La caza de brujas en Hollywood, un episodio muy turbio
16 Septiembre 2023

La caza de brujas en Hollywood, un episodio muy turbio

La película 'Oppenheimer' puso de nuevo sobre el tapete las oscuras actividades de la Comisión de Actividades Antiamericanas, dedicada a perseguir a quienes abrazaban o habían abrazado ideas de izquierda. Hollywood fue uno de sus blancos predilectos.

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Por: Gustavo Valencia Patiño
En marzo de 1947, la Comisión de Actividades Antiamericanas, fundada por el Congreso de los Estados Unidos en 1938 como producto de la persecución contra todo aquel que tuviera ideas liberales, progresistas o de izquierda, tildados de comunistas, anunció en dicho mes la intención de efectuar “una investigación secreta sobre la infiltración comunista en el cine”. En mayo, delegados de ese Comité se trasladaron a Hollywood y mantuvieron conversaciones secretas con numerosos miembros de la industria, entre ellos con Jack Warner, quien venía de enfrentar grandes huelgas en los estudios de la Warner Bros, que él presidía.
Cuando los investigadores dejaron Los Ángeles disponían de una nutrida lista de sospechosos de “antiamericanismo”. Años después el director Herbert Biberman, uno de los más afectados y perseguidos, explicó de dónde habían surgido los nombres entregados a la Comisión en una entrevista hecha por la revista mensual francesa Positif (No. 107 de 1.969): “Fueron al encuentro de gentes que se habían opuesto a la creación del Sindicato de directores, del Sindicato de guionistas, de la Liga Antinazi, del comité Democrático de Hollywood (…) Estas gentes fueron al encuentro de la Comisión de Actividades Antiamericanas y les dieron listas de nombres”.
De tal forma que en septiembre del mismo año la Comisión expidió 41 citaciones a profesionales del cine, quienes al mes siguiente debían comparecer en Washington para declarar ante dicha Comisión. El escándalo no se hizo esperar y cuanto medio de comunicación existía en el momento, publicó en primera plana el insólito y arbitrario hecho. El país entero volcó la mirada sobre aquella colonia de cine tan popular y conocida en la sociedad estadounidense. De estos convocados, 19 se opusieron enfáticamente por considerarlo inconstitucional. Entre ellos y por sólo citar a los más conocidos se encontraban el dramaturgo Bertolt Brecht, los directores Lewis Milestone y Herbert Biberman, además de los guionistas Dalton Trumbo, autor de grandes éxitos como Espartaco, Éxodo y Papillón, y Carl Foreman, autor de grandes películas como Solo ante el peligro, El puente sobre el río Kwai y Los cañones de Navarone.
Esta lista luego se redujo a diez, que fue la que se hizo muy famosa con el título de “Los diez de Hollywood”, calumniados, acusados y varios de ellos condenados a prisión. Algunos de ellos fueron delatores de sus propios compañeros, con lo que se conformó una más extensa lista negra que funcionaba abiertamente en Hollywood y que obligó a que algunos abandonaran el país para ir a trabajar, principalmente, a Europa, como los directores Joseph Losey y Abraham Polonsky. También estaban en esa lista algunos escritores, ya famosos, como Dashiell Hammett, fundador de la novela negra y Lillian Hellman, guionistas en algún momento de Hollywood, pero vistos con cierto recelo por su abierta participación como miembros del Partido Comunista.
Toda una página negra en la historia estadounidense, aunque aquel proceso no sólo se redujo a Hollywood. Muy por el contrario, abarcó todo el país y a otros estamentos, puesto que lo de la persecución a miembros de la industria fílmica, siempre lamentable y condenable, fue sólo una cortina de humo para cubrir otros hechos aún más deplorables y execrables que lo que se hacía con el mundillo del cine en Los Ángeles. Por tanto, se hace necesario una mirada al contexto general histórico para poder entender este lamentable suceso y no verlo como un hecho aislado.

Se estaba conformando una particular tendencia de criterios humanísticos y liberales en el seno mismo de aquella portentosa industria del entretenimiento, compuesta por muchísimas personas, quienes representaban la opinión de diversos estamentos de la nación en torno a la oposición al fascismo y al nazismo creciente en los Estados Unidos.


Para la década de los años 30 la todopoderosa industria del cine atraía a diversos y variados sectores que el nuevo y lucrativo oficio abarcaba. Guionistas, directores, actores y demás, empezaron a trabajar allí y a su vez, a conformar una cierta élite intelectual y progresista que crecía en Hollywood. En aquella época no todo eran fiestas y orgías como se ha difundido el mito, que, incluso películas como la reciente Babilonia insisten en repetir y vender muy bien.
Se estaba conformando una particular tendencia de criterios humanísticos y liberales en el seno mismo de aquella portentosa industria del entretenimiento, compuesta por muchísimas personas, quienes representaban la opinión de diversos estamentos de la nación en torno a la oposición al fascismo y al nazismo creciente en los Estados Unidos. Lo anterior originó, entre otros, la creación de la Liga Antinazi, como también la existencia de muchos simpatizantes del experimento social y político de la Unión Soviética, y aún más cuando se convirtió en uno de los aliados más importantes en la Segunda Guerra Mundial. Junto a ellos había muchos individuos de izquierda y los directamente vinculados al Partido Comunista, que sumaban más de cien mil adscritos en todo el país.

