Tanzania: la corona de África, el paraíso y los primeros humanos

Montaña Kilimanjaro, foto tomada en la ciudad de Moshi.

Crédito: Guillermo González Uribe

30 Marzo 2024

Tanzania: la corona de África, el paraíso y los primeros humanos

El escritor y periodista Guillermo González Uribe, en reportaje exclusivo para CAMBIO, da una mirada sobre lugares especiales del África negra, que está estrechamente unida a Colombia por ser el segundo país con más población afrodescendiente de América Latina, después de Brasil. Se trata de un viaje que renueva, zarandea creencias y prejuicios, y abre caminos para acercarse a conocer más.

Por: Guillermo González Uribe

Entre aquí para recibir nuestras últimas noticias en su WhatsAppEntre aquí para recibir nuestras últimas noticias en su WhatsApp

Hoy fue el quinto día. Hemos subido ya a 4.600 metros hacia la cima del Kilimanjaro (al decir de Ernest Hemingway, Ngàje Ngài o ‘La casa de Dios’), una de las siete cumbres del planeta, la montaña más alta de África, que ya está a sólo una jornada de camino. En cada trayecto, que se prolonga hasta por más de diez horas, recorremos entre cuatro y diecisiete kilómetros mientras consumimos tres litros de agua, tanto de las botellas como del ‘camel’ o bolsa que va en el morral. 

Kilimanjaro tomada en la ciudad de Moshi.
Vista del Kilimanjaro desde el sendero de ascenso.

Arrancamos en la ciudad de Moshi, Tanzania, a 600 metros de altitud, con 25 grados de temperatura, y ahora tendremos que ponernos tres capas de ropa para soportar temperaturas que están bajo los cero grados. Cada noche dormimos en carpas, en campamentos iluminados por millares de estrellas, en los que se entrecruzan múltiples idiomas como en una fraternal torre de Babel. La cuarta noche, al levantarme en medio del frío que hiela, miro el cielo y una estrella fugaz me lleva a sentir gratitud por la vida. Caminamos en fila india, casi siempre en silencio, contemplando el cambiante paisaje que va del bosque húmedo tropical –pasando por páramos donde vemos frailejones similares a los que se encuentran en Colombia¬– hasta las zonas altas en las que la vegetación es escasa, y siempre, desde diversos ángulos, observamos la majestuosa cima del Kilimanjaro, coronada de nieve, en una especie de meditación en movimiento, al tiempo que vamos encontrando rocas de variados colores y texturas. Sólo se escuchan por momentos pasos, respiraciones agitadas, el viento que silva o pasa huracanado, el canto de los pájaros o el sonido de la lluvia sobre los impermeables. Trepando la montaña recordé a ese grande de las escaladas en Colombia, el afable Juan Pablo Ruiz, fallecido hace poco, quien transitó por estos senderos.

Kilimanjaro tomada en la ciudad de Moshi.
Levantando las carpas en el campamento Machame.

Nos sorprende una imagen surrealista, que parece sacada de una película de Buñuel: antes de la penúltima noche, al llegar a un altiplano por encima de los cuatro mil metros, un grupo de europeos hace un picnic sobre una mesa grande, con mantel puesto, cubertería y diversas viandas. 

Hoy, al final del quinto día, sentí leves mareos y dolores de cabeza, que casi nunca me dan. Soy uno de los menos experimentados (no había estado a más de tres mil seiscientos metros de altura), y de mayor edad del grupo de siete colombianos que emprendimos el viaje, conducidos por el veterano guía Juan Calle. A las 11 de la noche nos ponemos de pie, bajo el cielo más estrellado que he visto, y a las doce emprendemos la marcha final.

