8 Junio 2022

Suicidas: 8 de cada 10 han dado una señal

En los últimos 10 años, las muertes por suicidio en Colombia aumentaron en 44%. En 2021 hubo más que en ningún otro año de la historia.

Por Miguel Bettin (Ph.D.)

La muerte por suicidio es quizá la forma de muerte que más devastación y desolación produce en los familiares y personas cercanas a quien se suicida. Los padres, hijos y hermanos suelen, además, sentirse culpables y avergonzados, por lo cual el dolor psicológico surgido a causa de la pérdida se hace extremadamente difícil de superar.


Las familias en las que ocurre un suicidio muchas veces no logran sobreponerse. El miembro suicida sigue viviendo entre ellos pero a manera de un “miembro fantasma” que perpetúa el dolor y la melancolía. Cada suicidio afecta psíquica y comportamentalmente de manera grave en promedio a 6 personas del círculo próximo de quien se suicida. 

Las muertes por suicidio son muchas más que las causadas por las guerras y los homicidios. Más de 800 mil personas se suicidan anualmente, una cada 40 segundos.


Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el suicidio es la segunda causa de muerte en el mundo en el grupo etario entre 15 y 29 años.


Las muertes por suicidio son muchas más que las causadas por las guerras y los homicidios. Más de 800 mil personas se suicidan anualmente, una cada 40 segundos. Los suicidios representan un 50% de todas las muertes violentas que se dan en hombres y un 71% de las muertes violentas de mujeres. Sin embargo, estas cifras pueden ser muy inferiores a las reales, en la medida en que una importante cantidad de suicidios quedan registrados como accidentes. 


El suicidio de hoy ya no es el del tipo romántico del joven Werther, de la novela de Goethe. Es, por el contrario, un fenómeno masivo que señala a la sociedad y a los gobiernos en su incapacidad de brindar bienestar a los ciudadanos y de atender a tiempo sus problemas de salud mental.


La incidencia de la violencia


El suicidio se ha convertido en uno de los mayores problemas del mundo. Colombia no es ajena a esta problemática, más aún cuando una de las causas del suicidio es la violencia en cualquiera de sus expresiones. Como sabemos, nuestro país ha padecido desde hace más de setenta años una de las guerras civiles más cruentas y abominables de los últimos tiempos. Esa misma guerra ha sido atravesada y atizada por el narcotráfico, que deja niños y adolescentes tristes, ansiosos, con miedo y desesperanza.

En Colombia, a partir de 2010, empezó a presentarse un aumento preocupante en el número de muertes por suicidio. El año pasado, según el DANE, hubo 2.962 decesos por suicidio.

 
Tal vez nos acostumbramos tanto a la violencia –sobre todo quienes la vemos por televisión, sentados en cómodos sillones en nuestras casas o apartamentos de Bogotá, Medellín o Cali–, que la volvimos paisaje; tal vez creímos o quisimos creer que no dejaba consecuencias en las mentes de los niños, jóvenes, mujeres y viejos que vivieron por años bajo el traqueteo de ametralladoras, con miedo al amanecer y al anochecer, con terror de caminar por los caminos infestados de minas.


En Colombia, a partir de 2010, empezó a presentarse un aumento preocupante en el número de muertes por suicidio. El año pasado, según el DANE, hubo 2.962 decesos por suicidio. El 81,3% de ellos fueron hombres; el 18,7%, mujeres. Es decir que, por cada mujer que se suicidó, lo hicieron cuatro hombres. 

Es, lamentablemente, la mayor cantidad de personas fallecidas por suicidio durante un año en la historia de nuestro país. 
 
En los últimos 10 años, las muertes por suicidio se incrementaron en un 44% en Colombia. Los trastornos por consumo de alcohol y/o de otras drogas, los trastornos mentales, conflictos con los padres o con la pareja, la pérdida de un ser querido, historia de suicidios en la familia, abuso sexual, violencia intrafamiliar, entre algunos otros, son factores y circunstancias que suelen estar asociadas. Sin embargo, es imperativo que vayamos más allá de pensar el suicidio de nuestra era exclusivamente vinculado a razones psicopatológicas. También debemos vincularlo el zeitgeist (el espíritu de nuestros tiempos); es decir, a las dinámicas propias de las sociedad consumista y frívola de la postmodernidad, que presiona a nuestros niños y jóvenes a través de influenciadores digitales (también víctimas de la alocada noria de las postverdades) a vivir en función de la imagen y en pos de estereotipos inalcanzables.
 
Dejar de sufrir, más que dejar de vivir


La frecuencia del intento de suicidio es 20 veces mayor que la del suicidio consumado. Las personas que intentan suicidarse, lo hacen porque están rebasadas por el dolor psíquico, por el sufrimiento, y están desesperanzadas con su vida futura. El suicida en realidad no quiere dejar de vivir, lo que quiere es dejar de sufrir.


Los jóvenes son la población en mayor riesgo de suicidio. Las personas que intentan suicidarse, antes de hacerlo pasan por períodos en los que están indecisas al respecto.


Hoy día sabemos que 8 de cada 10 personas que se quitan la vida han dado una señal (con su comportamiento, verbalmente, por escrito…) a amigos, familiares, profesores u otras personas cercanas, que es indicativa de la posibilidad de intentar suicidarse. 

Aún se debe mejorar y complementar la estrategia nacional de prevención de la conducta suicida, así como exigir a las empresas prestadoras de salud que se involucren en las labores de promoción, prevención y atención.


La OMS, con el fin de prevenir las muertes por suicidio, ha propuesto: Limitar el acceso a los medios de suicidio, como plaguicidas y armas de fuego; formar a los medios de comunicación para que difundan de forma responsable noticias sobre suicidios; fomentar entre los adolescentes las competencias socioemocionales para la vida, y detectar e intervenir tempranamente a las personas con pensamientos y comportamientos suicidas.


No obstante, en Colombia apenas en los últimos meses hemos avanzado en considerar la atención oportuna y eficiente para atender las problemáticas de salud mental y –con ello– del suicidio, y en destinar recursos para tal fin. Aún se debe mejorar y complementar la estrategia nacional de prevención de la conducta suicida, así como exigir a las empresas prestadoras de salud que se involucren en las labores de promoción, prevención y atención. Pero, por sobre todo, en Colombia requerimos de una verdadera transformación educativa que articule la familia, la escuela y –en general– las instituciones que educan para formar niños y jóvenes felices, con pensamiento crítico, con habilidades para gestionar sus emociones y sentimientos, para que podamos construir una nueva manera de vivir en sociedad.


Colombia debe entender que, en el menos malo de los casos (siendo optimistas), es un país que empieza su convalecencia, después de haber padecido por décadas la penosa enfermedad de la violencia y sus consecuencias; y ello amerita una verdadera revolución social y educativa.

Miguel Bettin. Ph.D. en Psicobiología. U. Complutense de Madrid. Máster en Adicciones. U. de Barcelona. Máster en Filosofía