21 Enero 2023

En la piel de la chisga

"¿Cómo es la vida de los músicos anónimos que se desplazan a los rincones más apartados del país para llevar alegría a la gente, en forma de canciones? Gracias a esa pregunta, decidí acompañar a una de esas agrupaciones, en un recorrido de mas de mil kilómetros, en una pequeña buseta, durante cuatro días".

Por Pett Martínez.

Colombia es el país del Sagrado Corazón de Jesús y en cada población existe una fecha para celebrar las ferias y fiestas, eventos que reúnen a los habitantes alrededor de las muestras culturales, los desfiles y la música. No puedo negar que en mi juventud añoraba la llegada del mes de julio para desplazarme hasta la población de Charalá en el departamento de Santander para compartir en familia, las ferias y fiestas del Municipio. Los desfiles coloridos, las carrozas y las verbenas en las noches con orquestas, que aunque no eran de renombre, amenizaban el baile con los éxitos del momento. ¿Pero, cómo es la vida de los músicos anónimos que se desplazan a los rincones más apartados del país para llevar alegría a la gente, en forma de canciones? Gracias a esa pregunta, decidí acompañar a una de esas agrupaciones, en un recorrido de más de mil kilómetros, en una pequeña buseta, durante cuatro días.

Tengo la fortuna de contar como amigo a un gran cantante, Ramiro Pilonieta, lo conocí hace más de catorce años interpretando música del folclor llanero, de ahí su sobrenombre “el Caporal de la canta llanera”, después, lo vería triunfando con la orquesta Los Hispanos, entonando canciones bailables y decembrinas, que han pasado de generación en generación, la mal llamada música de siempre, música que sin duda seguirá vigente porque hoy por hoy el mercado se ha encargado de crear éxitos desechables, que se escuchan mucho, pero duran muy poco en la retentiva de la gente. Después de su paso por Los Hispanos durante más de seis años, decidió impulsar su propia agrupación: “Los Fenómenos Sabaneros”. Reuniendo a un gran grupo de músicos con mucha experiencia y trayectoria, una agrupación que hace un homenaje al género corralero, nacido en las sabanas del departamento de Córdoba.

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Ramiro Pilonieta, director y voz principal de Los Fenómenos Sabaneros.

El periplo arrancó un viernes, estábamos todos muy puntuales en el lugar de partida; los instrumentos perfectamente guardados y las camisas coloridas colgadas en ganchos de ropa, que cada uno cargaba en sus manos. Todos se veían felices, cada “chisga”, palabra usada por los músicos para denominar coloquialmente a los contratos, es un tanque de oxígeno para sus vidas, algunas llenas de angustias. Cada uno tiene su puesto asignado, el propietario de la buseta “El viejo Wilfrido” nacido en curramba la bella, ayuda a acomodar los cutes (instrumentos) más grandes. El último en llegar es el maestro Ivan Dario Lamus, encargado de interpretar el acordeón, y quien ingresaría hace poco a la agrupación, pues el anterior acordeonero renunció una semana antes, porque no se le aumentó el sueldo.

Iniciamos el desplazamiento hacia la población de Zapatoca, los primeros setenta kilómetros desde Bucaramanga la capital santandereana, por un corredor vial aceptable, con un paisaje excepcional cruzando el cañón del río Suárez, donde haríamos la primera parada, no solo para buscar un baño, sino para comer las típicas empanadas de la región recién hechas y llenitas de arroz, queso y huevo.

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Cañón del Río Suárez.
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La cara de los protagonistas, Los Fenómenos Sabaneros.

Después de casi tres horas de camino, arribamos a Zapatoca, el pueblo del clima de seda. Aquí se instaló en el siglo XIX, el empresario alemán Geo von Lengerke apodado "el káiser”, quien trajo el primer trapiche de vapor, dos centrifugadoras de azúcar y un alambique para producir alcohol. Lamentablemente, fue el inventor de los peajes pues contrató la construcción de caminos financiados por el Estado de Santander a cambio de grandes extensiones de tierra.

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Al llegar a cada población, parquear la buseta es una misión titánica pues hay que abrirse paso entre los carros y las vías cerradas, intentando llegar a las tarimas “Siempre tratamos de parquear al lado de la tarima, por aquello de la cargada de instrumentos” me dice Ramiro con una sonrisa. “Muchachos, voy a averiguar como es el orden, no se vayan a bajar hasta que no les traiga la razón” todos obedecen a pesar de traer los aposentos traseros dormidos por el recorrido desde Bucaramanga. Ese día tocarían después de otra orquesta, “una sola salida larga” casi dos horas y media, entregando vida, música y entretenimiento, mientras el público bailaba y cantaba los éxitos que muy seguramente amenizaron las fiestas de los abuelos.

