Eduardo Carvajal, el fotógrafo que creó la imagen mítica de Andrés Caicedo
18 Noviembre 2023

Eduardo Carvajal, el fotógrafo que creó la imagen mítica de Andrés Caicedo

Forografías de Andrés Caicedo que tomó Eduardo Carvajal.

Crédito: Eduardo Carvajal

Sandro Romero Rey, quien el pasado miércoles ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar por la entrevista ‘Hacerse preguntas. Una conversación pendiente con Margarita Rosa de Francisco’ que escribió para CAMBIO, leyó estas palabras que tituló ‘El ojo de la Rata’ durante el lanzamiento del libro 'El mundo de Andrés Caicedo' el pasado 3 de noviembre en el Centro Cultural Lugar a dudas de Cali.

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Por Sandro Romero Rey
Hay una antigua advertencia que ronda a los investigadores: nunca te confíes de las fechas, porque las fechas terminarán traicionándote. Así ha sucedido con todos los que nos hemos dedicado, por curiosidad o por destino, a seguir los pasos de la aventura vital de Andrés Caicedo. Una advertencia de vértigo. Porque si con un autor que apenas estaría cumpliendo sus setenta y dos otoños se suscitan tantas dudas, no quiero ni imaginarme lo que consideramos una certeza en relación, qué se yo, a la vida de Salinger, a los estrenos de las obras de Shakespeare, a las representaciones de la tragedia antigua. Pero no nos vayamos tan lejos. Hoy, vamos a celebrar un triunfo de la memoria y vamos a aplaudir a un amigo obstinado, sensible y travieso. Conocí sin conocerlo a Eduardo Carvajal en los años setenta. Lo veía en sus motocicletas de Ángel del Infierno enloqueciendo adolescentes y lo envidiaba en silencio en las puertas del Teatro San Fernando, cuando el Cine Club de Cali vivió su edad de oro. La vida y el cine nos juntó en 1980, cuando Fernando Vélez y Carlos Mayolo filmaron un cortometraje que se llamó Cuentas claras, chocolate espeso, el cual se rodó en su totalidad en la Carretera al Mar, pero nunca se editó y sus rushes nunca tuvieron un Luis Ospina amable que se encargara de guardarlos. Después, estrechamos lazos de complicidad en la filmación de Pura sangre y ya nunca volvimos a separarnos, a pesar de que vivamos en ciudades distintas y nuestros jardines hayan tomado senderos que se bifurcan.

En la medida en que pasan los años, los libros de Caicedo se mezclan con la figura de Caicedo y con el personaje imaginario en el que se ha convertido.


Con Eduardo (todos lo conocen como “La Rata”, pero a mí me cuesta llamarlo así, por mi fobia irracional hacia los roedores) hemos vividos las duras y las maduras, en especial en la década del ochenta. Y, como al viejo sabio de la tribu, nunca he dejado de hacerle preguntas. Hoy mismo lo desperté a la madrugada para aclarar algún dato de estas líneas y me contestó con el afán nervioso que guarda para sus fechas memorables. He tratado de seguir la ruta de sus imágenes de Andrés Caicedo y voy a tratar de sintetizarlas, antes de que estallen los fuegos artificiales y cada cual tome su rumbo. Escribo de memoria y es muy probable que no sea preciso en los datos, pero dejo esta información para curiosos y estudiosos, para que me corrijan o me ajusten, según lo ameriten las circunstancias. Creo que conocí las fotos de Caicedo según Carvajal cuando Hernando Guerrero fue director del Semanario Cultural del Diario El Pueblo. Terminaba la década del setenta y yo comenzaba a dar mis primeros pasos en el periodismo cultural. En aquella época, casi nadie se preocupaba por los derechos de autor (“en un país sin derechos humanos, qué va a haber derechos de autor” era una de las frases maestras de Luis Ospina) y Guerrero publicó algunas cartas de Andrés, acompañadas de fotos de don Eduardo en el suplemento que coordinaba. Quiero decir: el mito de Caicedo no solo lo conforman los nueve tomos de sus obras completas que estamos terminando de publicar con el sello Seix Barral, sino también su hermosa juventud inmortalizada, casi que de manera exclusiva, por la lente certera de Eduardo Carvajal.

Ambos
Sandro Romero (izquiera) y Eduardo Carvajal durante la presentación del libro 'Los ojos de Andrés Caicedo'.

