24 Enero 2023

Se cumplen 50 años de la derrota de Estados Unidos en Vietnam

Crédito: Pixabay

El 27 de enero de 1973 los delegados de Washington, Hanoi, Saigón y el gobierno revolucionario provisional del Vietnam del Sur firmaron el documento que puso fin a la presencia militar norteamericana en Indochina y a su participación de casi 20 años en el encarnizado conflicto que se presentó en esa zona.

Por: Gabriel Iriarte Núñez

… en realidad los Estados Unidos no estaban preocupados por

conseguir la paz sino por salirse de Vietnam.

Nguyen Cao Ky, vicepresidente de Vietnam del Sur


Hace 50 años, el 27 de enero de 1973, comenzó a cerrarse en París uno de los capítulos más significativos y a la vez más sangrientos y devastadores de la Guerra Fría. Ese día los delegados de Washington, Hanoi, Saigón y el gobierno revolucionario provisional del Vietnam del Sur firmaron el documento que puso fin a la presencia militar norteamericana en Indochina y a su participación de casi 20 años en el encarnizado conflicto que involucró a Francia, Vietnam del Sur, Vietnam del Norte, Laos y Camboya. También estuvieron presentes en la ceremonia quienes habían sido los negociadores de las principales partes involucradas y gestores del acuerdo, Henry Kissinger y Le Duc Tho. 

Para Estados Unidos esta contienda significó un punto de inflexión respecto a su política exterior, su posición en el mundo bipolar de la época, su economía y su cohesión interna. Muy pocas veces en su historia había estado tan fragmentada la sociedad norteamericana ni tan desprestigiados sus gobiernos como durante los últimos años de la guerra en el Sudeste Asiático, la más impopular de todas las que había librado hasta entonces el Tío Sam, la que mayor repudio generó entre propios y extraños y la que llegó a convertirse en el prototipo de la agresión imperialista contra un país del Tercer Mundo.

El costo de una guerra perdida

El espectáculo no podía haber sido más dantesco. La que sin duda era la mayor potencia del planeta volcó todo su poderío económico y militar sobre un territorio predominantemente rural y muy pobre que había sido dividido desde 1954 en dos estados –Vietnam del Sur y Vietnam del Norte– y donde, según los estrategas de Washington, se libraría una batalla decisiva en la lucha entre el capitalismo y el comunismo. Los dirigentes norteamericanos pregonaron desde un principio la famosa “teoría del dominó” según la cual si un país de la región (en este caso Vietnam del Sur) caía en manos del comunismo, el resto del Sudeste Asiático correría la misma suerte. Por eso desde que decidieron intervenir, a comienzos de los años sesenta, los norteamericanos gastaron en total la astronómica suma de 150.000 millones de dólares de la época (aproximadamente 1,3 billones de hoy) luchando contra las guerrillas del Frente Nacional de Liberación (también conocido como Vietcong) y sus amplias bases de apoyo campesino en el Sur y contra el Norte comunista que se había convertido en el principal soporte de los rebeldes que combatían contra los yanquis y sus aliados de Saigón. (Por otro lado, hay que destacar el considerable apoyo que Hanoi recibió desde el comienzo por parte de China y la Unión Soviética). Aunque nunca se sabrá con certeza la cifra real, se calcula que como consecuencia de la contienda murieron entre 2 y 3 millones de vietnamitas en los dos estados –de los cuales casi una tercera parte civiles–, mientras que las bajas mortales de las tropas estadounidenses sumaron cerca de 60.000. A lo anterior hay que agregar que en Camboya murieron 200.000 personas y en Laos 100.000, no combatientes en su mayoría.

La fuerza aérea norteamericana arrojó alrededor de 7 millones de toneladas de bombas sobre las dos naciones vietnamitas y sus vecinos de Laos y Camboya, el triple del total de proyectiles que lanzó en la Segunda Guerra Mundial en todos los frentes. No faltó quien, como el nefasto general gringo Curtis Lemay, recomendara que el objetivo debía ser bombardear al enemigo hasta devolverlo a la Edad de Piedra. Pero además de las bombas de gran poder explosivo, Estados Unidos emplearon artefactos incendiarios, como el tristemente célebre napalm, del cual se lanzaron 400.000 toneladas principalmente en el Sur. O defoliantes altamente venenosos, como el Agente Naranja, que destruyeron miles de kilómetros cuadrados de capa vegetal de Vietnam del Sur (3,2 por ciento de las áreas agrícolas y 46,6 por ciento de los bosques) y provocaron efectos mortales en centenares de miles de personas, incluidos no pocos soldados norteamericanos. El napalm se utilizó con el fin de causar horribles heridas en las víctimas y sembrar el terror entre la población; los defoliantes para destruir áreas rurales enteras donde se camuflaban los guerrilleros y de paso obligar a los agricultores a abandonar el campo y refugiarse en las llamadas “aldeas estratégicas”, siniestros campos de concentración que tenían el supuesto objetivo de restarles apoyo popular a los comunistas.

