20 Enero 2023

‘Mudos testigos’: el difícil arte de la resurrección

Fotografías: fotogramas de la película 'Mudos testigos'.

El cineasta Luis Ospina murió en septiembre de 2019. Un año antes de su partida, el artífice de 'Agarrando pueblo' se puso en contacto con su colega, el joven director Jerónimo Atehortúa, para proponerle la realización de una película donde no se filmaría nada. Solo se utilizarían fragmentos de los doce títulos silentes que se conservan de la accidentada prehistoria del audiovisual colombiano. Atehortúa aceptó la invitación y, a pesar de la desaparición de su colega, continuó con la aventura. Cuatro años después, comienzan a verse los resultados. Mudos testigos, el título del largometraje, ha sido invitada al prestigioso Festival Internacional de Cine de Rotterdam y, el 28 de enero, tendrá su premier mundial. A continuación, algunas reflexiones sobre esta película imprescindible.

Por: Sandro Romero

Si algo debe pertenecer al llamado “realismo mágico” es la gesta del nacimiento del cine en Colombia. Los estudiosos que se han dedicado a seguirle la pista (Hernando Salcedo Silva, Hernando Martínez Pardo, Álvaro Concha Henao, Diego Rojas, Jorge Nieto…) o las instituciones que se dedican a conservarlo (en particular, la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano) han dado cuenta de la extraordinaria epopeya de aquellos delirantes fitzcarraldos que dieron su vida para que pasara el barco del cine al otro lado de la montaña. En el mundo, los films silentes tienen fecha de nacimiento y acta de defunción. Nacieron, con los hermanos Lumière, en 1895 (hay otros precursores, pero esa es otra historia) y desaparecieron, de manera casi definitiva, dos años después del estreno de El cantante de jazz, el primer título sonoro del que se tenga memoria. Sin embargo, en sus 34 años de historia, con el cine mudo se consolidaron industrias, se crearon lenguajes, se afectaron todas las artes existentes y el cinematógrafo, con todas sus sílabas, se convirtió en el principal medio de diversión y de integración de un planeta atomizado por las fronteras, el aislamiento y las guerras.
La tragedia del silencio (1924), Madre (1924), Aura o las violetas (1924), Manizales City (1925), Bajo el cielo antioqueño (1925), Como los muertos (1925), Garras de oro (1926), Alma provinciana (1926), El amor, el deber y el crimen (1926), el legado de la familia Di Domenico, el archivo cinematográfico de la familia Acevedo y los veinticinco segundos que se conservan de María, el primer largometraje filmado en Colombia en 1921, configuran el legado del cine mudo nacional. Cada uno de estos títulos y cada uno de sus protagonistas esconden historias extraordinarias, muchas de ellas conocidas de manera fragmentaria, o desaparecidas para siempre. Algunos cineastas se han encargado de reconstruir la gesta y han aparecido documentales que dan cuenta de la trasescena de algunos de los títulos citados.

Mudos testigos

Siempre habrá polémica con el destino de los archivos. Algunos consideran que las piezas del pasado deben guardarse con celo. Otros consideran que deben ser imágenes activas, que deben servir como herramientas de creación para las nuevas generaciones.

En 1985, Luis Ospina, en compañía de Jorge Nieto, realizaron un cortometraje de dieciséis minutos en el que se cuenta, mezclando el documental, la puesta en escena y los archivos fílmicos, la aventura de la realización de María, el largometraje codirigido por Máximo Calvo y Alfredo del Diestro en la hacienda El Paraíso. El resultado se titula En busca de ‘María’ y es un profundo divertimento sobre las vicisitudes que envolvieron el nacimiento de la novela de Jorge Isaacs en versión fílmica. Ospina había nacido en Cali y dedicó su vida a todos los oficios del cine: estudió en Los Angeles, fue editor, sonidista, productor, realizador, crítico, cineclubista y director del festival internacional de su ciudad. Pero, ante todo, fue un cinéfilo. Un apasionado por las imágenes en movimiento. Su relación con Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y demás miembros del llamado Grupo de Cali la contó ampliamente en su película Todo comenzó por el fin, la cual estrenó en 2015 y, casi de inmediato, se convirtió en un clásico. Los últimos cuatro años de su vida los dedicó a luchar contra sus enfermedades y a preparar algunos proyectos audiovisuales que pudiese realizar, por encima de sus limitaciones físicas. Hizo algunos cortos, actuó en películas de amigos, viajó por el mundo convertido en una frágil leyenda viva. Mientras tanto, fue gestando lo que él consideraba su película final. Se trataba de un viejo sueño en el cual quería rendirles homenaje a los largometrajes del cine silente.

Mudos testigos

Ospina había nacido en Cali y dedicó su vida a todos los oficios del cine: estudió en Los Ángeles, fue editor, sonidista, productor, realizador, crítico, cineclubista y director del festival internacional de su ciudad. Pero, ante todo, fue un cinéfilo. Un apasionado por las imágenes en movimiento.


