12 Mayo 2022

Lo que está en juego con la compra de Twitter por Elon Musk

El carácter universal, abierto, descentralizado, sin jerarquías y sin censura de internet y de sus redes sociales (YouTube, Twitter, Facebook, Instagram, Whatsapp, entre otras) ha permitido la explosión de una revolución en la producción y la difusión de la información.

Por: Eduardo Sánchez

Por: Eduardo Sánchez.

 

Hoy, cualquier propietario de un smartphone tiene la posibilidad de difundir, a costo mínimo y en tiempo real, una información en formatos múltiples (texto, sonido, imagen…) a millones de receptores virtuales. El nacimiento de esta revolución puede situarse en 2006, con la ocurrencia de varios eventos: la compra de YouTube por Google, la popularización de Facebook, la creación de Twitter y la famosa distinción de ´Personaje del Año' de la revista Time, otorgada a los creadores de contenidos web.

Portada revista Time 'Person of the Year 2006'.
Portada revista Time 'Person of the year 2006'.


Esta simplificación del acceso a la información fue aprovechada por todo tipo de movimientos sociales (la primavera árabe, #MeToo, etcétera), convirtiendo internet en herramienta de la democratización del mundo. Infortunadamente, esta visión utópica se convirtió rápidamente en distopía, con, por ejemplo, la popularización de la desinformación (fake news) durante el gobierno de Donald Trump, la intervención de gobiernos externos en elecciones, la utilización de bodegas por todos los partidos políticos en Colombia y, de manera más general, la utilización del anonimato garantizado por internet para convertir todo diálogo en diluvios de odio e insultos. Todo esto bajo la mirada complaciente de Facebook, Twitter y sus afines, cuyos beneficios aumentan con los clics y los likes que genera una publicación, sin importar su veracidad o cualquier otra consideración moral. En efecto, los servicios “gratuitos” que nos ofrecen estas aplicaciones se amortizan mediante la publicidad, orientada y personalizada, gracias a la explotación de los datos personales facilitados, voluntariamente o no, por los usuarios. Después de elaborar nuestro perfil de gustos, las aplicaciones nos ofrecen bienes y servicios relevantes, encerrándonos en un gueto en el que todo lo que no nos gusta está ausente. Y el creciente y sofisticado uso de algoritmos de aprendizaje automático (machine learning) ha dado un peligroso salto adelante: el objetivo ya no es predecir nuestro comportamiento, sino producirlo realmente, por ejemplo induciéndonos suavemente a votar por un candidato político.

Es en este escenario que aparece el anuncio de compra de Twitter por Elon Musk, dispuesto a pagar 44.000 millones de dólares (¡44.000.000.000 de dólares!) por el que es hoy el medio de información privilegiado por los principales dirigentes políticos y económicos del mundo (con más de 200 millones de usuarios en total). Controlar Twitter es equivalente a controlar la infraestructura del mayor difusor de información en línea, decidir de censuras posibles o de priorizaciones de unas informaciones sobre otras, gracias a la utilización de algoritmos opacos. Aunque este viernes, 13 de mayo, anunció que la compra queda suspendida hasta que Twitter no aclare cuántas cuentas son reales, ha manifestado que sus planes siguen en pie. 

Musk ha afirmado que su único objetivo con esta compra es la defensa de “la libertad de expresión”. Infortunadamente, es difícil creer en esta profesión de fe democrática por, en todo caso, dos razones:

•  El comportamiento pasado de Musk: en 2018, por ejemplo, furioso contra los medios que denunciaron los accidentes de sus carros Tesla en manejo automático, anunció la creación de un sitio web llamado Pravda (verdad en ruso y nombre de un famoso periódico soviético), “donde el público pueda calificar la verdad fundamental de cada artículo y seguir la nota de credibilidad de cada periodista, editor y publicación” (artículo del New York Times, artículo del Washington Post);
•  La ideología libertariana profesada por Musk y muy popular entre los magnates de la Silicon Valley. Es este segundo aspecto, menos conocido, que trataremos de ilustrar en este artículo.


Internet nació en 1969, en una California donde el espíritu peace and love de los hippies reinaba en miles de comunas que reivindicaban los ideales libertarios de autonomía, libertad de expresión, tolerancia y desconfianza en un Estado acusado de todos los males. Las principales características de internet, ya citadas, son un reflejo de este espíritu. Estas ideas calaron lógicamente entre los hackers que estaban detrás de las primeras start-ups de Silicon Valley, creadoras de productos que buscaban mejorar la humanidad gracias a unos pocos clics de ratón. Así, el primer eslogan de Google fue Don't be evil, que podría traducirse como No seas malo.