Aparte de los bombardeos sistemáticos y el empleo de armas químicas, Estados Unidos cometió toda suerte de crímenes de guerra sobre el terreno, como la célebre masacre de My Lai, donde un contingente de soldados norteamericanos asesinó en una mañana a más de 500 aldeanos survietnamitas indefensos, en su mayoría mujeres, ancianos y niños. A diferencia de los veteranos de otras guerras, los que regresaban de Indochina, muchos de ellos lisiados, con perturbaciones mentales o adictos a las drogas, no eran recibidos como héroes sino, en medio de una indiferencia general, como sujetos peligrosos y dignos de desprecio. 

No sorprende, entonces, que amplios sectores de la ciudadanía norteamericana, en especial la juventud, se opusieran de manera activa a esta guerra vergonzosa cuyo dramático desarrollo podían ver, día a día, a través de la televisión. Nunca ningún inquilino de la Casa Blanca –Eisenhower, Kennedy, Johnson o Nixon– pudo explicarles a sus compatriotas por qué estaban en Vietnam ni por qué su país mandaba a combatir y a morir a sus jóvenes en un país minúsculo a miles de kilómetros de distancia sin saberse bien para qué. La desconfianza en el gobierno, la fractura de la sociedad y las multitudinarias protestas pacifistas contribuyeron de manera decisiva a la derrota en Vietnam, la primera en la historia de Estados Unidos. A lo anterior hay que señalar que los más de 500.000 efectivos que llegó a desplegar Washington, además del ejército de Vietnam del Sur, nunca consiguieron doblegar a los rebeldes del Vietcong ni lograr la simpatía de la población por las autoridades de Saigón. Tampoco los espantosos bombardeos sobre Vietnam del Norte consiguieron que este dejara de luchar por la unificación del país y de brindar ayuda a las guerrillas del Sur a través de rutas que atravesaban Laos y Camboya. Como lo demostrarían posteriormente infinidad de documentos y testimonios, la guerra fue una costosísima causa perdida mucho antes de que Washington pudiera suscribir los acuerdos de paz de 1973 y retirarse se Vietnam.

El largo camino a París

Desde 1954, cuando Francia fue derrotada en Vietnam y tuvo que retirarse del Sudeste Asiático, todos los presidentes norteamericanos, desde Eisenhower hasta Johnson, se involucraron cada vez más en lo que en el fondo era una guerra civil y tomaron partido por el gobierno del Sur para luchar en contra del Vietcong y el régimen comunista del Norte. A partir de 1965 la Casa Blanca decidió despachar grandes cantidades de tropas regulares y aviones de combate para participar así, de manera directa, en las hostilidades. Aunque a la opinión pública siempre se le dijo, año tras año, que las fuerzas de Estados Unidos y sus aliados estaban a punto de alcanzar la victoria, la verdad era muy distinta. El superpoderoso ejército estadounidense se hundía poco a poco en las arenas movedizas de una guerra contra un enemigo casi invisible, que se confundía con la población rural y que recibía un constante flujo de armas y pertrechos desde el Norte. En enero de 1968 se produjo la gran ofensiva del Tet, el año nuevo lunar, durante la cual fuerzas del Norte y del Vietcong se tomaron una serie de capitales provinciales, asestaron duros golpes al ejército del Sur y pusieron al descubierto la falsa propaganda triunfalista de Washington. Como consecuencia de este acontecimiento y la abrumadora impopularidad de la guerra, el presidente Johnson anunció en marzo que desistiría de presentarse a la reelección en noviembre. La crisis provocada por Vietnam había sacudido directamente la cima del poder en Estados Unidos.

