Democracia y emociones

Crédito: Colprensa

Democracia y emociones

El escritor Mauricio García Villegas analiza en este texto cómo, todo régimen democrático, se mueve entre los extremos de las apasionadas voluntades políticas y las impasibles reglas de juego constitucionales. "La democracia", dice, "oscila entre esos dos puntos: uno emocional y otro institucional"

Por: Mauricio García Villegas

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Terminé mi columna anterior sobre el concepto de democracia con la metáfora del péndulo; lo hice para ilustrar la necesidad que enfrenta todo régimen democrático de situarse en algún punto entre un extremo que privilegia la participación popular y otro que prioriza las instituciones. También dije que, como suele ocurrir en los asuntos públicos, la mejor solución para resolver esta bifurcación es abrir un camino intermedio en el que se logre el máximo posible de participación política compatible con el máximo posible de respeto a las reglas institucionales. Pues bien, los dos extremos de ese péndulo democrático también son, de un lado, las apasionadas voluntades políticas y, del otro, las impasibles reglas de juego constitucionales. La democracia oscila entre esos dos puntos: uno emocional y otro institucional. De esa relación entre democracia y emociones hablaré en esta columna. 

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Tanto el exceso de pasiones como su defecto pueden poner en aprietos a la democracia. Lo primero puede ser lo más trágico, pero lo segundo parece ser lo más común. Empiezo con el exceso. 

‘Tanto el exceso de pasiones como su defecto pueden poner en aprietos a la democracia’

Los griegos sabían que las pasiones eran importantes para ganar la guerra y para triunfar en la política, pero también que podían ser, bajo ciertas circunstancias, desastrosas para un pueblo. La Ilíada evoca este peligro desde sus primeros versos: “Canta, oh diosa, la cólera de Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas”… También intuían que el remedio contra el desbordamiento de las pasiones estaba en crear un dique que las contuviera y que podría estar en un dios razonable, en un gobernante sabio o en un juez ponderado. Al final de la Orestíada de Esquilo, la diosa Atenea logra que las horripilantes iras se aplaquen, se moderen y participen en el juicio que se le sigue a Orestes. Jon Elster ha dicho que la mejor metáfora del constitucionalismo es la de Ulises encantado por las sirenas, pero atado al mástil de su barco para no sucumbir ante sus encantos. 

Una de las grandes lecciones de la teoría política es esta: si bien las pasiones son importantes (nada bueno se hace sin pasión, decía Hegel) se necesitan reglas, instituciones para encauzarlas. La gran preocupación de Hobbes en el Leviatán es cómo evitar que, a falta de un poder que se haga obedecer, los individuos queden librados a sus peores pasiones: las ansias de gloria, la codicia y el miedo. De ahí se sigue la guerra civil, que es el horror más pasional y amargo que una sociedad puede vivir. Para evitar ese mal –dice Hobbes– hay que entregarle todos los poderes a un príncipe. Pero esta solución tampoco excluye el desbordamiento de las pasiones, en este caso las del príncipe gobernante convertido en tirano.

‘Una de las grandes lecciones de la teoría política es que si bien las pasiones son importantes se necesitan reglas, instituciones para encausarlas’

Para evitar la deriva emocional del despotismo también se ha propuesto dividir el poder político en varias ramas o instancias que se controlan entre ellas. Esta es la salida ideada por James Madison, y recogida por el constitucionalismo, en donde existe la participación popular pero limitada por una estructura de pesos y contrapesos. Madison era consciente de los peligros del faccionalismo en la democracia, es decir, de la participación de una parte de la población, organizada en partidos “movidos por el impulso de una pasión común o por intereses contrarios a los intereses de los demás ciudadanos o de la comunidad”. Hay que poner el bien público y los derechos privados a salvo de esta amenaza sin que ello implique eliminar la participación popular. 

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De otra parte, y este es el segundo punto, el déficit emocional tampoco es bueno. Hoy vemos muchos países en los que la democracia se ha reducido a rutinas insustanciales, empezando por jornadas electorales a las cuales se acude con desgano y sin esperanza. Nunca antes los ciudadanos tuvieron tanta información, tantas oportunidades para expresar sus opiniones y debatir, tantas posibilidades de organizarse y ser visibles en la esfera pública. 

‘Hoy vemos muchos países en los que la democracia se ha reducido a rutinas insustanciales, empezando por jornadas electorales a las cuales se acude con desgano y sin esperanza’

No obstante, la sensación de ilegitimidad institucional alimenta el malestar y propaga la falta de compromiso ciudadano. Hay mucha pasión política en el ambiente, por supuesto, pero que no se traduce, o muy poco, en un sentimiento de fidelidad al sistema democrático, a la competencia partidista y, menos aún, se traduce en virtudes cívicas, aprecio por los deberes y compromiso con las instituciones. La captura de la democracia por parte de los poderes económicos y clientelistas contribuye a difundir esa sensación de bloqueo y desesperanza. El resultado es una democracia sin espíritu democrático, sin fervor, sin ilusiones, sin lealtades. 

La apatía ciudadana, la falta de compromiso con lo público, el demérito de los deberes, el menosprecio por la clase política, todo ese déficit de emocionalidad prodemocrática puede, eventualmente, dar lugar a una salida populista, encarnada en un líder que se presenta como salvador de la sociedad y que canaliza el malestar popular. Frente a ese peligro estamos. 

