3 Junio 2022

“¡Por siempre y desde ahora!”, 50 años de transiciones hacia la sostenibilidad ambiental (¿o al colapso?)

Hoy 5 de junio se cumplen 50 años de la instalación de la Cumbre de Estocolmo, la primera reunión mundial que se convocó para analizar los problemas ambientales del planeta. ¿Qué ha mejorado desde entonces? ¿Qué ha empeorado? ¿Cómo enfrentar el futuro?

Apolo 8
Fotografías como esta, que tomaron los tripulantes de la misión Apolo 8 en la Navidad de 1968, cambiaron por completo la percepción de la humanidad acerca de la Tierra, que ahora se veía como una frágil esfera azul perdida en la inmensidad del cosmos.

Por Ángela María Forero Orozco y Juan Pablo González Medina (*)
En 1914, cuando estalló la Gran Guerra, nació Barbara Mary Ward en Yorkshire, Reino Unido, economista y periodista que a los 54 años de edad vio la primera foto a color del planeta Tierra, tomada desde la órbita lunar por la misión Apolo 8 en 1968, y un año después presenció luego la llegada del primer hombre a la Luna.
Tres años después, junto con Jules René Dubos, publicó un informe designado por la Secretaría General de las Naciones Unidas que lleva el título de Una sola Tierra: el cuidado y conservación de un pequeño planeta, que serviría como principal insumo para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, que comenzó el 5 de junio de 1972 en Estocolmo, Suecia, hace exactamente 50 años.
Desde hacía varias décadas una serie de desastres naturales golpeaban fuertemente al planeta, entre ellos la contaminación por emisiones industriales, pesticidas y otras sustancias químicas; derrames de petróleo y escapes de mercurio. Numerosos científicos, entre ellos Rachel Carson en su libro Primavera silenciosa (1962), capturaron este momento histórico, exponiendo los efectos devastadores ambientales y sociales del mundo industrializado y de la explotación desmedida de recursos naturales en los países en desarrollo. A pesar de ello no se planteaban debates ni lineamientos de contención global que permitieran una gestión sistémica y conjunta de la problemática. La Conferencia de Estocolmo fue una reunión intergubernamental a la cual asistieron alrededor de 120 países para hablar sobre la crisis ambiental y su conexión con el desarrollo humano. Una de las intervenciones estaba a cargo de Barbara, quien, en su discurso puso de manifiesto el riesgo del daño irreversible al planeta, debido en parte a un modelo de crecimiento económico que no respeta límites y a la falta de articulación y cooperación internacional en asuntos ambientales. ¿50 años después de Estocolmo, cuál es el balance y cuál fue el aporte de este evento en la agenda ambiental global?

LOS LÍMITES DEL CRECIMIENTO

Lo bueno
Estocolmo 1972 fue la primera gran conferencia mundial organizada para abordar temas medioambientales, marcando un punto de inflexión en el desarrollo de la política internacional en esta tarea. La conferencia dio lugar a la adopción de la Declaración de Estocolmo y el Plan de Acción para el Medio Ambiente Humano.
De la conferencia y su influencia posterior pueden destacarse diversos aspectos, entre ellos la generación del primer conjunto global de principios para la futura cooperación internacional en materia de medio ambiente, la integración de la problemática en todo el sistema de Naciones Unidas y el establecimiento de una serie de desarrollos institucionales, políticos, jurídicos, intelectuales y culturales que convirtieron al medio ambiente en un problema mundial urgente, incrementándose la elaboración de tratados, acuerdos, declaraciones y la creación de ministerios y leyes nacionales de ambiente y sostenibilidad. La conferencia también condujo a la creación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que ha facilitado el abordaje de los temas ambientales desde un carácter más profundo y multidisciplinario.
El legado de la Conferencia de Estocolmo se extiende en el tiempo con la realización de numerosas convenciones ambientales, vinculadas con la conservación marina, el comercio internacional de especies amenazadas, la protección de humedales y el tráfico de fauna silvestre, entre otros. También catalizó la emisión conjunta y global de informes y declaraciones medioambientales, entre ellas el Informe Nuestro Futuro Común en 1987, la Declaración de Río en 1992 plasmada en la Agenda 21, la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas donde se emiten los Objetivos de Desarrollo del Milenio en el año 2000, el Plan de Acción de Johannesburgo emitido en el año 2002, el Futuro que Queremos, documento emergido de Río+20 en 2012 y la Agenda 2030, aprobada por Naciones Unidas en 2015 y donde se encuentra los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
La Conferencia también aportó a la democratización del debate ambiental, abriéndose a organizaciones no gubernamentales y a la sociedad civil, que antes no formaban parte del sistema de Naciones Unidas, fundamentando el derecho a la participación pública, al acceso a la información y a la justicia como pilares clave de una buena gobernanza medioambiental.

