19 Marzo 2022

Ese nefasto 19 de abril

Crédito: Colprensa

Ahora, cuando aparecen tantos errores en los reportes de los resultados electorales y decenas de miles de colombianos piden la renuncia del registrador, 'Cambio' recuerda las elecciones del 19 de abril de 1970 que le dieron el triunfo a Misael Pastrana, no obstante que más de medio país quedó convencido de que hubo fraude y el ganador fue el general Rojas Pinilla; y revela, en palabras del expresidente Carlos Lleras, la conversación secreta que, días después de las elecciones, tuvieron en la Nunciatura Apostólica, él y el general.

Por: Patricia Lara Salive

Una voz interrumpió la película para decir que debíamos abandonar la sala de cine de inmediato porque antes de una hora se decretaría el toque de queda. Eran las ocho y cinco minutos de la noche del martes 21 de abril de 1970. El presidente de la república, Carlos Lleras Restrepo, acababa de pronunciar su famoso discurso en el que, mirando su reloj, le dijo por televisión al país: “Advierto lo siguiente: son las ocho de la noche. A las nueve de la noche no debe haber gente en las calles. El toque de queda se hará cumplir de manera rigurosa y quien salga a la calle lo hará por su cuenta y riesgo, con todos los azares que corre el que viola en estado de guerra una prescripción militar. Repito, son las ocho de la noche; las gentes tienen una hora para dirigirse a sus hogares y el que se encuentre fuera a esa hora será apresado y si trata de huir o de oponer resistencia correrá los peligros consiguientes”. 

Carlos Lleras Restrepo
Carlos Lleras Restrepo.

Dos días antes, el domingo 19 de abril, habían tenido lugar las elecciones presidenciales en las que participaron los candidatos conservadores independientes Evaristo Sourdís y Belisario Betancur, el conservador Misael Pastrana Borrero en representación del Frente Nacional, y el exgeneral y antiguo dictador Gustavo Rojas Pinilla, jefe del partido Alianza Nacional Popular, Anapo, que entonces había ganado un gran arraigo entre las clases populares. 

Las consecuencias del desacertado manejo de la información por parte del Tigrillo Noriega, y del gobierno, aparecieron casi cuatro años después, cuando en enero de 1974, un grupo que se autodenominó Movimiento 19 de abril M-19, se robó la espada de Bolívar e inició así ese movimiento guerrillero urbano y rural que tuvo como lema “con el pueblo, con las armas al poder”.


En el primer boletín de la Registraduría, expedido a las 8:30 p.m del 19 de abril, se decía que Rojas llevaba 312.278 votos y Pastrana 298.571, es decir, que el general aventajaba al candidato oficial por 13.707 votos. A las 10 p.m. la ventaja de Rojas había disminuido a 9.220 votos. A las 11:45 p.m. había subido a 21.762. Pero a las 2: 50 a.m. se había revertido la tendencia y Pastrana aparecía ganándole al general por 2.617 votos. A las 9 a.m. esa ventaja subía a 4.589 votos. A las 8:45 p.m. del 20 de abril Pastrana le ganaba a Rojas por 22.490. Y así, poco a poco, los votos por Pastrana fueron subiendo y los ánimos se fueron exaltando, hasta que el 21 de abril a las 12:30 p.m. Pastrana apareció con 1.621.467 votos y Rojas con 1.546.449, es decir, que según la Registraduría, la ventaja del representante del establecimiento ya era de 75.018 votos (El 15 de julio, al terminar los escrutinios oficiales, Pastrana apareció superando finalmente al general Rojas por 63.557 votos). 

El general Gustavo Rojas Pinilla
Gustavo Rojas Pinilla.

El 21 de abril, el Comando Nacional de la Anapo emitió un comunicado firmado, en primer lugar, por María Eugenia Rojas de Moreno Díaz, en el que declaraba “que el gobierno oligárquico que explota a Colombia, después de haber preparado un escandaloso fraude que está acabando de consumar, pretende imponer ahora al país un resultado electoral que burla la opinión inequívocamente expresa en las urnas por la abrumadora mayoría nacional; que el presidente electo de Colombia es el general Gustavo Rojas Pinilla; que no reconocemos un fallo diferente al triunfo de esta candidatura, y que estamos tomando medidas necesarias y eficaces para impedir que la oligarquía le robe el poder al pueblo”.

María Eugenia Rojas
María Eugenia Rojas.