Avanzamos lentamente (‘Pole Pole’, en suajili, despacio, sin prisa, la expresión que más repiten los guías locales, junto con ‘Hakuna Matata’, tranquilo, no hay problema), apoyados en bastones que, nos recuerda Juan, reducen 25 por ciento el esfuerzo. Iluminamos las trochas con linternas frontales y hoy, el sexto día, andamos aún a paso más lento, guiados por Juma, el guía local principal, que es secundado por otros tres guías que, en los pasos difíciles, nos dan una mano. También hay un grupo de porteadores, gracias a quienes es posible esta aventura, pues cargan la mayor parte del equipo, así como comida, carpas y lo demás necesario para la expedición; ellos son imprescindibles para nuestra travesía. En los días anteriores, a medida que caminamos, les abrimos paso a los porteadores, pues cada uno lleva más de 15 kilos encima y se mueven rápido para montar y desmontar los campamentos. Además, avanzamos mejor cuando subimos animados por sus alegres cantos.

A las dos de la madrugada arribamos a los cinco mil metros; faltan apenas 895 para llegar a la cima. Voy bien. Entonces nos detenemos para comer y tomar algo. Saco los frutos secos para compartir con Marisa, mi esposa, y de pronto un fuerte mareo me hace recostar en una enorme piedra. Marisa le pide ayuda a Juan. Pierdo el conocimiento por unos segundos. Vuelvo en mí mientras desfilan rápido por la mente caras de personas, y no sé dónde estoy. Juan me ayuda a sentarme en una roca. Me recupero pronto y quiero seguir, pero Juma dice que no, que viene una parte empinada que puede ser fatal para mí. Juan corrobora lo dicho por Juma y, Carlos, otro de los guías locales, el que tiene mejor español y nos ha hablado de las plantas en cada piso térmico, se sienta en cuclillas, me mira de frente, fijamente, y me dice con firmeza y cariño: “lo más importante es tu vida, si sigues puedes perderla; si quieres volver, la montaña Kilimanjaro te estará esperando. Ahora, protege tu vida”. 

Hace un par de días, cuando comencé a sentir malestar, les comenté a Marisa y a Juan que, en caso de no poder seguir, continuaran ellos, que son escaladores con más experiencia. Juma comisiona a Antonio, otro de los guías locales, y a Marco, porteador, para que me acompañen en el descenso al último campamento que dejamos atrás.
Camino lentamente una hora. Cuando llegamos a un difícil descenso entre piedras gigantescas, cada uno de ellos me coge de un brazo y, casi sin darme cuenta, llego como volando hasta el campamento. Dormito un rato, me recupero y Antonio me lleva algo de desayuno a la carpa. 

Allí espero a los demás, que logran coronar la cima; quedo satisfecho con los seis días de ascenso y mis cinco mil metros, siendo un amateur adulto. Me recuesto, saco el celular, busco entre los archivos guardados y releo Las nieves del Kilimajaro, de Hemingway, cuyo final no es tan feliz para el protagonista.

Un poco de historia

Al arribar a la ciudad de Arusha, luego de bajar del Kilimanjaro, un sitio clave para visitar es el Centro de Patrimonio Cultural, museo y a la vez galería donde se aprecian fragmentos de la historia y de las culturas de África, vamos observando particulares fotografías de comunidades, paisajes, coloridas pinturas de rostros y situaciones, elaboradas tallas en madera de ébano de indígenas africanos, así como leones, jirafas, cebras y ciervos. 

Talla en madera de canoa con africanos cazados para esclavizarlos. Centro del Patrimonio Cultural de Arusha.
Talla en madera de canoa con africanos cazados para esclavizarlos. Centro del Patrimonio Cultural de Arusha.

Toca el alma y se corta la respiración al ver grandes tallas en madera de africanos cazados por invasores europeos y conducidos encadenados o amarrados en canoas para ser vendidos como esclavos. Durante trescientos años África estuvo sometida a una de las peores formas de saqueo y opresión. En su libro Ébano, el escritor polaco Ryszard Kapuscinski señala que el comercio de esclavos africanos fue la fase más brutal y abyecta de aquella conquista: “batidas, redadas, persecuciones y emboscadas que organizaban los blancos, a menudo con ayuda de compinches africanos y árabes en condiciones infrahumanas, hacinados en las bodegas de los barcos; millones de africanos fueron transportados al otro lado del Atlántico para que allí, con el sudor de sus frentes, construyeran la riqueza y el poderío del Nuevo Mundo”.

