visión más bien permeable de lo que según él debe ser Rusia, y que aunque parezca increíble se mueve de forma constante entre la veneración de íconos o símbolos del pasado imperial zarista, la exaltación, la victoria sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial, y otros logros político-militares de la dictadura estalinista que el presidente considera relevantes.

En este sentido, el historiador norteamericano Thimoty Snyder ha señalado que, pese a este empleo circunstancial y oportunista del pasado soviético como elemento legitimador de sus ambiciones, la verdadera esencia de la visión que Putin tiene sobre su país, debe buscarse en los escritos de Iván Ilyín. Este filósofo y pensador monárquico de derechas fue expulsado de territorio ruso tras la revolución bolchevique, exiliándose en Alemania y Suiza, desde donde redactó numerosos textos con tintes filofascistas y muestras de simpatía hacia los regímenes de Adolf Hitler y Benito Mussolini.

Ilyín y Putin pues, preconizan la existencia de una Rusia con perfecta simbiosis entre el Estado y la Iglesia ortodoxa, manteniendo valores familiares tradicionales y difundiendo un culto a los elementos más “heroicos” del pasado místico y espiritual del gigante eslavo.

Ucrania es parte integral de esta cosmovisión, ya que como el mismo Putin ha aclarado en varias ocasiones su territorio es el verdadero corazón de la nación rusa, el centro de difusión de la fe ortodoxa hacia los demás pueblos eslavos, y el lugar de origen del principado de la Rus de Kiev; una especie de ancestro medieval común para rusos, ucranianos y bielorrusos.

Si a este simbolismo se añaden las consideraciones netamente estratégicas a las que se enfrenta el presidente ruso ante la perspectiva de un despliegue de bases y misiles de la OTAN en el territorio de la exrepública soviética, puede entenderse mejor el por qué esta dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.

Ya sea aludiendo a la violación de las promesas que el antiguo secretario de Estado norteamericano James Baker hizo al líder soviético Mijaíl Gorbachov en lo referente a no expandir la presencia de la alianza atlántica más allá de las fronteras alemanas, o bien insistiendo en la necesidad de mantener unido lo que “siempre ha sido un solo pueblo”, es claro que Putin no cederá, y el actual conflicto bélico continuará hasta que el presidente ruso logre diseñar una Ucrania a su medida.

Incluso si para ello debe reincorporar la mitad rusófona oriental a su país e imponer un gobierno títere en los territorios remanentes, o si simplemente consigue extorsionar a Occidente para que, ante la aterradora perspectiva de una guerra mayor, este se comprometa a garantizar la desmilitarización y la neutralidad perpetua de su vecino del sur.

Por el momento, parece que ni el aluvión de sanciones contra la maltrecha economía rusa, ni el lento progreso de sus fuerzas en el campo de batalla (que según los ucranianos han sufrido cerca de 11.000 bajas a pocos días de cumplirse dos semanas del inicio de la guerra) han podido minar la determinación de este nostálgico imperial.

Ciudadanos se manifiestan
Manifestaciones ciudadanas. Foto: Reuters.

Putin, sin embargo, no esta exento de debilidades, y si algo debe preocuparle más que las sanciones occidentales o los avances de sus tropas en el campo de batalla, es sin lugar a dudas la posibilidad de perder el control sobre el orden interno de una Rusia que día a día caerá en una situación económica más precaria, con protestas antigubernamentales cada vez más atrevidas (que en la primera semana de guerra dejaron cerca de 8.000 personas detenidas en todo el país), y una oligarquía que por primera vez en mucho tiempo critica abiertamente una decisión tomada por un gobernante a quien hasta hace pocos días veían como garante de su ostentoso nivel de vida.

Este potencial quiebre del orden interno, no hará mas que empeorar en la medida en que la guerra del presidente se extienda mucho más de lo esperado, y los objetivos estratégicos de su ofensiva militar no se alcancen con la celeridad prevista. Es aquí donde la situación se vuelve mas desalentadora, ya que un Putin acorralado es potencialmente imprevisible, y la renuencia de ambas partes a otorgar mayores concesiones sobre el futuro que cada una quiere para Ucrania, ha colocado a la diplomacia occidental ante un margen de maniobra inusualmente estrecho.

Ante estas circunstancias, y como indicó el secretario de Estado de la administración de Joe Biden; Norteamérica y Europa parecen estar decididas a empeñar todos sus recursos para evitar que la guerra se expanda más allá de las fronteras ucranianas, mientras esperan que los efectos potencialmente devastadores de un aislamiento económico a mediano y largo plazo obliguen al líder del Kremlin a buscar una solución negociada. Cosa poco probable mientras este último no perciba una verdadera amenaza a su posición de poder en el escenario doméstico.

Sin importar cuál sea el panorama de la geopolítica internacional al final de las hostilidades, es claro que Putin ha llevado al continente europeo a su mayor crisis de seguridad desde que un fracasado aspirante a pintor lo sumergió en el mayor baño de sangre de su historia, y ha llevado políticos como el propio presidente ucraniano Volodímir Zelenski a preguntarse si realmente se detendrá. ¿Es Ucrania su objetivo principal?, o deberían también preocuparse otros países de la región que, como Suecia y Finlandia, han recibido amenazas sutiles desde Moscú al anunciar su intención de buscar una mayor cooperación con la OTAN.

Esta pregunta cae en el terreno de la especulación propia de tiempos de guerra, y, por supuesto, no tiene aún respuesta posible. Mucho menos cuando el presidente ruso ha dañado irremediablemente la imagen de su país como “finiquitador” de conflictos.