Charlas con un varón
13 Octubre 2023

Charlas con un varón

Fabián Hernández.

La película 'Un varón', coproducción de Medio de Contención Producciones y RTVCPlay, fue seleccionada para representar a Colombia en los premios Oscar del 2024. Su director Fabián Hernández cuenta, desde La L (antiguo Bronx), lo que el centro de Bogotá significa para su vida y obra.

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Por Lorena Machado Fiorillo
Sobre un poste de luz, en letras y números rojos, se lee: Calle 10 #15 - 20. Alrededor hay carros destartalados, escombros, almacenes de repuestos, de colchones de espuma, de cobijas de tigre. Una hilera de separadores de metal indica que, por el momento, algunos pueden entrar y otros no. Están en obra.
El espacio varias veces llamado "la olla más grande de Bogotá", por expendio y consumo descontrolado de drogas, trata de personas, prostitución forzada, secuestro, entre otros delitos, se conoce como La L (la ele). Fabián Hernández le sigue diciendo La 15, aunque hoy sea parte de una apuesta cultural de ciudad para el intercambio de saberes al que le dieron el nombre de Bronx Distrito Creativo. Él ha estado aquí muchas veces, lo visita desde su adolescencia. Ahora tiene 38 años.
En el único edificio que queda en pie —La Esquina Redonda, aclara un funcionario— Fabián Hernández grabó escenas de lo que es ser joven en estas calles en su primera película Un varón, estrenada el año pasado en la Quincena de Realizadores del Festival de Cine de Cannes, con un recorrido exitoso por el circuito de festivales y seleccionada por la Academia Colombiana de Cine para representar a Colombia en los premios Oscar de 2024. En enero se sabrá si entra en la lista de las 15 preseleccionadas en la categoría de Mejor Película Internacional.
Del paisaje que los acompañó en las grabaciones de esa historia, en abril de 2021, cuando Fabián se estrenaba como director de un largometraje, “no queda casi nada, tumbaron casi todo”, dice el protagonista Felipe Ramírez que, como Fabián y su personaje Carlos, fue criado por las calles. “Esto ya es un lugar del norte, afuera toca hablar con los de las bandas, ir recomendado”, añade.

F y F
Fabián Hernández y Felipe Ramírez en el edificio La Esquina redonda.