El candidato republicano, el ultraconservador Richard Nixon, ganó las elecciones con la promesa de que sacaría al país del atolladero indochino mediante una “paz con honor”. Junto con su consejero de seguridad nacional, Henry Kissinger, el mandatario puso en marcha una ambiciosa estrategia que buscaba no solamente retirarse y garantizar al mismo tiempo la seguridad e independencia de Vietnam del Sur sino también dar a entender que Estados Unidos no había sido derrotado ni política ni militarmente y que no abandonaba a sus protegidos en medio de las dificultades. A nivel local se trataba de aplacar y dejar sin argumentos al gigantesco movimiento pacifista y a la prensa de oposición. Era una compleja amalgama de acciones para disminuir la presencia en Vietnam, pero sin dejar de aplicar medidas de fuerza y recurriendo a la diplomacia. Desde el comienzo de su gobierno Nixon ordenó una disminución progresiva de las fuerzas estacionadas en Indochina que de más de medio millón de efectivos en 1969 llegaron a quedar reducidas a un contingente de apenas unos pocos miles en 1973. Simultáneamente, despachó a Saigón formidables cantidades de ayuda económica y militar con el fin de llenar el vacío dejado por la salida de los marines. Se trataba de que fueran los mismos vietnamitas quienes resolvieran finalmente su conflicto, los del Sur con el apoyo de Washington y los del Norte con el de Moscú y Beijing. Esta “vietnamización”, si bien logró disminuir considerablemente la cantidad de bajas de Estados Unidos y el costo de la guerra, no pudo calmar las protestas contra la misma. Una muestra de lo anterior fue la movilización de más de dos millones de personas en las principales ciudades norteamericanas que el 15 de octubre de 1969 expresaron su rechazo a la vinculación de su país al conflicto indochino. Lo que sí empezaba a vislumbrarse era que con esta estrategia el régimen de Saigón no duraría mucho, a menos que contara con el respaldo decidido e incondicional de sus patrocinadores gringos.

El otro componente de la estrategia nixoniana era el uso de la fuerza, que se puso en práctica por primera vez con una extensa campaña de bombardeos sobre territorio camboyano, entre marzo de 1969 y comienzos del año siguiente, cuyo propósito era destruir las líneas de suministro que desde Vietnam del Norte y pasando por Camboya llegaban al Sur para abastecer al Vietcong. Y en abril de 1970 la Casa Blanca llegó incluso a tomar la extraordinaria decisión de enviar a 30.000 soldados a Camboya con el mismo objetivo. Sobra decir que ni los ataques aéreos ni la invasión terrestre consiguieron las metas propuestas. En cambio, sí desataron la mayor oleada de protestas en Estados Unidos cuando el 4 de mayo la guardia nacional disparó contra una marcha pacifista en Kent State University y asesinó a cuatro jóvenes. Durante las siguientes semanas más de 4 millones de estudiantes salieron a protestar mientras que una quinta parte de los campus del país tuvieron que cerrar y clausurar las clases. Ni la represión ni las acciones ilegales de espionaje contra los activistas antigubernamentales lograron apaciguar el levantamiento.

Mientras todo esto sucedía, Nixon y Kissinger trabajaban arduamente en el terreno diplomático. Desde 1969 llevaron a cabo acercamientos y encuentros secretos con Hanoi encaminados a alcanzar un acuerdo de paz que le permitiera a Washington salir “con honor” de Indochina. Estas intrincadas negociaciones se prolongarían hasta 1973 con numerosos altibajos y suspensiones. Tan apurados estaban los norteamericanos en conseguir un acuerdo que en mayo de 1971 Kissinger le comunicó a su contraparte norvietnamita, Le Duc Tho, que su país estaba dispuesto a retirar todas sus fuerzas del Sur sin necesidad de que el Norte hiciera lo propio con los 150.000 efectivos que tenía desplazados allí. A cambio, el Norte se comprometía a liberar a todos los prisioneros de guerra norteamericanos. Sin embargo, este acuerdo preliminar se rompió en septiembre de 1971 ante la exigencia de Hanoi en que Washington debía sacar del poder al presidente Nguyen Van Thieu en Saigón, algo que resultaba inaceptable para Nixon y Kissinger. Pero los problemas no pararon ahí. Ese mismo año la opinión estadounidense pudo conocer todos los detalles de la espantosa masacre de My Lai y, como si fuera poco, los famosos “Papeles del Pentágono”, un extenso documento secreto que ponía en evidencia todas las mentiras y los engaños de diversas administraciones en torno a la guerra de Vietnam. 