Por regla, el conductor debe dormir mientras la orquesta realiza su presentación. Acomoda una colchoneta en las sillas traseras, cierra las cortinas de las ventanas, saca una almohada e intenta conciliar el sueño, “Hermano la próxima ruta es bien larga y la carretera… mejor no hablemos de eso, porque me arrepiento” me dice Wilfrido antes de acostarse.

Presentación en Zapatoca.
Presentación en Zapatoca.

Son las 2:45 a.m. iniciamos el regreso hacia Bucaramanga para seguir de largo hasta la población de Málaga, doscientos doce kilómetros de recorrido. Mientras vamos avanzado Ramiro expone el temor que le da tomar la vía principal, pues es una carretera que por más de 25 años han tratando de pavimentar tercamente, porque como es costumbre en Colombia los gobernantes se creen más grandes que la naturaleza o sencillamente usan esas vías para sacar provecho de los contratos. Es una carretera, que presenta según los geólogos expertos, cuatro fallas geológicas, que hacen que los derrumbes en épocas de lluvias se den casi a diario.

Tomamos la vía a Bogotá para desviar en Curos, un caserío donde tienen un museo de antigüedades que todo el mundo debería conocer, se trata de “La Tienda Museo de los Curos”, su propietario el señor Edgar Aldana, se ha dedicado toda la vida a coleccionar objetos históricos como: vasijas de barro que usaban los indios Guanes, armas e implementos usados en la Guerra Civil de los Mil Días, en fin, un museo con un valor histórico sin igual, pero perdido en medio de una vía nacional. La parada tenía dos objetivos, el primero llamar al secretario de cultura de Málaga para preguntarle por el estado de la vía y el segundo abastecer nuestros organismos de alimento, “Coma mijo, el camino es culebrero”, me dijo con una sonrisa Iván Dario Plata Durán el bajista del grupo, uno de los expertos en música tropical. Así lo hicimos, nuevamente las empanadas, los chorizos, las papas chorreadas, fueron el manjar matutino, todos cocinados en estufa de leña por Ivón la esposa de Edgar. “Bueno muchachos, me dicen que nos vayamos por la principal que no ha llovido y que en la zona del derrumbe hay maquinaria 24 horas, para desbloquear la vía o ayudar a pasar los carros enterrados a la altura de la población de Pangote, donde fue el último derrumbe, así que upa pues, nos fuimos”, dijo Ramiro después de hablar por teléfono.

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Tienda Museo Los Curos.

Así comenzamos un recorrido de más de siete horas por una carretera que refleja la desidia de los gobernantes, una vergüenza, una trocha que en muchos sectores es de un solo carril, que solo ve su ampliación y pavimentación después de la población de San Andrés para darle paso al famoso “puente acordeón", al puente Hisgaura, una obra surrealista que une a una trocha sin pavimento.

Via Bucaramanga - Málaga
Via Bucaramanga-Málaga.
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Puente Hisgaura.

Una hora después llegaríamos a la zona de derrumbe, empezaba a lloviznar y los nervios se apoderaban de los miembros de la orquesta en especial de Ramiro, el director. Había un automóvil y una camioneta de doble tracción delante de nosotros, la encargada del paso, nos grita: “Si quieren pasar, háganle, pero bajo su responsabilidad”. Wilfrido, el conductor, suspira y nos dice con su acento costeño: “Pues ya llegamos hasta acá, y devolvernos…. Noooooo joda y perder el viaje….. noooo jodaaaa. A ver, todos hagan peso en las llantas de atrás” Y sin pensarlo dos veces aceleró su consentida, llevándola con calma en un baile silencioso y dramático hasta sacarla al otro lado, en medio del barro y del derrumbe. Esta vez un aplauso, de los que están acostumbrados a escuchar en tarima, sonó dentro de la buseta, festejando el paso que nos llevaría en medio de la lluvia constante hasta Málaga, cuarenta minutos más tarde.

Llegamos después de casi nueve horas de viaje, cansados, con ganas de una ducha y de una sopa caliente, pues esa población se encuentra a mas de dos mil metros de altura y es fría. También, buscábamos un lugar dónde estirar el cuerpo pues en las sillas de la buseta esa misión es imposible. La secretaria del Carnaval del Oriente, nos prestó la casa de la cultura, nos alojó en el teatro y en un cuadro conmovedor todos durmieron sentados en sus sillas, descansaron por más de dos horas, mientras llegaba la hora de la presentación. A las 10:30 p.m., iniciaría el concierto, hasta las doce de la noche, hora exigida por el artista Felipe Peláez para dar inicio a su show, aquí el que tiene nombre, no solo cobra más, tiene el poder en la tarima. La lluvia no fue una excusa para que todos los asistentes al parque principal bailaran y gozaran al ritmo de Los Fenómenos Sabaneros. Para mí, los fenómenos del aguante. Los miraba sonrientes, entregados a su instrumento y a su música las horas de viaje no se veían y menos los dos días enteros de viaje que faltaban para terminar el periplo.