De inmediato, las calles de Colombia comenzaron a colmarse de pueblo pobre, armado de palos, que protestaba con la ira dibujada en el rostro. Es que, por una parte, el general Rojas había logrado llegar con sus discursos al corazón del pueblo y, por otra, la sensación de que había habido fraude se había acentuado porque Carlos Augusto Noriega, el ministro de Gobierno, a quien le decían el Tigrillo, según le contó él en una entrevista a Lucy Nieto de Samper, había ordenado la suspensión de la transmisión de radio que estaba haciendo Radio Latina, una emisora que, contrariando la ley, pasaba arengas y proclamas y que, según se decía, pertenecía a la familia Rojas. Y Todelar, la emisora más escuchada, había suspendido la transmisión de los resultados y había puesto música en señal de protesta. Entonces, el país sintió que le estaban ocultando y manipulando los resultados de las elecciones.


Así, el 21 de abril, la situación de orden público se veía amenazada. Fue entonces cuando Carlos Lleras Restrepo, con quien trabajé y a quien conocí muy de cerca, en cuya honestidad creo y a quien considero incapaz de ordenar un fraude, independientemente de que hubiera habido algún chocorazo en algún departamento, como se dijo que lo hubo en Nariño, pronunció su famoso discurso del reloj y frenó la revuelta.


Sin embargo, las consecuencias del desacertado manejo de la información por parte del Tigrillo Noriega, y del gobierno, aparecieron casi cuatro años después, cuando en enero de 1974, un grupo que se autodenominó Movimiento 19 de abril M-19, formado por gente salida de las Farc y por militantes de la Anapo Socialista, un ala del partido del general Rojas, que estaba convencida de que el gobierno había impedido mediante el fraude el ascenso al poder del general, se robó la espada de Bolívar e inició así ese movimiento guerrillero urbano y rural que tuvo como lema “con el pueblo, con las armas al poder”.


Sin embargo, para contar completa la historia de las elecciones del 19 de abril de 1970, vale la pena reproducir ahora el secreto que Carlos Lleras reveló en un texto titulado Un trozo de historia, publicado en su revista Nueva Frontera en enero de 1975, un año después de que el M-19 se robara la espada de Bolívar: se trata del contenido de la conversación privada que tuvieron él y el general Rojas, a quien entonces el presidente le había dado la casa por cárcel. 

Así relató el expresidente Carlos Lleras ese encuentro:

“La noche de las elecciones me fui a la casa, no muy tarde, con la impresión de que era posible que los resultados favorecieran al General Rojas. Me despertaron a las seis de la mañana, cuando ya los datos recibidos mostraban una ligera ventaja a favor del doctor Pastrana Borrero. Poco después comenzaron ciertos tumultos frente a la residencia del General y algunos oradores frenéticos incitaron a sus seguidores a tomarse el poder por la fuerza. Las gentes estaban preocupadas: el doctor Álvaro Gómez, por ejemplo, llamó para sugerirme el nombramiento de una comisión especial, en la cual estuvieran representadas todas las tendencias, para que vigilara el recibo de datos y pliegos e investigara cualquier queja de fraude que pudiera presentarse. Me pareció una propuesta acertada. La acepté y comencé inmediatamente a llamar a las personas que juzgué más indicadas para integrar ese cuerpo que vino a quedar colocado bajo la presidencia del doctor Juan Uribe Holguín, sourdista decidido, y en el cual solo figuraban dos amigos del doctor Pastrana entre los ochos o diez miembros que lo componían. Obtuve la aceptación de dos personas que contaban con la completa confianza del General: los doctores Ortiz Lozano y Carlos Mario Londoño. Ellos aceptaron bajo su propia responsabilidad, pero condicionando su participación a que Rojas no objetara la intervención que iban a tomar, y esto me obligaba, naturalmente, a ponerme en comunicación con él. Además, con el pasar de las horas, se intensificaron los llamados a la insurrección que hacían los oradores y se comenzó a repartir en hojas sueltas un manifiesto francamente subversivo.