McCarthy sólo era la punta de lanza visible de todo un bien organizado y poderoso mecanismo anticomunista, que mientras se aprovechaba del escándalo y ruido que hacía la prensa con los de Hollywood, servía a su vez de cortina de humo para perseguir a cuanto profesor progresista o de ideas liberales existiera en colegios y universidades de todo el país.


En Hollywood, en especial los guionistas, como trabajadores y asalariados, ya se habían enfrentado a las poderosas empresas de aquella industria, conocidas con el genérico de las Majors. Se habían sindicalizado y se presentaban como un bloque organizado en sus demandas, lo que fue un ejemplo directo para otros estamentos pertenecientes a la desarrollada división del trabajo existente en esta incesante e inmensa producción fílmica.
Este hecho, como es de suponer, nunca gustó en la MPA (Motion Picture Association, por sus siglas en inglés), la poderosa asociación de aquella plutocracia reinante, cuya cabeza visible fue Louis Mayer, propietario de la Metro-Goldwyn-Mayer. Tanto la Asociación como el poderoso y ultraconservador presidente de la MGM, participaron muy directamente en la denuncia y persecución a todos estos progresistas, liberales y sindicalistas vinculados a la industria de entretención mundial más poderosa de la primera mitad del siglo XX.

En Hollywood, en especial los guionistas, como trabajadores y asalariados, ya se habían enfrentado a las poderosas empresas de aquella industria, conocidas con el genérico de las Majors,


Contra todas estas manifestaciones de individuos libres e independientes, con diversas orientaciones políticas y culturales, los sectores más derechistas y reaccionarios del país ejercieron todo su poder para intentar callarlos y aplacarlos. Entre ellos estaban el Gobierno, diversas entidades estatales y judiciales, en especial el FBI, en cabeza de su director Edgar Hoover. Ya llevaba años esta persecución intestina por parte de la ultraderecha, cuando en 1947 el Comité se fue contra ciertas personas de Hollywood.
La Comisión estaba presidida por el tristemente célebre Joseph McCarthy y su joven ayudante, un recién llegado a la Cámara de Representantes, un tal Richard Nixon. Pocos años después sería denunciado McCarthy ante el mismo Senado y caería muy rápidamente. El otro, su ayudante para todo este tipo de calumnias y falsedades, mantuvo ese tipo de prácticas y muchos años después también caería, aún más estrepitosamente en un gran escándalo internacional que hoy es histórico.
McCarthy sólo era la punta de lanza visible de todo un bien organizado y poderoso mecanismo anticomunista, que mientras se aprovechaba del escándalo y ruido que hacía la prensa con los de Hollywood, servía a su vez de cortina de humo para perseguir a cuanto profesor progresista o de ideas liberales existiera en colegios y universidades de todo el país. Esta fue la verdadera y silenciosa caza de brujas que dejó sin trabajo a miles y miles de capacitados y talentosos intelectuales que de la noche a la mañana perdieron su empleo y nunca más pudieron volver a pisar un aula de instrucción escolar o universitaria en su propio país.
Todo ello sin prensa, ni radio, ni televisión; ninguno de estos profesores fue noticia en el momento de su arbitrario despido y nadie en el país se enteró de esta masiva expulsión. Además, esta misma labor se hizo extensiva en todos los cargos oficiales, en los medios de comunicación, en los sindicatos y en el mundo del espectáculo. Mientras tanto a todo el país lo tenían con la atención puesta sobre las acusaciones a las reconocidas figuras de la colonia de Hollywood.

Contra todas estas manifestaciones de individuos libres e independientes, con diversas orientaciones políticas y culturales, los sectores más derechistas y reaccionarios del país ejercieron todo su poder para intentar callarlos y aplacarlos. Entre ellos estaban el Gobierno, diversas entidades estatales y judiciales, en especial el FBI, en cabeza de su director Edgar Hoover.


Como si fuera poco, este aciago período aún no termina, puesto que, en los últimos años, sectores derechistas ahora denominados neoconservadores han impugnado la existencia de esta caza de brujas, aduciendo que fue más un momento de histeria colectiva y de ruido de la prensa amarillista del momento. El argumento principal del que parten es que no hubo ningún muerto, herido o torturado, ningún arresto arbitrario o encarcelado sin juicio. El planteamiento, reflejo de esa sociedad del momento acostumbrada ya, por ejemplo, a las masacres realizadas por estudiantes en sus propios colegios (lo cual ya no es noticia) supone que la única forma de medir y calificar un hecho lamentable es por el número de muertos que ocasione dicho suceso. Además de la negación misma, que conlleva otros criterios ideológicos y políticos que responden a una actualidad cuyo análisis rebasa el sentido de esta columna. Aquí ya es suficiente con reseñarlos.

 
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