Siete años fueron necesarios para crear a Carlos, un joven que vive en una casa de albergue y quiere compartir la Navidad con su mamá, prisionera en una cárcel, y su hermana que se prostituye. Carlos, el chico de barrio que se alimentó de sus vidas, de su verdad. “Yo al menos tenía un lugar donde dormir…y mamá”, dice Fabián.
Hijo de Lucía, Los Mártires y Santa Fe, Fabián se mueve con la misma ambigüedad de una leona Mmamoriri: tiene el rugido de un macho para garantizar su supervivencia. “Yo salgo a la calle y sigo comportándome en los códigos. Creo que uno debería liberarse de todo eso, no es tan evidente ni es tan fácil. Trato de ser más consciente de ello, aunque sigo beneficiándome de muchos privilegios sociales. Trato de generar espacios para hacernos preguntas alrededor de eso, como la película o charlas con los muchachos. Me parece importante incomodar entre los hombres”.
Porque para él, como se evidencia en Un varón, la interpretación de lo masculino y lo femenino es una construcción social y una ficción política para jugar un papel dentro de su entorno. El suyo: el centro de Bogotá. “Yo jugaba a esa ficción, a lo que era un chico de barrio: unos anchos, un buen chompo, un look de pelo que se llamaba «la mesa», me dejaba unos mechones y los tinturaba con agua oxigenada. El Fabián de esa época era un pandillerito, un ñerito, un raperito, un ladroncito, que a mí me encantaba actuar. Encarnaba esa figura con mucha alegría. Todos estamos todo el tiempo jugando ese juego. Me encontré con otras performatividades masculinas que eran muy amenazantes y hegemónicas. Era la del macho, la del machote. Yo no podía mostrarme frágil ante esos machotes porque me tragaban vivo”.
En su Bogotá “con carácter, con actitud, muy punkera”, creció escuchando La Etnnia, Gotas de Rap y Melissa Contento en el barrio San Bernardo —“el Sanber”—, ubicado frente al Parque Tercer Milenio, donde todavía viven su mamá y su papá. Allí también, en su intimidad, a escondidas en su habitación, sentía texturas, jugaba con maquillaje, exploraba.
De puertas para fuera tocaba ser ese personaje, pero existía una ambigüedad que desafortunadamente las clases populares se niegan o se condenan a no explorar. En las películas de marginalidad, sobre todo en Colombia, no se ve, no hay ese espacio y es muy raro. ¿Y el deseo? ¿Y la sexualidad? ¿Y la empatía?”.
Fabián salta los separadores para ir por un tinto y no pasan cinco minutos cuando regresa. Es serio ante la cámara, frunce el ceño, esquiva la mirada, se cruza de brazos. Si la cámara no está, es lo contrario. Le gusta hablar sin afán, sin sentir imposición en la velocidad de las palabras. Lo hace sentado, de espaldas al sol para que el resplandor no le moleste los ojos.
En esta calle —cuenta él— viví una suerte de experiencias, una en particular a los 15 años, que me cambió muchas perspectivas de la vida. Me gustaba mucho venir acá, parchar acá, salir a hacer vueltas, pasar mucho tiempo, sentir vértigo, pero me encontré con maldad, oscuridad, cosas para no estar orgulloso. Marcas que quedan en el cuerpo, en la vida”.
Un 24 de diciembre, en esta calle en reconstrucción, Fabián sufrió una tortura de la que salió vivo, como Carlos. “Sin ese punto de quiebre, yo no estaría acá. Este lugar me marcó, afectó toda mi vida, mi futuro, mi pasado”. Las artes populares —el rap, graffiti, el breakdance—fueron su alternativa. “La cultura me presentó otro estilo de vida. La excitación que yo sentía al robar me sentía también al bailar, me desintoxicó el cuerpo”, confiesa.

Hernández
Fabián Hernández.


No pudo estudiar danza entonces, producto del azar, llegó el cine. Pasó de ser técnico y asistente de dirección, a contar Un varón con una honestidad que no romantiza la marginalidad ni victimiza o condena a su protagonista. Lo que prima es la vida, el libre albedrío, el silencio.
Fabián tuvo que volver a estas calles para encontrar actores para La sociedad del semáforo, de Rubén Mendoza. “Él me enseñó a hacer cine, no solo a verlo”, dice. Y en esa búsqueda se reencontró con La L. “En esa época, estaba activa. Me daba miedo acercarme por lo que me pasó acá y revivir esa especie de traumatismo. Entendí que no tenía que tener vergüenza de eso y empecé a reconciliarme, a exorcizar muchas cosas de mi pasado. En Un varón dije: voy a filmar las calles por las que anduve, voy a tratar temas que yo viví y a hablar de cosas que creo que debo decir porque son honestas y viscerales”.
El Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC) les abrió la ruta para buscar más financiación. "La implicación del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, a través de Proimágenes Colombia y el Sistema de Medios Públicos con RTVCPlay, es fundamental para que nuestro cine de autor se fortalezca, se desarrolle y siga adelante. El caso de 'Un Varón' es un modelo a seguir porque logramos relacionar las posibilidades de financiación desde el país con producciones internacionales y contamos una historia que viene de las entrañas del director”, dice el productor Manuel Ruiz Montealegre sobre una película que logró estar siete semanas consecutivas en cartelera.
Este edificio que aún sigue en pie, en la calle 10 #15 - 20, es el recuerdo de un Fabián que hizo de la creación su propia catarsis. Un varón fue él, fue Carlos, fue Felipe, pero ya no.

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