Sobre la conveniencia de evitar esas cosas quería yo también hablar con Rojas. Pero el General no pasaba al teléfono porque cuando las personas que respondían escuchaban decir que quien estaba llamando era el presidente de la República pensaban que se trataba de una burla y colgaban el aparato. Por fin, después de muchos intentos, resultó contestando Isabelita Rojas, antigua secretaria del presidente López Pumarejo y parienta muy cercana del General. Me reconoció la voz, hablamos y el General pasó al teléfono. Estaba convencido de que había obtenido la victoria y de que se la querían burlar por medio del fraude. Le di las más amplias seguridades de que si resultaba victorioso yo le transmitiría el poder el 7 de agosto y haría que todos respetaran su triunfo ya que ese era mi deber. Le comuniqué luego el nombramiento de los doctores Londoño y Ortiz Lozano y él no se opuso a que participaran en la comisión, aunque aclaró que, de ninguna manera, deberían ser tenidos como delegados designados por él. Le llamé luego la atención sobre la necesidad de evitar que sus amigos intentaran perturbar el orden público y expresé mi resolución de mantenerlo a todo trance. Me oyó con serenidad. Más tarde, por intermedio de varias personas entre las cuales figuraron el doctor López Michelsen y Mauricio Obregón, se hicieron otras gestiones en el mismo sentido. A pesar de todo, los más exaltados continuaron su tarea y, como es bien sabido, me vi obligado a decretar el estado de sitio, el toque de queda y la detención de quienes trataban de encabezar la subversión. El General, su hija y su yerno quedaron retenidos en su casa bajo la responsabilidad del General Charry Solano, comandante de la Brigada de Institutos Militares.  


Días más tarde surgió en los círculos de la Nunciatura Apostólica, pero no recuerdo ya exactamente de qué manera, la sugerencia de una entrevista personal entre el general Rojas y yo. Me pareció conveniente que se celebrara; pero el general, desconfiado, no quiso ser llevado a San Carlos. Se convino en que nos encontraríamos a las nueve y media de la noche en la sede de la Nunciatura. El General Charry Solano condujo personalmente a Rojas, quien se hizo acompañar por sus dos hijos. Yo concurrí en la sola compañía del jefe de la Casa Militar pues se había acordado por solicitud de Rojas, que la entrevista sería absolutamente reservada. Los dos nos encerramos solos en un cuarto y conversamos por más o menos dos horas. El tono fue invariablemente cordial, aunque el general afirmaba, una y otra vez, que se le quería hurtar su victoria. Rojas dio, hace ya tiempo, una versión de esa conferencia que no concuerda por entero con mis recuerdos pero siempre me pareció inútil entablar una discusión al respecto. Puse de presente al General sus responsabilidades para con la república que había presidido; la locura que sería cualquier tentativa de subversión; mi decisión de mantener el orden; la necesidad de que controlara la exaltación de algunos de sus amigos. Después de una explicación amplia sobre la independencia de las autoridades electorales a las cuales el Gobierno no podía suplantar y sobre el derecho que los asistía para que testigos suyos fiscalizaran todos los escrutinios; después también de poner énfasis sobre la alta calidad de los miembros de la comisión que había sido constituida y se hallaba ya en funciones, le repetí, de nuevo que, si resultaba triunfante, el mismo Gobierno se encargaría de hacer respetar su triunfo, de la misma manera que haría respetar el triunfo del doctor Pastrana si este había recogido la mayoría de los sufragios. El general se refirió a posibles fraudes en las mesas de ciertas inspecciones de policía de Santander; pero dio la circunstancia de que cuando se llevaron a cabo los escrutinios en todas ellas tenía mayoría el mismo general Rojas. 


[…] No podíamos tomar resolución alguna porque el problema estaba bajo la jurisdicción de las autoridades electorales. Pero de lo que se trataba era de mantener la paz pública y el régimen de leyes, y el General no me pareció en ningún momento dispuesto a lanzarse a una aventura. Por el contrario, puso mucho énfasis en su amor a la paz, y en la manera como había evitado derramamiento de sangre el 10 de mayo, por patriotismo y amor al pueblo, condiciones ambas que yo le reconocí entonces y le sigo reconociendo, pese a las grandes diferencias que con él tuve. Nos despedimos cordialmente y yo me marché seguro de que el General iba a ser un factor de conservación de la paz pública. Así fue. Como dato curioso recuerdo que me preguntó por qué había sido detenida una persona tan pacífica como José Ignacio Giraldo, miembro muy prominente de la Anapo y me garantizó que podría ser dejado libre sin peligro. Ofrecí hacerlo poner en libertad, e inmediatamente di la orden del caso. Tengo la convicción de que esa entrevista fue buena para la república”.