Posteriormente, durante la conferencia de Berlín, realizada en 1884, Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania y Portugal se repartieron el continente, hasta la época en que África se independiza en la segunda mitad del siglo XX. Se calcula que cerca de 15 millones de habitantes de África fueron sometidos a esclavitud, lo que podría llegar a ser una tercera o cuarta parte de su población de entonces. Al igual que ocurrió con los indígenas de América, y en genocidios similares, la justificación proviene de considerar al otro inferior, no humano, como pasó también en Sudáfrica en tiempos del apartheid, en Alemania en la época del fascismo y en el exterminio del pueblo palestino hoy por parte de Israel.

Una mirada al trasfondo de la historia reciente se puede encontrar en el libro La vida después, del premio Nobel de Literatura 2021, nacido en Tanzania, Abdulrazak Gurnah. Se trata de un relato ágil que retrata momentos entrecruzados de la vida cotidiana de tres jóvenes durante la invasión de Tanzania por parte de los alemanes y luego de los ingleses, hechos que se desarrollan a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en este país nacido en 1964 a partir de la unión entre Tanganica y Zanzíbar, que se habían independizado poco antes del dominio colonial.

Así mismo, la película Medidas de hombres, que se estrenó en el Festival de Cine de Berlín (la Berlinale) el año pasado, es una visión descarnada y autocrítica de la ocupación alemana, que desnuda el trato dado a los nativos negros y las investigaciones supuestamente científicas para apoyar el prejuicio de la raza superior, con acciones como la medición comparativa de cerebros, el arrasamiento despiadado de poblaciones enteras y el establecimiento de campos de concentración, lo que según una frase al final del filme sirvió como base para desarrollar concepciones y prácticas del fascismo.

En el hotel admiro la dignidad de los meseros. Atentos y cordiales, pero no serviles; siento que es una forma de reacción o resistencia frente a los atropellos sufridos por sus antepasados. 

Recorrer Arusha es pasearse por una ciudad sin andenes, cuyo orden no es fácil de descifrar para el visitante, quien la puede sentir caótica. Allí, las calles son compartidas por carros, peatones, bicicletas y motos. Como se ve en las fisonomías y en los atuendos, es una urbe multicultural en la que conviven mayoritariamente africanos, árabes e indios. Allá corren niños bullosos de un colegio, con uniforme rojo y verde; algunas de las niñas cubren la cabeza con hiyab, velo que deja la cara al descubierto.

Se alternan en el camino prendas occidentales con las batas de colores fuertes de las mujeres, y varios de los hombres llevan taqiyah, gorro corto y redondo usado por los musulmanes. Queda fija en la mente la figura de una espigada mujer masái, en las afueras de la ciudad, con su batola roja, collares, largos pendientes, orejas perforadas, caminando erguida mientras habla por celular. 

Abundan los mercados callejeros en los que se venden alimentos, ropa y todo tipo de enseres, e incluso los sastres trabajan sobre sus máquinas de coser en la calle. Buscando en redes aparece un restaurante de la India que durante seis años ha sido catalogado como el mejor de la ciudad. Está situado en una zona popular en el segundo piso de un edificio de tiendas varias. 

Entramos a un espacio pequeño, que parece una tienda de barrio y la comida que se anuncia en el menú plastificado que nos entregan tiene precios muy bajos. Al ir probando los platos se comprueba el porqué de su calificación: pedimos de tomar un refrescante mango lassi; de entrada, deliciosas empanadas samosas con diversos ingredientes, luego inolvidables masala doshas con varios acompañantes…

El safari

La siguiente etapa nos lleva rumbo al parque nacional Serengueti, declarado Patrimonio de la Humanidad. Sobre la marcha, vemos aldeas masái y a sus pastores ataviados sólo con batas tradicionales, portando largas varas que siempre los acompañan, para cuidar sus rebaños de cabras y cebúes. Luego nos reciben dos majestuosos árboles baobabs.