El libro Un mundo de Andrés Caicedo era un sueño que su responsable llevaba a cuestas durante décadas. A lo largo del nuevo milenio, cada vez que hablaba con Eduardo, me contaba de la digitalización de todo su archivo, labor que llevó de manera paciente durante años, hasta lograr clasificar más de cinco décadas como foto fija de la historia del cine colombiano. Una labor que empezó, según cuenta, en 1971. Ese año sucedieron muchos acontecimientos: el 10 de julio se hizo la primera proyección del Cine Club de Cali: en la pantalla se proyectó Iban por lana (Bande à Part) de Jean-Luc Godard. El 26 de julio, Ciudad Solar “abre sus puertas para siempre”, según rezaba la consigna de inauguración del centro cultural que le movió las tripas a los jóvenes iracundos de nuestro entorno. Eran tiempos de tropeles y de agitación estudiantil, los cuales tuvieron su clímax el 26 de febrero. Entre el 30 de julio y el 13 de agosto de ese mismo año se llevaron a cabo los VI Juegos Panamericanos. Carlos Mayolo y Luis Ospina hicieron la película contestataria Oiga vea, la cual marcaría el nacimiento de una nueva arcadia del cine realizado en Cali. Según la correspondencia de Caicedo, en carta con fecha del 5 de noviembre de 1971 dirigida a Luis Ospina a Los Angeles, el autor de los Angelitos empantanados le cuenta de sus andanzas y dice lo siguiente: “Bueno, Mayolo y Gregorio y yo estamos haciendo un argumental – de media hora -: Angelita y Miguel Ángel, que fuera del nombre y algunas onditas más no tiene nada que ver con la novelita que seguro habrás leído otra vez y te habrá dado nostalgia”. Remito a los interesados a que lean la totalidad de dicha epístola donde aún no había comenzado el rodaje de aquella aventura que, vería la luz, en su versión parcial, muchos años después, en el largometraje documental titulado Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos de Luis Ospina, donde el director de Todo comenzó por el fin armó la película inacabada y firmada por Andrés Caicedo y Carlos Mayolo. En ese rodaje trabajó por primera vez Eduardo Carvajal como fotofijista. Esas imágenes, tesoros absolutos del cine de vanguardia en Colombia, engalanan la primera parte del libro que esta noche presentamos.

El mito de Caicedo no solo lo conforman los nueve tomos de sus obras completas que estamos terminando de publicar con el sello Seix Barral, sino también su hermosa juventud inmortalizada, casi que de manera exclusiva, por la lente certera de Eduardo Carvajal.


La sesión citada en el Teatro San Fernando, tres años después, fue “dirigida” por el mismo Caicedo, según palabras de Carvajal. ¿Para qué se las pidió? Hay que seguir las pistas de los dos tomos de la correspondencia de Andrés, porque en aquella época el autor estaba obsesionado por publicar sus cuentos. Y no solo era un anhelo sino una certeza, al firmar contratos en Venezuela, en Uruguay, en México, en Argentina. Contratos que no solo aseguraban su publicación, sino que se los pagaban por adelantado. Ninguno de estos libros vio la luz. Solo, hasta 1975, Caicedo hizo una edición “pirata de calidad”, según sus palabras, de los relatos El atravesado y Maternidad. Ni en dicha publicación ni en la de ¡Que viva la música! de Colcultura (realizada en 1977, el año de su suicidio) aparecieron fotos de La Rata. Pero las imágenes fueron saliendo después de la muerte de Caicedo. Y la del San Fernando no fue la única sesión de fotos en la que Eduardo puso su lente frente al rostro del amigo. Antes, cuando todos, de manera intermitente, trabajaban en “la morada”, es decir, en una de las tantas sedes de Nicholls Publicidad, Eduardo le hizo una serie de fotos a Andrés para una campaña publicitaria. Las imágenes fueron tomadas en la casa de Luis Ospina en el Barrio Versalles y dan cuenta del jugueteo actoral del escritor, que también coqueteó eficazmente con la interpretación, como puede verse en las imágenes de Angelita y Miguel Ángel. Por último, hay unas fotos donde se encuentran Ramiro Arbeláez, Andrés y Luis Ospina en la cabina del Cine Club de Cali. Son imágenes del primer semestre de 1973 en los tiempos en que Caicedo viajó por primera vez a Estados Unidos. Aún su larga melena lo acompañaba con las camisas de Caitela.

Aquellos paradigmas de la eterna juventud han quedado inmortalizados en una edad suspendida y es a ella a la que, de manera inconsciente, acuden los lectores de Caicedo.


En la medida en que pasan los años, los libros de Caicedo se mezclan con la figura de Caicedo y con el personaje imaginario en el que se ha convertido. Algunos protestan por aquella “ficcionalización” de su figura, pero “los mitos nacen de las maneras más extrañas”, tal como lo afirma Enrique Buenaventura en uno de los documentales consagrados a su gesta. Las fotos de Andrés Caicedo representan, guardadas proporciones, lo que las imágenes que Joel Brodsky hizo de Jim Morrison a mediados de los sesenta. Aquellos paradigmas de la eterna juventud han quedado inmortalizados en una edad suspendida y es a ella a la que, de manera inconsciente, acuden los lectores de Caicedo. Hoy, por fin, salen a la luz la totalidad de estas fotos inolvidables, publicadas por la terquedad de Eduardo y de unos pocos buenos amigos. Un número prudente de ejemplares los de esta primera edición. Pero esperamos que sea el inicio de una serie de libros donde la memoria del cine colombiano, materializada en el ojo certero de Eduardo Carvajal, tenga un nuevo lugar para la eternidad efímera de un arte que aún no ha terminado de inventarse.
Salud, Eduardo. Te debo un Campari.

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