21 Septiembre 2022

Hikikomori: la nueva forma de aislamiendo que preocupa a padres y maestros

Una nueva adicción que puede llevar a la desesperación.

"Encerrados en sus habitaciones durante días, casi sin interrupción, estas personas se van inhabilitando para la vida afectiva real, para la sexualidad de piel y para la vida en comunidad".

Por: Miguel Bettin (Ph.D.)

En Colombia, al igual que en muchos otros países del mundo, son cada vez más los padres que acuden asustados a consultar a psicólogos y psiquiatras porque sus hijos permanecen por horas o por días, incluso por meses, encerrados en sus habitaciones, sin salir de ellas ni siquiera para comer, absortos en sus pantallas de celular o computador, involucrados adictivamente en juegos en línea o hundidos en series televisivas interminables y alienantes, aislados de contactos sociales y afectivos “reales” y constructivos. Este comportamiento ha sido definido en Japón –una de las naciones que más lo padecen– como hikikomori y lo sufren, sobre todo, los jóvenes.

Encerrados en sus habitaciones durante días, casi sin interrupción, estas personas se van inhabilitando para la vida afectiva real, para la sexualidad de piel y para la vida en comunidad. La adicción a las nuevas tecnologías los esclaviza y les niega el futuro, los sumerge en un dolor psicológico que se les hace insoportable y que en ocasiones los lleva a conductas autolesivas y al suicidio. Lo que empieza como un juego placentero e inocente, que alivia las tensiones, termina por convertirse en una anulación del ser.

Las nuevas tecnologías evidentemente llegaron afortunadamente para quedarse. La vida humana ha cambiado para bien con ellas. Pero, como suele suceder con las conductas surgidas de los nuevos descubrimientos científicos y tecnológicos, los comportamientos criminales, por una parte, y las conductas psicopatológicas, por otra, que empiezan a surgir a partir de ellas duran años sin ser tipificadas penalmente, en el caso de los primeros, o en ser clasificadas como trastornos mentales, en el caso de las segundas, entre otras cosas porque muchas veces la poca o mucha celeridad con que sean reconocidas o no como trastornos o enfermedades responde a los intereses económicos de las multinacionales farmacéuticas.

Las adicciones son enfermedades mentales dinámicas; es decir, las adicciones no son hoy las mismas de las primeras décadas del siglo pasado y tampoco las mismas de principios de los ochenta, y las que vendrán no serán como las de hoy. De tal forma que la adicción de una persona no es igual a la de otra, independientemente de que consuman la misma sustancia o tengan un comportamiento adictivo similar hacia algo; hacia el juego, por ejemplo.

Precisamente uno de los mitos que ha hecho que no se le trate políticamente con la suficiente seriedad es porque los gobernantes y políticos en general gobiernan o legislan no pocas veces en causa propia, o porque se ponen en riesgo otras políticas económicas en las que tienen intereses.

Las adicciones posmodernas

Las adicciones de hoy no son solo a las sustancias, a las drogas. Hoy día un importante porcentaje de las adicciones lo componen las denominadas adicciones comportamentales o adicciones sin sustancias, las cuales en muchas ocasiones terminan en una conducta tipo hikikomori. En efecto, muchas de las adicciones de hoy son adicciones a las pantallas, a los juegos y apuestas en línea, a la sexualidad virtual y la pornografía, a la comida, entre otras. Y no por ello dejan de ser igual o mucho más dolorosas y lesivas que las adicciones a sustancias, como el alcoholismo y las drogadicciones.

Las adicciones sin sustancia igualmente llevan a niños, jóvenes, adultos y viejos a la desesperación y el desasosiego, a la frustración y la culpa, y a un profundo dolor psicológico y, con ello, a la depresión y la ansiedad, a conductas autolesivas y al suicidio.

Numerosas investigaciones muestran cómo todas las adicciones se comportan cerebralmente de manera similar, sean adicciones a sustancias o adicciones comportamentales. De tal forma que el uso indiscriminado de las pantallas a tempranas edades –que ha llevado incluso a que se sustituya el biberón por el celular– está haciendo que muchos niños sean adictos desde sus primeros años a estimular la producción de dopamina en sus cerebros (neurotransmisor asociado al placer) para “calmarse”, para “distraerse”, lo que antes se hacía leyéndole o contándole una canción de cuna.

Para los próximos años tendremos un aumento exponencial de las adicciones a las pantallas, a las nuevas tecnologías, a las apuestas en línea, y, por ende, mayor cantidad de adictos a sustancias. Varias investigaciones demuestran la proclividad de quienes han sido desde niños adictos de las pantallas en el desarrollo posterior de adicciones a drogas.

No obstante, la mirada de los gobiernos a este tipo de adicciones es la misma que tuvieron a principios de los años sesenta con las adicciones con drogas, desdeñosa y pueril, lo que hizo que millones de seres humanos se perdieran en lo que para el momento eran conductas in-nomen, dado el desconocimiento de su carácter de enfermedad.

Un adicto al juego en línea, a las pantallas, a internet es también una persona enferma, con alto riesgo de seguirse haciendo daño, incluso físico, hasta quitarse la vida. Pero no atendamos –o dejemos de atender– este u otro fenómeno social o individual porque el parámetro “vida” aparezca comprometido. Dejemos de valorar las adicciones solo porque pongan o no en riesgo la vida. Ese es un criterio de evaluación pobre, arcaico y propio de sociedades poco sensibles, poco humanas y humanizantes. Es como seguir valorando como actos importantes de violencia solo a aquellos que generan homicidios y como poco importantes a aquellos que producen lesiones psicológicas o morales. ¡Qué estolidez, que anacronismo! El solo dolor psicológico que generan las adicciones en el adicto y en la familia es motivo suficiente para construir grandes y contundentes políticas públicas que las eviten, sobre todo porque las víctimas siempre se inician en ellas siendo niños o adolescentes. Las políticas públicas consisten en buscar el bienestar social e individual.

El riesgo de las apuestas en línea

En los últimos años se ha vuelto desesperante la invitación a apostar dinero que nos hacen por televisión, radio y cualquier otro medio de comunicación. Estas nuevas y poderosas empresas de apuestas en línea, con la consabida e inentendible vocecita al final del mensaje publicitario “advirtiendo” que apostar puede llevar a la ludopatía, obviamente no pretenden que tenga ese efecto. El negocio está en lo opuesto.

Estas nuevas macroempresas de apuestas, ahora en línea, en un país en el que su gente históricamente se ha caracterizado por su cultura supersticiosa y dispuesta siempre a querer enriquecerse a través de un golpe de suerte, hacen en estos tiempos su agosto, así como lo han hecho las loterías, el chance, las pirámides y otras actividades que ilusionan a los incautos con hacerse ricos mágicamente.

Es triste ver a centenares de viejos, tarde tras tarde, dejar el dinero de sus pensiones en las casas de apuestas, en los casinos y ahora, después de pandemia, en las casas de apuestas en línea.

No demorará en producirse un escándalo seguramente relacionado con deportistas, con los árbitros que los juzgan en sus deportes, con los apostadores, con los dirigentes deportivos, con los canales de televisión patrocinados por las casas apostadoras. Está cerca. Por ahora, todos felices con el dinero de los apostadores adictos o que se inician en las apuestas, que corre a chorros. Mientras tanto, más y más jóvenes, adultos y viejos serán presa de una conducta hikikomori.