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La democracia plantea una competencia ideológica entre personas o partidos políticos y esa competencia tiene mucho de emocional. Cada ideología defiende un principio, o valor, que considera prioritario. La izquierda aboga por la igualdad, la derecha por la autoridad, el liberalismo por la libertad y el conservatismo por el paternalismo (1)

‘La democracia plantea una competencia ideológica entre personas o partidos políticos y esa competencia tiene mucho de emocional’

El debate público se suele presentar como una confrontación de argumentos en pro o en contra de cada uno de estos valores. Pero esta explicación sólo da cuenta de la epidermis del debate público. Debajo de esa capa hay un sustrato emocional que alimenta la militancia y moldea la argumentación. La emoción del militante de izquierda es la solidaridad con los desposeídos, la del de derecha es la devoción por la autoridad, la del liberal es el sentimiento de autonomía y la del paternalista es la simpatía por la tradición. 

‘La emoción del militante de izquierda es la solidaridad con los desposeídos, la del de derecha es la devoción por la autoridad, la del liberal es el sentimiento de autonomía y la del paternalista es la simpatía por la tradición’

Estas emociones no son excluyentes: el liberal siente algún apego por el orden, el paternalista por la igualdad, y así sucesivamente, sólo que para ellos esos no son los valores prioritarios. El debate ideológico da la impresión de que cada militante defiende solo un valor, con su emoción subyacente, en detrimento de los otros y, de hecho, a veces ocurre así, pero tal cosa no es ni necesaria ni mucho menos conveniente. 

Hace algunos años escribí El orden de la libertad, un libro en el que defendí la idea de que la izquierda debería tener más aprecio por valores tales como el orden, el respeto a la autoridad y al esfuerzo personal, con sus emociones correspondientes. Pero dado que estos son valores suelen ser prioritarios para la derecha, el argumento es usualmente mal recibido. También está el hecho de que la izquierda, en una especie de autoengaño, desconoce lo conservadoras que suelen ser las emociones populares, el apego a la familia, a la religión y a las tradiciones. Por todo eso, tal vez, mi propuesta tuvo muy poco eco. 

Sin embargo, sigo creyendo que el punto es importante (no sólo para la izquierda) y la razón es la siguiente: en una democracia, casi todos los partidos comparten los mismos valores políticos: igualdad, libertad, seguridad, orden, tradición, respeto por la autoridad, virtudes cívicas, solidaridad, esfuerzo individual; por eso están consagradas en la Constitución. Las diferencias ideológicas se originan más en la jerarquización de esos valores (cuáles vienen primero y cuáles después) que en la adopción de unos y el rechazo de los demás. Los políticos deberían aprender de los jueces, que aceptan todos esos valores como válidos y los ponderan en cada caso particular. Pero los políticos en campaña, a diferencia de los jueces, se interesan por lo más general y lo más emocional y pocas veces están dispuestos a entender esas complejidades axiológicas y emocionales. Digamos entonces que éste es un consejo para los políticos gobernantes. 

Pero hay una razón tal vez más fuerte para defender la idea de que cada partido o cada ideología debería ser sensible a las emociones (y los valores) del partido opositor. La historia de Colombia ha estado demasiado asociada con la idea de partidos y gobernantes que, cuando llegan al poder, desconocen lo que la oposición piensa y siente. Cada partido quiere refundar la patria, imponer un modelo de sociedad en el que los otros, los opositores, no caben. Desconocen así el hecho esencial de que la sociedad es pluralista, no tiene una sola mirada ni una sola sensibilidad y no aboga por sólo unos valores. Por eso conviene tener gobiernos sensibles a esta pluralidad y a la necesidad de ponderar los valores y las emociones victoriosas con las derrotadas en la contienda electoral. 

‘La historia de Colombia ha estado demasiado asociada con la idea de partidos y gobernantes que, cuando llegan al poder, desconocen lo que la oposición piensa y siente’

Termino con una síntesis doble: una democracia debe evitar, por un lado, ser devorada por las pasiones que despierta la competencia ideológica y, por el otro, ser marchitada por la insustancialidad emocional de sus ritos. De otra parte, un buen gobierno democrático pondera las emociones que surgen en la contienda política en lugar de imponer unas y eliminar las otras. 

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La dimensión emocional de la democracia, y de la política en general, se ha acentuado en las últimas décadas debido al impacto de las nuevas tecnologías en el periodismo y las redes sociales, lo cual ha impuesto una comunicación política volátil, pasajera y emocional, que ha sido aprovechada por las posiciones radicales que participan en el debate político. Los moderados que quieren participar en el debate terminan fastidiados (o aburridos) por el copamiento mediático de los radicales y por eso se retiran. El resultado es una mayor polarización, no necesariamente de la sociedad, sino del debate político, el cual adolece de una sobrerrepresentación de las posiciones extremas, con el consecuente peligro, por supuesto, de que esas posiciones, sin ser mayoritarias, ganen las contiendas electorales. 

Pero todo esto hace parte de un tema que merece una atención particular en este proyecto y por eso le dedicaremos varias columnas en las próximas entregas. 

(1) El paternalismo, para los que no lo saben, estima que el Estado tiene derecho a intervenir en el ámbito privado para promover o prohibir ciertas conductas (por ejemplo, para prohibir el consumo de drogas).

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