El fracaso de las comunas se acompañó de un cambio ideológico, de libertario a libertariano: la desconfianza y, de manera más general, la negación de la utilidad del Estado continuaban pero dándole una preponderancia total al individuo sobre la sociedad. Y la informática individual era vista como una herramienta para facilitar la obtención del objetivo buscado de independencia del individuo.

Estas ideas fueron claramente presentadas por John Perry Barlow el 9 de febrero de 1996, en el Foro Económico Mundial de Davos, delante de jefes de Estado y de empresa. Después de citar una frase de Thomas Jefferson, uno de los padres de la independencia estadounidense (“Únicamente el error tiene necesidad de un apoyo gubernamental. La verdad puede desenvolverse sola”), Barrow se lanzó en un gran manifiesto de independencia de internet sobre el Estado: “Gobiernos del mundo industrial, gigantes cansados de carne y acero, vengo del ciberespacio, el nuevo hogar del espíritu. En nombre del futuro, les pido a ustedes, gente del pasado, que nos dejen en paz. Ustedes no son los bienvenidos entre nosotros. Ustedes no tienen soberanía allí donde nos reunimos... Ustedes no tienen derecho moral de dictarnos su ley y no tienen forma de obligarnos a la que podamos temer... El ciberespacio no está ubicado dentro de sus fronteras... Estamos creando un mundo donde todos puedan ingresar sin privilegios y sin ser perjudicados por prejuicios derivados de la raza, el poder económico, la fuerza militar o el nacimiento... Sus conceptos legales de propiedad, expresión, identidad, movimiento, contexto, no se aplican a nosotros. Se basan en la materia, y aquí no hay materia...”. La importancia de este manifiesto (que puede verse completamente aquí) viene no solamente del auditorio sino del orador: Barlow es miembro desde 2013 del Internet Hall of Fame, autor de letras de varias canciones de Grateful Dead, el mítico grupo de rock psicodélico californiano y, sobre todo, cofundador de la Electronic Frontier Foundation, una de las principales organizaciones de defensa de la libre expresión en internet.

Respetando esta ideología libertariana, Elon Musk ha anunciado que bajo su dirección Twitter reducirá al mínimo legal (bastante bajo, por no decir inexistente, en Estados Unidos) toda política de moderación de los contenidos y restaurará las cuentas que fueron prohibidas con los excesos de la era Trump. Como lo dice Shoshana Zuboff, autora de La era del capitalismo de vigilancia, “Elon Musk quiere hacer parte de los dioses que rigen la información y controlan las cuestiones esenciales del conocimiento, de la autoridad y del poder … Pero nunca los hemos elegido. Necesitamos leyes, no hombres”.

Los anuncios de Musk han recibido una acogida entusiasta por toda la extrema derecha estadounidense y le ha permitido asociarse a otros financieros tecnológicos en la compra (a pesar de ser el hombre más rico del mundo, Musk es incapaz de pagar la totalidad de la suma acordada con fondos propios, sin vender varios de sus activos. Las colaboraciones anunciadas hasta ahora son: Larry Ellison, cofundador de Oracle y mentor de Musk, 1.000 millones de dólares; Sequoia Capital, 800 millones; Draper Fisher Jurvetson, 100 millones; Andreessen Horowitz, 400 millones; Vy Capital, 700 millones; Fidelity, 316,139,386; Binance, 500 millones; príncipe Al-Waleed bin Talal de Arabia Saudita, 35 millones; Qatar, 375 millones de dólares). Además de sus intereses políticos, estos inversionistas querrán recuperar la inversión, lo cual nos deja ver la otra orientación futura de Twitter: una vitrina de marcas comerciales, como lo ha sido para Tesla y los otros negocios de Musk.

De la visión altruista inicial, las grandes empresas tecnológicas conocidas por el acrónimo GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) han pasado a transformar el mundo según sus propios intereses comerciales, añadiendo a su poder económico inmensas capacidades de transformación social, política y cultural. Si no reaccionamos rápida y enérgicamente contra los excesos provocados por semejante concentración de poder en una sola mano, corremos el riesgo de convertirnos en sus juguetes maleables, en cautivos voluntarios, sufriendo el síndrome de Estocolmo, agradeciendo a nuestros captores nuestro cautiverio. Entonces podría ser legítimo añadir la I de IBM, como propone la profesora Amy Webb, para rebautizar a los señores de GAFAM, a los que todos estaremos sometidos, con un nuevo acrónimo: G-MAFIA.


Nota: Para los que quieran aprender más acerca de la ideología reinante en la Silicon Valley y, al tiempo, reírse un poco, se les aconseja que vean de la serie Silicon Valley, creada por Mike Judge, creador igualmente de Beavis y Butt-Head, excelente caricatura del medio de las start-ups tecnológicas.