El otro frente diplomático era el de China y la URSS, las dos potencias que respaldaban a Hanoi y que podrían desempeñar un papel decisorio en la búsqueda de la paz. A Moscú le interesaba sobremanera limar asperezas con Washington para conseguir un acuerdo en torno a las armas nucleares, unas mejores relaciones comerciales bilaterales y, sobre todo, evitar que la Casa Blanca pudiera acercarse a la China de Mao, su acérrimo enemigo en el campo socialista. Y a Beijing le convenía el deshielo con Estados Unidos precisamente para inclinar la balanza a su favor en su conflicto con la URSS. La Casa Blanca, por su parte, necesitaba que las potencias comunistas presionaran al Norte a negociar la paz. Pero ni Brezhnev ni Mao Zedong podían darse el lujo de abandonar a Hanoi porque ello le daría ventaja a su rival, perjudicaría su imagen en el Tercer Mundo y le daría la victoria al Tío Sam en una contienda que ya tenía perdida de antemano. 

El histórico viaje de Nixon a Beijing en febrero de 1972 y su posterior reunión en Moscú con Brezhnev tres meses después se dieron en un contexto particularmente complicado pues en marzo, cuando ya había menos de 100.000 soldados yanquis en el Sur, el Norte lanzó un ataque masivo a través del paralelo 17, la línea fronteriza entre los dos Vietnam, con el objeto de alterar la correlación de fuerzas y luego poder negociar desde una posición más ventajosa. Nixon, que en esos momentos no podía permitirse una derrota humillante en el campo de batalla, optó por responder de manera contundente. Según dijo a sus ayudantes, no iba a tolerar que “un paisito de mierda” desbaratara su plan en Indochina y en consecuencia ordenó lanzar una feroz operación de bombardeo sobre Vietnam del Norte y sobre las tropas que atacaban el Sur, así como el minado de Hai Phong, el mayor puerto del país. Aunque resulta muy difícil comprobarlo, es más que probable que Moscú y Beijing ejercieron una discreta presión sobre Hanoi para que pusiera fin a las hostilidades y accediera a reanudar las conversaciones con el señor Kissinger. Quedó claro que solo la intervención militar norteamericana podía salvar a Saigón de una derrota segura y que el ascendiente de China y la URSS eran cruciales para continuar el camino hacia la paz. Pero aún faltaba camino por recorrer. 

En vísperas del acuerdo

En julio se reanudaron las conversaciones con la alentadora noticia de que Hanoi ya no exigía la cabeza del presidente survietnamita para llegar a un pacto. En octubre Le Duc Tho y Kissinger llegaron a un preacuerdo cuyos puntos fundamentales eran el cese del fuego, el retiro de las tropas norteamericanas (las norvietnamitas permanecerían en el Sur), la entrega de los prisioneros estadounidenses y la creación de una comisión compuesta por el gobierno de Saigón y el Vietcong encargada de definir el futuro del Sur. No obstante, pese al optimismo que surgió luego de este arreglo (Kissinger declaró a la prensa que la paz estaba al alcance de la mano), el presidente Nguyen Van Thieu se negó a aceptarlo pues no solamente no se le había consultado, sino que permitía la permanencia de tropas de Hanoi en el Sur y la participación de la guerrilla del Vietcong en el diseño del nuevo país.

Nixon, envalentonado por haber ganado su reelección en noviembre, optó por apoyar a Van Thieu y revisar lo acordado un mes antes por Kissinger y Le Duc Tho. Como era de esperarse, Hanoi rechazó de plano cualquier cambio en lo ya convenido y el proceso sufrió un revés que parecía definitivo. Entonces Nixon recurrió una vez más a la fuerza para demostrar su respaldo a Saigón y obligar al Norte a regresar a la mesa de negociaciones. Así, entre el 18 y el 29 de diciembre de 1972, centenares de superbombarderos B-52 arrojaron más de 30.000 toneladas de bombas de todo tipo sobre instalaciones militares y áreas densamente pobladas de Vietnam del Norte, lo que causó un elevado número de víctimas. El primer ministro sueco, Olaf Palme, comparó estas acciones con los crímenes de guerra de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, mientras que el Congreso y la opinión estadounidenses expresaron su enérgico rechazo.

Finalmente, el 27 de diciembre Hanoi anunció su voluntad de volver a las conversaciones, las cuales culminarían un mes después con la firma de los Acuerdos de París. Nixon retomó lo que se había acordado en octubre y Thieu no tuvo más remedio que aceptar los términos de lo pactado, eso sí, con la promesa de que Washington actuaría enérgicamente en caso de que el Norte violara los puntos del convenio y que Saigón continuaría recibiendo toda la ayuda que necesitara.