Árbol baobab en el camino al parque Serengueti.
Árbol baobab en el camino al parque Serengueti.

Ahora, las extensas jornadas a pie serán reemplazadas por otras de 12 horas montados en camionetas jeep Toyota, acondicionadas para andar por trochas sin pavimento dentro de los 14.000 kilómetros cuadrados del parque. Más adelante están las primeras manadas de ñus, una especie de cruce entre vaca y antílope barbado, que según estimativos llegan a ser un millón en la región. 

El leopardo se acerca a las camionetas.
El leopardo se acerca a las camionetas.

Las sorpresas se suceden. A lo lejos divisamos un impresionante grupo de elefantes y otro más de cebras se nos acercan; es difícil dejar de admirar los diseños marcados en su piel. Lo más impactante es un leopardo que se cruza entre los vehículos detenidos; Justin, el nuevo guía local, dice que pocas veces se dejan ver. Terminamos el primer día de safari con los ojos iluminados por lo visto, y pernoctamos en un campamento que tiene muchas más comodidades que los de la montaña.

El sol, como una inmensa bola roja ardiendo que tiñe las nubes, anuncia la llegada del segundo día en el Serengueti. Cuando apenas hemos avanzado una hora, nos topamos con una manada de elefantes que viene hacia la carretera para pasar al otro lado. Nos detenemos mientras los animales terrestres más grandes del planeta pasan entre nosotros; se me eriza la piel, pues un solo movimiento de uno de ellos bastaría para voltear el vehículo. Apenas recuperados del asombro, nos gozamos de cerca a estos míticos cuadrúpedos que llevan a sus crías en el centro del grupo, para protegerlas.

Elefante en el Serengueti
Elefante en el Serengueti

Ahora encontramos un grupo de tres leonas. El tercer día, varios de los vehículos se detienen en un mismo lugar, mientras quedamos atrapados observando a una hermosa y tranquila jirafa que está pariendo; extasiados alcanzamos a ver la pata de la cría que comienza a emerger.

Leona en el Serengueti
Leona en el Serengueti.
Jirafa en el cráter de Ngorongoro.
Jirafa en el cráter de Ngorongoro.

Finalmente, arríbanos al cráter de Ngorongoro, lo más parecido que existe al paraíso acá en la Tierra. Se calcula en 25.000 la cifra de animales de gran tamaño que conviven en sus 264 kilómetros cuadrados. Juan, el guía, cuenta que alguien dijo que era como entrar en el Arca de Noé. 

Hace cerca de 2.5 millones de años hizo erupción el volcán Ngorongoro, por entonces la cumbre más alta de África. Tal fue la fuerza de la explosión que la montaña desapareció y en su lugar quedó un gigantesco cráter que deja pasmado al visitante cuando lo aprecia desde el primer mirador que hay descendiendo a él: se ve una inmensa llanura con un gran lago, dibujada con diversos tonos de verde y azul que se entremezclan, en la que se van descubriendo pequeños puntos negros, que al observarlos con binóculos resultan ser enormes mamíferos que viven protegidos por las altas paredes del cráter. Allí, en otro parque natural cuidado por el Estado, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco coexisten, sin ser molestadas, diversas especies animales. 

Uno de los cerca de un millón de ñus que hay en la región.
Uno de los cerca de un millón de ñus que hay en la región.

Al poco tiempo de ingresar, el ojo de águila de Justin nos muestra a lo lejos dos manchas oscuras: con binóculos enfocamos a los primeros rinocerontes. Más allá vemos los búfalos africanos y las bandadas de flamingos rosados. Un poco más adelante, un hermoso león retoza al lado de la trocha. 