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Tarima en Málaga.

A la una de la mañana, después de cenar una hamburguesa, nuevamente a la buseta. Había que salir de Málaga hasta la población de Guane, cerca a Barichara, la “Cartagena Santadereana”, no solo por su belleza sino por los precios exorbitantes de los restaurantes y hoteles.

Doscientos noventa y seis kilómetros de camino nos esperaban, pasamos por Capitanejo, Tipacoque, Soatá, Susacón, Santa Rosita hasta llegar a desayunar a Belén. Claro realizamos una parada de dos horas pues el conductor quería descansar para continuar con más fuerza la ruta. Desde Belén por carretera sin pavimento nuevamente, subimos hasta el Páramo del Consuelo, una de las fábricas naturales de agua más hermosas de nuestro país. Nos bajamos para contemplar el paisaje, para sentir el viento helado cargado de rocío y admirar perplejos los frailejones de más de ciento sesenta centímetros de alto, imagínense que crecen un centímetro por año. No olvidaré la cara de felicidad de los compañeros de nacidos en el departamento del Cesar, que nunca habían estado en un Páramo, al contemplar el nacimiento del agua y tocarla para refrescar su cara.

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Páramo del Consuelo.

Después de disfrutar estos paisajes hermosos de nuestra tierra, iniciamos el descenso durante cinco horas y media hasta llegar a Charalá, población que crece en medio de dos ríos el Taquiza y el Pienta, justo ahí sobre un puente, los habitantes de Charalá y Coromoro con palos y piedras, detendrían el paso al ejército español, bajo el mando del coronel Lucas González, que reforzarían las tropas de Barreiro el 6 de agosto de 1819.

Una parada, un delicioso almuerzo y a continuar el recorrido hasta el próximo destino, Guane, con un ingrediente adicional, deberíamos salir de allí la misma noche para cumplir otro compromiso después de la media noche en el coliseo de Vadorreal corregimiento del municipio de Suaita.

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Los niños disfrutan de la buena música mientras sus padres bailan.
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Coliseo de Vadoreal, 3:00 a.m.

A mí realmente las fuerzas ya me empezaban a fallar, hasta en determinado momento quería dejar a un lado el viaje e irme a descansar en mi casa, ahí entendí cuando mi madre después de unas largas vacaciones nos decía: “Cómo extraño mi camita”.

El cronograma se cumplió, con la misma fuerza, con el mismo entusiasmo y un profesionalismo envidiable, lo volvían a entregar todo en cada tarima, con la esperanza esta vez, que solo faltaba un recorrido, hasta el pueblo más alto de Colombia a 3.330 mts sobre el nivel del mar nos esperaba la población minera de Vetas. Tendríamos que sumarle doscientos cuarenta y nueve kilómetros más para terminar con los compromisos, así que tomamos el camino, en el mismo puesto, con un cansancio acumulado mayor, pero con la satisfacción de cumplir y con un anhelo profundo de descansar.

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Vetas, el municipio más alto de Colombia con 3.330 mts sobre el nivel del mar.
Durante 4 días la buseta fue su casa. Foto15chisga
Durante cuatro días la buseta fue su casa. 

Definitivamente el dicho: “Nadie sabe con la sed que otro vive”, es aplicado a este grupo de valientes, de arriesgados que respiran música, que recorren el país por tierra, sin importar los caminos, con una característica única, que siempre llevan una sonrisa dibujada en su rostro. Que tienen familia, sin duda una de las razones fundamentales por las cuales trabajan de esta forma loca, para algunos. Así siguió el viaje con quince músicos que lo entregan todo cada vez que se suben a una tarima, que sueñan con sonar en todas las emisoras, no por influencia, sino porque se lo merecen, porque no solo llevan felicidad y diversión a todos los rincones del país, sino porque defienden lo nuestro, aman nuestras raíces y a pesar de la edad de algunos, se suben en una tarima para dejar su corazón en cada nota musical, que crean con la complicidad de sus almas.

Ojalá alguna disquera los escuchara, los patrocinara, los llevara por el mundo como embajadores de la cultura tropical y caribeña, sé que es difícil. Gracias a todos, a Ramiro, Victor, Abelardo, los Ivanes, Edwin, Crisitian, Yorguin, Ponchis, Hermes, James, Franklin, Iván, a esta familia fenomenal, por permitirme sentir la piel de la chisga.

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