La firma y sus consecuencias

Después de años de negociaciones, el 27 de enero de 1973 se firmaron en París los acuerdos para “terminar la guerra y restaurar la paz en Vietnam”. Además de los puntos que ya se habían determinado en octubre del 72 –cese de hostilidades, evacuación de las tropas norteamericanas 60 días después de la firma, entrega por parte de Hanoi de los prisioneros estadounidenses, creación de una comisión para definir el futuro del Sur–, las dos partes se comprometieron, entre otros asuntos, a respetar la independencia, soberanía e integridad de Vietnam del Sur, a tiempo que Washington se obligó a suspender toda operación contra Vietnam del Norte y a desminar las aguas territoriales de ese país. El paralelo 17, que había servido como frontera política entre los dos países, reconocida internacionalmente, dejaba de serlo para convertirse en un simple límite provisional, con lo que la figura de los dos Estados desaparecía y Vietnam sería un solo territorio con dos gobiernos de facto mientras se alcanzaba la reunificación nacional. Las tropas norvietnamitas, que controlaban aproximadamente el 25 por ciento del territorio del Sur, continuaron estacionadas donde se encontraban a la firma del convenio y por su parte Saigón renunciaba a recuperar las zonas del Sur dominadas por la guerrilla del Vietcong. 

Estados Unidos, desesperados como estaban por conseguir la paz, hicieron enormes concesiones, mientras que Hanoi apenas se limitó a suscribir unas pocas, la mayor de ellas aceptar la permanencia de Thieu en el gobierno de Saigón… pero no por mucho tiempo. A la hora de la verdad, los acuerdos serían solamente un armisticio temporal, ya que menos de un año después Saigón y Hanoi estarían en guerra de nuevo. Para Estados Unidos, París fue el final de la guerra, de su guerra; no así para la nación vietnamita. Fue por esta razón que, cuando en 1973 se les otorgó el Premio Nobel de la Paz a Henry Kissinger y a Le Duc Tho, este último declinó el honor argumentando que las hostilidades aún no habían cesado en su país.

Pocos meses después de la suscripción de los acuerdos, el Congreso norteamericano, dominado por los demócratas, ratificó la exigencia de suspender todo tipo de operaciones militares en el Sudeste Asiático y, en noviembre de 1973, aprobó la Resolución de Poderes de Guerra la cual le quitaba al presidente la potestad de entrar a un conflicto armado sin el consentimiento o autorización legal del Legislativo. Igualmente, la ayuda que la Casa Blanca había prometido a Saigón a raíz del pacto de París fue reducida por el Congreso a su mínima expresión en 1974. Ese mismo año Nixon, el último aliado que le quedaba a Vietnam del Sur en Washington, tuvo que renunciar a la presidencia a causa del escándalo de Watergate. El resto ya es historia conocida. El Norte lanzó su ofensiva final contra un ejército survietnamita completamente desmoralizado y el 30 de abril del siguiente año sus tropas ocuparon Saigón. Había caído así el telón de la tragedia de Vietnam, “la empresa más desastrosa de los 200 años de historia de Estados Unidos”, según palabras de George F. Kennan, el insigne teórico de la Guerra Fría.

Vendría un período de casi una década caracterizado por el retroceso estratégico de Estados Unidos en la arena internacional y un avance del Kremlin y sus aliados en el Tercer Mundo. En 1974 fue derrocado el emperador Haile Selassie en Etiopía, firme aliado de Occidente, y reemplazado por un régimen militar aliado de Moscú; a partir de 1975 tropas cubanas fueron despachadas a Angola y otras naciones africanas como el Congo y Etiopía con la misión de apoyar a diversas fuerzas prosoviéticas; a finales de 1978 la URSS invadió Afganistán; en 1979 el sha de Irán, otro fiel amigo de Estados Unidos, fue derrocado en medio de la revolución islámica de Jomeini; ese mismo año estalló la revolución sandinista que acabaría con la dictadura de Somoza, viejo socio de los estadounidenses, y comenzó la guerra civil en El Salvador. Durante al menos dos lustros el fantasma de Vietnam paralizó la política exterior de Estados Unidos y solo hacia mediados de los años ochenta, en vísperas de la desintegración de la Unión Soviética, aquella pudo volver a desempeñar un papel determinante en la escena mundial.