Fragmento de 'Acequia', la premiada novela que rinde tributo a Cuernavaca

Amaury Colmenares.

Crédito: Steff Alton.

23 Diciembre 2024 10:12 am

Fragmento de 'Acequia', la premiada novela que rinde tributo a Cuernavaca

Amaury Colmenares ganó con ‘Acequia’ el primer Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas. Esta novela la publicó en Colombia el sello independiente Laguna Libros. CAMBIO reproduce un fragmento de la obra.

Por: Redacción Cambio

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La novela Acequia, del escritor mexicano Amaury Colmenares, ganó el primer Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas, resultado de la unión de la Feria Internacional de Libro de Nueva York en español, ocho editoriales de América Latina, una de España y otra de Estados Unidos.

Como explica Felipe González, director de Laguna Libros, editorial que publicó el libro en Colombia, “el premio nació por el interés de lograr que la literatura latinoamericana circule. Es una suma de esfuerzos que permite diversidad étnica y cultural en un territorio tan amplio”.

Amaury Colmenares nació en Ciudad de México en 1986, vive en Cuernavaca, y su obra explora la relación entre la magia, el humor, la ciudad y la literatura. Su novela Grimorio ganó el XIV Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano 2019 y en 2023 la publicó la Universidad Autónoma Metropolitana. En 2021 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Con el colectivo artístico Ruina Tropical ha organizado eventos culturales en la región de Cuernavaca como bailes multitudinarios de sonidero, exposiciones efímeras en edificios abandonados y proyecciones de cine en balnearios. La novela resultó ganadora entre 2.867 manuscritos. La nueva convocatoria se hará en 2025 y el ganador se conocerá en 2026. CAMBIO reproduce un fragmento de la primera parte de capítulo de esta obra.


Acequia


Amaury Colmenares


Pareciera que Cuernavaca fue diseñada con trampantojos: ninguna calle es recta, están todas llenas de caprichosas curvas, aunque sean muy discretas, muchas son tan empinadas que de lejos parecen paredes o abruptas caídas al vacío, y esto da la sensación de que las distancias son muy cortas; es habitual que la gente se pierda creyendo que las calles paralelas se conectan mediante las perpendiculares y que al tratar de regresar a una avenida principal mediante una callejuela lleguen más bien a otra colonia. Y es que la ciudad, asentada en el lomerío de las faldas de la sierra del Chichinautzin, está surcada por 150 barrancas y cañadas y ha crecido sorteando el vacío.
La gente no tiene por qué tomar a bien una broma. No están obligados. Es cruel decir la verdad (una verdad no pedida) disfrazada de oveja. Los chistes son lobos disfrazados de ovejas, la carcajada el resultado de la revelación de los colmillos. Sonreír es mostrar el cráneo. La intención no es lo que cuenta. Nunca.

Es una mujer inteligente, aunque no tenga un gran bagaje cultural. Es de esas personas que caminan con un mismo gesto invariable, como si las plantas se pudieran desplazar sin renunciar al variado silencio de sus flores.

Hay personas flores, hay personas fruto. Ella es más bien una hoja. Una hoja que cae. El silencio de la hoja cuando toca el suelo. Se llama Julieta Lucía Pensamiento Borges y odia ese bobo juego de palabras de su nombre (Lucía Pensamiento). Su padre era viverista. Su madre provenía de una familia de jardineros. A ella le gustaba correr entre las ramas, sobre todo en las tardes. Le gustaba ver cómo se mojaban y goteaban los árboles bebé, como llamaba a los retoños. Aunque en su familia conocieron periodos de prosperidad, siempre sufrieron quebrantos económicos. Su madre murió cuando Lucía era chica y su padre pasó largos años enfermo, postrado en cama hasta el final de su vida, intoxicado por los químicos con los que procuró el bienestar de las plantas.

Virgen del Naufragio, Nuestra Señora de Altamar, Fragmentaria Milagrosa, Náutica Prodigiosa… la patrona del puerto de la Bahía de Luminaria ha sido nombrada de muchas maneras a lo largo de su historia pues su misterio es perpetuo y sigue en curso.

Es la hora de su descanso matutino y el Lic. Aguas decide ir al supermercado de junto para buscar algo de comer. Se levanta de la silla y se aleja de su cubículo. Suena el celular y al ver que la llamada es de su amigo Lópex Moctezuma baja a toda velocidad las escaleras, perdiendo por completo la compostura, y corre por el lobby hasta salir del Despacho Jurídico Ahorcado & Paniagua.