Primavera silenciosa

En Colombia, como respuesta nacional a la declaratoria de Estocolmo, en 1974 se creó el Código Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente, un referente mundial en aquella época. De ahí en adelante, Colombia firmaría y ratificaría casi todos los tratados y convenciones ambientales internacionales. En 1993, con la Ley 99, se crearía el Ministerio de Medio Ambiente (hoy día Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible) y se reorganizaría el Sistema Nacional Ambiental y en los siguientes años se volverían ley de la república tres de los convenios más importantes a nivel internacional y que afectaron la normatividad colombiana: la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación y el Convenio de Diversidad Biológica. Hoy día tenemos una plétora de políticas nacionales, proyectos, programas, planes de acción y decenas de instrumentos de gestión ambiental que no existían en 1972.
Otro logro substancial, además del fortalecimiento institucional y normativo a lo largo de estos 50 años, ha sido el aumento exponencial de áreas protegidas que se han declarado en todo el mundo, con más de 270.000 a la fecha. En Colombia, a lo largo de más de 60 años se han declarado cerca de 1.428 áreas protegidas.

Nunca antes el conocimiento y la tecnología habían abierto tantas posibilidades, pero ello conlleva la enorme responsabilidad de cuidar la Tierra que sustenta la vida. Los próximos 50 años serán cruciales para lograr ese equilibrio.


Estos alcances se acompañan de la emergencia de movimientos ambientalistas y de nuevas formas de pensar y hacer, que se han traducido en la creación de campos del saber cada vez más transdisciplinarios (economía ecológica, psicología ambiental, biomímesis, por citar algunos) y el surgimiento y posicionamiento de conceptos clave para pensar el desarrollo de otra manera (ecodesarrollo, desarrollo sostenible, sostenibilidad, buen vivir, gobernanza ambiental, entre muchos otros). Esto ha generado en el mundo entero transiciones que han promovido estrategias para la adaptación y mitigación del cambio climático, el aumento de generación de energías renovables no convencionales, el desarrollo de materiales biodegradables, la agricultura ecológica, el turismo de naturaleza y la economía circular, entre muchas otras. Una vez más, hace 50 años el desarrollo teórico y práctico de esta alícuota de conceptos y estrategias mencionadas era muy insipiente.
 

Lo malo
Aunque los logros de la Conferencia de Estocolmo son indiscutibles, medio siglo después el planeta Tierra continúa recibiendo un impacto creciente y profundamente significativo como consecuencia de las actividades humanas. Hay una acentuada falta de urgencia, son reducidas las capacidades de respuesta a nivel nacional, existe corrupción, déficit de financiación, dificultades en la transición hacia tecnologías verdes, fragmentación en la estructura institucional y carencia de trabajo conjunto, dado que los países por sí solos no pueden resolver problemas tan abrumadores.
En 1972 la población mundial era de aproximadamente 3.800 millones de personas. Ahora es de cerca de 8.000 millones. El crecimiento demográfico, por supuesto, ha sido uno de los factores que ha promovido un incremento en la presión de todos los hábitats del planeta debido al aumento en el uso de los servicios que otorgan los ecosistemas.