Alucinados por lo que hemos visto, nos detenemos para almorzar en un sitio de descanso. Al comienzo tomamos como chiste las indicaciones del guía Justin: “cuiden la comida porque las águilas se las pueden robar”. No bien comenzamos a comer, una de las caminantes, María Fernanda, otra curtida escaladora, saborea una presa de pollo que queda a la vista y un águila se clava en picada; ella alcanza a reaccionar y el ave nos deja a su paso un viento fresco y el sonido de sus alas al batirlas.

Los tres restantes de nuestro grupo son jóvenes cordiales y muy activos, que ya han recorrido medio mundo; ante la falta de pilas para una linterna frontal, el previsivo John, programador, nos ofrece una sofisticada linterna adicional que lleva consigo; Juan Pablo, el tatuado veterinario, da consejos sobre dolores o heridas y Gustavo, el más metódico y disciplinado, también informático, sabe más o menos de todo, y lo que no sabe lo consulta en segundos.

Por nuestros ojos desfilan durante estos días manadas de babuinos, lgruyas coronadas, hienas, antílopes, gacelas, ciervos, venados, topis, impalas, lémures, avestruces, chacales, cigüeñas, garzas y docenas de especies más, como el ave más pesada que puede volar: la avutarda. A lo largo del viaje, por encontrarnos también en el trópico, sentimos en varios momentos que, pese a las notables diferencias, hay vegetación y paisajes similares a los de los Llanos Orientales, sus atardeceres y amaneceres; las selvas del Amazonas, La Guajira, la aridez mezclada con franjas verdes de Villa de Leyva y el valle de Zaquencipa; la zona cafetera, los páramos.

Sobre su paso, hace sesenta años, por la región, dice Kapuscinski: “Todo aquello parecía increíble, inverosímil. Como si uno asistiera al nacimiento del mundo, a ese momento particular en el que ya existen el cielo y la tierra, cuando ya hay agua, vegetación y animales salvajes, pero aún no han aparecido Adán y Eva. Y precisamente aquí se contempla ese mundo recién nacido, un mundo sin el hombre, y por lo tanto sin el pecado; y es aquí, en este lugar, donde mejor se ve, y tal cosa es una experiencia inolvidable”.

Cuna de la humanidad

Los caminos conducen luego a otro paraje cercano de singular importancia: la garganta de Olduvai, considerada cuna de la humanidad. Los arqueólogos españoles Enrique Baquedano y Manuel Domínguez, codirectores del Instituto de Evolución Africana de España, quienes trabajan en la zona desde hace años, afirman que “contiene la mayor riqueza de yacimientos arqueológicos sobre el origen del ser humano en el planeta”, y que en esa área se descubrieron, entre otros, restos de los primeros miembros de nuestro género (Homo habilis). Agregan que “no existen en ningún otro lugar yacimientos de dos millones de años con el grado de preservación tan excepcional como los yacimientos allí encontrados”. Su proyecto de investigación busca ahondar en los orígenes del comportamiento humano: ¿cómo surgió la capacidad de adaptación al espacio? ¿Qué papel jugaron en ello las primeras herramientas? ¿Cuándo comenzaron los humanos a consumir carne? ¿Cómo surgieron las primeras formas de organización social? ¿Cómo se relaciona lo anterior con la evolución de la mente humana?

Reconstrucción a partir de la mandíbula de un australopithecus. Museo de la garganta de Olduvai.
Reconstrucción a partir de la mandíbula de un australopithecus. Museo de la garganta de Olduvai.

Por su parte, el geólogo David Uribelarrea indica que la Garganta de Olduvai alberga el mejor conjunto de yacimientos arqueológicos paleolíticos del mundo, que contiene restos de Homo hábilis, Homo ergaster y Homo sapiens. Y añade que allí se encuentran las primeras evidencias de comportamiento humano complejo.

Desde el anfiteatro del pequeño museo de la garganta de Olduvai se pueden ver los sitios de excavación, y al interior del museo comenzamos a recorrer las salas con paneles didácticos donde se va contando la evolución del ser humano, narración que va acompañada por la exhibición de fósiles y diversos objetos encontrados en la región, como algunas de las primeras herramientas construidas por los humanos: piedras medio talladas usadas para cortar. Se suceden las salas con textos, imágenes y gráficas explicativas, a cuyo comienzo hay sugerentes preguntas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Adónde vamos?