No quiere contestar adentro porque la conversación suele ser “inapropiada y poco profesional” (como le señalaron ya alguna vez sus jefes, cuando oyeron las barbaridades que decía a gritos), pero tampoco quiere colgar o hacer esperar más a su amigo. Fueron inseparables en la universidad y desde entonces mantienen una estrecha amistad; aunque viven en la misma ciudad y hablan por teléfono todos los días y a todas horas, la última vez que se vieron en persona fue hace tres años. Como si creyeran que es mejor así, porque su apariencia no podría ser más contrastante: uno flaco y fachoso, con sus brazos musculosos y sus tatuajes de flores; el otro, barrigón, enfundado en un elegante traje azul, el rostro acaparado por sus lentes de armazón de carey (verdadero, cruel y políticamente incorrecto carey) como un marco exagerado para hacer protagónico su ligero estrabismo. Pero es como si la conversación anulara la distancia y el tiempo sin verse, pues comparten gestos, se ríen de las mismas cosas y cuando hablan se ven jóvenes, demasiado jóvenes, como niñitos a los que les cuelgan las mangas del uniforme del kínder, encorvados bajo una mochila demasiado pesada, como adolescentes tratando de mantener la compostura en una oficina. Toma la llamada en la puerta del edificio y sigue caminando apresuradamente hacia el supermercado. Saluda a su amigo:

—¡Ese mi Lópex!

—¡Mi Lic. Aguas! —le responde (le dicen así, Lic. Aguas, porque su nombre es Maximiliano Atzin Briones y una mañana, cuando el aula universitaria estaba sumida en el silencio marcial del pase de lista, a la maestra de Pluralismo Jurídico se le ocurrió explicar que ese era un apellido muy bonito porque en náhuatl atzin significa “agua pequeña, agüita”; a partir de entonces sus compañeros y futuros colegas comenzaron a conocerlo como El Aguas. Ya se veía desde ahí la simpatía y respeto que le tenían, porque nunca le dijeron El Agüita y luego, cuando todos se graduaron, le respetaron el grado académico en el apodo).

—École.

—Quiubo, amigo, estás todo guapo… cada vez más guapo —evidentemente se trata de un halago sin fundamento, pues no lo ha visto en varios años ni tan siquiera en fotografías, y Lópex no usa redes sociales.

—No sé por qué será… —responde el Lic. Aguas sincera e injustificadamente chiveado.

—Todo hermoso…

—… porque siempre he sido feo.

—Yo en la secundaria era horrible.

—No, amigo, eso no puede ser, eras alto y fornido…

—¡Tenía granos y olía mal! Siempre he tenido la cara muy grande y en ese entonces la tenía gigante y con peinado de los hermanos Hanson. Ni un pedo me tiraba.

—Sí estás cabrón, pero yo era peor. Barrigoncito, medio bizco, todo blanco con ojeras, tenía un bigotito pitero que me dejé crecer quién sabe por qué y peinado lacio de lado. Fatal. Luego me dio por recortarme el bigotito a la mitad horizontal, como si hubiera tomado chocomilk, como chicano. Una pesadilla.

—No mames, me hubiera gustado conocerte en la secundaria.

—¡Wey, no mames, hay unos perros pegados! —informa Lópex.

—Qué horrible…

—¡Le están ladrando y lanzando la mordida a una señora, así pegados y todo!

En ese momento pasa una chica por el estacionamiento del supermercado. El Lic. Aguas se le queda viendo y ella le devuelve la mirada abiertamente. Trae el pelo suelto, chino, muy negro y largo. Le sonríe levemente mientras habla, se siente confiado en que hoy se ve bien, decidió dejar el saco y trae una buena camisa arremangada más arriba de los codos, unos pantalones con buen corte, ajustados, apropiados para el despacho, y no se peinó con gel sino con una cera norteamericana que al parecer es fabricada desde que los vaqueros ganaban el Oeste. Además, va hablando por teléfono a gritos, algo que él, como es abogado, considera que en esta época dejada de la mano del buen gusto es el equivalente de fumar.

—La otra vez me dijo un europeo que los humanos también se pueden quedar pegados —comenta Lópex.

—No mames, no, imposible —responde el Lic. Aguas, conteniendo sus palabras porque la china camina casualmente junto a él por el pasillo de las verduras.

—Yo digo que sí se puede. No como los perros, pero seguro que hay circunstancias especiales…
Lópex expone entonces una serie de argumentos anatómicos que podrían sonar bastante convincentes, pero el Lic. Aguas no se deja engañar, sabe que Lópex está deformando la realidad a su conveniencia. Sin embargo, no le repone nada porque la chica de la melena sigue muy cerca de él, acompasando el paso para mantenerse a su altura por el pasillo de los vinos y licores, y no quiere romper el encanto hablando de órganos sexuales hinchados, atascados en una sopa de placer y desesperación. Mejor cambia de tema.

