La ‘madre naturaleza’ no tiene la culpa de los desastres
12 Mayo 2024

La ‘madre naturaleza’ no tiene la culpa de los desastres

Max Henríquez, "el hombre de los meteoros", como lo anunciaba José Fernandez Gómez, el presentador del Noticiero Nacional en los años 80s.

Colombia es un país muy poco interesado en prevenir, por eso 'Naturaleza indómita', el libro escrito por los meteorólogos Max Henríquez y Eduardo José González, es una invitación a que Colombia deje de ser tan reactiva y se vuelva preventiva.

Por: Eduardo Arias

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Una de las mayores riquezas de Colombia, pero también la principal causa de desastres de origen natural es el agua. Naturaleza indómita, un libro escrito por Max Henríquez y Eduardo José González, dos reconocidos expertos en meteorología y clima, analiza las causas y consecuencias de estos fenómenos naturales provocados por el agua, así como la manera en que Colombia ha enfrentado estas crisis.

Como señalan los autores, “según la Base de Datos Histórica de Desastres del país, el 97 por ciento de los desastres se presentan por causas hidrometeorológicas asociadas al agua que cae y fluye sobre el territorio. La vulnerabilidad es alta, asociada principalmente con la pobreza humana”. CAMBIO habló con Max Henríquez acerca del contenido del libro y de la manera como en Colombia se enfrentan las múltiples amenazas de origen natural.


CAMBIO: ¿Qué los llevó a ustedes a escribir este libro?

Max Henríquez Daza:
Con el doctor Eduardo José González Angulo hace unos 30 años trabajamos en el tema de atención y prevención de desastres. Él como funcionario público, como director que ha sido varias veces de la Oficina de Prevención y Atención de Desastres, hoy llamada Dirección de Gestión del Riesgo, y yo como meteorólogo a través de los medios de comunicación, alertando sobre la posibilidad de eventos hidrometeorológicos extremos.

CAMBIO: ¿Qué tan culpable es la "madre naturaleza” de los desastres naturales, es decir, de aquellos que acarrean la muerte de personas o destruyen sus propiedades?

M.H.D.:
En el libro hacemos énfasis en que los desastres no son naturales. Son de origen natural, que es muy diferente. Echarle la culpa a la madre naturaleza no es justo. Nosotros construimos el riesgo cuando construimos casas al lado de un río. Estamos construyendo una vulnerabilidad que, con el tiempo, de acuerdo con la variabilidad que tenga la lluvia sobre esa cuenca hidrográfica, puede acarrear un desastre. Pongo un ejemplo más claro y más concreto. El túnel de La Línea fue construido al lado del volcán Machín, el volcán más explosivo que tiene el país. ¿Cuándo se va a presentar una erupción allí? No se sabe. Pero el día que se presente, hay una tragedia. Si no actuamos para evitar que se presente la calamidad, entonces tenemos que atenderla y recoger los muertos.

CAMBIO: Ustedes señalan que el 97 por ciento de los desastres en Colombia están asociados al agua. ¿Qué ha hecho el país para mitigarlos o prevenirlos?

M.H:D.:
El trabajo que yo hice entre 1986 a 1989 fue extraer todas las noticias que había sobre desastres de origen natural. Esa es la primera base de datos que se construyó en el país. Yo me di cuenta de que los eventos que más daño causan no son los desastres hidrometeorológicos sino los geológicos. Una erupción volcánica produjo 25.000 muertos en Armero. Un terremoto produjo mil y pico de muertos en Armenia. Estos eventos geológicos son menos frecuentes, pero son de mayor impacto. En cambio, los desastres meteorológicos son recurrentes. Son unos desastres que tienen un efecto en el sufrimiento de las personas.

Libro


CAMBIO: ¿Cuál es su percepción acerca de la manera como se previenen los desastres naturales en Colombia?