En este lugar, que confirma orígenes comunes de la especie humana, es imposible dejar de pensar en cómo los prejuicios raciales provienen de construcciones mentales de culturas que han tenido diferentes niveles de desarrollo, y que el afán de lucro y de poder han llevado a que unos se sientan con el derecho de oprimir o aniquilar a otros, comenzando por deshumanizarlos. 

Cabe citar entonces la descarnada historia de la conquista del África que relató el también polaco Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, a partir de sus vivencias en una compañía belga, cuya frase culminante sintetiza el espíritu de esta invasión: “exterminad a todas esas bestias”; libro que sirvió de base para la película Apocalypse Now, de Coppola.
Ya terminando el viaje, hacemos un recorrido por una aldea masái; recorrido bien montado y planificado por ellos mismos para los visitantes. A una charla introductoria, le siguen danzas con atuendos típicos, visita a la escuela y a sus viviendas, tiendas rústicas con el hogar en el centro –como se ve en comunidades indígenas de diversas partes del planeta–, incluyendo luego la compra de artesanías. Los masáis, hoy pueblo seminómada, parecen vivir en otra época, pues se les ve tranquilos en extensas zonas paciendo sus rebaños, de los cuales extraen los alimentos para su supervivencia. Son cerca de 800 mil que habitan entre Tanzania y Kenya.

 

Epílogo

Por donde transitamos, las tierras no están separadas por alambre de púas.
El continente africano, al igual que América Latina, luego de sufrir genocidios, saqueos y ocupaciones inhumanas, se ha buscado a sí mismo; busca su identidad y la forma de superar la pobreza dejada por siglos de expoliación y opresión. Y, al igual que en América Latina, después de la independencia, en muchos de sus países las élites criollas continuaron el saqueo de la riqueza nacional en beneficio propio. 

Arrastrando con una historia de sometimiento e inequidad, con altos índices de pobreza y una lenta apertura hacía mayor democracia, la actual presidenta de Tanzania, Samia Suluhu, inició un proceso de abrirse más a las relaciones internacionales y aceptó varias recomendaciones de Naciones Unidas relacionadas con derechos humanos.

Además de la agricultura, todo indica que Tanzania ha encontrado un posible camino propio de ingresos en el turismo planificado, organizado y en lo posible respetuoso del medio ambiente. El Estado se encarga del cuidado de los parques naturales, incluyendo un detalle que parecería sin gran importancia: mantiene una red de baños públicos perfectamente aseados a lo largo de los parques, algo fundamental para el desplazamiento de los visitantes.
Hoy Tanzania, con apenas seis décadas de haber declarado su independencia y dotado por la naturaleza de imponentes riquezas naturales, se ha convertido en punto importante de encuentro para los viajeros del mundo.

Esta es una mirada a vuelo de pájaro sobre unos pocos lugares del África negra, que está estrechamente unida a Colombia por ser el segundo país con más población afrodescendiente de América Latina, después de Brasil. África, un continente tan desconocido para nosotros, con gran riqueza cultural y recursos energéticos, minerales y ambientales, varios de cuyos países se debaten entre las hambrunas y las guerras intestinas auspiciadas en parte por grandes potencias. Un viaje que renueva, zarandea creencias y prejuicios, y abre caminos para acercarse a conocer más.

De las nieves del Kilimanjaro es posible que pronto queden solo imágenes y descripciones como las de Hemingway: “lo que pudo ver fue la cima cuadrada del Kilimanjaro, ancha como el mundo entero; gigantesca, alta e increíblemente blanca bajo el sol”. Según predicciones, por el acelerado cambio climático, en pocos años desaparecerá la corona blanca de África; ya ha disminuido en un 80 por ciento desde el viaje realizado por Hemingway hace un siglo.

Conozca más de Cambio aquíConozca más de Cambio aquí