Años atrás, ya había escrito el guion de un corto, poco después de su falso documental titulado Un tigre de papel (2007), el cual se quedó, como el tigre, en el papel. Pero la idea siguió rondándolo. En la medida en que fueron pasando los años, Luis redujo sus herramientas a su mínima expresión. Para el documental sobre el escritor Fernando Vallejo, por ejemplo, él mismo hizo casi todo: el guion, la cámara, la producción, el sonido, la dirección. Así que, con las limitaciones de su enfermedad terminal, soñó con una película en la que no tuviera que filmar nada, sino realizarla toda en su sala de edición. Así, fue configurando un guion argumental, el cual se armaría con fragmentos de las películas mudas colombianas. “Todas las películas colombianas, hasta la más mala, tiene algún momento que es excelente”, bromeaba. Aferrado a dicha frase, Ospina redactó un melodrama, guiándose por los parámetros del género, el cual pudiese construirse con imágenes de archivo. Nueve meses antes de su muerte, se estrenó la película Pirotecnia, dirigida por Federico Atehortúa y producida por su hermano Jerónimo. Era la complicidad que Luis estaba buscando. Le contó la historia a Jerónimo y le propuso que trabajasen juntos, hasta que su cuerpo aguantara. El último viaje que hizo Ospina a Europa lo realizó con Atehortúa, para recibir el Premio Mactari que otorgaba el Festival Internacional de Cine de Marsella, con el cual se podía empezar a trabajar en Mudos testigos.

Mudos testigos
La muerte, sin embargo, ganó la partida y el proyecto quedó en manos de Atehortúa. El resultado es, a todas luces extraordinario. Es un homenaje al melodrama, al cine silente, al humor, a la experimentación, al sonido (el trabajo de Mercedes Gaviria, junto con Diana Martínez y José Delgadillo, es estupendo), a la música, a las imágenes en blanco y negro. Se cuenta una historia, por lo que sería difícil considerarlo un documental, pero al mismo tiempo, es un collage que recurre a cientos de fragmentos concebidos por otros creadores y que en Mudos testigos se convierten en homenaje.

Es un homenaje al melodrama, al cine silente, al humor, a la experimentación, al sonido, a la música, a las imágenes en blanco y negro.


Siempre habrá polémica con el destino de los archivos. Algunos consideran que las piezas del pasado deben guardarse con celo. Otros consideran que deben ser imágenes activas, que deben servir como herramientas de creación para las nuevas generaciones. Desde los créditos iniciales de Mudos testigos entendemos que se trata de una película dentro de la segunda opción. Quizás los malpensantes pongan en duda la participación de Ospina, teniendo en cuenta de que se trata de una obra realizada en el cuarto de edición. Pero parte del encanto del largometraje es el equilibrio perfecto entre el universo de Luis y las reflexiones audiovisuales de Jerónimo. Ya en 1989 Ospina había realizado un homenaje al cine silente titulado Slapstick: la comedia muda norteamericana. En realidad, se trataba de una pieza didáctica para enseñar a ver a los clásicos del cine silente de los Estados Unidos. Pero Luis quería tanto este experimento que lo incluía como parte del conjunto de su obra. De alguna manera, Mudos testigos sigue dicha senda. No es una película como Zelig de Woody Allen en la que se filmó imitando el estilo de la prehistoria del cine. En Mudos testigos se ha manipulado la edición, de tal suerte que se cuenta un melodrama, sin parodiar el género, sino poniéndolo en tensión, ampliándolo, jugando con él. No hay explicaciones. El espectador debe verlo como una obra de ficción que, al final, destapará sus cartas. Al mismo tiempo, hay guiños a la literatura, a Jorge Isaacs, a José Eustasio Rivera, a José Asunción Silva, a Luis Vidales, a Tania Ganitsky. Con imágenes de películas que van de 1922 a 1937 (hay fragmentos extraordinarios del nacimiento del cine sonoro colombiano) se ha tejido una película que no fue concebida como los documentales Más allá de la tragedia del silencio de Jorge Nieto o Garras de oro: mudo testigo de una injusticia de Oscar Campo y Ramiro Arbeláez. Aquí, Ospina y Atehortúa se arriesgan a la reinvención de un cine, en apariencia muerto, y le dan la dimensión universal que dicho material se merece. La invitación al Festival de Rotterdam es el reconocimiento adelantado a una película que, desde ya, forma parte de los tesoros imprescindibles del cine mundial. Luis Ospina, desde su eternidad, debe estar más que satisfecho con la complicidad de Jerónimo Atehortúa.

A la búsqueda de María
Sandro Romero (autor de esta nota), Stella López (protagonista de 'María' de 1921) y Luis Ospina, en 1986. En el documental 'En busca de María' Romero representó a Efraín. Foto: Karen Lamassonne.