Una sola Tierra
Lo curioso es que durante el mismo lapso el producto interno bruto del mundo era de 3,81 billones de dólares. En 2020 había ascendido a aproximadamente 84,75 billones. Es decir, una proporción mayor que el crecimiento demográfico. Aunque algunos economistas sostienen que este aumento explica parte del bienestar socioeconómico en varios lugares del mundo, también hay que ver que durante el mismo periodo las cosas para las demás especies no han ido para nada bien y por ende, las señales de riesgo de nuestro actual modelo de desarrollo se han multiplicado en los últimos años. Biológicamente durante este tiempo hemos cambiado más bien poco (seguimos siendo la misma especie) pero socioculturalmente el cambio ha sido de 180 grados. Ni los más grandes dinosaurios en todo su apogeo consumieron y alteraron tanto al planeta.

Si no se adoptan medidas para alcanzar el objetivo de 1,5 grados centígrados, se producirían impactos catastróficos para el medio ambiente en su conjunto.


La cantidad de recursos renovables que se consumen año tras año es cada vez mayor. Desde la década de los 70 la Tierra se encuentra en déficit ecológico, lo que significa que la demanda de recursos naturales renovables –llamada también huella ecológica- es cada vez mayor con respecto a lo que se debería consumir. Según la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas, 14 de las 18 contribuciones de la naturaleza a las personas evaluadas desde la década de los 70, han disminuido. Así mismo, el Índice Planeta Vivo estima que las poblaciones de mamíferos, aves, peces, anfibios y reptiles se han reducido en un 68 por ciento desde 1970. Este indicador también tiene resolución a nivel regional y desafortunadamente desde que se ha medido, Latinoamérica ha sido la parte del mundo que mayor descenso en las poblaciones de vertebrados ha reportado (94por ciento desde 1970 al año 2016).
De manera análoga, otros indicadores que monitorean parámetros ecológicos y de biodiversidad muestran el mismo panorama que describe un verdadero genocidio de la biodiversidad (Índice de Hábitat de Especies, Índices de la Lista Roja, Índice de Integridad de la Biodiversidad). Todo lo anterior producto de distintas amenazas como la sobreexplotación, la contaminación, el aumento de especies invasoras y por supuesto, el cambio climático ¿Nos preguntamos si alguno de nuestros actuales líderes políticos sabe siquiera de la existencia de estos indicadores y análisis de tendencias que van más allá de los indicadores de crecimiento económico? ¿No es tiempo de medir el “desarrollo” de una forma más compleja y transdisciplinar?

Aunque los logros de la Conferencia de Estocolmo son indiscutibles, medio siglo después, el planeta Tierra continúa recibiendo un impacto creciente y profundamente significativo como consecuencia de las actividades humanas.


Durante estos cincuenta años, las emisiones de dióxido de carbono (el principal gas de efecto invernadero causante del actual cambio climático), pasaron de aproximadamente 330 ppm a 420ppm a la fecha. Esta es la mayor concentración de CO2 en la atmósfera de la que tenemos registro desde que se ha empezado a medir, lo que ha conllevado a un aumento igualmente significativo en la temperatura superficial media, lo que ha promovido una pérdida sin precedentes del agua congelada del mundo (criósfera) con el consecuente aumento en el nivel del mar, afectación a la biodiversidad y a la civilización humana.
El Informe Especial 15 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) subraya que, si no se adoptan medidas para alcanzar el objetivo de 1,5 grados centígrados, se producirían impactos catastróficos para el medio ambiente en su conjunto, desde la pérdida y la extinción de la biodiversidad y los ecosistemas, hasta los riesgos para la salud y los medios de vida relacionados con el clima.
Por mencionar solo algunos de estos datos de alarma en el contexto colombiano, cabe resaltar que hay más de 1.300 especies que se encuentran en estado de amenaza; 55 por ciento de los páramos están desprotegidos; 27 por ciento de sus ecosistemas se encuentran en estado crítico (principalmente sus bosques secos, humedales del Caribe y los Andes, además de los bosques del piedemonte llanero); 45 por ciento de los árboles y arbustos endémicos del país están en riesgo de extinción; ciudades como Bogotá y Cali han perdido entre el 85 y 90 por ciento de sus humedales (desde mediados del siglo pasado) y, entre otras cosas, los efectos del cambio climático ya han hecho que en solo un siglo perdiésemos más de 10 glaciares. Hoy solo quedan seis “nevados” en nuestras cumbres, con expectativas de que a mediados de siglo no quede ninguno. La lista de los aspectos negativos en este medio siglo podría continuar y son material de innumerables libros y artículos que proporcionan una visión oscura sobre el futuro.
Ecodesarrollo