M.H.D.:
No hay mucha prevención de desastres. No se hace gestión del riesgo. Las corporaciones ambientales deberían preocuparse, por ejemplo, de la reforestación de las cuencas. Una cuenca que tiene bosques en su cuenca es una cuenca que regula el agua del río. No lo deja crecer, le aporta el agua a cuentagotas. Cuando una cuenca está deforestada se pierde el terreno fértil. Se va a colmatar el río y el río que tiene menos profundidad es un río que se puede desbordar más fácilmente. El Gobierno nacional tiene que abordarlo de una manera más seria. Pero eso no es solamente el tema de la gestión del riesgo. Eso tiene que estar encadenado con la reducción de la pobreza y la reducción de la vulnerabilidad. No es una cosa que se hace de un día para otro.
CAMBIO: A raíz de la tragedia de Armero se creó una Oficina para la Prevención y Atención de Desastres. ¿Esa cultura o filosofía ha persistido?

M.H.D.:
Esa intención original fue muy buena. Colombia pudo disfrutar de uno de los sistemas de prevención más organizado y más científico de América Latina y uno de los mejores del mundo. Se creó también el Sistema Nacional para la Previsión de Atención de Desastres, que era un sistema perfecto porque vinculaba organizaciones, todos trabajando con el mismo fin. Durante muchos años funcionó de la mejor manera, pero eso se ha ido desdibujando porque hoy es una entidad que maneja mucho dinero y se la pelean los políticos.

CAMBIO: Desde su punto de vista, ¿cómo deberían gestionarse los riesgos?

M.H.D.:
Yo soy de la idea de crear una entidad que aglutine todas las alertas por fenómenos naturales, que yo le he llamado la Oficina Nacional de Alertas. Una entidad a la cual deben pasarse las alertas hidrometeorológicas que hoy maneja el Ideam; las alertas geológicas por terremotos y erupciones volcánicas que están a cargo de Ingeominas; las alertas por tsunamis que están a cargo de la Dimar. Todas las alertas deben concentrarse en una sola entidad. Esa dispersión genera una pérdida de tiempo y a la hora de un desastre puede ser el detonante de una calamidad enorme.

CAMBIO: ¿La tragedia de Armero habría podido evitarse?

M.H.D.:
Se sabía que el volcán Nevado del Ruiz iba a hacer erupción. Yo en esa época estaba en el Noticiero Nacional y los geólogos de Ingeominas fueron a mi oficina y me dijeron: “Este volcán va a hacer erupción y lo peor de todo es que no hay equipos allá arriba en la montaña para darse cuenta de cuándo se va a presentar la avalancha, que puede ser muy destructiva y mortífera porque puede coger por el río Gualí hasta Mariquita y Honda o por el río Lagunillas hasta Armero”.

CAMBIO: ¿Y por qué no se dijo eso de manera clara en los meses previos a la tragedia?

M.H.D.: Ellos vinieron a mí secretamente porque no podían expresarlo públicamente. Había una orden de no difundir ni hacer escándalo con la erupción del Ruiz porque no era seguro que se presentara. Pero ellos estaban seguros. Habían traído vulcanólogos de todo el mundo a que dieran su concepto y todos dijeron: “Este volcán va a hacer erupción en cualquier momento”. Y como hay nieve, el peligro era que se derritiera y bajara por la cuenca del río. Si no hubiera tenido nieve habría sido una erupción que emite lava. Hasta bonita. Un atractivo turístico en vez de un peligro para la vida y los bienes de las personas. Pero al ministro de su época no le dio la gana comprar los equipos telemétricos que le pedían los geólogos de Ingeominas Y cuando hizo erupción el Ruiz no se sabía qué estaba pasando. La erupción se produjo tipo nueve y media o 10 de la noche y a la una de la madrugada, dos de la madrugada, llegó la avalancha. Hubiera sido posible evacuar a toda la gente, salvar las vidas, así la población se hubiera destruido. No le dio la gana comprarlos porque el tipo decía que eso no iba a pasar y quién le aseguraba que sí iba a pasar. 50.000 dólares costaban los equipos telemétricos. Después del desastre actuamos para prevenirlo. Primero se causó el desastre y luego se instalaron los equipos telemétricos. Ahora tenemos los observatorios vulcanológicos funcionando en diferentes partes. Eso es lo que hay que hacer antes y no después, pero nuestra cultura es al revés. Es la cultura de la reacción y no de la prevención.
CAMBIO: Ustedes asocian en el libro los desastres a pobreza. ¿Cómo es esa relación?