—¿Qué estás haciendo?

—Voy por hielos.

—¿Y eso?

—Estoy a medio tour pero a una alemana ya le está dando un golpe de calor, voy aquí con los de los raspados a que me den escarcha para ponerle una toalla fría…

—Vas por hielitos para refrescar a tus gringuitos porque no aguantan un paseíto por el centro del tercer mundo —le dice engolosinando la voz con exagerada ternura como si hablara de infantes—. No manches, diles que el calor es normal en el infierno, eso es lo de menos…

—¿Y tú, estás en el despacho? —lo ataja Lópex.

—Nel. Salí al súper.

—¡Ah! Por eso andas tan mesurado con tu lenguaje…

—Estoy en un lugar fino. No puedo decir mamarracheces… De hecho, está en la zona más exclusiva de la ciudad, Río Mayo. Cuernavaca es en ese sentido contradictoria, pues es la capital del séptimo estado más pobre del país, pero tiene la canasta básica más cara a nivel nacional. Existen muchos negocios de mucho lujo, pero uno de los lugares más caros es un supermercado, ubicado en una zona habitada por judíos millonarios. Abundan por ahí las amas de casa adineradas y las profesionistas que laboran en las oficinas cercanas quienes, como el Lic. Aguas, se esmeran desmedidamente
en su apariencia para no desentonar con los ricos.

—Qué envidia que trabajes junto a un súper, puedes comprar comida cuando quieras.

—Ese es exactamente el problema. Estoy muy gordo ya. De hecho, ahora mismo estoy en un predicamento: voy a comprar pan, pero tengo en una mano un libro y en la otra el celular. No puedo sostener la charola y usar las pinzas. No quiero, pero te tengo que colgar.

—Está bien, yo tengo que apurarme, no quiero que se desmaye ninguna gringa.

—Adiós.

acequia

Cuelga y se queda sonriendo porque siempre que habla con su amigo siente una felicidad absoluta. Pero en seguida se le olvida y la sonrisa desaparece. Él cree que esas llamadas son intrascendentes, pero de hecho son los pocos momentos en los que sonríe de manera franca y espontánea, no como cuando tiene que agradarles a los clientes o cuando busca ser coqueto con las mujeres. Se sienta en una de las mesitas de la cafetería del supermercado, pide un americano y se dispone a leer durante los 40 minutos que le quedan de libertad.
La primera literatura, el primer uso impráctico de la palabra, fue el humor. Explicarles a los demás dónde golpear a un mamut para derribarlo estaba muy bien. Pero cuando uno logró narrar cómo su compañero de cacería se había enredado entre los pelos del mastodonte para terminar a un kilómetro del coto de caza, todo cubierto de caca mastodóntica, bueno, eso les dio el equivalente místico del fuego: la risa.

Hubo un tiempo en el que junto a las calles de esta ciudad corrían acequias que regalaban agua a los jardines de las huertas domésticas. El rumor de las hojas secas movidas por el viento se combinaba con el del líquido discurriendo y con el de las carretas avanzando por el empedrado de los caminos.

Lau Mundo y Lis Seda, escritoras fantasma, mitad vampiras, mitad cholas y ciento por ciento robóticas cuando bailaban. Muy Tijuana las dos. Aprovechaban la frontera para hacer sus fechorías informáticas.

Usaban robots que inventaban polémicas en los perfiles de figuras públicas o empresas para analizar los comentarios de los usuarios y mediante phishing basado en crear perfiles falsos irresistibles en redes sociales lograban tener acceso a las conversaciones privadas de la gente; procesaban toda esa data con un algoritmo para obtener un decantado de deseos y anhelos (es decir, dinero en bruto), que usaban como materia prima para redactar encabezados destinados al clickbait. Ellas se consideraban poetisas pues afirmaban que cada falso encabezado era un aforismo porque atraía con estridencia la voluntad de la gente, por lo que además cada uno de estos versos era una moneda.

Altaflores, el famoso comediante, lleva años oculto de la prensa. Impasible, recorrió una buena parte del planeta buscando algún lugar que lo aliviara de sus amarguras, hasta que se hartó de los aeropuertos y decidió refugiarse en la ciudad de la eterna primavera. Sentado entre las abundantes flores de su jardín, con el denso humor negro aligerado hasta ser casi tolerable gracias al húmedo y perfumado calor, anota, todos los días desde hace dos años, sus impresiones sobre el sentido del humor. Es, más que un acto reflexivo, una purga: en su senectud, las risas han terminado por parecerle arcadas y desea eliminar de su sistema toda la gracia
que pudiera seguir albergando.

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