Lo posible
El planeta Tierra se encuentra enfermo y, sin duda, requiere de una reacción global, sistémica, coordinada, diligente y oportuna. En el marco de la reunión convocada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en Suecia para conmemorar los 50 años de la Conferencia de Estocolmo -que tuvo lugar el pasado 2 y 3 de junio de 2022- se hace crucial cuestionarse ¿cuáles son las acciones más relevantes que deben realizarse para lograr un futuro verdaderamente sostenible en las próximas décadas?
Sin duda estamos llamados a actuar con sentido de urgencia y compromiso, considerando las generaciones actuales y futuras. La ciencia señala la necesidad apremiante de una transformación sistemática de los esquemas políticos, económicos, sociales, culturales, tecnológicos y ambientales, de tal forma que se dirijan al bienestar de los más vulnerables, a la conservación y uso sostenible de la biodiversidad, a la producción y el consumo sostenible, a la economía circular, a la educación, a la igualdad de género y la justicia ambiental, de tal forma que se vincule la recuperación de la pandemia ocasionada por el virus covid-19 con el logro de la Agenda 2030.
Algunos ejemplos posibles son también volver universal el derecho de todas las personas al medio ambiente limpio, sano y sostenible; la reivindicación de los derechos de la naturaleza y el reconocimiento de la diversidad de territorios y culturas, para proteger, corresponder y vivir en solidaridad. En el marco de Estocolmo+50 debemos realizar una pausa colectiva y retornar a la empatía, a la compasión, al humanismo destacado en la ‘Encíclica Laudato Sí’ del Papa Francisco, que nos permita lograr la sostenibilidad verdadera de nuestra casa común.
Es imperativo reconstruir las relaciones de confianza, acelerar las acciones de todo el sistema, conectar y tender puentes entre las agendas globales, regionales y locales y repensar las concepciones y medidas de progreso y bienestar para proporcionar una nueva brújula a la senda humana. Nunca antes el conocimiento y la tecnología habían abierto tantas posibilidades, pero ello conlleva la enorme responsabilidad de cuidar la Tierra que sustenta la vida. Los próximos 50 años serán cruciales para lograr ese equilibrio y Estocolmo+50 tiene la oportunidad de marcar un hito en ese camino.
La historia de la Conferencia de Estocolmo es especialmente institucional, de grandes escalas y centrada en la normativa. Sin embargo, hay varias historias personales y de colectivos de la sociedad civil que alimentan en los territorios los cambios que perduran. Son posibles las transformaciones si estamos dispuestos a desempeñar un papel activo en la puesta en escena del Antropoceno. Como dijo Barbara Ward en el Discurso para Estocolmo hace 50 años: “Los necesarios cambios de dirección solo se efectuarán si hay en el mundo suficientes personas con una nueva visión y que estén dispuestas a trabajar, a sacrificarse, a persuadir y a preservar… En otras palabras, ¡por siempre y desde ahora!”.

(*) Ángela María Forero Orozco es bióloga con maestría en ciencias biológicas y maestría en gestión ambiental. Docente universitaria.

Juan Pablo González Medina es biólogo con maestría en estudios sociales de la ciencia. Docente universitario.

Ambos son cofundadores del Movimiento Voces 2030 Colombia, un colectivo para la investigación, la reflexión y acción política ambiental

Primera Cumbre de la Tierra, celebrada en Estocolmo hace 50 años.
Primera Cumbre de la Tierra, celebrada en Estocolmo hace 50 años.