Silvia Serrano Guzmán
26 Noviembre 2023

Silvia Serrano Guzmán

CANCELACIÓN: USOS Y ABUSOS

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En los últimos años se ha puesto de moda el término cancelación para referirse a un variado espectro de situaciones en las que se les quita el apoyo o la visibilidad a ciertas personas a raíz de comportamientos u opiniones que se consideran inaceptables por parte de quien llama a cancelar. 

Se ha hablado de cancelación, por ejemplo, en el caso de la escritora J.K. Rowling debido a sus posiciones acerca de las mujeres trans. Ahora se empieza a hablar de cancelación en el caso de profesores y profesoras que, por condenar las violaciones al derecho internacional por parte de Israel en respuesta a los actos terroristas de Hamás, están siendo tildados de antisemitas. También ocurrió con Luis Rubiales por el beso no consentido a la futbolista Jenni Hermoso. Muchas personas podrían reaccionar de manera diferente frente a cada uno de estos casos y apoyar o rechazar las respectivas “cancelaciones”. Me incluyo. 

La definición de la llamada cancelación no es clara y se ha prestado a abusos, tanto de quienes la promueven, como de quienes se hacen llamar víctima de ella. 

Hablamos de un tema relacionado con la libertad de expresión, el debate público plural, la autonomía, la responsabilidad por nuestros actos y la ineficacia del derecho y de las instituciones. Estos ingredientes actúan al mismo tiempo y hasta podría decirse que de manera contradictoria. Por eso, hablar de cancelación resulta particularmente difícil. 

El término es, en sí mismo, desafortunado. Sería mejor decir que vivir en sociedad implica asumir que lo que hacemos o decimos puede generar efectos, incluyendo el reproche de quienes consideran que nuestras opiniones o acciones son perjudiciales o les ofenden.

El reproche puede ser de una persona o de un grupo de personas. A veces se convierte en masivo. Además, puede tomar distintas formas y provocar variadas consecuencias, tales como deshacer un contrato, retrotraer el nombramiento en un cargo público o dejar de recibir invitaciones en determinados espacios. En no pocas ocasiones, son clamores ante la ineficacia del Derecho y sus instituciones para tramitar reclamos históricos. Siempre que no entren en tensión con las normas jurídicas vigentes, hay que considerarlos reproches válidos, por incómodas, molestas o severas que sean sus implicaciones. Si alguien piensa que esas respuestas desconocen sus derechos, puede acudir a las vías legales, como ocurrió con el llamado “escrache”, que consiste en realizar denuncias públicas por medios no institucionales de actos reprobables como violencias de género. La Corte Constitucional le dio su visto bueno, pero es posible que en otros casos llegue a conclusiones distintas y ponga ciertos límites. 

Lo anterior no debe prevenirnos de alertar sobre los riesgos de la idea de cancelación. Por un lado, la democracia implica que exista el mayor espacio posible para las más diversas opiniones. Por otro, la libertad pasa por la reducción de las respuestas punitivas a lo que las personas hacen o no hacen. Quienes creemos en la democracia y en la libertad no podemos ser acríticos ni posicionarnos sobre la cancelación según nuestro parecer con el tema del momento. 

Además, la autocensura que inspira el miedo a la cancelación, especialmente en el caso de las opiniones, es inconveniente porque puede impedir que se conozcan públicamente. No han sido pocas mis decepciones de estos días por posicionamientos sobre lo que ocurre en Gaza o por los apoyos al nuevo presidente argentino Javier Milei. En mi caso, prefiero conocer las opiniones que considero chocantes e incluso inmorales, para decidir a quiénes quiero seguir leyendo, escuchando o viendo en televisión.

Pero no son sólo los llamados a la cancelación los que tienen riesgos. El concepto también se presta para la victimización exagerada. Es común que personas que se atribuyen la categoría de canceladas —pese a mantener posiciones de poder o gran visibilidad— se presenten como víctimas sólo porque sus actos u opiniones suscitan reacciones fuertes. En estos casos, se disfraza de cancelación lo que, en realidad, no pasa de ser una profunda intolerancia a la crítica o un deseo de continuar beneficiándose de la impunidad de ciertas conductas como el acoso sexual o los discursos de odio.  

El gran problema es quién debe determinar cuáles son las cancelaciones aceptables o inaceptables o cuáles usos son buenos y cuáles son abusos. No tengo una respuesta. La tibieza es injustificable en ciertos contextos como un acto terrorista o un genocidio; pero ante ciertos temas puede ser el contrapeso a posiciones dogmáticas que anulen la conversación. En el asunto de la cancelación, poner sobre la mesa sus múltiples aristas, más que tibieza, es sintomático de su complejidad. 

*Investigadora y profesora de Derecho de la Universidad de Georgetown, Estados Unidos.
 

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