Daniel Samper Ospina
2 Abril 2023 03:04 am

Daniel Samper Ospina

COSAS QUE SON UNA ESTAFA

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Decidí que era el momento de salir de vacaciones de Semana Santa cuando me enteré de la estafa que padecieron algunas familias antioqueñas. Según Radio Ambulante, los hechos fueron así: un tal Alejandro Estrada Cardona hizo creer a un matrimonio de Medellín que era heredero del ducado de Cardona; les pidió prestado dinero para unos gastos menores y repitió la estafa con otros vecinos del barrio El Poblado hasta que logró recoger cerca de 1.300 millones de pesos y escabullirse para siempre. Desde Hugo Patiño, el príncipe de Marulanda, no se veía a la comunidad antioqueña caer rendida ante los pies de alguien que ostentara un título nobiliario.

La noticia parecía prima hermana del tumbe protagonizado por Felipe Rocha, el hijo de papi que citaba a sus amigos en el Country Club para jugar cacho y hablarles de vacas, y de ese modo recogió 70 mil millones para un supuesto negocio de terneros de engorde. Les mandaba por el grupo de WhatsApp fotos de toros extraordinarios que bajaba de cualquier página de internet. En una incluso aparecía Dilian Francisca Toro sin que despertara ningún tipo de alerta en aquellos señoritos bogotanos que jamás en su vida habían visto a un semoviente y entregaban dinero a manos llenas al señor Rocha, mientras este les explicaba que, a semejanza de cualquier congresista colombiano, las vacas tienen cuatro estómagos, y alimentarlas requería de mayor inversión.

Es el mundo al revés: bogotanos a quienes estafan con negocios de ganado; antioqueños a quienes tumban bajo el relumbrón de un título nobiliario: ¿en esto consistía, pues, el famoso cambio? ¿En estafar paisas con engaños para bogotanos y viceversa? ¿De cuándo acá un señorito del Country Club de Bogotá invierte en terneros mientras una pareja antioqueña se deja deslumbrar por un falso duque? ¿Para falsos duques no era suficiente con Iván? ¿No sospecharon nada cuando el noble chimbo —que, dicho de ese modo, parece el diagnóstico de un urólogo— les mostró como blasón de su familia el escudo del Atlético Nacional?  

La semana había comenzado con otras estafas: la del arquero de Santa Fe en el clásico con Millonarios; la de los matones, insólitamente escoltados por miembros de la UNP que irrumpieron en las oficinas del periódico El Heraldo para exigir una entrevista a su jefe, llamado Digno Palomino: vaya oxímoron. Basta buscar en el diccionario la definición de la palabra Palomino para saber si semejante contradicción puede existir.

Y de cierre, la estafa de la ministra Corcho, con quien se reunieron varias veces los directores los partidos políticos para consensuar cambios en la reforma de la salud que después, por alguna extraña razón, ella decidía no agregar.  

A ustedes les consta que he sido un incondicional en las filas del petrismo: que donde se haya necesitado un petrista que defienda y meta presión en el medio campo, allá he llegado yo, claro que sí. Soy el primero en aplaudir al presidente cuando tira línea sobre Haití, sobre México, sobre Perú, porque sé que nuestra humilde platanera le quedó pequeña y no soy hombre de celos como para que me duela compartirlo. El primero en dar “like” a sus trinos; el primero en difundir Su Palabra (y el segundo en traducirla después de Gustavo Bolívar).

Pero imaginar la forma en que la ministra se reunía horas enteras con los directores de los partidos en jornadas tan infructuosas y agobiantes como una reunión de copropietarios superaba mi paciencia. Laurita Sarabia les mandaba, como mucho, una coquita de plata con maní y uvas pasas. La ministra Corcho pedía ayuda con el videobeam. El técnico de palacio se demoraba en llegar al salón, porque en palacio no hay técnicos: tocaba importarlo del Ministerio de Hacienda. Y en adelante debatían cada artículo filmina por filmina, con una lentitud cercana a la eternidad, mientras los presentes sentían que estaban dejando los últimos momentos de juventud allá mismo, encerrados en aquel cuarto de palacio mientras afuera hacía sol.

Al día siguiente, la ministra mandaba copia del nuevo articulado que habían discutido por horas, pero, para sorpresa de todos, las incorporaciones eran como el falso Duque de Medallo: no aparecían por ninguna parte. 

—¿Ajá, y los cambios que discutimos ayer durante siete horas, minijtra? —preguntaba Fincho Cepeda
—Ah, ¿era para meterlos? —decía ella mientras se hacía la Simón Gaviria.

He ahí otra modalidad de estafa. La ministra del cambio que no mete los cambios. Cuando Petro convoque marchas contra quienes hundieron sus reformas, mi cartel llevará su nombre e improvisaré cánticos con su apellido. 

Urgido, pues, de tomar una pequeña pausa en Semana Santa para sobrevivir a las estafas del país, desempolvé las medias de playa y las sandalias; compré pasajes de Viva Air para viajar al mar con mis hijas, mi mujer y mi papá, el célebre Archiduque de Cáqueza, y se lo entregué como si yo fuera el arquero de Santa fe y ellos los delanteros de Millos: a modo de regalo. 

Pero cuando llegamos al aeropuerto, la aerolínea acababa de cerrar.

Era la estafa que le faltaba a la semana.

Por fortuna, el presidente anunció en su cuenta de Twitter que prestaría todos los aviones del Gobierno, incluyendo al ministro Prada, e incluso ofreció su propio Boeing; y todavía guardo la esperanza de que nos lo asignen. Me pediría el puesto de él para no terminar apretado en una silla entre Mauricio Lizcano y el ministro de Transporte.  La azafata Laurita Sarabia  nos pasaría maní con uvas pasas. Antes de despegar, el ministro Ocampo mandaría un técnico para revisar el tren de aterrizaje. Irene Vélez sería parte de la tripulación y anunciaría el descenso diciendo que ya iniciamos el decrecimiento y que el tiempo de vuelo está calculado en veinte décadas. El avión podría desviarse a Venezuela por si Petro quiere reunirse, una vez más, con Maduro. Y el propio presidente haría las veces de piloto y todo el itinerario se retrasaría por lo menos tres horas, y nadie comprendería la hoja de ruta. 

Pero el presidente todavía no aparece y ahora pienso que el ofrecimiento fue digno y noble, sí, pero chimbo: noble chimbo, como decía mi urólogo. Digno, sí; pero palomino. Chimbo, chimbo como el Duque de Cardona.
 


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