M.H.D.:
Es una relación directa. La gente pobre se ubica en zonas donde hay agua. Por ejemplo, en las orillas de los ríos, sin tener en cuenta que los ríos tienen una fluctuación en sus niveles y sus caudales y que cada cierto número de años se presentan crecientes que, si ellos están ahí en la orilla, se van a llevar no solamente sus casas sino sus animales, sus bienes y sus vidas mismas. Entonces esa relación es directa. Por eso es tan difícil hacer gestión del riesgo. Porque primero hay que solucionar el tema de la pobreza. La gente pobre está ubicada ahí, destruye la cuenca y tumba los árboles para poder sacarle un pedacito de terreno al bosque y sembrar, sin saber ellos que con esa acción están destruyendo la calidad del suelo, que están causando una deforestación, que cuando cae un aguacero grande se arrastra la capa vegetal hacia el río. Sin duda alguna están asociadas con la pobreza.
CAMBIO: ¿Cuáles serían, a muy grandes rasgos, sus recomendaciones para evitar o al menos mitigar los desastres naturales?

M.H.D.:
Hacer gestión del riesgo. Así de fácil. La palabra es corta, pero la acción es demasiado complicada en un país como Colombia. En los países desarrollados también ocurren desastres, pero han tenido la precaución de estudiar los fenómenos, de crear un sistema de prevención de desastres y un sistema de alertas tempranas. Hay que monitorear bien el comportamiento de la naturaleza. Ese monitoreo se tiene que hacer con buenos equipos y con una capacidad profesional. Esa capacidad estaba instalada hace 20, 30, 40 años. Éramos 40 meteorólogos formados con becas de la Organización Meteorológica Mundial en diferentes partes del mundo. No se mandaron nuevos muchachos a estudiar para reponer la capacidad instalada de profesionales. Teníamos uno de los más poderosos equipos meteorológicos que había en América Latina, pero se perdió cuando nos pensionaron. Hay meteorólogos trabajando en el Ideam. Son muchachos que tienen otras profesiones, que han hecho una maestría en la Universidad Nacional, pero se requiere un meteorólogo completo. Cuando se creó el Ideam se convirtió el Servicio Meteorológico e Hidrológico de Colombia en un híbrido donde metieron unos temas ambientales que sí son importantes pero que los debe manejar el Ministerio de Medio Ambiente y no pegárselos a un servicio básico importante como es el servicio hidrometeorológico nacional.

CAMBIO: ¿Cómo se evidencia ese retroceso que usted señala?

M.H:D.:
El primer Servicio Meteorológico Nacional se llamó el SCMH. Tenía 4.000 estaciones climatológicas instaladas en diferentes partes del país. Se dejaron perder porque el gobierno le fue quitando presupuesto al instituto y hoy si acaso hay 500 y no todas funcionan bien por falta de mantenimiento, por desinterés, porque los ministros de Hacienda no entienden para qué carajo sirve un servicio meteorológico. Ellos creen que eso es decir que va a llover, pero no llueve. Eso es un concepto ridículo y revela la ignorancia de nuestros dirigentes.

CAMBIO: ¿Qué otras recomendaciones harían?

M.H.D.:
Aparte del Instituto Nacional de Alerta está la gestión del riesgo, que es reducir la vulnerabilidad. A eso hay que meterle billete y no se está haciendo mucho. Ahora con el tema del cambio climático hay algunos dineros que se están usando para adaptación y eso implica la reducción del riesgo. Pero son actividades desordenadas, mal hechas, manejadas con criterios políticos, con poca ciencia. Entonces hay que replantear todo eso y construir lo que se necesita en el país. Colombia es un país de desastres porque es un país de aguas. Se puede hacer bien, pero hay que destinarle recursos y voluntad política.

 
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